Ruthless Obsession (Despiadados 1) Capítulo 17 Prometo explicarte toda esta mierda. #2
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Capítulo 17 Prometo explicarte toda esta mierda. #2

—Mira, Volkov, técnicamente te lo dije. Solo que… tarde. Cuando sabía que podrías digerirlo. La intención estaba… pero, si te lo hubiera dicho antes, ¿acaso ella  no habría acabado hecha pedazos por uno de tus arrebatos? ¿O me equivoco?

No doy crédito. No lo hago. Solo siento los dedos hormigueándome, con unas ganas muy concretas de reventarle la cara.

—La intención estaba… —repito, sin inflexión.

—Sí, ¿no es obvio?

—Igual de obvio que cuando le dijiste a Misha que su ligue no le era infiel y luego resultó que la habías visto con otro en tu club —mascullo.

Parpadea varias veces, casi ofendido por la acusación.

—Eso fue diferente. No quería que se deprimiera antes de la misión, era importante… —se pasa una mano por el pelo—. Sabes que habría llorado como un crío. Es nuestro pequeño con gran corazón. No podía dejar que le metieran un balazo por una mujer que se había acostado con medio puerto…

—Nikolai…

—Oye, que sobrevivió gracias a mí, ¿no? El contexto importa en momentos así. Ocultar algo a tiempo puede salvaros el pescuezo. De nada, desgraciado desagradecido.

Voy a sacar la Glock. Lo juro. Voy a hacerlo y a meterle un maldito tiro.

—Entonces, ¿insinúas que yo tampoco habría podido soportarlo? ¿Que también me has salvado el culo?

—Hermano… sé serio, por favor.

Respiro. Juro por Dios que lo intento. Pero no puedo evitar que la mandíbula se me abra de golpe y mis dedos se enganchen en las solapas de su chaqueta levantándolo unos centímetros del suelo.

Maldito subnormal. ¿Es que quiere poner mi paciencia a prueba?

—Mira, Dragunov, estoy intentando tener empatía contigo, pero como vuelvas a insinuar eso, voy a pegarte un tiro en los huevos. Y esta vez no fallaré a propósito.

Lo suelto de golpe, y él da un paso atrás de forma instintiva.

Bien. Que recuerde quién soy.

Ni siquiera me doy cuenta de cuándo mi mano ya está buscando la Glock , por puro reflejo.

Su sonrisa se ensancha, casi aliviada ante la posibilidad de que le vuele los sesos, y entonces confirmo lo evidente: está usando mi cabreo como terapia personal.

Lleva haciéndolo desde que teníamos quince años, y no hay forma humana de que deje de hacerlo.

Joder… A veces se merece ese tiro, solo para que aprenda la lección.

—Es que pensé que no ibas a reaccionar de forma coherente, amigo. Perdóname por no tenerte fe. —Levanta las manos en un gesto de rendición—. Igualmente, Svet me ha contado lo que hiciste. Muy lógico, por lo que sea, no es...

—Nikolai… voy a dispararte.

—Digo, para alguien que lleva siete años sin tocar a una mujer, puede serlo… —niega con la cabeza—. Dios sabe que he intentado llevarte por el mal camino, pero muy bien, tío, eres...

—¡Dragunov! —bramo, ya sin aguantarlo.

Pero ni se inmuta.

—¿Qué? Al menos ahora sabes que ella te quiere, ¿no? Aunque solo sea para el sexo. Algo es algo, hermano. No seas tan duro contigo mismo…

Desenfundo el arma con rapidez y disparo al suelo, cerca de sus zapatos. La bala resuena entre los escombros.

Nikolai salta hacia atrás, soltando una carcajada histérica, y choca con el hombro de Viktor, que estaba justo detrás sin que ninguno de los dos lo hubiera notado.

El rubio suelta un grito al verlo y, durante un segundo, se miran: Viktor con esa expresión suya de psicópata fascinado, y Nikolai recuperando el equilibrio con una dignidad que, desde luego, no merece.

—Joder, Reznik, casi me meo del susto —se ríe, inclinándose hacia delante para recuperar el aliento—. Esa cara tuya me da más miedo que el mismísimo Aleksei Volkov. Pensé que ibas a degollarme para hacer algo turbio con mi cuerpo.

— Nah , solo vengo a llevarme los huesos. ¿De qué color quieres tu mueble, jefe? ¿Negro?

—No puedes hacer un mueble con los restos, Viktor.

—¿¡Qué!? ¿Por qué no? Ya están muertos…

Todos los que quedan en el perímetro se giran a mirarnos. Ignoramos a Viktor lo mejor que podemos mientras los dos periodistas que seguían apuntando sus cámaras a las ruinas ahora las dirigen hacia nosotros.

Genial. De puta madre. Show gratuito.

Nikolai se parte de risa sin ningún tipo de contención.

—¿Te parece gracioso, Dragunov? —siseo, guardando el arma con un disimulo que ya no sirve de nada.

—Un poco, sí —admite, recolocándose la chaqueta—. Aunque, técnicamente, has fallado otra vez. Eso no es disparar a los huevos.

—El siguiente no falla, te lo juro.

—¿Me das al menos su cráneo, por favor?

—¡No, joder, no, Viktor!

Agacha la cabeza, decepcionado, y veo cómo el rostro de Niko va recuperando color poco a poco. Es evidente que este momento le está ayudando a dejar de temblar, a apartar los recuerdos.

Una parte de mí siente un alivio genuino.

La  otra… quiere verlo muerto por no contarme al instante lo que Petro le hizo a Liliana.

Una ráfaga de furia me atraviesa, sacudiéndome por dentro, pero me obligo a respirar, a contenerme, a no hacer lo que mi cuerpo me pide: matar a mi segundo al mando.

El rubio, ajeno a mis pensamientos sobre su posible desaparición, mira sus zapatos con hastío.

—Estos zapatos me han costado lo que gana Misha en dos meses. Gracias por destrozarlos, Volkov —añade, observando el suelo con gesto dolido—. En fin… ¿a quién le paso la factura, pakhan  mío?

Me pellizco el tabique de la nariz.

Algo muy malo hice en otra vida para tener que soportarlo constantemente.

—De verdad que parece que quieres ese tiro, Niko. Hasta yo puedo verlo, y se supone que las personass no son lo mío… ¿Quieres morir porque han palmado tus chicos, no? Entonces deja que te disparen —masculla Viktor, completamente ajeno a cualquier filtro.

Nikolai se queda quieto, incapaz de reaccionar durante un segundo, sorprendido de que hasta el más psicópata del grupo haya percibido lo mal que oculta la culpa.

Pero no tiene tiempo de responder, porque Reznik se gira hacia mí, esbozando esa sonrisa siniestra:

—Aleksei, si lo haces, por favor, déjame quedarme con su pelo. Es un tono interesante de rubio oscuro. Podría darle algún uso…

Cierro los ojos y cuento hasta tres, intentando que el aire contaminado me llene los pulmones y me impida provocar otra masacre.

—Oye, Reznik, deja en paz mi pelo. Estábamos hablando de mis zapatos… ¿Y bien? ¿Quién va a pagarlos?

—Mikhail —llamo, sin mirarlo.

—¿Jefe? —responde desde algún punto a mi espalda.

—Págale los zapatos a Nikolai.

—¿Qué? ¿Por qué yo? —protesta Misha, indignado.

Nikolai estalla en carcajadas, dejándose caer al suelo mientras golpea con el puño. La escena es tan dantesca que los periodistas deciden ignorarnos.

Probablemente piensan que vamos puestísimos de cocaína.

—¿Con qué vas a pagarme, efectivo o tarjeta, gatito ?

—¡Aleksei! ¿Por qué tengo que pagárselos yo?

—Porque, si no, va a querer que lo haga yo, y voy a acabar disparándole en la cabeza por tener la audacia de pedírmelo. Y entonces tendré que pagar un entierro, que sale mucho más caro. Y será tu culpa, Zaitsev . Y luego tendré que pagar dos… o enterraros juntos…

—¡Ni de puta coña! —grita Niko, levantándose del suelo de un salto—. ¿Toda la eternidad con este? ¡ Antes muerto !

Vuelvo a sacar el arma.

—¿Seguro? Puedo hacerlo realidad en un segundo.

El silencio dura exactamente dos parpadeos antes de que Viktor suelte una carcajada macabra que hace que tres hombres del perímetro se pongan en alerta de forma instintiva.

Nikolai levanta las manos, juntando las muñecas como si se entregara a la policía, con esa expresión suya de víctima.

—¡Joder tío, que me lleven preso si miento! Además, ¿por qué tantas ganas de matarme? Antes solo intentaba decirte que tu amor de la infancia se muere por tus huesos. ¿Tan malo es eso?

—¡Eso, imbécil! —Misha le da un golpe en el hombro—. ¡Haz que nos mate a todos!

Dejo de escucharlos.

Sus palabras se cuelan en mi cabeza con demasiada fuerza.

Llevo cinco días sin saber de ella. Nada .

No tengo tan claro que Liliana se muera por mí. Ni de lejos.

No ahora, después de que la prima de Niko soltara toda esa mierda de golpe y ella saliera corriendo sin darme la oportunidad de explicarme. Joder . Ni siquiera sé si me escuchó decirle, mientras la tocaba, que yo no tuve nada que ver con el matrimonio con Petro.

Ni siquiera sé si oyó que, si mi padre se muere… nos casaremos nosotros dos.

He intentado explicárselo mejor.

Lo he intentado. Juro que lo he intentado.

He ido a esa mansión veinte veces en cinco días, con la excusa de que necesitaba usar el despacho, cargando papeles bajo el brazo como un puto comercial de seguros. Y no ha habido manera humana de dar con ella. No está en ninguna parte. Ni en el jardín, ni en su cuarto, ni en el pasadizo.

Liliana se ha pasado el juego.

Se ha escondido tan bien que pensaría que Petro la ha matado si no fuera porque, al final, instalé esas malditas cámaras en su habitación.

Me estaría dando algo de no haberlo hecho.

Aunque tampoco me sirven de mucho, porque cada vez que la veo en esa pantalla y no puedo llegar hasta ella, el impulso de volar la mansión con C4 aumenta por momentos.

Me estoy volviendo loco.

Lo estoy haciendo porque Svetlana también me ha estado esquivando, siendo bastante más lista que el hombre con el que se crió —lo cual no deja en muy buen lugar a Nikolai—, pero dice mucho de ella.

Joder. Van a obligarme a montar una operación entera solo para saber qué está pensando. ¿No es más fácil que me escuche un segundo?  Me va a reventar la cabeza.

¿Pero cómo no hacerlo? Llevo cinco días así. Cinco días viéndola dormir. Viéndola fingir que está bien. Viendo cómo, a veces, se queda quieta, mirando al techo de su habitación con esa expresión suya cuando algo la está consumiendo por dentro.

¿Por qué no quiere hablar conmigo?

¿Cinco días no son suficientes para procesarlo? ¿No lo ha entendido?

Sé que sí. Es más lista que cualquiera de mi organización. Más lista que yo.

Joder. Entonces, ¿qué le pasa?

¿Le molesta la idea de ser mi esposa?

¿Tiene razón Nikolai y solo me quiere para sexo?

No es que vaya a quejarme, pero…

Me paso la mano por la cara, notando el peso de la falta de sueño en los párpados y la frustración taladrándome la consciencia.