Ruthless Obsession (Despiadados 1) Capítulo 18 Los bailes nunca han sido lo nuestro
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Capítulo 18 Los bailes nunca han sido lo nuestro

Lili

C amino arrastrada por Petro con muchas más preguntas en la cabeza que la última vez que nos vimos.

Me habría gustado gritarle y exigirle, en ese mismo momento, una explicación en términos que pudiera entender.

Habría querido que me contase con detalle qué diablos está pasando, pero ha sido imposible.

Lo ha sido porque todos ahí dentro estaban demasiado serios, hablando de incendios, muerte… y sucesión.

Dios, sucesión .

Aleksei.     Próximo líder .

Mi cabeza no termina de hacer sinapsis con esa información. Por más que lo intento, no logro comprenderlo. Siendo honesta, cada vez que la idea se cuela entre mis pensamientos, noto que mis piernas quieren frenarse en  seco y, después de lo que he oído, eso podría costarme un tiro.

Pero… ¿por qué me ha traído? ¿Por qué Petro ha confirmado mis sospechas? ¿Por qué ahora? ¿Por qué me ha dejado ver que no se llevan bien?

Hasta hace cinco días estaba segura de que Aleksei había estado de acuerdo con mi matrimonio, pero ahora… ahora ya no lo tengo tan claro.

¿Eso significa que Svet tenía razón?

Llevaba noches haciéndole preguntas, escabulléndome hasta el ala norte de la mansión, y ella, hastiada de escucharme, terminó soltándome algo que me dejó sin respiración:

«—¿Por qué dudas de él, Lili? ¿Te has fijado en cómo te mira a ti y cómo mira al resto? ¿No, verdad? Hazlo y me cuentas qué piensas después».

Nunca lo había notado. No hasta hoy, cuando me he dedicado a observar con disimulo cada una de sus reacciones y, Dios, el cataclismo que se ha desatado dentro de mis venas ha sido digno de estudio.

Casi me muero.

Casi lo hago cuando, en el momento en que nuestras miradas se han encontrado, sus ojos han parecido cambiar de color, suavizándose por completo, como si intentara decirme algo que yo no era capaz de entender, para después volver a convertirse en dos témpanos mientras observaba a su hermano pequeño hablar de cosas sin sentido.

¿Y si realmente no me ha mentido?

¿Y si Aleksei Volkov siente algo ?

Ni siquiera sé qué siento yo. Solo sé que ahora, mientras su hermano me saca de su casa, me arrepiento de haber huido de él. De haberme escondido cuando, literalmente, vino a buscarme a mi habitación.

Me arrepiento de haberme visto superada y no haberle permitido darme una explicación, pero, maldición, ¿cómo asimilo que todo aquello en lo que he creído no es más que un castillo de naipes derrumbado de un soplido?

Maldita sea. Creo que voy a volver a vomitar sobre los zapatos de mi futuro marido, que ahora resulta que es… ¿qué? ¿Un falso?

Joder .

No puedo creer que hace cinco minutos estuviera feliz. Feliz, como una idiota, solo porque había conseguido salir de la mansión durante unas horas después de llevar allí encerrada un mes y medio.

Me pone enferma de una forma que no reconozco, porque sé que el cautiverio, poco a poco y sin que quiera admitirlo, está terminando conmigo.

¿Y para qué?

Porque, si no he entendido mal, este matrimonio político no tiene sentido alguno.

Ese hombre que hablaba. Parecía saber perfectamente lo que estaba haciendo. Y ha dicho que el clan solo reconocerá a Aleksei como pakhan .

Solo a él.

¿En qué lugar me eso deja a mí?

¿La posibilidad de casarme con Aleksei es real ahora?

¿Siempre lo ha sido?

Mis piernas tiemblan, pero Petro tira de mí con más fuerza hasta que la tenue luz del atardecer me golpea el rostro con insistencia y me obliga a entrecerrar los ojos.

No puedo respirar.

No puedo decir nada.

Él parece darse cuenta porque se detiene delante de mí y, sin ni siquiera entrar en el coche, habla con tosquedad, como si necesitara demostrarse alguna mierda:

—Dale un beso a tu prometido por conseguirte ese presupuesto. Vamos, dorogaya . —Se señala a sí mismo y mi estómago se encoge de rechazo.

Miro a mi alrededor. No hay nadie que pueda verlo. Solo estamos él y yo, y la réplica que se me ahoga en la garganta por miedo a que, esta vez, no termine siendo únicamente una marca en el cuello si me atrevo a negarme.

—¿Ahora? —Mi voz vacila y me odio por ello.

¿Y si le pego una patada en los huevos? ¿Me dará tiempo a escapar o Sokolov me volará los sesos antes?

—¿No es el mejor momento, dorogaya ? Vamos a casarnos en breve. Deberías estar feliz.

Feliz estaré el día que tus ojos se apaguen y te vayas al infierno, bastardo asqueroso.

Además, ni siquiera ha conseguido adelantarlo.

—¿Lo haces o debo darte nuevos motivos para ser infeliz, Liliana? Creía que habíamos acordado que ya no ibas a ser así. Que tu cuello te lo recordaba cada vez que te mirabas al espejo.

Asiento, detestándome porque esta sea la única forma que tengo de evitar que haga algo peor conmigo.

Cierro los ojos con fuerza al notar cómo las lágrimas se acumulan detrás de mis párpados.

No voy a darle el gusto. No otra vez .

Me armo de valor —que es una forma muy bonita de decir que pienso en cualquier otra cosa— y me obligo a moverme antes de que mi cuerpo decida que ya no puede más con todo esto. Tomo una bocanada profunda de aire e inclino la cabeza hacia él.

Es un segundo. Menos incluso. Un roce que no debería significar nada y que, sin embargo, me deja el estómago del revés y unas ganas irrefrenables de limpiarme la boca con la manga para después escupir al suelo.

No lo hago.

Me quedo quieta, con la expresión más neutra que soy capaz de mantener, mientras él se relame como si hubiese ganado algo. Como si, de repente, volviera a controlar lo que sea que es este juego.

Y yo solo puedo pensar en que Aleksei y yo nos hemos besado tres veces y ninguna se ha parecido remotamente a esto.

Estoy segura de que hay personas que besan como si te estuvieran quitando algo y otras que lo hacen como si te lo entregaran desde algún rincón de sí mismas, por oscuro que sea.

Petro es claramente de los primeros.

Un ladrón. Un usurpador.

—¿Ves? No era tan complicado.

Me paso las manos por la cara sin importarme el maquillaje. Sin importarme nada.

A partir de este instante me desconecto. Voy en piloto automático hasta el coche, intentando que el asco no termine por arrastrarme.

Cuando me meto dentro, vuelvo a mirar a Petro, descargando sobre él todo el odio que ahora mismo no puedo expulsar de otra forma.

No me da miedo morir.

Me da miedo hacerlo sin saber qué piensa Aleksei de verdad.

Debería haberlo dejado hablar. Debería haberme quedado. Debería…

Mis pensamientos se interrumpen cuando el hombre sentado a mi lado empieza a reírse.

Así, de repente. Como un loco.

El motor arranca y siento el frío deslizarse por mi cuerpo ante su reacción.

Estoy segura de que se ríe del incendio.

De que él ha matado a todas esas personas.

No tengo pruebas, pero, joder, creo al rubio y a Aleksei.

Estoy con ellos en esto, porque lo he visto.

He visto lo cruel que puede llegar a ser, lo estratégico.

Lo he visto jugando con un mechero, encendiéndolo y apagándolo delante del actual pakhan , que ya apenas despierta ni se mueve.

¿Eso hace mi vida más fácil o más difícil?

No lo he entendido bien.

Lo único que sí sé es lo que planea mi tío con todo esto.

Lo sé desde el primer día en que me vendió, pero ahora nada de lo que dicen encaja con esa versión…

Porque, si Aleksei está por encima de Petro en rango y siempre lo ha estado, ¿qué soy yo exactamente dentro de este acuerdo? ¿Una moneda de cambio para quién?

Dios.

Quizá todos estamos jugando una partida de ajedrez cuyas reglas nadie entiende del todo y yo soy la única que lo está admitiendo, aunque sea únicamente dentro de mi cabeza.

Necesito hablar con Aleksei ya mismo .

El pensamiento aterriza con una claridad que no me merezco, no después de pasar cinco días escondiéndome debajo de la cama de Petro para no verlo. Necesito hablar con él, porque algo en mi interior me dice que, si no lo hago, todo va a convertirse en un desastre mucho mayor de lo que ya es.

Tengo un presentimiento, pero tendré que esperar hasta la fiesta.

Espero que no sea demasiado tarde. Espero que me dé tiempo.

El coche avanza y yo me pego a la ventanilla, con la cabeza todavía atrapada en esa sala y en el hombre que hace latir con frenesí mi maltrecho corazón.

Joder, ¿desde cuándo todo se ha vuelto tan complicado?

Petro me mira durante un segundo, pero me basta.

Siempre noto cuando sus ojos se posan sobre mí, aunque no levante la vista, aunque finja estar ocupada estudiando el asfalto mojado al otro lado del cristal.

Es algo involuntario, casi físico. Como cuando llevas tanto tiempo esperando que algo estalle que tu cuerpo aprende a anticiparlo antes de que ocurra.

Todo mi sistema se tensa. Se prepara.

Y, aun así, cuando llega el golpe, nunca estoy del todo lista.

No sé si eso es adaptación o si simplemente me he acostumbrado a tenerle miedo. Supongo que, al final, da igual. El resultado es el mismo.

Me doy asco.

—Te he visto —dice con una tranquilidad impostada—. Mirándolo.

—Miraba al jardín —respondo con la misma cadencia, sin apartar los ojos de la ventanilla—. Había mucho ruido. Intentaba no morirme de aburrimiento. Nada más.

No contesta de inmediato.

Se queda en silencio hasta que mis pulmones parecen incapaces de procesar el aire con normalidad. Noto cómo se inclina hacia mí aunque no lo esté mirando. Siento mis dedos temblar y cierro los puños para detenerlos, para que él no lo vea.

—Como vuelvas a mirarlo así… —murmura muy cerca, invadiendo mi espacio— te daré una razón para que no puedas volver a levantar los ojos del suelo. ¿He sido claro, querida ?

No lo dice enfadado, como si no estuviera amenazándome, sino recordándome a qué hora tenemos que reunirnos para cenar.

Me echo hacia la puerta un poco más, por instinto.

No puedo ser tan tonta. No puedo ser tan débil. Tengo que actuar. Tengo que entrar en su habitación mientras duerme y ponerle punto final a todo esto .

Petro se recuesta en su asiento, complacido.

Y eso me enfurece todavía más.

Me muerdo la lengua con fuerza y clavo las uñas en las palmas tan profundamente que apenas consigo controlar la respiración.