Capítulo 15 Descubriendo el descontrol de Aleksei Volkov. #4
—Dios, Liliana, no sabes de qué estás hablando…
—¿¡No!? —le grito, harta—. ¿¡En serio!?
—¡No, no sabes nada!
La rabia vuelve a recorrerme al escucharlo.
—¿¡Ah, no!? ¡Entonces ilumíname! ¿Porque soy la prometida de tu hermano? ¿¡O por qué!?
—¡No, joder, no!
Su mano se cierra sobre mi nuca, no para hacerme daño, sino para obligarme a mirar el incendio que arde en sus ojos.
—Es mi problema porque eres mía desde que tengo uso de razón aunque no pueda tenerte. Porque, desde siempre, quien toca lo que me pertenece está muerto antes de poder contarlo… y ahora no me dices a quién tengo que hacer desaparecer.
Sus palabras me recorren la espalda como un latigazo certero. Se me clavan en los huesos, me queman. Las sensaciones se mezclan: quiero volver a golpearlo por ser un imbécil arrogante, por atreverse a mentirme, por decir cosas que son imposibles… pero algo en su voz me desmorona por completo.
Algo en su tono hace que una parte de mí quiera otra cosa. Quiera entender qué diablos significa lo que acaba de decir.
—¿Tuya? —suelto, apartándome de él—. ¿Desde siempre?
Él tira de mi ropa, acercándome de nuevo a su cuerpo, como si la distancia fuera algo físico que nos doliera.
—Dime quién te ha hecho esto, Liliana. Solo te estoy pidiendo eso.
—No tienes derecho a pedirme nada . Y mucho menos a decir que soy tuya —replico, intentando sostener la poca dignidad que me queda mientras lo veo al borde del colapso—. Retíralo.
—Me importa una mierda el derecho que se supone que tengo —sisea, apretando los dientes—. Dime quién ha sido. Estás herida y llorando. Ese hijo de puta no va a vivir para contarlo. Te lo aseguro.
Ignoro su pregunta, igual que él ha ignorado la mía, demasiado centrada en la barbaridad que ha soltado antes.
¿Por qué dice eso? ¿Por qué ahora?
—Voy a casarme con Petro, Aleksei. No puedes decir esas cosas.
Veo cómo sus nudillos se tensan, cómo sus puños se cierran hasta blanquearse cuando responde:
—Oh, nena, créeme, puedo decirlo. Y créeme cuando te digo que no vas a casarte con él. —Su respiración hace que su pecho suba y baje de forma descontrolada—. Si te ha hecho esto, Liliana… si ha sido mi hermano… si ha sido él… Joder, solo dilo.
Casi puedo percibir cómo su cuerpo vibra bajo la tela de su camisa, cómo la indecisión de ejecutar esa sentencia de muerte le late en las sienes. Su respiración es errática, desesperada; sus pulmones buscan aire en un espacio que, de pronto, se ha vuelto demasiado pequeño para los dos.
—Dime quién, Liliana. Dímelo, por favor.
—No —respondo, apartando esos malditos sentimientos, sosteniéndole la mirada—. No hasta que te retractes y admitas que no te pertenezco. Hasta que admitas que no puedes decir lo que has dicho.
Esa es la única verdad tangible en esta sala. No somos nada.
Por eso me suena a insulto que lo diga como si tuviera derecho a reclamar un lugar que él mismo rechazó. No debería importarle si alguien me ha golpeado… o me ha besado.
Y, sin embargo, parece importarle. Demasiado.
Aleksei empieza a desesperarse, pero no me afecta. No me importa que se mueva inquieto, que golpee el suelo con el pie como si fuera a abrir un boquete, como si estuviera esperando a que hable para marcharse y cumplir su amenaza.
Como si, por mí, fuera capaz de matar a su propia familia.
Eso es imposible. Sé que la lealtad a la Bratva no se lo permite. Sé que, en el fondo, es una respuesta que no quiere escuchar.
—Voy a quemar la mansión si no lo dices, Liliana. Te juro que voy a hacerlo.
—¡Quémala! —alzo las manos, invalidando lo que sea que esté sintiendo—. No me importa una mierda este sitio. Solo quiero que retires lo que has dicho. ¿Por qué no puedes hacerlo?
—No voy a hacer eso, solnyshko .
—¿Por qué? —pregunto, conteniendo de nuevo las ganas de llorar—. ¿Por qué no puedes decirlo, si es la verdad?
—¡Porque no lo es, Liliana! Porque sé que en cada jodida célula y en cada centímetro de tu cuerpo está escrito mi nombre desde la primera vez que nos vimos.
—Su mano atrapa la manga de mi jersey, tirando con firmeza para llevar mis dedos al lado izquierdo de su pecho—.
Porque tu nombre está grabado en mí, incluso en partes donde tengo prohibido sentir nada.
Me obliga a presionar la palma contra su corazón, que golpea mi mano como si quisiera romperle el pecho para alcanzarme. Siento el latido, errático y violento, bajo mis yemas, y me quedo sin aire.
El contraste, los recuerdos que me embisten… es demasiado. Tan intenso que ni siquiera sé qué pensar. Acaba de decir algo que no tengo valor para procesar.
—Voy a hacer una locura si no me lo cuentas ahora, solnyshko . —insiste, apoyando la frente contra la mía y obligándome a compartir su aliento, otra vez.
Mis manos suben solas hasta su cuello y tiro de él, demasiado afectada, demasiado desesperada por sentir algo que no sea dolor. Algo que no me queme por dentro. Algo que no me haga querer llorar.
Desesperada por verlo demostrar que sus palabras no están vacías.
—Dios mío, Aleksei… cállate.
Mis caderas vuelven a quedar apoyadas sobre la mesa; varios papeles caen al suelo cuando tiro de él, acercándolo más, obligándolo a colocarse entre mis piernas.
El calor que desprende me alivia de una forma retorcida que no sé explicar, como si, por un instante, pudiera olvidar quién soy aquí… y qué destino me espera.
—Liliana… —Su voz es un ruego ronco, confundido.
Coloco las manos sobre su boca, presionando sus labios con fuerza, sintiendo el calor de su aliento contra mis palmas.
—¿Puedes callarte? —exijo, con la voz quebrada.
Alza el cuello y se libera de mi intento de amordazarlo con un movimiento fluido que deja claro que no es fácil de dominar. Sus ojos, cargados de rabia, se clavan en los míos, buscando una confesión que no estoy preparada para darle.
Solo quiero olvidarme. Solo quiero creer, por un segundo, que lo que ha dicho pesa más que las marcas que me condenan.
—Tienes que decirme...
Su voz se corta cuando clavo mis uñas en su nuca. Bajo la presión lentamente, trazando el relieve de su espalda, sintiendo cada cicatriz.
—Cállate.
—Lili…
—Solo, por una vez, cállate, Aleksei —ruego—. No quiero oírte. No quiero que hables de cosas que me duelen. No quiero que quemes nada. Solo quiero… que cierres la boca.
—Liliana, no…
—Por favor, ¿puedes solo hacerlo? ¿Puedes, por una vez, obedecerme y callarte?
—Entonces, cállame tú, antes de que pueda arrepentirme.
Sus manos ascienden hacia mis muslos, buscando un contacto que podría destruirnos, pero las esquivo con un movimiento rápido. Niego con la cabeza, manteniendo mis palmas firmes sobre sus hombros. Ejerzo presión, una fuerza que él podría romper con un solo dedo… pero no lo hace.
Me deja hacer con él lo que quiero.
Sus piernas ceden bajo mi voluntad hasta que termina arrodillado ante mí, con la frente a la altura de mi pecho, entregándome un control absoluto.
—No pienso besarte y tú no puedes tocarme, Volkov. Ten claro eso… —sentencio. Mis dedos se enredan en su pelo, tirando suavemente hacia atrás para obligarlo a mirarme desde abajo.
Él suelta un gruñido, una vibración que siento en mis propias piernas.
—Entonces, ¿qué quieres de mí, Liliana? ¿Quieres que me quede aquí, adorándote o qué coño necesitas?
—Lo que sea que implique que te calles —susurro, con un valor que no sé de dónde saco, sintiendo la adrenalina arder en la parte baja del estómago—. No quiero oír tu voz. Solo quiero... que me hagas olvidar que la tienes. Que me hagas olvidarme, aunque sea por un momento, de esto .
Llevo el índice hasta mi cuello, señalando las marcas.
Sus ojos se oscurecen. La comprensión lo atraviesa de una forma peligrosa, tanto que incluso empiezo a arrepentirme.
—¿Me estás diciendo que quieres que te pruebe? ¿Eso es lo que estás haciendo, solnyshko ? —Su voz desciende una octava, convirtiéndose en una caricia.
—Si eso va a hacer que dejes de hablar sobre matar gente y te calles de una puta vez… —dejo la frase suspendida en el aire.
Debe de habérseme ido completamente la cabeza. O quizá compartimos la misma locura, porque, pese a la furia que aún lo sacude, su reacción es puramente instintiva.
Sus manos se aferran a la tela de mi pantalón con una urgencia que me hace temblar.
El sonido del botón saltando y la cremallera deslizándose es lo único que rompe el silencio espeso del despacho.
—Sin usar las manos —le recuerdo, con la respiración entrecortada al sentir el aire frío rozarme las piernas.
Sus manos se clavan a ambos lados de la mesa, apretando la madera con tanta fuerza que los nudillos se le blanquean, respetando el límite que he marcado.
—Te he entendido —gruñe, humedeciéndose los labios mientras sus ojos recorren cada centímetro de mi piel expuesta—. Has dicho que no puedo usar los dedos… pero no has dicho nada de mi lengua ni de mis labios.