Ruthless Obsession (Despiadados 1) Capítulo 15 Descubriendo el descontrol de Aleksei Volkov. #3
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Capítulo 15 Descubriendo el descontrol de Aleksei Volkov. #3

—Me acuerdo de cómo me miraste mientras te corrías —susurra contra mis labios, haciendo que mis rodillas tiemblen de forma traicionera—. Y de cómo te miré yo.

Sus ojos recorren los míos, buscando esa chispa de deseo que intento ocultar tras el rencor. No sé si la encuentra, pero su pulgar vuelve a presionar mi labio inferior, obligándome a abrir la boca.

—El odio es un sentimiento demasiado complejo, ¿no crees, solnyshko ? —Se queda a milímetros de besarme, torturándome con la cercanía—. Porque no parecías odiarme ni una puta pizca cuando gemías mi nombre.

—Eso fue un error. Nada de eso cambia lo que siento —susurro, pero él solo abre un poco más mi boca.

—Mentira.

Su labio inferior roza el mío.

Me quedo sin aire, incapaz de hacer otra cosa que sentir la humedad cálida de su boca a escasos centímetros de la mía, mezclándose con el impulso irracional de acortar la distancia y mandarlo todo a la mierda.

—Dímelo otra vez, Liliana —sus palabras se derraman sobre mis labios sin llegar a sellarlos—. Dime que me odias mientras tiemblas así. Te reto.

Intento sostenerle la mirada, mantener el pulso, odiarlo como cuando estoy sola. Pero es jodidamente difícil cuando su olor me nubla la cabeza y me arrastra de vuelta a ese momento, a cómo lo veía mientras…

¡No!

—Te odio —susurro, pero la palabra sale débil, perdiéndose en el espacio mínimo que separa nuestras bocas.

—No te he oído, nena. ¿Ha sido un insulto o un gemido?

Trago saliva y lo repito:

—He dicho que te odio. Que te odio muchísimo.

Aleksei suelta un gruñido bajo, una vibración que nace en su pecho y reverbera contra mis costillas, descompasando por completo mi respiración.

—Eso es. Miénteme. Me pone cachondo que ni siquiera tú puedas  creértelo.

Sus ojos descienden hasta mi cuello, fijándose en la bufanda que llevo puesta. De pronto, mi mente, embotada por la lujuria, despierta.

No. No puede ver eso.

La rigidez se instala en mis músculos. Veo sus intenciones antes de que las ejecute. No quiero que vea las marcas.

No quiero ser una mujer a la que su prometido golpea. No, joder.

No quiero que eso me defina. No con él.

Solo quiero poder disfrutar de este instante, como si dentro de unos minutos no tuviera que volver a ser un objeto más.

Por eso, cuando su mano se desliza por el borde de la tela, no puedo evitarlo.

Aún me duele demasiado como para afrontarlo en voz alta.

—No —consigo decir, apoyando las manos en su pecho para empujarlo con fuerza.

Intento apartarme de golpe, escabulléndome entre él y la mesa, pero mi movimiento es demasiado brusco, demasiado desesperado como para pasar desapercibido.

Aleksei no está dispuesto a dejarme ir tan fácilmente y, por la forma en que entorna los ojos, sé que ha entendido que oculto algo.

—No me toques. Te lo prohíbo —mascullo, intentando frenar lo inevitable, pero mi voz se quiebra.

Él ni siquiera necesita desobedecer mi orden para hacerlo.

Con la punta de los dedos, engancha un extremo de la lana, deteniendo por completo mi huida cuando intento retroceder.

El tejido cede, traicionándome, y la bufanda se desenrolla lentamente, resbalando por mis hombros desnudos hasta quedar amontonada en sus manos.

El aire frío recorre mi piel expuesta y me quedo inmóvil, consciente de que ya no hay forma de ocultarlo.

Joder.

Los ojos me escuecen por la rabia y la vergüenza, pero trago saliva con dificultad para contener el sollozo que amenaza con romperme.

No voy a llorar delante de él.

No voy a llorar más por esto.

Aleksei se queda bloqueado, con la mirada fija en mi cuello. Su rostro cambia por completo; las facciones se le endurecen. No sé qué demonios está procesando, pero el bochorno es tan intenso que siento cómo las paredes del despacho se cierran sobre mí, oprimiéndome el pecho.

Solo quiero salir corriendo. Pero no puedo moverme.

Sé que los moratones se ven con claridad. A pesar de los días transcurridos, aún no han desaparecido. Petro no me deja maquillarlos; suele querer verlos. Por eso sé que siguen ahí: oscuros, feos, como manchas imposibles de borrar con agua y jabón.

Espero una burla, una risa, algo que minimice mi debilidad, como ha hecho su hermano más de una vez. Pero su expresión se contrae en algo que juro no haber visto nunca.

Una furia letal.

Y eso solo hace que quiera huir aún más.

—¿Mi hermano te ha hecho esto? —Su voz es un siseo, sin rastro de juego.

No puedo responder. Me mantengo en silencio, con la respiración entrecortada, hasta que vuelve a hablar… y entonces entiendo que no está viendo la realidad. Su mente ha tomado otro camino, uno mucho más retorcido.

—Si te ha dejado el cuello lleno de chupetones, te juro que voy a degollarlo aquí mismo.

Su tono es casi infrahumano y mi ceño se frunce de golpe, incapaz de entender un carajo.

¿Está… celoso?

¿No fue él quien me vendió para que Petro hiciera conmigo lo que quiera?

Mi boca se abre, pero se cierra enseguida, incapaz de articular palabra. No sé si prefiero que piense que son marcas de deseo o que sepa lo que realmente son y vea mi debilidad. Pero, aun así, me revuelve las entrañas verlo enfadado por esa suposición.

¿Le importaría una mierda si supiera que esas marcas son sus dedos cerrándose sobre mi garganta? ¿Se pondría igual si comprendiera cuánto me dolió? ¿O ahora mismo solo me ve como un juguete que otro ha manoseado?

Sea como sea, el deseo se disuelve, dejando paso a lo que debería haber estado ahí desde el principio: la rabia.

Es un imbécil. Un maldito imbécil que solo piensa en sí mismo.

—¿Te importa mucho eso? —escupo, empujándolo con todas mis fuerzas—. ¿Te importa que él me haya marcado… o que no hayas sido tú?

Mis manos permanecen sobre su pecho, sintiendo el latido desbocado de su corazón bajo la tela negra de su camisa. Él no retrocede. Se queda inmóvil, pero sus ojos vuelven a descender a mi cuello, abrasándome.

Y eso duele. Duele que no vea lo que realmente son.

—Contéstame, joder —desafío, y mi voz arrastra un desprecio que me nace desde lo más profundo—. ¿Es eso? ¿Te jode el orgullo que tu hermano haya reclamado lo que tú vendiste? ¿Te revienta pensar que lo ha hecho antes de la boda? ¿Eso es lo que le pasa a tu ego?

Casi se ríe con cinismo. Lo veo. Pero su pecho empieza a subir y bajar de forma descontrolada, como si estuviera conteniendo una reacción que no quiere mostrarme.

No me importa. Es justo lo que quería desde que nos reencontramos.

Verlo herido.

—No entiendes un carajo, Liliana, tú no…

—¡No, Aleksei! ¡El que no lo entiende eres tú, que crees que esto es por deseo! —interrumpo, golpeándole de nuevo el pecho, esta vez con los puños—. ¡El que no entiende una mierda eres tú, Volkov!

Aleksei ni se inmuta. Se queda ahí, recibiendo cada impacto como si fueran simples motas de polvo. Pero su mirada se ensombrece y, entonces, me doy cuenta de que mis mejillas están mojadas.

Mierda. Justo lo que no tenía que pasar.

—¿Ha abusado de ti? ¿O qué ha pasado, Liliana? —pregunta, y las palabras le salen como si le escocieran.

Desvío la mirada de inmediato, queriendo romperme en mil pedazos. Es lo que me faltaba: que me vea como una víctima, como alguien a quien hay que compadecer.

Quiero decirle que no, que he hecho lo que he querido. Mentirle. Evitar que sepa la verdad. Pero la vergüenza me sube demasiado rápido por las mejillas, mezclándose con la humedad de esas lágrimas traicioneras que no soy capaz de contener.

—No me mires así, Aleksei… —ordeno con la voz rota, intentando empujarlo de nuevo, aunque apenas se mueve un milímetro—. ¡Que no me mires así, joder!

—Lili, respóndeme, por favor.

Es una exigencia, pero sus labios se tensan, como si algo dentro de él estuviera a punto de estallar.

Me desarma. Me arrastra de vuelta a esos momentos en los que se lo contaba todo y lloraba entre sus brazos.

No puedo hacerlo ahora.

Y siento que me ahogo por ello.

Esto es mucho peor que el dolor de las marcas que me rodean la garganta. No quiero responderle. No quiero hacerlo porque sé lo que me provoca, y ya me he esforzado demasiado en mantenerme en pie. En no romperme.

Me he repetido mil veces que mi tío me hizo cosas horribles y nunca me hirieron tanto. Nunca me importó si moría bajo sus manos.

¿Por qué mierda ahora es distinto?

¿Por qué me duele más que Aleksei vea mis heridas que el hecho de tenerlas?

—No… no fue eso lo que pasó —musito, negando con la cabeza. Soy incapaz de mirarlo mientras me limpio la cara con las mangas.

No sé por qué estoy hablando. Soy patética. Una estúpida por dejar que vea lo que siento cuando debería odiarlo. Cuando se supone que todo es culpa suya.

Aun así, la forma en que me observa me empuja a continuar, como si volviera a tener dieciséis años y necesitara decírselo a él para no morirme por dentro.

—Me pegaron… —susurro tan bajo, tan rota, que confío en que no lo escuche.

Pero lo hace. Escucha cada maldita sílaba.

Su reacción es inmediata: agarra la tela de mi jersey y me gira con firmeza, sin brusquedad. Sin tocar mi piel. Respetando la distancia que he marcado minutos antes.

—¿Qué? —sus ojos se clavan en los míos, sustituyendo la preocupación y los celos por algo que me asusta aún más—. ¿Quién mierda se ha atrevido a hacerte eso?

—¿Es importante? —bajo la vista, notando cómo las pestañas húmedas se adhieren a mis mejillas.

—Liliana, estoy hablando muy en serio. ¿Quién ha sido?

Ni siquiera tengo fuerzas para seguir discutiendo.

Debería abrazarme. Apoyarme, como lo habría hecho años atrás. Pero no. Sigue interrogándome, haciendo que me hierva la sangre, porque él, más que nadie, debería saber en qué manos me dejó.

Debería haber sabido que esto iba a pasar tarde o temprano. Y, si tanto le importa, debería haberlo evitado.

—¿Desde cuándo te importa lo que me pase, Aleksei? —escupo, con la voz cargada de un rencor ciego—. ¿Ahora soy tu problema personal?

—Siempre has sido mi maldito problema, Liliana. Solo dímelo.

Suelto una carcajada seca, sin rastro de humor, mientras otra lágrima resbala por mi mejilla, rompiéndome un poco más.

Eso no es cierto en absoluto.

—¿Ahora también te gusta mentirme?