Ruthless Obsession (Despiadados 1) Capítulo 18 Los bailes nunca han sido lo nuestro #3
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Capítulo 18 Los bailes nunca han sido lo nuestro #3

—¡Eh! ¿Por qué diablos te has cambiado? —salta mi padre en cuanto me ve poner un pie en el vestíbulo—.

Ya le estaba diciendo al chico que podía prestarle uno de mis trajes para que fuera apropiadamente vestido contigo al baile.

Todavía estamos a tiempo. Así el otro idiota te ve aparecer con alguien mejor… Más guapo.

¡Dios, yo lo mato! ¡Juro que lo mato!

Las mejillas me arden tanto que casi puedo sentir el calor al tacto y, en este preciso instante, deseo con todas mis fuerzas que la tierra se abra bajo mis pies, me trague y me escupa, como mínimo, en Marte.

Porque Aleksei, lejos de adoptar esa expresión seria que últimamente lleva como bandera, empieza a reírse.

Es una carcajada baja, ronca, que le vibra en el pecho como si toda esta situación fuese un gran y jodido chiste a mi costa

Maldito creído.

—Marco… —lo reprende mi madre, apareciendo detrás de mí—. Liliana no quiere ir a ese baile. Déjalo ya, hazme el favor.

—Sofía, mi amor... ¿la he cagado? —pregunta papá, bajando la voz hasta convertirla en un susurro absurdamente alto mientras se inclina hacia ella.

Se separa apenas un milímetro del de los ojos azules para murmurarle al oído a mi madre, aunque Aleksei y yo lo escuchamos perfectamente:

—Ya le he dejado claro dónde puede poner las manos y dónde no. Al menos hasta que le pida matrimonio en unos años, claro.

Me llevo las manos a la cara y ahogo entre los dedos un gemido de desesperación.

Esto es tan vergonzoso que roza lo ilegal.

Deberían meterlo en la cárcel. Estoy a nada de suplicar que aparezca ya la presentadora para decirme que soy una persona maravillosa .

Me giro hacia el espejo de cuerpo entero que hay en la entrada para evitar mirar a nadie y me obligo a comprobar mi reflejo.

Bueno, al menos creo que parezco medio decente y no una desquiciada que acaba de llorar por un chico que, honestamente, es feo… muy feo.

Me he puesto una falda vaquera negra, una camiseta básica del mismo color y unos botines que me dan algo de altura.

Mamá y yo hemos intentado salvar el desastre del pelo, pero mis ondas se han rebelado, así que hemos terminado recogiéndolo todo en una coleta alta que deja caer algunos mechones sueltos alrededor de mi rostro.

Supongo que no es un horror absoluto.

Me doy la vuelta, ignorando deliberadamente las miradas de mis padres, y clavo los ojos en él.

—¿Podemos irnos ya, por favor? —pregunto bajito, plantándome a su lado.

Aleksei ni se inmuta. Sigue con las manos metidas en los bolsillos de la chaqueta, observando con diversión cómo mis progenitores continúan discutiendo en voz baja sobre su futuro como yerno.

Arrogante egocéntrico…

—¿Por qué tanta prisa? —suelta entornando esos ojos oscuros—. Quería escuchar un poco más. Me interesa saber cómo tu padre va a convencer a tu madre de que tú y yo vamos a casarnos algún día. De hecho, creo que estaba a punto de conseguirlo.

Le golpeo el hombro con toda la fuerza que tengo y siento el impacto de mis nudillos contra su cuerpo.

Está duro como una roca.

Me sobo la mano, mirándolo con genuino rencor.

—Cállate, estúpido —le siseo entre dientes—. Sabes perfectamente que ninguno de los dos queremos eso. Vámonos.

Obedece sin protestar y, de pronto, se queda demasiado callado.

Lo ignoro, molesta por cosas que ni siquiera tienen sentido.

Salimos de la casa y el frío de la noche me recibe como un bofetón directo en la cara, haciéndome tiritar al instante.

Maldición . He olvidado la chaqueta dentro, pero me niego a dar la vuelta y parecer una niña pequeña delante de él. Así que me trago la queja, aprieto los dientes para evitar que me castañeen y empiezo a caminar por el sendero del jardín.

En apenas dos zancadas me alcanza y tira de mi brazo con firmeza, obligándome a girarme. El movimiento es tan preciso y brusco que mi cuerpo responde por inercia y acabamos frente a frente.

Puedo sentir el calor que desprende en medio del frío invernal y cómo sus ojos azules parecen perforarme la piel.

—Toma. —Me coloca la chaqueta sobre los hombros—. Tengo calor.

—¿Calor? ¿En pleno Diciembre?

Se encoge de hombros como si lo que acaba de decir tuviera sentido.

—Soy ruso. Esto, para mí, es buen tiempo.

—¿Y esa es tu excusa para usarme de perchero?

Asiente, restándole toda importancia a mi comentario, pero enseguida frunce ligeramente el ceño, como si acabara de recordar algo mucho más urgente.

—¿Lo que ha dicho Jessica en el mensaje era verdad? —pregunta sin rodeos,   y su voz ahora suena más grave, más áspera—. ¿Ese tío te ha dejado tirada?

Siento una punzada de orgullo herido que me quema por dentro.

—¿Qué pasa? ¿Vas a reírte de mí, maldito ruso ? —espeto, intentando apartarlo con un empujón en el pecho.

Él ni se mueve. En su lugar, atrapa mis manos entre las suyas, impidiéndome seguir.

—Liliana…

—Sí, pero me da igual, ¿vale? No quería ir a ese baile ridículo.

Él entrecierra los ojos, estudiándome con esa detención que me pone la piel de gallina.

Sabe perfectamente cuándo miento.

Me conoce mejor que nadie en esta ciudad.

—Vale... Supongamos que te creo —dice, arrastrando las palabras con una calma sospechosa—. No te importa. Está bien. Entonces, si no quieres ir al baile, ¿qué quieres hacer, solnyshko ?

Miro hacia el cielo despejado y lleno los pulmones de aire, inhalando una bocanada tan helada que me escuece ligeramente la garganta.

—Podríamos subir al tejado de tu casa y mirar el cielo... como hacíamos cuando éramos pequeños —propongo, casi inaudible.

Las palabras salen tan rápido de mi boca que casi me arrepiento en el mismo instante en que terminan de escapar de mis labios.

Temo que me llame infantil, pero entonces vuelve a sonreír de esa forma que me desarma y asiente despacio, como si la idea le pareciera el plan más lógico del mundo.

Verlo ceder me da un subidón absurdo de confianza, así que decido arriesgarme y probar suerte con otro asunto que lleva negándome sistemáticamente durante el último año.

—Y… también podría probar el alcohol, ¿no crees? Ya sabes, para compensar la noche y el plantón.

La sonrisa de Aleksei desaparece tan rápido que parece no haber existido nunca.

—Liliana... —advierte—. No. Te lo he dicho muchas veces. Olvídalo.

—Oh, vamos, Aleksei. Voy a cumplir dieciocho dentro de unos meses —replico, tirando de mis manos para que me suelte—. Tú llevas fumando y haciendo lo que te da la gana desde los quince. ¿Por qué yo no puedo? ¿Porque soy una mujer? ¿O es que prefieres que tenga mi primera vez con otro?

Oh, no.

El aire, que ya estaba frío, parece congelarse entre nosotros.

Esas palabras han sonado condenadamente mal. Tanto que quiero que alguien aparezca y me dé un puñetazo que me deje out .

Fuera de combate. Sin servicio.

Siento cómo la vergüenza  me sube por el cuello hasta incendiarme las orejas cuando termino de procesar el doble sentido de mi maldita frase.

¿Por qué no sé hablar con propiedad? ¿No soy yo acaso la que enseñó a este hombre a hacerlo?

—No... no quería decir eso... —intento corregirme a toda prisa, tartamudeando—. Me refería a beber, no a… no a…

—No —me interrumpe.

Su voz baja una octava, cargada de algo que hace que el corazón me dé un vuelco. Me sostiene la mirada con una intensidad que casi me cala en los huesos.

—No quiero que sea con otro, Liliana. Quiero que sea conmigo.

¿¡QUE!?

¿Me he quedado sorda y lo he imaginado?

¿O a qué demonios se refiere con eso?

Mis latidos se vuelven tan erráticos y violentos que temo que pueda escucharlos. Pero, antes de que el peso de sus palabras consiga afectarme de otra forma, antes de que empiece a hacerme ilusiones estúpidas, él lo aclara con absoluta naturalidad, devolviendo la Tierra a su eje.

—Tengo cerveza en casa. Beberemos juntos.

Una punzada de decepción me atraviesa, dejando tras de sí un sabor agridulce que intento sacudirme.

Aun así, procuro que no lo note y asiento, aceptando las condiciones de esa tregua.

Por lo menos va a cumplirlo…

Antes de que me dé cuenta, ya estamos arriba, sentados en el borde de su tejado, junto a la ventana de su habitación. En nuestro sitio de siempre. Ese en el que jugábamos cuando no éramos más que dos críos.

Desde aquí llevamos años contemplando lo mismo: cómo la contaminación lumínica de la ciudad se come las estrellas, tiñendo el cielo de un tono grisáceo y apagado que, siendo sincera, es bastante feo.

Pero qué, aun así, nos pertenece.

Este instante. Este sitio.

Es nuestro y de nadie más en el mundo.

—Dicen que en Rusia sí se ven bien las estrellas. Que el cielo allí es completamente distinto, sin todas estas luces encima. ¿Es verdad?

—Depende del sitio —responde.

—Me gustaría ir algún día. ¿A ti te gustaría volver?

—Puede ser. En algún momento.

Asiento y me recoloco sobre los hombros la chaqueta que me ha dado.

Los dos sostenemos un botellín de vidrio entre las manos. El mío sigue intacto. No he dado ni un solo sorbo y, a cada segundo que pasa, estoy menos segura de que hacerlo sea una buena idea.

¿Y si me da una arcada? ¿Y si termino vomitando del asco delante de él? ¿Qué jodida dignidad me quedaría entonces?

—¿No piensas probarla,  Lili ? —pregunta, rompiendo el silencio que se ha instalado de repente entre nosotros.

Se lleva el botellín a los labios con calma, y seguir la trayectoria de ese movimiento me hace parpadear demasiado rápido. Me quedo hipnotizada, pendiente de la forma en que el líquido desciende por su garganta y de cómo se mueve su…

¡Hormonas, ya basta!

—No creo que vaya a gustarte —añade, con una sonrisita de suficiencia.

Eso me espabila de golpe. El orgullo puede conmigo y suelto una carcajada.

—¿Qué? Claro que sí. No puede ser tan mala…

Para demostrarle que no soy una cría, imito exactamente el gesto que acaba de hacer y le doy un trago largo.

Error. Un error garrafal .

El sabor amargo y espantoso invade mis papilas gustativas, obligándome a hacer un esfuerzo sobrehumano para no reaccionar. Una arcada amenaza con hacerme escupirlo todo, pero consigo contenerla cuando veo que Aleksei me observa de cerca, divertido, esperando mi derrota.

Trago con dificultad y arrugo la nariz lo mínimo posible.