Capítulo 15 Descubriendo el descontrol de Aleksei Volkov. #2
El olor, por su parte, es una mezcla desagradable de cuero, barniz y algo metálico, rancio, que prefiero no identificar con exactitud.
¿No se supone que son súper religiosos en la mafia? No lo parece. Esto se asemeja más al santuario macabro del diablo que al despacho de alguien devoto.
Petro lleva incluso una catedral ortodoxa tatuada en la espalda. Lo vi hace unos días, cuando salió al pasillo cubierto de sangre, gritando como si estuviera poseído. Quizá realizó algún tipo de ritual…
Qué miedo, la verdad.
¿Pero quién soy yo para juzgar una mierda? Estoy a punto de robar…
No es como que eso no sea un pecado capital.
Parpadeo varias veces para adaptarme a la penumbra y me ajusto la bufanda alrededor del cuello, intentando esquivar el frío que se me cuela por la espalda.
Llevo un jersey gris que deja los hombros al descubierto.
Sin embargo, Petro me obligó a ponerme, antes de que llegaran todos, este horrible trapo que él llama bufanda.
Supongo que para que nadie vea que es un maltratador.
¿De verdad cree que sus colegas mafiosos lo juzgarían? Quizá hasta tengan límites. Ya sabes: puedes desollar a alguien para hacerte un abrigo, pero no golpear a esa persona que pronto será de tu «propiedad».
La sola idea de pertenecerle me revuelve el estómago con tanta fuerza que casi puedo oírlo. Aunque también es cierto que el silencio aquí dentro es denso, inquietante, apenas roto por el tic-tac agudo de un reloj más alto que yo, que me pone los pelos de punta.
Si tuviera una pistola, lo destrozaría para que dejara de sonar y poder trabajar sin esa sensación constante de que me van a descubrir en cualquier momento.
Además, ni siquiera estoy haciendo nada malo. El tiempo se nos echa encima. La fiesta es en tres semanas y, si no está bien organizada, quedaré fatal y tendrá una excusa para golpearme… o para matar a Katya y a Svetlana.
Ella son las responsables de ayudarme.
Avanzo deprisa hasta la mesa de roble, con esos pensamientos atormentándome. El escritorio es enorme, ocupa casi todo el centro de la sala. Está hecho un desastre: ceniceros de cristal llenos de restos de puros y un par de vasos de whisky oscuro a medio terminar.
Paso los dedos por los papeles desordenados, sintiendo un destello de frustración al ver las letras cirílicas. No entiendo nada, y esta sería una oportunidad perfecta para ganar ventaja si pudiera leerlo.
Pero no debo pensar en eso. Le prometí a Svetlana ser rápida.
Pese a los obstáculos, encuentro lo que busco antes de lo esperado, entre una pila de documentos, sobre una carpeta de piel. Es un folio blanco con el membrete del club donde quiero celebrar la fiesta. Reconozco el logotipo y las cifras en negrita al final de la página.
No puede ser otra cosa.
Lo tomo con cuidado, comprobando una última vez que es exactamente lo que necesito.
Lo es.
Dejo escapar un suspiro profundo y una diminuta sonrisa triunfal se escurre por mis comisuras.
¿Ves? Sabía que no sería complicado.
Ahora solo tengo que salir como si nada.
Me guardo el papel en la cinturilla de los vaqueros y me quedo un segundo inmóvil, abstraída, mirando la silla de cuero vacía. Imagino el poder que debe de tener quien se sienta ahí…
Hasta que noto algo tocar mi hombro desnudo.
Mi corazón se detiene.
Durante un segundo pienso que ha sido polvo… o quizá mi imaginación jugándome una mala pasada. Es una sensación leve, casi etérea, y en la estancia no se oye nada más que ese maldito reloj y mi respiración, ahora agitada.
Estoy a punto de moverme, de salir corriendo, pero, de pronto, esa caricia se transforma en una presión firme y helada que enfría mi sangre hasta convertirme en hielo.
El pánico me golpea el pecho y me obliga a girarme con el pulso desbocado, latiendo tan rápido que siento que el corazón podría escaparse por mi garganta si me atreviera a gritar.
¿¡En que puto momento!? ¿¡Si la puerta no se ha abierto!?
El pánico se instala en mis costillas. Estoy lista para chillar, para rogar o para atacar con lo primero que encuentre, pero el aire se me escapa antes de entender qué está pasando.
Levanto la vista y lo veo.
Ni siquiera soy capaz de procesarlo cuando su voz ronca rompe el silencio:
—Pensé que estabas solo en mi cabeza… —susurra. Apenas puedo dejar de parpadear mientras su mano, ahora cálida, reclama su lugar sobre mi piel—. Pero joder, eres real. Estás aquí… ahora.
Me llevo una mano al pecho y me doy cuenta de que ya ni siquiera siento los latidos. Es como si mi corazón se hubiera detenido con su tacto, con su voz, con su presencia en este cuarto.
Ni siquiera había considerado la posibilidad de que él pudiera estar aquí.
Pero tiene todo el sentido del mundo.
Tengo la boca seca y me cuesta articular. Estoy en shock. Tanto, que al final, por los nervios, se me escapa una estupidez que no logro contener:
—¿Te drogas o por qué dices cosas tan raras de repente?
Quiero abofetearme mentalmente.
De verdad quiero hacerlo.
Hasta que una carcajada áspera rompe el aire, saliendo de sus labios y atravesándome con más fuerza que un cuchillo. Mis piernas fallan, y los latidos regresan de golpe, tan intensos que resuenan en mis oídos, dejándome sorda durante un segundo.
El sonido de su risa lo eclipsa todo. Me anula por completo.
Hace años que no escucho algo así. Demasiados. Y me pilla desprevenida. Es una vibración que se cuela en mis huesos y me arrastra directamente a la adolescencia, a ese momento en el que estaba enamorada de ese gesto, de la forma en que se le arrugaban ligeramente los ojos al reír.
Dios… sí.
Debe de estar drogado. ¿Por qué, si no, se reiría así?
¿O soy yo la que ha perdido la cabeza y por eso estoy viendo esto? Es lo único que tiene sentido ahora mismo.
—¿Aleksei…? —pronuncio con cautela, dudando de mi propia cordura.
Sus ojos caen sobre los míos con rapidez, como si decir su nombre activara algún resorte oculto en él.
—¿Sí, Lili? —Se inclina apenas unos centímetros hacia mí, lo suficiente para que el peso de su presencia se sienta jodidamente real.
Maldición. ¿Estoy soñando? ¿O es que el mundo acaba de desviarse de su eje?
El diminutivo me arde en el pecho, porque, una vez más, hace años que no lo oigo salir de su boca. No entiendo qué ha cambiado ni por qué nuestra dinámica es tan distinta a la de la última vez, cuando se coló como un depredador en mi habitación.
Joder… ¿será qué quiere otra ronda?
El fervor se esparce rápido por la cara interna de mis muslos al imaginarlo, pero me obligo a tragar saliva y a recordar dónde estoy: en el despacho de su hermano, con un papel robado y el cuello lleno de morados.
Si Petro se entera de esto, me matará. Y no creo que con las manos.
—No me llames así —le corto, intentando que mi voz no tiemble—. Eso es para mis amigos. Y tú no lo eres. Ya no.
Su expresión cambia. La vehemencia de sus pupilas desaparece y es sustituida por una determinación oscura. La misma que le vi reflejada hace una semana, en el pasillo. La misma que hizo que me mojara.
Maldita sea. No es el Aleksei que conocía.
Ahora es peligroso de verdad.
¿Por qué eso me hace temblar?
Una sonrisa ladeada, sin rastro de amabilidad, se dibuja en su rostro, como si pudiera leerme la mente.
—Genial —suelta, con una voz ronca que me desestabiliza—. Porque no quiero ser tu amigo, Liliana.
Una punzada me astilla las costillas, recordándome la decepción que arrastro desde que me trajeron aquí.
Claro que no quiere ser mi amigo. Si me vendió sin remordimientos al hombre que casi me mata.
Me obligo a endurecer la mirada, aunque por dentro sienta que estoy a una palabra suya de romperme en mil pedazos.
—No es como si tuvieras decisión en eso, Aleksei. Las amistades son cosa de dos y… —mi voz flaquea, así que doy un paso atrás. Pero solo consigo chocar contra el borde de la mesa—. Yo tampoco quiero ser nada tuyo. Ya no.
Él exhala un suspiro pesado que tensa los músculos de su cuello de una forma que me afecta más de lo que debería. Da un paso al frente, acortando la distancia que acabo de intentar crear.
—No. No me estás entendiendo, Liliana.
Sus manos no me tocan, pero su presencia me empuja aún más contra la mesa, como si lo hicieran.
Siento que el aire de la habitación se vuelve irrespirable. Tengo que recordarme, una y otra vez, lo que siento por el hombre que tengo delante para poder mantenerme firme y hablar:
—Pues sea lo que sea que no estoy entendiendo, no va a pasar. Te odio, ¿te acuerdas? —escupo, cargando cada palabra con toda la rabia que he acumulado en estos siete días, esperando que actúe como un escudo. Esperando que le duela. Que se marche.
Sin embargo, él no se inmuta. No le afecta en absoluto. Al contrario, sonríe de forma felina mientras se inclina un poco más, obligándome a arquear la espalda contra el borde de la mesa, como si yo fuera un ratón y él estuviera a punto de cazarme.
Su cercanía es una emboscada para mis sentidos. No ha abandonado mi cabeza ni un solo segundo en estos días, pero me repito que ya no es quien era. Que yo tampoco lo soy. Que somos adultos. Qué él es hijo del jefe de la mafia que me ha comprado para casarme con su hermano.
Que no es decente que me afecte así.
—Me acuerdo —dice, y su voz es una caricia venenosa que me atraviesa cuando da otro paso, borrando el último resquicio de aire entre nosotros y aprisionándome con sus caderas.
Sus dedos abandonan mi hombro y ascienden hasta mi mejilla, rozando la comisura de mis labios con el pulgar. Bajo la mirada, pero Aleksei me obliga a inclinar la cabeza hacia atrás para que lo mire mientras habla.
—Me acuerdo de cada palabra que me lanzaste —continúa, bajando el tono hasta convertirlo en una sacudida que se expande por cada rincón íntimo de mi cuerpo—. Me acuerdo cada puto segundo del día de ello.
Se inclina más, agachándose a mi altura, mientras uno de sus antebrazos, surcado de cicatrices, se clava a un lado de mi cuerpo, cerrándome cualquier vía de escape. Me aprisiona mientras su nariz roza la mía, obligándome a respirar el aire que exhala.