Capítulo 16 Lo que él tiene de mí #2
—Joder... —El siseo escapa de su boca mientras vuelve a apartarse hacia mi muslo y clava los dientes en mi piel, haciendo que el dolor físico se transforme en algo completamente distinto—.
Vas a tener que morderte la puta lengua, Liliana.
Vas a tener que hacerlo, porque, si alguien entra por esa puerta, no voy a detenerme.
Otro sonido desobediente se filtra de mi garganta sin que pueda impedirlo, provocando que Aleksei gruña y me muerda con más ímpetu en el muslo, magullando mi piel de forma deliciosamente precisa. La deja sensible, viva, antes de depositar un beso sobre la marca.
Me lleva al límite sin necesidad de regresar a mi sexo.
—¿Y si alguien nos descubre... seguirás haciendo esto? ¿En serio? —jadeo, extasiada, deseando que continúe.
—¿Te gusta el peligro, solnyshko ? —Su tono desciende una octava—. ¿Quieres que descubran al hermano mayor de tu prometido comiéndote el coño? ¿Es eso?
El rubor me incendia cada centímetro del cuerpo.
Joder. No tenía ni idea, pero sí. Me encanta el riesgo.
Me encanta que me hable así. Que me recuerde que el riesgo es constante.
Me avergüenza admitirlo, pero me ha leído en un segundo. La sensación de estar a punto de hacer algo prohibido es tan placentera que podría terminar solo con la idea de que alguien entre y nos descubra. Con la imagen de la sangre manchando este escenario.
No es normal que me excite la posibilidad de que alguien vea a Aleksei devorando la zona pura y casta por la que su hermano ha pagado una fortuna. No debería encenderme tanto que él lo haga sin importarle lo más mínimo… y mucho menos que las posibles consecuencias me mojen como lo están haciendo.
Diablos, ¿soy peor que este hombre?
¿En qué me convierte eso?
—No —miento, incapaz de controlar el calor que me devora por dentro—. Alguien me matará si te ve. No puede gustarme. Es una locura… tú, yo…
—¿Entonces quieres que pare?
—Sería lo correcto…
—No me mientas, Liliana. —Desciende de nuevo hasta mi centro, rozando con los labios la tela empapada mientras su aliento pesado me arranca un estremecimiento—. Sé sincera con tus deseos o no te lo daré, aunque tu cuerpo me lo esté rogando a gritos.
—Pero… —mi voz no es más que una súplica— No está bien.
—¿Quién lo ha dicho? —Su lengua delimita el tejido, amenazando con colarse bajo la prenda, rozando mis labios, humedeciendo directamente mi piel sensible.
—¿El sentido común, Aleksei? —cierro los ojos, conteniendo un gemido.
—Que te quede claro, preciosa: me importa una mierda el sentido común y me importa un carajo quién pueda vernos. —Su boca besa bajo el encaje y mis manos se aferran a las suyas, tensas sobre la mesa—. Pase lo que pase, vas a correrte en mi boca.
Aleksei tira de los bordes de mi ropa interior con los dientes, desplazando apenas el encaje, dejándome medio expuesta antes de volver a hundirse en mí y continuar:
—Voy a saborear todo lo que te hago sentir. Y, si alguien nos ve, sea quien sea, lo mataré por atreverse a mirar lo que siempre he querido… y ahora tengo el placer de poseer.
—¿Qué es lo que tienes exactamente, Volkov ? —suelto en un jadeo, retándolo.
—Nena… —gruñe, en una advertencia, mientras sigo moviendo las caderas, provocándolo.
—Solo dímelo.
—¿No me querías callado?
La vergüenza asciende con descaro hasta mis mejillas, pero estoy tan excitada que ni siquiera me importa contradecirme.
—Pues búscate una forma mejor de responderme.
—¿Te lo enseño, entonces?
Ni siquiera asiento cuando Aleksei se aparta unos centímetros, lo justo para que el frío del despacho golpee el desastre que ha dejado entre mis piernas.
Se queda ahí, con las manos aferradas al borde de roble con tanta fuerza que escucho la madera crujir bajo su agarre. Por un segundo, creo que va a partirse en dos cuando me mira, disfrutando de mi desamparo.
La anticipación me nubla el juicio. Siento el vacío insoportable y mi cuerpo reacciona por puro instinto: empujo la pelvis hacia su boca, suplicándole que regrese a ese punto sensible.
Aleksei no cede.
Él es más fuerte que yo. Quiere obligarme a ser yo quien se humille buscando su contacto, quien se exponga, quien admita que la inmoralidad me excita más de lo que estoy dispuesta a reconocer.
A la mierda.
Mis manos vuelan hacia su cabello, enredándose en las hebras oscuras para tirar de él con una urgencia desesperada, atrayéndolo de nuevo hacia mí.
Durante un instante, cede. Como si tampoco pudiera resistirse más.
Su lengua vuelve a golpear mi clítoris a través del encaje con un ritmo sucio y frenético que me arranca el aliento. Siento las pestañas contra mis mejillas cuando cierro los ojos, incapaz de sostener nada más que esa sensación.
Continúa, torturándome hasta el borde, hasta que casi me hace correrme en su boca. Pero, justo cuando el placer empieza a arremolinarse en mi interior, se aparta bruscamente, dejándome con un abismo en las entrañas que me corta la respiración.
La frustración me da ganas de llorar, de rogarle… cuando empieza a ascender, alejándose por enésima vez.
—Te diré lo que tengo de ti, Lili…
Ni siquiera quiero escucharlo cuando me descubro gimoteando al compás de su ascenso. El rastro húmedo y cálido que deja su lengua al recorrer la curva de mi cadera, avanzando por mi costado, me hace temblar entre la contención y el vértigo de la dopamina.
—Tu placer… —susurra contra el hueco de mi cintura, inhalando el aroma de mi piel encendida por su culpa.
Sigue subiendo, restregando la mejilla y la aspereza de su barba de dos días contra mi abdomen.
Se detiene donde terminan mis costillas, justo donde mi corazón golpea con tal violencia que parece palpitar contra su rostro.
—Tus gemidos… —gruñe.
Noto cómo su pecho presiona mis muslos mientras se incorpora, utilizando su envergadura para inmovilizarme, cerniéndose sobre mí como la tormenta perfecta.
Llega a la altura de mi pecho y lo veo, tan cerca que sus ojos parecen obsidiana. Tan oscuros que me obligan a arder incluso antes de que sus dientes se enganchen en el dobladillo de mi jersey y tiren de él hacia arriba de un solo tirón.
El roce de la tela al deslizarse expone mi piel al aire frío del despacho, mientras sus labios atrapan el encaje de mi sujetador, succionándolo hasta que el pezón cede bajo la presión experta de su boca.
—Tu cuerpo...
Tras deleitarse un instante con mis pechos, asciende hasta quedar a milímetros de mis labios. Su aliento sabe a mi propio deseo… y a la victoria que acaba de arrebatarme de la forma más ruin posible.
—Y esa boca de embustera que me la pone tan dura… —Presiona mi labio inferior, obligándome a abrirlo, a aceptar sin palabras que ya ha ganado—. Todo eso es lo que tengo de ti, solnyshko . Lo que es mío… desde siempre .
Aleksei no espera respuesta. Estampa la boca contra la mía en un beso impuro, cargado de un hambre inhumana que me arranca un gemido a medio camino entre el pánico y el deseo de descubrir hasta dónde puede llegar.
Su lengua invade la mía con una brusquedad posesiva, reclamando mi boca. Me obliga a saborearme a través de él y, aunque debería parecerme repulsivo, mi estómago se contrae al descubrir la forma en la que sabemos en conjunto.
Como si leyera mi mente trastornada, siento el bulto duro de su erección presionando contra mi clítoris a través de la tela de su pantalón, recordándome que él está tan jodidamente al límite como yo.
Se separa apenas, lo justo para que podamos respirar… aunque ninguno lo hace.
—Liliana… —gime mi nombre—. Mira cómo me tienes. Yo también soy completamente tuyo. ¿O no eres capaz de sentirlo?
Dios, sí que lo siento . Pero ni siquiera soy capaz de articular una frase sin que los gemidos se agolpen en mi garganta, traicionándome ante la necesidad de más, ante la expectativa.
Estoy a punto de pedirle una locura cuando de repente, se aparta y vuelve a arrodillarse sin que nadie se lo ordene.
Esta vez no se detiene en mi pecho.
Desciende con una urgencia que me hace arquear la espalda antes incluso de que llegue. Sus dientes se clavan en la orilla de encaje de mis bragas rosas, atrapando la tela y desgarrándola con un tirón seco que le tensa la mandíbula.
El elástico cede con un chasquido, y él aparta la prenda destrozada con la boca, despejando el camino sin usar nada más.
La corriente fría del despacho golpea la humedad entre mis piernas apenas un segundo… antes de que su lengua arrase con todo de una sola pasada.
Esta vez no hay tela.
Nada que se interponga.
Solo su humedad y la mía, mezclándose en un cóctel molotov. Una explosión que lo arrasa todo y me hace olvidar dónde estoy, con quién estoy… qué debería importarme.
Me olvido de todo cuando me devora, succionando mi clítoris con una violencia que me arranca un grito demasiado alto, demasiado real como para no haber resonado por toda la casa.
Su lengua se mueve con un ritmo celestial, empapándome con su saliva mientras yo me retuerzo, incapaz de sostener el nivel de éxtasis que Aleksei parece experto en provocar.
Mis manos, guiadas por una inercia que ya no controlo, se enredan en su pelo, tirando de él.
La cadencia de sus lametones se intensifica, volviéndose frenética, y un nudo empieza a gestarse en mi interior. Nace bajo mis costillas y desciende como lava hasta el punto exacto que él reclama con la lengua, ese que asegura que siempre fue suyo.
Cierro los ojos con fuerza y el mundo desaparece en un estallido de luz blanca. La piel se me eriza mientras algo completamente desconocido se arremolina con la violencia de un huracán en la zona que él se niega a abandonar.
—No cierres los ojos, Liliana. —Se separa lo justo para que vea sus labios enrojecidos por el contacto—. Mira bien cómo te arruino para cualquier otro.
Me veo obligada a obedecerle, y lo que veo me anula por completo.
El cabello le cae sobre la frente y sus brazos se aferran al borde del escritorio con tal presión que cada músculo y cada vena parecen a punto de estallar, mientras su lengua dibuja formas en mi intimidad con una precisión que me desarma.