Capítulo 17 Prometo explicarte toda esta mierda. #3
No debería estar pensando en esto ahora mismo, con trece hombres muertos y mi tío Arkady en el hospital. Petro está moviendo fichas que todavía no alcanzo a ver del todo y yo aquí, pensando en cómo voy a hablar con Liliana.
Es una jodida irresponsabilidad del tamaño de la luna, pero no puedo ser racional y frío con ella.
Maldita sea.
¿Fui demasiado agresivo? ¿Le hice daño sin darme cuenta? ¿Estará enfadada por eso o por todo lo demás?
Ahora es la mano de Nikolai la que descansa en mi hombro, con firmeza. No sé qué cara estaré poniendo, pero me lo quito de encima con un movimiento brusco.
—Ánimo, hermano. Debe de ser duro estar enamorado y que esa mujer esté...
—Si sigues hablando —lo interrumpo, con una calma que no siento—, voy a rajarte en canal y a darle tus órganos a Viktor para que se los coma o haga lo que coño sea que disfruta haciendo con ellos.
Viktor da un paso al frente, con los ojos iluminados.
—¡Gracias! Por fin alguien me escucha. Pero los órganos se pudren rápido…
—Oye —dice Nikolai, frunciendo el ceño—, que yo solo intento ayudar.
—Ayuda menos.
—Es que, si ayudo menos, te quedas solo con tus pensamientos y eso es peor para todos, hermano. —Me da unas palmaditas en la espalda—. Lo sabes.
No respondo.
Me quedo mirando las ruinas un segundo más, con el sabor a humo todavía pegado a la garganta. El nombre de mi hermano empieza a quemarme la lengua. Tenemos que citarlo y, pese a que desearía que fuese por el maltrato a Liliana, no puedo mencionarlo, aunque me reviente la cabeza.
Hay que hablar con él sobre este incendio.
Si lo admite, le meterán un tiro y ya solo quedará una opción para cumplir con lo que los Lombardy exigen. Sin embargo, no es eso lo que más me incendia las venas .
Lo que no consigo apagar, por mucho que lo intente, no tiene nada que ver con Petro, con el casino ni con la guerra que se está cocinando a fuego lento delante de mis narices.
Lo que me quema tiene que ver con una mujer encerrada en una habitación vigilada que lleva cinco días sin querer verme.
Y eso, jodidamente eso, es lo que más me está costando soportar ahora mismo.
Llevamos esperándolo una hora y cuarto.
Setenta y cinco minutos de mi vida que no voy a recuperar jamás.
Narcisista de mierda.
Si llego a saberlo, habría mandado a la mierda la formalidad. Habría ido directamente a la mansión de Iván y le habría metido una pistola en la boca mientras le sacaba la información a la fuerza.
Pero no.
Eso no es lo que hace el «pakhan en prácticas» . Título que Cherysev me ha endosado mientras se sentaba a mi izquierda con una taza de café que, a estas alturas, debe de estar más fría que la jodida Rusia.
No se me da bien tener paciencia. Mucho menos cuando tengo que ejercerla con gilipollas que juegan a creerse mucho más de lo que son en realidad.
—¿Cuánto tiempo más tengo que esperarlo antes de volarle la cabeza? —suelto, tamborileando los dedos contra la mesa—. ¿No puedo considerar esto deslealtad al clan?
Nikolai y Misha sueltan una carcajada contenida que se corta en seco cuando Anatoly y Artyom los fulminan con la mirada.
El silencio vuelve a instalarse en la sala.
Nadie quiere darme una respuesta porque saben que sí, que es una falta de respeto y que, como mínimo, a cualquier otra persona le costaría una paliza.
Con suerte, podré hacerlo . Eso no incumple el acuerdo que le hice a mi padre, claro está, siempre que no se me vaya la mano y lo mate de una hostia mal dada.
Si pasa, siempre puedo decir : «Ups, resulta que sí, que era un medio mierda».
Dios, a ver si el viejo se muere de una vez y nos deja hacer las cosas a mi manera.
Empiezo a abstraerme en mis pensamientos y mis ojos, faltos de descanso, amenazan con cerrarse debido al aburrimiento soporífero que nos rodea cuando el rugido del Bentley de mi hermano llega hasta mis oídos.
Escucho sus pasos, cómo tiene la osadía de entrar sin ni siquiera llamar a la puerta. Levanto la mirada y observo su rostro. Hace semanas que lo golpeé y su nariz aún no se ha recuperado del todo, pero no es eso lo que hace que mi corazón comience a quejarse, latiendo con fuerza.
No .
Es la persona que lleva cogida del brazo como si le perteneciera.
Liliana .
Lleva un minivestido negro que le roba el aire a cualquiera que tenga ojos en la cara y una expresión que conozco demasiado bien.
Esa que pone cuando está conteniendo algo que amenaza con hacerla estallar.
Me busca con la mirada… Un segundo, solo uno, antes de apartar los ojos con una indiferencia que sé que le cuesta exactamente lo mismo que a mí.
Mierda. Esto va a ser más difícil de lo que pensaba.
—Caballeros —saluda Petro con esa sonrisa falsa, hablando en un idioma que ella puede entender—. Hermano. Perdonadme por el retraso, he tenido que acompañar a mi mujer a resolver unos asuntos. Ya sabéis cómo son estas cosas.
Mi mujer .
Lo dice como si fuese verdad, como si fuese suya. Como si ese honor le perteneciese.
Noto la carótida a punto de reventarme bajo la piel del cuello al ver cómo ella intenta librarse de sus manos en vano.
Lucho contra el impulso de levantarme y empezar a golpear a Petro porque, debajo del fino pañuelo de seda que lleva puesto, todavía alcanzo a distinguir los restos de las marcas que él le dejó en la garganta.
Maldita sea. Voy a matarlo aquí y ahora.
Nikolai y Misha se colocan a mi espalda sin que nadie se lo pida. No hace falta que digan nada. Sé que están ahí para sujetarme en caso de que intente abalanzarme sobre él.
Aprieto los dientes y, contra todo pronóstico, las palabras salen mucho más sosegadas de lo que me siento por dentro.
—Que no vuelva a repetirse. Sentaos.
Liliana examina la sala en busca de un sitio donde sentarse, pero solo queda una silla libre.
Petro tira de ella sin miramientos y la acomoda en su regazo con una posesividad que me hace ver rojo.
Ella se tensa, clava las manos en el brazo del sillón y desvía la mirada hacia la ventana, como si el jardín se hubiese convertido de repente en lo más interesante del mundo.
Bajo los ojos hacia los documentos que tengo delante para no sucumbir al impulso primitivo que me exige reaccionar. Anatoly parece darse cuenta de que algo no funciona del todo bien en mi cabeza, porque se apresura a tomar la palabra.
—Señorito Volkov —empieza Cherysev, sin rodeos, como siempre—. Asumo que habrá visto en las noticias lo ocurrido con el casino. Dado sus antecedentes con este tipo de incidentes, el Consejo considera pertinente preguntarle directamente si sabe algo que no nos está contando.
El silencio que sigue es pesado. Petro no parpadea, no se tensa ni hace nada que un hombre culpable haría. Y eso es precisamente lo que me indica que lo es.
—¿Mis antecedentes? —repite, arqueando una ceja, casi divertido—. Anatoly, con todo el respeto que te tengo, sabes perfectamente que lo que pasó cuando era niño fue un accidente. Hablar de antecedentes me parece, cuando menos, precipitado.
—Nadie ha dicho que fuera intencionado —interviene Artyom desde el otro extremo de la mesa, midiendo cada palabra—. El Consejo solo pregunta.
—Y yo solo respondo. —Petro se recuesta con una calma estudiada, deslizando el pulgar por el hombro de Liliana—.
Fueron los albaneses. Es obvio, ¿no? Llevan semanas moviéndose por nuestro territorio desde que alguien les hizo creer que que podían actuar sin consecuencias.
—Me mira de reojo—. Si hubiera una mano ejecutora clara dentro del clan, os aseguro que no estaría aquí sentado. Estaría resolviendo el problema.
Nikolai, detrás de mí, respira con una lentitud que indica que está a dos segundos de saltar sobre la mesa. Le pongo una mano en el antebrazo sin mirarlo.
Quieto.
—Los albaneses no organizan algo de este calibre —digo con voz plana, —. No tienen los medios ni la inteligencia operativa. Y, desde luego, tampoco los contactos necesarios para hacerlo sin que llegue a nuestros oídos antes de que enciendan la puta primera cerilla.
—Quizá subestimas a tus enemigos, hermano —responde con esa sonrisa que me dan ganas de borrarle a puñetazos—. O quizá llevas demasiado tiempo distraído con otros asuntos para prestar atención a lo que ocurre en tu propia ciudad.
El golpe es calculado. Va dirigido a Liliana y los dos lo sabemos.
Ella no reacciona. Sigue mirando por la ventana con esa expresión rígida que me indica que está escuchando cada palabra, aunque finja lo contrario para mantener intacta su preciosa cabeza.
Chica lista.
Cherysev abre la boca para continuar, pero Petro lo interrumpe como si él fuese el pakhan y le debiesen respeto por su mera existencia de mierda.
—Anatoly, antes de que sigamos con el tema del incendio, hay algo que considero más urgente tratar hoy…
. —Se incorpora en la silla y se ajusta los puños de la camisa—.
He hablado esta mañana con los Lombardy.
Quieren adelantar aún más la boda y necesito los fondos que Aleksei se comprometió a aportar para hacer realidad sus deseos.
Cherysev entrecierra los ojos y Artyom deja el bolígrafo sobre la mesa. Nadie habla. Liliana se queda paralizada, como si esto también fuese nuevo para ella.
Y yo… Yo dejo de respirar, porque sé que, si permito que el aire vuelva a entrar en mis pulmones, voy a desatar la jodida guerra.
¿A eso ha venido? ¿A pedirme dinero para casarse con ella? ¿O a obligarme a aceptar delante de Liliana para que saque sus propias conclusiones?
—¿Adelantarla todavía más? Es dentro de un mes y el joven Volkov ya está gestionando los fondos. ¿Cuánto más pretendéis adelantarla? —pregunta Anatoly, midiendo cada sílaba.
—Como entenderás, la salud de Iván es cada vez más delicada y los Lombardy quieren asegurarse de que el acuerdo quede sellado mientras el pakhan actual todavía respira.
No es una tontería. Quieren una transición limpia y visible, respaldada por ambas familias.
Me parece una petición razonable, dada la situación actual.
—¿Y el incendio? —pregunto, retomando el asunto principal.