Capítulo 16 Lo que él tiene de mí
Lili
—Aleksei…
Mi voz no es más que una súplica quebrada que se pierde en la penumbra del despacho, mientras aún intento procesar lo que estoy permitiendo…
Lo que casi le estoy obligando a hacer .
Pero el raciocinio es un lujo que no puedo concederme en este momento, un derecho que ni siquiera contemplo.
Si lo hiciera, volvería a hundirme en esos malditos sentimientos que necesito que disipe. Esos que me recuerdan cuánto me duele vivir lo que vivo, que me destrozan mientras buscan una respuesta coherente a eso que ha salido de su boca hace apenas un momento.
Dios, no.
Ni siquiera puedo detenerme a pensarlo. Tengo el cerebro embotado por mil emociones distintas, ansioso porque algo accione el interruptor de apagado.
Lo he decidido. No voy a pensar. Solo voy a hacerlo.
Voy a concentrarme únicamente en lo absurdo que resulta que Aleksei me obedezca sin cuestionarlo. Que lo haga sin intentar aplastar mi voluntad, como todos los hombres que he conocido hasta la fecha.
Es casi ridículo, si lo analizo con calma.
En un mundo tan implacable y machista como este, verlo ahí, literalmente de rodillas ante mí, reducido a lo que yo decida, dispuesto a complacerme incluso cuando no he accedido a decirle quién me ha golpeado... me descoloca.
Joder. ¿Qué se supone que significa este nivel de sumisión? No lo sé .
No sé nada ahora mismo. Solo sé que me hace sentir poderosa.
El roce de su pelo oscuro contra la piel de mis muslos es un sacrilegio.
Uno jodidamente delicioso que me arrastra directa a un averno en el que nunca debí entrar.
Uno que me hace arder, como si no fuera suficiente pecado que él sea el hermano del hombre con el que quieren obligarme a pasar la eternidad.
Como si no fuera un error fatal que él sea el mismísimo diablo… y yo, aun así, me muera por descubrir qué demonios es capaz de encender en mi alma ya corrompida.
Por una vez en mi miserable existencia, no soy yo la que está doblegada a la voluntad de otra persona. Y eso hace que la desesperación crezca y que, demasiado rápido, me arrepienta de la norma que he impuesto sobre no permitirle tocarme con las manos.
Me gustaría decirle que las use, pero contengo las ganas.
Lo hago porque mi orgullo retorcido tiene límites que no pienso dejarle cruzar. Aun así, lo ayudo.
Agarro la tela vaquera de mis pantalones y me los bajo sin necesidad de que me pida nada.
Total, ya estaban a medio muslo, y con los dientes nos llevaría un tiempo que no estoy dispuesta a malgastar.
La prenda cae al suelo junto al papel que he robado.
Lo miro un segundo, prometiéndole en silencio que no he arriesgado la vida por nada, jurándole que, pase lo que pase, no voy a abandonarlo.
Aleksei no parece percatarse de mi dilema… ni de la presencia del folio que he sustraído como una experta. Y, si lo hace, juraría que le importa una mierda cualquier cosa que estuviera ocurriendo antes de aparecer en mi radar.
Ahora, su atención está fija en cada centímetro recién expuesto de mi cuerpo.
Lo observa con una devoción religiosa, digna de alguien que acaba de encontrar el santo grial. Como si yo fuera un cuadro perdido del Renacimiento… lo mejor que ha visto en sus veintisiete años de vida.
De sus labios escapa un jadeo ronco que lo confirma… y, en respuesta a ese sonido, abro las piernas por completo, ofreciéndole la imagen que desea. La sacudida regresa con más fuerza, naciendo desde su pecho cuando se inclina.
Veo cómo sus ojos brillan con una oscuridad aterradora, justo antes de que su respiración —y sus palabras— recaigan sobre el lugar que lo reclama:
— Okhuyenno vkusnaya —susurra en ruso contra mi centro, recorriendo con la mirada la prenda rosa de encaje que llevo, en un gesto tan lento que roza la tortura—. Okhuyenno moya . [9]
No sé qué ha dicho. Ni siquiera me planteo su significado. Quizá debería aprender ruso en algún jodido momento .
Lo único que sé es que nunca nadie me ha hecho sentir así.
Lo comprendo con una certeza cristalina cuando Aleksei vuelve a hundirse entre mis piernas sin previo aviso.
El roce de su cabello en el interior de mis muslos es casi una caricia delicada, en contraste con la violencia de su respiración, demasiado agitada para ser la de un ser humano normal. Más propia de un depredador hambriento que decide venerar aquello que planea devorar.
Parece un monstruo. Sus ojos, de un azul oscuro, están demasiado nublados para pensar con claridad.
Estamos en sincronía. Yo tampoco puedo pensar.
No cuando siento el aire que exhala golpeando la tela de mi ropa interior, empapando el tejido antes siquiera de que sus labios lleguen a tocar aquello que ansío.
Pero no lo hace aún.
A pesar de que he arqueado el cuerpo hacia su boca sin pudor alguno, no se apresura.
No lo necesita. Me tiene exactamente donde quiere, y parece que le basta con eso.
Con mantenerse a centímetros de mi sexo, como si se obligara a no romper mi regla, mientras sus ojos ascienden hasta los míos sin vacilar, desafiándome.
Incitándome a que sea yo quien pierda el control.
A que lo haga… a pesar de que ha sido él quien ha decidido nuestro destino.
Estamos condenados. Y, siendo justa, yo lo insinué… pero él…
Él dijo eso .
«No has dicho nada de mi lengua y mis labios».
Entonces úsalos, maldición.
No me contengo más. Dejo que vea lo que su cercanía provoca en mí. Me retuerzo. La mezcla de odio, rencor y tristeza se transforma con rapidez en una necesidad física tan real que la noto acumulándose en el tejido donde se concentra el calor de su respiración.
Y, por la forma en que sus pupilas se dilatan, eclipsando el color de sus ojos, sé que lo está viendo.
Que los dos estamos sintiendo lo mismo.
—Solo hazlo, Volkov .
Aleksei parece percibir la urgencia en mi tono, porque se aparta de mis muslos con rapidez y me dedica media sonrisa arrogante que hace que mis mejillas se enciendan.
Se ríe suavemente, y la vibración se expande por esa parte de mi cuerpo como si supiera, perfectamente, que ese sonido me es demoledor.
Quiero agarrarlo y devolverlo a lo que estaba haciendo. Quiero hacerlo para que deje de jugar conmigo, de hablarme sin palabras, de leerme sin necesidad de explicaciones.
Pero cuando le miro de reojo...
Maldita sea .
Mis latidos se detienen un segundo completo. Está ligeramente despeinado, con la mirada turbia… y resulta, para mi desgracia, jodidamente arrebatador con ese gesto despreocupado.
Me muerdo la lengua y mi estómago indisciplinado se contrae en una anticipación casi dolorosa cuando el calor abrasador de su aliento asciende por mi vientre.
Sus labios suben poco a poco, besando y succionando, glorificando la piel de mi abdomen con una precisión experta que me obliga a cerrar los ojos. La sensación de tener al hombre que más he anhelado trazando patrones irregulares sobre mi cuerpo me arrastra sin remedio.
Su lengua se desliza, ahora un poco más abajo, hasta rozar con audacia el umbral bajo mi ombligo.
Aleksei lame la franja de encaje de mi ropa interior, erizándome cada vello del cuerpo.
Pero, justo cuando mi respiración empieza a descontrolarse, deseando que siga descendiendo, el cabrón cambia el rumbo.
Su boca traicionera esquiva el límite con mi sexo y decide perderse mucho más abajo, cerca de mis rodillas, alejándose deliberadamente de la zona que grita por su atención.
El que alguna vez fue mi amigo abandona la cercanía de mi centro, y casi puedo imaginar su sonrisa burlona mientras empieza a besar la extensión de mis piernas, fingiendo que eso es lo que deseo.
Juega conmigo.
Cada vez que asciende unos milímetros, todo en mi interior se derrite como un maldito cubito de hielo.
Le odio . Le odio muchísimo .
Es un jodido sádico. Un psicópata al que no le importa que lleve años esperando algo como esto.
Porque ni siquiera ha llegado a lo que realmente importa y ya siento que me obliga a arder en una necesidad que empuja a querer matarlo cuando sus labios recorren la cara interna de mis muslos con contactos lentos, rítmicos y condenadamente húmedos.
Tengo que apretar los puños para no hundir las manos en su pelo y estamparlo contra mi intimidad de una vez por todas.
Debería hacerlo.
Pero entonces parecería que lo necesito mucho más de lo que estoy dispuesta a reconocer. Ahora le toca a él ceder.
Sin embargo, no se rinde. Tensa mi voluntad mientras su lengua traza líneas que me hacen perder los estribos, obligándome a retorcerme sobre la mesa, tirándolo todo al suelo.
Me contraigo en espasmos que no puedo controlar mientras devora el límite que separa mi pierna de mi cadera, esa frontera que nadie excepto él ha osado cruzar jamás.
Lo hace con una destreza que despierta en mí una punzada de celos.
Estoy segura de que yo no soy la primera…
Aun así, dejo ese pensamiento a un lado cuando Aleksei intensifica el ritmo, marcándome con una posesividad tan primitiva, que sé que mañana veré reflejada en mi piel.
—Dios… —gimo, echando la cabeza hacia atrás al sentir cómo su recorrido se aproxima, por fin, a donde lo necesito.
—No, Dios no. Aquí abajo estoy yo —gruñe contra mi piel—. Si vas a gemir, Liliana, que sea mi maldito nombre. ¿Entendido?
Asiento, y él continúa trepando por mi ingle hasta que, por fin, su boca colisiona con el origen de mi deseo, justo por encima del encaje empapado por mi excitación.
No se detiene.
No me da tiempo a procesarlo como lo que es: la primera vez que un hombre me tiene de esta forma.
No.
Ataca sin miramientos.
Su lengua va directa al punto que suelo buscar con mis propios dedos, como si lo hubiera estudiado, como si supiera exactamente dónde presionar.
Y descubro que sí lo sabe cuando, con precisión, recorre mi clítoris a través de la tela, haciéndome sentir cómo su saliva se mezcla con mi humedad, cómo disfruta de esa unión.
Sus ojos se cierran, como si aquello también le provocara placer físico, y el eco de mi propio gemido retumba en mi pecho, tan intenso que le arranca una maldición.