Capítulo 16 Lo que él tiene de mí #4
El pánico comienza a desplazar el calor que aún corre por mis venas. Quiero seguir escuchando. Necesito entender el conflicto, el rompecabezas, encajar las piezas, saber por qué ha cambiado de idioma, por qué ha hablado en ruso… ¿Con quién estaba hablando? ¿Qué significa todo esto?
Pero, antes de obtener respuesta alguna, Aleksei reacciona con rapidez.
Me baja al suelo; su mano se engancha a la mía sin pedir permiso, tirando de mí para alejarme de los gritos de su hermano, que parece poseído por el mismísimo satanás.
Mientras escuchamos sus maldiciones —indescifrables para mí—, él las ignora y empuja una tabla del armario, la que está junto a un abrigo rojo. La madera cede con una destreza que delata cuántas veces ha sido utilizada.
Ante nosotros se abre un tramo de escaleras oscuras.
El pasadizo del que hablaba Svetlana .
—Espera —susurro; mi voz es apenas un hilo—. ¿Lo que han dicho…?
—No pienses en eso ahora. Tenemos que irnos.
Sus ojos no admiten réplica. Mis mejillas arden y mis piernas tiemblan tanto que apenas consigo avanzar con cierta dignidad.
Él vuelve a colocar la tabla en su sitio, sellando el escondite, y yo aprovecho la penumbra de las escaleras para vestirme con torpeza, intentando cubrirme, recuperar algo de la compostura que me ha arrebatado.
Aleksei se detiene un segundo a esperarme y, cuando creo que ya luzco mínimamente decente, me dedica una mirada mientras se muerde el labio inferior, un gesto que me recuerda exactamente lo que acaba de pasar.
Maldita sea.
Bajamos en silencio hasta que el aire viciado se mezcla con el olor a detergente de la lavandería. Tal y como dijo Svetlana, está ahí, esperándome… solo que ahora tiene el rostro pálido y los ojos desorbitados por el shock de vernos juntos.
Abro la boca, intentando articular una explicación, una excusa, cualquier cosa que oculte el hecho de que nuestras manos siguen entrelazadas. Al darme cuenta del contacto, mi corazón se sacude con torpeza, un contraste ridículo para alguien que, hace apenas unos minutos, se ha entregado sin pudor.
¿Qué demonios me pasa?
—Por eso has tardado cuarenta y cinco minutos… Ahora lo entiendo.
—Svet, no es lo que crees, yo no…
Ella abre más los ojos y su atención se desplaza hacia el hombre que no suelta mi mano por nada del mundo.
—Aleksei, voy a decirle a Nikolai que te ate, porque es imposible que no seas capaz de controlarte…
—susurra, llevándose las manos al pecho, como si intentara contener el latido de su corazón—.
¡Dios, pensé que iban a matarnos a los tres hoy mismo!
Lo he oído gritar desde aquí abajo. ¿Os ha pillado?
—Petro no es tan listo como para descubrir una mierda —masculla, y casi parece que intenta convencerse a sí mismo—, Además, ¿tu primo atándome? Soy su jefe. Lo mataría antes de que tuviera la audacia.
—Ojalá Niko te fuese menos leal. Más te vale darle un buen puesto cuando tu padre fallezca, porque si no… En fin, ¿por qué has incumplido lo que Cheryshev te pidió?
—No entraba en mis planes hacerlo, joder. Ella estaba ahí dentro cuando he entrado por el pasadizo. Pensé que me lo estaba imaginando… —reconoce. Y, aunque su semblante sigue siendo serio, alcanzo a ver cómo se pasa la mano por la nuca con un gesto sutil.
—¿No entraba en tus planes? ¿Seguro? Eres un Volkov y, además… ¡Su ropa está hecha un desastre! Definitivamente, lo que haya pasado no ha sido solo fruto de tu imaginación. Si alguien la ve…
La confusión me nubla el juicio. Abro y cierro la boca, incapaz de procesar nada.
Creo que en cada orgasmo he perdido un centenar de neuronas, porque no logro asimilar la familiaridad con la que hablan, ni cómo ella actúa como si no acabara de engañar, literalmente, al dueño de la casa en la que ambas estamos cautivas.
Me estoy perdiendo algo.
—Bueno, todo esto no habría pasado si hubieras estado cumpliendo tu rol… informándonos.
Svetlana parpadea, incrédula, señalándose a sí misma con indignación. Sus ojos azules escrutan a Aleksei con una mezcla de lealtad y reproche.
¿Se conocen? ¿Informarle? ¿De qué?
—¿Perdón, capullo? Le dije a Niko lo que pasó, jugándome el pescuezo, y solo he tardado tres días. ¿No es suficiente para el gran señor Volkov?
—¿Qué? ¿Nikolai sabía lo de su cuello? —brama él; su voz resuena al compás del centrifugado—. ¿Sabe quién ha sido?
Me separo de golpe. Es como si un camión cargado de piedras me aplastara el rostro, golpe a golpe.
—Espera un momento… ¿vosotros os conocéis? —No dejo de parpadear, mirando de uno a otro, incapaz de entender—. Svetlana, ¿no trabajas para Petro? ¿Cómo es que eres familia de uno de los hombres de Aleksei?
—Liliana, es complicado, no…
—Svetlana, respóndeme tú.
Aleksei rompe el contacto visual con ella y me mira. La tensión que le endurecía la mandíbula desaparece al instante, su expresión se suaviza tanto que casi parece otra persona.
—Soy una infiltrada, Liliana —dice sin rodeos, con una naturalidad que no le he oído cuando habla con Petro—. Nos conocemos desde que reclutaron a Niko en dos mil trece. Aunque, bueno, decir que trabajo para él… Mi trabajo es protegerte. Así que, supongo que, en realidad, tú eres mi jefa.
—¿¡Qué!? —El suelo parece desaparecer bajo mis pies.
No entiendo una mierda. Mi cerebro es incapaz de procesar la magnitud de lo que acaba de soltar.
Todo vuelve a ser demasiado.
—Svet… —advierte Aleksei. Su voz recupera ese tono de mando afilado que usa con sus hombres, como si acabara de decir más de la cuenta.
—Mejor que lo sepa ya, ¿no? —interviene ella, cruzándose de brazos—. Esta mujer te odia, Aleksei. Puede que tú no quieras verlo, pero lo hace. Creo que merece saber por qué la he ayudado en todo, incluso cuando no tenía ninguna razón para hacerlo. Que el motivo ha sido que tú…
—Perdón, pero no os estoy entendiendo —consigo articular, interrumpiéndola —. ¿De qué demonios estáis hablando?
—Fui yo quien os encontró en el pasillo y avisó a Nikolai antes de que Sokolov pudiera veros, ese maldito orangután…
—explica Svetlana, lanzándole a Aleksei una mirada cargada de reproche—.
Por eso sabía que tenías un chupetón, Lili.
Porque, al parecer, este animal no piensa en que somos muchos jugándonos el cuello por su «amor verdadero» ...
Las palabras de Svetlana rebotan en las paredes de la lavandería, pero mi mente se niega a darles sentido. Es como si escuchara un idioma extranjero: reconozco los sonidos, pero el significado es demasiado como para asentarse en mi consciencia.
¿Lo sabía? ¿Avisó a Nikolai? ¿Un animal que no piensa?
¿Amor verdadero?
Siento una desconexión absoluta. Mis dedos hormiguean y el zumbido en mis oídos se intensifica, ahogando el eco de la discusión que ambos empiezan a mantener.
Me quedo ahí, de pie, sintiéndome una extraña dentro de mi propio cuerpo. Todo es ruido. Todo es estática.
—Liliana.
El tono de Aleksei me obliga a enfocar la vista. Svetlana guarda silencio, observándonos con una mezcla de lástima y frustración.
Él da un paso hacia mí, invadiendo mi espacio con esa presencia que siempre me deja sin aire. Pero esta vez no hay rastro del hombre que me tocaba hace diez minutos; ahora vuelve a parecer ese chico que me cuidaba cuando era una niña asustada.
Su mano asciende con lentitud y me sujeta por la nuca, obligándome a mirarlo.
¿Todo lo que he creído estaba errado?
¿Es eso?
—Mírame —ordena en un susurro, aunque suena más a súplica—. Sé que no entiendes nada. Sé que ahora mismo solo quieres huir, pero escúchame… solo un segundo, por favor.
Intento apartar la vista, escapar de esa intensidad que me quema porque es demasiado para procesarla, pero él no me lo permite. Su pulgar acaricia mi piel, un gesto tan tierno que me rompe por dentro.
Maldición… ¿Aleksei no se lleva bien con Petro?
¿O qué significa todo esto?
¿Protegerme? ¿No estaba de acuerdo con la unión?
Sus palabras anteriores me golpean una tras otra. Su declaración. Todo lo que ha dicho sin parar desde entonces.
Recuerdo mis manos sobre su pecho, mis dedos sintiendo bajo su piel algo que parecía… verdad. Aleksei diciéndome que estoy grabada en un lugar donde tiene prohibido sentir. Y cómo eso encaja, de forma aterradora, con lo que ha revelado la que ahora sé que es una espía.
Las piernas me tiemblan. No soporto lo que siento. El aire me falta y la verdad pesa más que sus manos.
Lo empujo con todas mis fuerzas, sin dejarle hablar. Es demasiado.
—No… —susurro, negando con la cabeza.
Y entonces ya no puedo más.
Salgo corriendo hacia mi habitación, huyendo de él, de Svetlana y de la red de mentiras que yo misma he tejido y que ahora me asfixia. Más que las manos que me marcaron la garganta.
Mis piernas se mueven frenéticas, como si eso pudiera protegerme del vuelco que me ha dado el corazón. Como si pudiera cambiar la evidencia inequívoca de que nada es como creía.
Corro intentando escapar de este dolor en el pecho que vuelve a instalarse… pero esta vez es distinto.
Un sentimiento del que sé que no hay vuelta atrás.
Uno que llevaba más de siete años sin sentir.