Ruthless Obsession (Despiadados 1) Capítulo 17 Prometo explicarte toda esta mierda.
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Capítulo 17 Prometo explicarte toda esta mierda.

Aleksei

Miro el panorama frente a mí y el aire me quema los pulmones, arañándome la garganta como si hubiese tragado cristal. El ambiente está cargado de un olor a derrota que no estoy acostumbrado a digerir de esta forma tan visceral.

Cenizas.

Una montaña de escombros carbonizados donde antes se alzaba el casino más importante del condado: el motor de nuestro blanqueo y el centro de ocio y turismo más rentable de todas las Heights. El lugar donde los extranjeros venían a gastar sumas ridículas sin hacer preguntas.

El territorio de Nikolai. Destruido por completo. Sin dejar nada.

Sé que no es una coincidencia. Sé que hay más.

Mi mandíbula se tensa con fuerza; los músculos de mi cara se vuelven tan rígidos que incluso me duele articular. Intento contener la rabia, porque, aunque esto no me afecte de forma directa, es mi jodida ciudad, y todo lo que ocurre en ella llega a mis oídos tan rápido como la pólvora.

Todo lo que está pasando ahora es una declaración de intenciones dirigida a mí . Al hombre al que han anunciado como el próximo pakhan , al menos mientras Iván termina de diñarla.

Es una provocación que se consume ante nuestras caras de estúpidos, que ya no pueden hacer nada… salvo planear la venganza.

Deberíamos haberlo visto venir. Haber esperado el golpe.

No lo hicimos.

Aun así, pese a que la humillación arde con más fuerza que el fuego, no puedo apartar la mirada de la escena.

No puedo dejar de observar cómo el reflejo de las brasas parpadea entre el metal retorcido de la estructura, riéndose de nosotros…

y de ese titular fúnebre que encabeza todos los medios esta mañana.

Los periodistas hablan del desastre con una voz impostada que me dan ganas de destrozarlos.

Malditos hipócritas. Solo les interesa ser los primeros en sacar el detalle más escabroso. Nada más.

Esto no nos conviene una mierda. Toda esta atención… justo ahora, cuando no llevo ni una semana al mando de todo.

Pero eso no es lo que más me preocupa.

Lo que realmente me inquieta es la persona que tengo a mi lado, luchando por respirar con normalidad y por no perder completamente la cabeza.

Nikolai está rígido, conteniéndose. Evitando temblar.

Evitando sentir. Evitando liarla parda delante de las cámaras que rodean el perímetro.

El azul de sus ojos —habitualmente cargado de ironía y de esa chispa que me saca de quicio— ahora arde con una rabia sádica que lucha por no desbordarse contra cualquiera que se le cruce.

Contra cualquiera que se atreva a dirigirle la palabra.

Menuda putada tener  que ser yo.

Pero, si no lo hago, va a acabar peor que Viktor antes de que nos demos cuenta.

—¿A cuántos hemos perdido?

No es que yo esté precisamente bien, pero él…

Él ni siquiera me mira. Entrecierra los ojos y traga saliva con dificultad.

Me gustaría no tener que preguntarlo, pero no hacerlo implicaría que, pese a ser su superior, no respeto su autoridad en este lugar.

Las fiestas y el desmadre no son lo mío. Por eso se lo dejé a él. Porque esa… esa  es su especialidad.

Sin embargo, no lo parece cuando finalmente responde:

—Trece hombres del clan y veinticinco civiles de fuera —sisea, con la voz entrecortada—. Arkady tiene quemaduras de tercer grado en medio cuerpo. El viejo intentó sacar a varios de la planta baja, pero el techo se desplomó antes de que… puede que él…

No termina la frase. Se limita a bajar la mirada hacia el tatuaje oscuro que cubre su quemadura, dejando que las palabras mueran en su garganta, abrasadas por algo que no tiene nada que ver con el edificio.

Sé perfectamente por qué mira su piel de esa manera.

Él sabe que lo sé.

Deslizo mi mano izquierda sobre su hombro y aprieto  con firmeza, en un gesto silencioso que busca anclar su ira al centro de la tierra. Igual que él ha hecho conmigo siempre que ha sido necesario. Tantas veces que he perdido la cuenta, si soy honesto.

No soy el mejor en esto. En mostrar apoyo. En sostener a otros. Pero, de algún modo, sé que ahora lo necesita. Sé lo que significa para Niko que esté aquí, a su lado. Que no me vaya. Porque en su momento, no tuvo a nadie. Nadie que lo sujetara mientras intentaba asimilar aquello .

No creo que sea suficiente para apaciguar lo que lo devora por dentro, pero es lo único que puedo ofrecerle. Mi forma de decirle que no hace falta que hable. Que sé lo que está pasando por su cabeza. Que no tiene que disculparse por sentir esta mierda así.

No soy como Iván. Sé que hay debilidades imposibles de controlar, por mucho que te resistas.

Joder, Liliana es mi ejemplo con piernas.

Y para Niko, lo es esto. El resplandor de las llamas devolviéndolo al infierno de su infancia, cuando aún vivía en San Petersburgo. No es solo el fuego lo que le revuelve la conciencia. Es el olor. Ese a carne quemada, deshaciéndose.

Eso… eso es lo que de verdad lo arrastra de vuelta a cuando tenía doce años y vio a toda su familia arder por culpa de una deuda no saldada con la mafia albanesa.

Su debilidad es Arkady, inconsciente en una cama de hospital.

Su punto de ruptura es el hombre que lo sacó de la orfandad y lo metió en el clan. El mismo que hizo que nos criáramos juntos, a base de golpes en los entrenamientos, hasta llegar a donde estamos ahora.

Así que sí, verlo así de jodido me toca los cojones mucho más de lo que debería, porque es la primera vez en quince años que lo veo quebrarse de esta forma.

—No puede estar volviendo a pasar —masculla, incrédulo, sin apartar la mirada de las ruinas—. Es una puta broma, ¿verdad, Aleksei? No es real.

Aprieto su hombro con más fuerza, intentando traerlo de vuelta, pero noto cómo su cuerpo vibra, cargado por la ira contenida.

Lo sabe. Por eso tiembla. Por eso intenta convencerse de que no es cierto.

—Niko…

—Joder, no. No es una broma, ¿verdad? Están muertos —escupe—. Él está grave… ¿y para qué? No se han llevado nada. No faltaba ni un centavo. ¿Crees que va a palmarla?

Lleno mis pulmones de aire y giro su cuerpo hacia mí para obligarlo a mirarme.

—¿Me lo preguntas en serio, Dragunov? Arkady es duro de cojones. No se va a morir tan fácilmente. Lleva toda la vida soportando a mi padre. Saldrá de esta.

Lo digo con seguridad, aunque sé que es imposible hacerlo con certeza. Bajo la mano y me crujen los nudillos al tensarlos, liberando parte de la presión

No parece convencido y, joder, no hay nada que pueda decirle ahora que vaya a calmar su angustia. La Bratva es su familia y le han arrebatado a muchos de los que él se encargaba de cuidar. Chavales que tampoco habían tenido una vida fácil y que ahora no son más que carne calcinada.

Y no es que sea la primera vez que sucede algo así en el clan. Pasa con una frecuencia que debería habernos insensibilizado hace ya una década. Pero la diferencia, esta vez, es que la forma es personal.

Y lo personal siempre duele de otra forma.

Yo lo sé bien.

—¿Crees que ha sido culpa mía, hermano? —suelta de repente, en un instante de debilidad, tan bajo que solo yo puedo oírlo—. ¿Crees que son ellos cobrándose lo de ese gilipollas? Ni siquiera lo maté, Aleksei. Maldita sea. Debería haberlo hecho y llevar sus cojones de cadena.

Me quedo mirando el esqueleto del edificio un momento antes de responder:

—Besnik se lo merecía. Además… ¿ una  venganza albanesa mes y medio después? —frunzo el ceño—. No, ni de coña. Los putos albaneses son estúpidos; tienen media neurona entre todos. No se meterían así con la Bratva… de nuevo.

—Lo sé… ¿pero no es demasiada coincidencia? Tienen que ser ellos, Volkov.

Me encojo de hombros. Sí, es demasiada casualidad. Y, aunque aún no puedo señalar a nadie, sé que no han sido ellos.

—No lo creo, Niko. Sabes que, si quieren matarte, van a por ti. No a por gente que está bajo tu mando. Son más directos, menos cuidadosos con el daño colateral.

Esto es demasiado limpio. Casi como si alguien quisiera que miremos hacia ese clan mientras nos la mete doblada desde otro frente.

Demasiado retorcido para esos tipos que apenas logran traficar sin que los cace la policía.

No tienen los medios ni la cabeza para montar algo de este calibre sin que la Bratva se entere. Ni siquiera hace falta comprobarlo.

Todas las pistas apuntan a un mismo sitio.

Uno que, en teoría, se esconde dentro de nuestras propias filas, jugando a la guerra fría como si fuera el puto zar de Rusia.

Uno con antecedentes de incendios desde crío.

Uno al que mi padre no soporta por haberle arrebatado lo único que quería.

Petro.

—Vamos a averiguarlo, Niko. Lo resolveré —mis dientes rechinan al apretar la mandíbula—.   Acabaremos con quien crea que puede hurgar en recuerdos ajenos. Ten la puta certeza.

Sus ojos azules se clavan en los míos y, al encontrar esa verdad, la tensión se afloja en sus hombros. Porque sabe que, cuando prometo una carnicería, jodidamente la cumplo.

El silencio pesado nos envuelve durante unos segundos, roto solo por el crujido de la madera quemada y el zumbido lejano de las cámaras, hasta que, como no, decide cagarla:

—Entonces... ¿ya no estás cabreado por lo que no te conté? ¿Estoy perdonado?

Siento la sien palpitar de nuevo, y esa presión espesa sube por mi nuca hasta estallar como una patada en el estómago. Mi respiración se vuelve más densa cuando lo miro otra vez, esta vez como si me hubiera poseído satanás.

¿Es que no sabe mantener la puta boca cerrada?

—¿Eso es un no? —casi suena jocoso—. ¿O es que sigues queriendo arrancarme la tráquea con unas tenazas ardiendo, como a ese del instituto que le miró el culo a tu chica ?

—Dragunov… cierra el pico.

—¿En serio sigues picado por qué no te lo conté?

—¿Tú qué crees?

Creo que la mandíbula se me va a desencajar de tanto apretarla cuando, en respuesta, él suelta ese sonido suyo, a medio camino entre tos y carcajada, indicándome que está recuperando el pulso… a mi jodida costa.

Lleva toda la vida haciendo lo mismo: ignorar lo que le jode, empujándome a mí a estallar.

Un día le volaré la cabeza. Lo juro por mi madre difunta: haré estallar ese cerebro de mosquito.

Bum.

A la mierda Nikolai y sus putas bromas.