Ruthless Obsession (Despiadados 1) Capítulo 18 Los bailes nunca han sido lo nuestro #2
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Capítulo 18 Los bailes nunca han sido lo nuestro #2

Svetlana me ha dado algunos trucos para mantenerme viva. Son de sentido común: hacer lo que diga cuando me lo diga y permitirle salirse con la suya siempre que eso no comprometa mi integridad física.

Me repatea, pero funciona.

Así que supongo que continuaré haciéndolo hasta que pueda clavarle un cuchillo en la garganta.

Si lo hiciera… ¿qué pasaría con Aleksei y conmigo?

¿Cambiarían a un hermano por otro? ¿Así, sin más?

Cierro los ojos durante un segundo y dejo que el ruido blanco me envuelva.

Y, con él, llega su recuerdo…

Sin que lo invite.

Sin que pueda controlarlo .

Saint Virell, 2019. Siete años atrás.

Tres meses antes del accidente .

—¿Qué? ¿Por qué diablos has hecho eso, Jessica? ¿Te caíste de la cuna al nacer o…? —grito al teléfono, completamente horrorizada—. ¿Sabes lo que se va a reír de mí? ¿¡Tienes una mínima idea de lo vergonzoso que es esto!? Se va a burlar hasta que cumpla treinta. Dios mío…

Mi amiga —o la que creía que lo era —   se carcajea  al otro lado de la línea, como si no le importara en absoluto haber hundido la poca dignidad que me quedaba delante del chico que me gusta.

Genial .

Soy oficialmente una desgraciada.

—Oh, Lil-Lil, solo te he ayudado un poquito —responde, y puedo imaginármela gesticulando al otro lado—.

Llevas colada por él desde que tienes uso de razón y ese inservible acaba de abandonarte justo antes del baile de invierno.

Sé que el idiota ruso sí aparecerá. Además, no iba a dejar que te quedaras encerrada en casa con ese vestido puesto. Sería terrorismo estético.

No la dejo terminar. Me dejo caer de golpe sobre la cama y ahogo un grito absurdamente dramático contra la almohada mientras pataleo contra las sábanas.

Justo entonces, el eco de dos golpecitos familiares resuena en la madera de la puerta, haciendo que levante la cabeza por instinto.

Debo de haber parecido una banshee  agonizando.

Me incorporo de inmediato, alisándome la ropa con manos torpes, y le cuelgo a Jessica sin decirle una sola palabra más.

Que se joda. Es una zorra sin corazón.

Antes de que pueda inventar una excusa, la puerta se abre y mi padre entra por ella. Tiene la expresión algo desencajada y una mano apoyada de forma graciosa sobre el pecho, justo encima del corazón, que seguro está a punto de petarle.

Es un exagerado de primera. Siempre reacciona a lo grande cuando pego un grito. Una vez vi una cucaracha en el pasillo y casi terminó rodando por las escaleras de lo rápido que bajó para salvarme la vida.

Es un idiota, pero lo quiero demasiado como para decirle que ya empiezo a tener una edad.

—¿Estás bien, florecilla ?

Su voz suena cargada de ese instinto protector que parece llevar incorporado de serie. Me mira de arriba abajo, analizando mi rostro, hasta que parece comprenderlo.

—Oh, no… No me digas que es por lo del baile de esta noche.

Asiento en silencio y mis labios se curvan hacia abajo sin mi permiso, formando un puchero ridículo, idéntico al que ponía cuando tenía seis años.

Ay, Dios. Tengo diecisiete. Se supone que soy una adulta. No debería ponerme así, pero… papá siempre saca mi lado más ñoño.

Además, cada vez que lloro por algo me recuerda el día en que nací, porque, según él, no dejé de chillar ni un solo segundo en el hospital y conseguí despertar a todo el mundo.

Me encanta ese relato.

—Sí, es por eso… Pero ya no voy a ir —mascullo, dejándome caer otra vez hacia atrás sobre la cama y clavando la mirada en el techo—. Steven me ha dejado tirada en el último momento. Creo que Stacy por fin le ha dicho que sí o yo qué sé… No es asunto mío.

Las cejas oscuras de mi padre se fruncen al instante. Es un gesto tan severo que casi consigue arrancarme una carcajada en medio de la miseria absoluta que siento.

Me encanta la importancia que les da a mis problemas, como si no existiera nada más sobre la faz de la Tierra, como si en realidad no fueran simples tonterías adolescentes.

—¿Quieres que vaya a buscarlo y le dé una paliza? —Hay una nota de sorna en su tono, pero lo conozco demasiado bien y sé perfectamente que sería capaz de plantarse en su casa si se lo pidiera. Está loco—. Nunca me ha caído bien ese tipo.

—No, papá. Ni siquiera es algo importante. No merece la pena.

—¿Seguro, Lili? Yo lo hago.

Antes de que pueda insistir, la silueta de mamá aparece justo detrás de él. Le rodea la cintura con los brazos, pegándose a su espalda, y apoya la barbilla sobre su hombro mientras me observa con esos ojos cálidos que siempre parecen saber la verdad.

—Liliana, por favor, no dejes que tu padre se vuelva loco, ¿quieres? Bastante tengo ya con controlarlo a diario. No me des otro trabajo.

Levanto las manos en el aire, defendiéndome del regaño.

¿Ahora resulta que es culpa mía?

—¡Pero si le he dicho que no lo haga! —Lo señalo, acusándolo—. ¡Es todo cosa suya! ¡Lo juro!

Los tres nos miramos y, de repente, la habitación se llena de nuestras risas. Es una carcajada conjunta, un sonido puro que disipa el ápice de tensión que tenía arraigado en el pecho.

Me hace sentir extrañamente a salvo.

Me hace darme cuenta de que, aunque vaya a perderme el maldito baile y tenga el orgullo por los suelos, los tengo a ellos.

Y, mientras los tenga, nada puede hacerme daño.

Aun así, mi mente vuelve a la realidad más rápido de lo que me gustaría, haciéndome consciente de lo mucho que dudo que el plan  de Jessica vaya a funcionar.

Quiero decir… Aleksei lleva semanas sin pasar por su casa. Y, aunque responde a todos mis mensajes, está demasiado ocupado o distante como para que nuestras conversaciones sean algo más que un interrogatorio por su parte:

«¿Estás bebiendo suficiente agua? ¿Has comido algo decente hoy? ¿Estás durmiendo las horas que debes?»

Pesado .

Ya ni siquiera bromea conmigo como antes. Va por ahí con la expresión seria, el ceño fruncido y esa distancia misteriosa que lo hace parecer una criatura etérea. Como si hubiese salido de Crepúsculo y viviera atrapado permanentemente en ese filtro azulado.

Para colmo, todas las chicas del instituto andan diciendo que ese aire atormentado lo hace ver sexy a rabiar, y yo solo quiero matarlas a todas por hablar así de mi mejor amigo.

Qué asco.

Y no, no es porque me guste.

No es porque tenga celos.

Es solo qué… ¿qué diablos hacen cosificándolo de esa manera? No es un muñeco para usar y…

Dios mío, ya ni sé ni lo que estoy pensando. Estoy desvariando.

Inhalo una bocanada de aire, intentando reiniciar mi cerebro embotado. Abro la boca para proponer algo, asumiendo que ya no tengo planes para esta noche.

—Bueno... entonces, ¿qué? ¿Vemos Dirty Dancing  otra vez?

Mi madre niega despacio con la cabeza. Una sonrisa —de esas que nunca anuncian nada bueno— se dibuja en sus labios.

Oh, no.

—No, mi vida. Me temo que hoy no va a poder ser.

—¿Por qué? —me quejo—. La vemos todos los años por estas fechas…

—Porque Aleksei está abajo, esperándote. ¿O prefieres que lo invite a quedarse?

Salto de la cama como si acabara de atravesarme una descarga eléctrica.

—¿¡Qué!? —chillo en voz baja mientras corro hacia ellos y tiro del brazo de mamá para arrastrarla al interior de la habitación—. ¿¡Cómo que está abajo!? ¿¡Desde cuándo!?

Miro a mi padre buscando respuestas, pero él se limita a poner los ojos en blanco, soltar un suspiro y echar a andar hacia el pasillo, dándose por vencido antes de tiempo.

—Está bien, está bien... Iré abajo a tener una charla muy  seria con mi futuro yerno…

—¡Papá! ¡Ni se te ocurra! —le grito, con la cara ardiéndome—. ¡No! ¡Vuelve aquí! ¿¡Mamá, haces algo!?

—Lo siento, cariño. Tú padre es tozudo. Alek tendrá que soportar la charla… otra vez.

Me llevo las manos a la cara y ahogo un chillido contra las palmas. Estoy segura de que él y todo el vecindario pueden oírlo, pero ahora mismo no puede importarme menos.

Noto el cuerpo temblarme cuando mamá me sujeta con suavidad por los hombros, anclándome al suelo antes de que el corazón termine de salírseme por la garganta.

Sus ojos, exactamente iguales a los míos, me observan con ternura.

—Me recuerdas muchísimo a mí cuando conocí a Marco… Igual de ilusionada.

—Mamá, por favor… Aleksei es solo  mi amigo —le ruego en un susurro desesperado.

No sé a cuál de las dos intento convencer más con eso, pero ella simplemente se encoge de hombros con una sonrisita de suficiencia, como si me estuviera dando la razón igual que se les da a los locos.

Maldición. ¿Por qué es tan obvio para todos?

—Puede ser, pero ha venido a buscarte. Eso es algo, ¿no?

Ay, Dios ¿Y si le digo que se marche? Sería menos incómodo.

Pero lo echo tanto de menos…

Empiezo a morderme las uñas y a dar vueltas por la habitación, incapaz de quedarme quieta, como si el mundo girase a una velocidad demasiado alta para mi pobre sistema.

El pánico y los nervios se me mezclan en el estómago, formando un nudo más enmarañado que mi pelo por las mañanas.

—¿Sabe lo que ha pasado, mamá? —pregunto, deteniéndome en seco frente a ella—. ¿Sabe que Steven me ha dejado plantada?

Mamá se lo piensa durante un segundo, ladeando la cabeza mientras se golpea la barbilla con el dedo índice y anular.

—Diría que no… Ha llegado preguntando por ti. No ha mencionado nada más.

Suelto el aire de golpe, sintiendo un alivio que no termino de procesar, hasta que me miro en el armario.

Ni de coña.

No.

No puedo bajar así.

No puedo dejar que me vea con este vestido, como si estuviera esperando que él me llevara al baile de invierno.

Solo Dios sabe lo que Jess le habrá contado.

Maldita sea. Seguro que le ha soltado todo el chisme, detalles incluidos.

—Mamá, ¿me ayudas a quitarme el vestido y a ponerme otra cosa? ¡Rápido!

Cinco minutos después, bajo las escaleras a toda prisa, vestida por fin como una persona normal y tratando de recuperar el aliento.

Al llegar al último tramo, me detengo en seco.

Ahí están. Los dos. En el recibidor, hablando.

Mi padre tiene a Aleksei firmemente agarrado por el hombro en uno de esos gestos excesivamente paternales y Aleksei...

Dios .

Aleksei está sonriendo.

Todo me da vueltas.