Ruthless Obsession (Despiadados 1) Capítulo 16 Lo que él tiene de mí #3
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Capítulo 16 Lo que él tiene de mí #3

Estoy a punto de rendirme, a punto de quebrarme por la mitad ante una sensación desconocida que me recorre con ferocidad, cuando el sonido metálico de la manilla al intentar girar me arranca de golpe de ese abismo. Una voz familiar resuena al otro lado y la adrenalina me golpea como una bofetada.

Intento zafarme, pero Aleksei no me lo permite.

Su mano abandona la mesa solo para sellar mi boca, sofocando mi grito con una firmeza que me roba el aire.

—No. Te dije que no iba a parar, Liliana.

El calor del placer se mezcla con el terror en un instante, haciéndome retorcer como la cuerda de un arpa contra su boca.

Él ni siquiera se molesta en mirar hacia atrás.

Con una calma perturbadora, desenfunda su arma con la otra mano, sin dejar de lamerme, listo para ejecutar a cualquiera que cruce ese umbral

Y esa mierda es suficiente para arrastrarme al borde. Para condenarme a algo que no voy a poder expiar jamás.

Mi oído se agudiza ante el peligro y, al reconocer la voz exterior, el orgasmo que se gesta en mi interior se intensifica de forma insoportable.

—Ve a buscar la llave. ¿Por qué no está donde siempre?

La voz de Petro retumba en mis oídos. Las lágrimas recorren mis mejillas, fruto de una dualidad que me desgarra: Petro va a matarme si nos encuentra, pero, al mismo tiempo, estoy a punto de deshacerme en la boca del hombre al que más desprecia en este mundo.

Mis gemidos son tan constantes que ni la mano de Aleksei logra acallarlos del todo.

Me descubro a mí misma completamente entregada ante la inminencia de ser descubierta.

Algo dentro de mí se rompe de forma irreversible, astillándose en tantos fragmentos que dudo que alguien pueda recomponerlos alguna vez.

Estoy jodida. Dañada. Enferma.

Lo sé cuándo, sin importar el peligro, me corro.

Me rompo finalmente sobre su lengua. Las oleadas de placer son violentas, catárticas, tan intensas que por un instante pienso que la muerte debe sentirse de una forma parecida a lo que mi cuerpo experimenta ahora.

La cerradura castañea y, antes de que pueda procesar el vacío que deja la liberación, Aleksei reacciona con la agilidad de un hombre entrenado para luchar.

Recoge algo del suelo y me alza en vilo como si no pesara nada. Se dirige hacia la ventana en un movimiento fluido y, un segundo antes de que la puerta ceda, nos oculta en la penumbra del armario.

Ni siquiera sé qué diablos ha hecho ni cómo ha logrado moverse con esa velocidad calculada, pero no puedo detenerme a pensarlo.

La voz del hombre con el que estoy condenada a casarme llena la estancia con una claridad escalofriante:

—¿Quién diablos ha dejado la ventana abierta?

El corazón me martillea contra las costillas. Temo que nos delate. Late con tanta fuerza que me parece imposible que ese sonido no esté llenando toda la habitación.

—Está todo por el suelo… ¿Qué ha pasado aquí, un tornado o qué mierda?

Los pasos de Petro resuenan, pesados, acercándose.

—¿¡Liliana!? —mi nombre, siseado con histeria, hace que el corazón se me dispare aún más—. Espero que no haya sido esa mocosa…

El llanto silencioso empapa mis mejillas mientras el terror recorre cada una de mis extremidades.

Aleksei me obliga a alzar la cabeza. Sigo en sus brazos, casi desnuda, con la respiración rota, sintiendo su erección clavada contra mi vientre, justo donde hace, un instante, me profesaba su adoración.

Niega sin decir palabra, indicándome con el gesto que no va a permitir que me ocurra nada. Yo bajo la mirada hacia el acero de la pistola que sostiene entre los dedos y, por un instante, deseo que la use para terminar con esta pesadilla, que mate de una vez a su hermano.

Pero, en el fondo, sé que no va a concederme eso.

Me siento estúpida. Me doy cuenta del error garrafal que es estar aquí y de que, seguramente, la única que va a acabar hecha pedazos, enterrada en el bosque soy yo. Lo sé —o creo saberlo— hasta que su tono frío me corta la respiración al chocar contra mi oído:

—Si lloras por él, te juro que voy a reventarle el cráneo de un disparo ahora mismo —masculla.

Entonces siento sus dientes rasgando el lóbulo de mi oreja con una brutalidad que, de inmediato, me hace desear más.

La contradicción hace que mi cuerpo tiemble. Mis manos se aferran a él con desesperación, sin comprender cuál es la emoción que predomina en mi sistema nervioso. ¿Miedo? ¿Excitación?

¿Ha habido en algún momento una línea que separe ambas en el manual de mi deseo? ¿O siempre han ido de la mano y solo con él ha salido a la luz?

Apenas distingo su rostro en la penumbra del armario, pero percibo su enfado. Percibo en esos ojos azules una ira palpable, como si creyera que lloro por arrepentimiento.

Como si pensara que sollozo porque Petro está gritando mi nombre como un condenado.

No tiene ni idea.

Lloro porque me excita. Lloro porque sé que estoy como un puto cencerro. Lloro porque quiero que siga haciéndome sentir bien mientras su hermano está al otro lado del cuarto.

¿Pero cómo diablos le digo eso?

No hace falta. Encajamos como las piezas de un mecanismo jodidamente retorcido. Aun así, pese a saber que él desea lo mismo, hablo:

—No lloro por lo que estás pensando. Me gusta tener miedo. Quiero que sigas… —susurro, sin saber de dónde saco el valor para pedir mi propia destrucción—. Usa tus manos… Solo hazlo.

Obedece como si mis palabras fueran ley, como si mi deseo fuese la única religión que profesa en este instante, como si hubiera contenido demasiado tiempo el impulso y ahora sus dedos se movieran por pura inercia.

Fuera, escuchamos a Petro desquiciado, tirando cosas, maldiciendo mientras recorre la habitación con frenesí. Aleksei lo ignora, como si solo existiéramos nosotros.

Me encaja contra la pared del armario, y el frío de la madera en mi espalda contrasta con el calor de su cuerpo. Me sostiene con la fuerza de sus piernas, anulando cualquier intento de escape, y, sin previo aviso, sus dedos índice y corazón se hunden en mí.

Creo que acaba de romperme el himen… o la cordura. El dolor es una línea demasiado fina, diluida en la magnitud de lo que me provoca. Sus dedos son tan grandes que me siento llena, poseída de una forma que trasciende lo físico, como si mi cuerpo estuviera destinado a encajar así.

Estoy tan húmeda que el vaivén furioso de sus dedos no encuentra resistencia, solo un éxtasis punzante que se intensifica cuando el metal frío de su pistola empieza a atender la zona que antes rozaba su lengua.

—Aleksei… eso es…

—Silencio, diétka .

El contacto del acero contra mi piel hipersensible me hace perder el sentido de la realidad. Me tenso, doblándome hacia él, mientras las estocadas de sus dedos se vuelven más rápidas, más precisas.

Me hago sangrar al morderme el labio, luchando contra los gritos que amenazan con romper el silencio y alertar a la persona que está al otro lado, sin enterarse de que me estoy deshaciendo como metal fundido en los brazos de alguien de su propio clan… de su propia familia.

—¿Te gusta que te toque con mi arma,  Liliana ? —Su voz roza mi cuello, letal, baja, apenas audible—. ¿Te gusta imaginar que con esta misma arma voy a matar al hombre con el que te han prometido… en contra de mi voluntad? ¿Eh?

Sus palabras me golpean con más fuerza que sus dedos, que se hunden con mayor ferocidad.

Dios… ni siquiera puedo procesarlo.

Mis uñas se entierran en sus hombros, bajo la tela de su camisa, buscando dejar mi marca en su piel.

El frío del acero pronto se empapa de mis fluidos, templándose con mi propia perdición, mientras sus dedos entran y salen con una crueldad que me hace temblar desde las piernas hasta la garganta, que ya no quiere obedecerme.

Me duele la boca de tanto apretar los dientes, de tanto contener el alma para que no se me escape en un grito que arruine esta exoneración prohibida. Él lo percibe. Disfruta de mi lucha interna, porque cuando sus embestidas se vuelven más profundas y rítmicas, se inclina hacia mi oído y susurra:

—Muérdeme a mí, nena —sisea—. Acalla tus gemidos dejándome una bonita marca. Págame con dolor el placer que te estoy dando.

Lo hago. Hundo mis dientes en su clavícula. Una sacudida más intensa me atraviesa, esta vez con una claridad devastadora. Tanta, que olvido que es su pistola lo que roza mi clítoris con necesidad.

— Horóshaya dévochka .

La duda escapa de mi garganta antes de que pueda detenerla:

—¿Qué?

—He dicho que eres una chica muy buena…

Distingo su sonrisa, una curva retorcida y preciosa, mientras el orgasmo empieza a gestarse en lo más profundo de mi vientre, alimentado por el peso de sus palabras.

—Eso es, Liliana. Destrózame… mientras me llenas las manos de lo que tanto te niegas a ti misma.

Y entonces, el mundo explota.

No es solo placer. Es invasión. Veo estrellas, fuegos artificiales, una supernova estallando tras mis párpados, mientras las sensaciones terminan por arrasar conmigo. Me dejo caer en sus brazos, cada músculo contrayéndose contra el suyo en una súplica muda y pecaminosa.

Él me sostiene con una fuerza devastadora, como si fuera lo más valioso de su vida… y me lo creo, durante un instante suspendido en el caos que acabamos de crear.

La voz de Petro irrumpe, lejana, diciendo algo que me descoloca más que el hecho de haber alcanzado el clímax a manos de su hermano:

—¿Cómo es posible que, si el viejo se muere mañana mismo, Aleksei vaya a poder casarse con ella? ¿No estaba prohibido?

—Es básicamente lo que he oído de Anatoly, señor… —responde otra voz, sumisa.

—Habrá que matarlo, entonces.

—Él es quien más posibilidades tiene de ser pakhan … no creo que…

—¡Cierra la puta boca!

Un golpe seco, metálico, resuena, cortando la conversación.

— Próklyatyy bespoléznyy predátel [10]      —su voz en ruso suena maniaca, teñida de una risa nerviosa que me hace encogerme por completo.

¿Qué diablos…?