Capítulo 15 Descubriendo el descontrol de Aleksei Volkov.
Lili
—Tienes veinte minutos, más o menos —me susurra Svetlana. La veo rebuscar entre las capas internas de su falda hasta dar con lo que busca—. Todos están reunidos arriba. Parece algo importante… Pero escúchame bien: si bajan y nos encuentran aquí, nos matarán. A las dos. Sin pestañear.
Asiento, tomando la llave que me tiende. El metal está frío, pero lo aprieto contra mi pecho con tanta fuerza que noto el relieve clavándose contra la clavícula.
—Seré rápida, no te preocupes. Nadie verá nada —aseguro, aunque ella mira a ambos lados, inquieta.
—¿De verdad vale la pena hacerlo? ¿No es mejor que esperes?
Trago saliva con dificultad, tratando de mentalizarme.
No sé si vale la pena, ni en qué momento decidí que era buena idea arriesgar la vida así por una fiesta que, en teoría, no debería importarme.
Pero necesito una distracción que me aleje de recordar que, hace apenas siete días, casi abandono este mundo a manos del hombre al que me obligarán a decirle «sí, quiero» en menos de mes y medio.
—Sí. No quiero hablar más con él ni que me obligue a ir detrás suplicándole por una bobada.
Svetlana asiente, preocupada, mientras que yo solo puedo pensar en una cosa: no voy a darle esa satisfacción. No voy a darle más poder a Petro.
Lo he decidido. No dejaré que me mate. Y mucho menos me casaré con él.
Si esa ceremonia llega a celebrarse seré como esa mujer de los libros que tienen tirados por la mansión, cubiertos de polvo.
Ni siquiera sé cómo me han permitido acceder a ellos .
Quizá nadie los ha leído nunca y solo forman parte de la decoración de un lugar demasiado grande e inhumano. O quizá a Petro le ha parecido adorable que me haya vuelto dócil. Tal vez cree que, si estoy callada y leyendo, es porque me he rendido.
Pobre estúpido.
No sabe que la historia de su propia patria se ha convertido en mi manual de instrucciones. No sabe que, para su desgracia, ahora quiero ser como esa mujer: estratega, audaz… implacable.
Que el pasado me ha inspirado. Que tengo como referente a Catalina La Grande , la extranjera a la que obligaron a casarse con un emperador al que no amaba y que, en lugar de quedarse llorando, provocó un cataclismo.
Lo engañó con innumerables hombres, se divirtió y, por si fuera poco, lo mandó matar, convirtiéndose ella misma en la emperatriz.
Mi ídola, sinceramente.
Es fantasioso pensar que todo va a ser así conmigo, lo sé. Soy consciente de que, en la mafia, se pegarían un tiro antes de permitir que una mujer controle algo que consideran suyo.
Pero tampoco es lo que busco. No soy tan ingenua como para creer que la Bratva es una monarquía del siglo XVIII.
Aun así, hay una lógica que sí entiendo…
Si mato a Petro, dejará de ser un problema. Solo será un cadáver.
Y, aunque yo muera después, al menos me iré sabiendo que me lo llevé conmigo al infierno.
Sería grandioso.
Tengo asumido que él es más fuerte y más listo que yo; me lo ha demostrado. Pero no necesito nada de eso. Necesito paciencia. Esperar el momento perfecto. Seguir haciendo lo que estoy haciendo.
Quizá incluso pueda huir después y empezar una nueva vida. Quién sabe… Si lo hago bien, puede que las consecuencias tarden en alcanzarme.
O que no lo hagan jamás.
¿Sería Aleksei quien me ejecutaría por matar al hombre con el que comparte apellido? No lo sé. Lo único que tengo claro es que tres días enteros llorando, casi sin comer, y un libro de historia han sido suficientes para llegar a esta conclusión:
Nadie va a salvarme.
Sé que, si no actúo, acabaré muerta a manos de un maltratador. Ocurrirá cuando el trato se complete y obtenga de los italianos lo que quiere. Petro es mucho más peligroso y metódico de lo que había imaginado. Un sociópata.
Por eso no puedo seguir limitándome a palabras o gestos que no le hacen el más mínimo daño.
¿Por qué solo le escupí? Debería haberle clavado el tenedor en la garganta y dejar que se desangrara . No se lo habría esperado. Nunca esperaría algo así de una mujer, lo he observado. Nos considera inútiles. Cree que somos débiles y que no tenemos cerebro.
Con los hombres no actúa igual. A ellos los trata con respeto, incluso a los de menor rango. Pero a las criadas… A las criadas las castiga por cualquier cosa. Las golpea a diario. Las humilla. Y lo hace en un idioma que entiendo, para que me quede claro que, si no obedezco, seré la siguiente.
Las oigo llorar cuando paso por el ala norte. Susurran que a una de ellas hace tiempo que no se la ve, que, desde que intentó cubrirse el rostro mientras él la golpeaba, ha desaparecido.
Me gustaría pensar que ha huido, como algunas creen, pero la realidad es mucho más simple: probablemente esté muerta, enterrada en algún punto del bosque, pudriéndose hasta que nadie la recuerde.
No quiero que eso me pase. Ninguna lo queremos.
Lo sé porque he dejado de oír que Petro es maravilloso para empezar a escuchar: « Por favor, ten cuidado, Liliana. No está de buen humor esta mañana» .
Ninguna mujer aquí respeta sus actos. Lo que sienten es miedo. Y no por su posición, sino por el infierno en el que ha convertido esta mansión en apenas siete días, sin motivo aparente.
Me siento culpable, porque sé que su actitud cambió desde mi escupitajo. Por esa marca que no se ha tragado que sea un simple pellizco. Nadie parece culparme por ello, porque ahora sea más violento con todas, pero no puedo dejar de pensarlo.
Intento apartarlo. Intento centrarme. Me obligo a recordar que, mientras planeo cómo salvarme —y a todas las que pueda arrastrar conmigo—, la monarca rusa debe ser mi ejemplo.
Quiero creer que puedo resolver esto. Que el maltrato terminará. Que podré utilizar mi posición para cambiarlo.
A sus ojos, seré dócil… para que otras no reciban los golpes que me corresponden.
Pero también pienso divertirme. Voy a organizar fiestas, a besar a otros hombres sin que él lo sepa… A vivir. Hasta que llegue el día en que todo estalle.
—Por favor, ten cuidado. Si te atrapan…
—Tranquila, Svet —mascullo, regresando de las profundidades de mi mente disociada—. Diré que estaba abierto y que estaba buscando esos presupuestos que llevo pidiéndole a Petro desde hace dos días. Él no puede matarme… aún. No le diré que me ayudaste, te lo prometo.
—No creo que se lo crea, Lili. Puede hacerte daño otra vez...
Una pequeña sonrisa se escurre por mis labios al escuchar cómo me llama.
En estos siete días hemos cogido algo de confianza. No me fío del todo, pero al menos está intentando protegerme.
Además, fue ella quien impidió que Petro acabara conmigo sin tener motivo para intervenir, y eso es suficiente. Lo es para permitirle usar el apodo que, hasta hace poco, solo Aleksei y mis padres tenían derecho a pronunciar.
—¿Qué no se va a creer, Svet? —le resto importancia, aunque tampoco estoy segura de cómo reaccionará—. No tengo móvil, no entiendo ruso… ¿Qué más podría estar buscando, aparte de los presupuestos que necesito? Además, no voy a permitir que vuelva a pegarme. Lo juro.
Se muerde el labio inferior con fuerza antes de asentir de nuevo.
—Vale, pero si alguien entra, escóndete…
—Su voz desciende hasta convertirse en un susurro casi inaudible—.
En el armario hay una salida secreta, justo detrás de un abrigo granate.
Ese pasadizo lleva directo a la lavandería.
Hoy las chicas tienen el turno libre y el ruido de las máquinas puede cubrirte. Sal por ahí. Estaré esperándote.
Le tomo la mano y le dedico una mirada sincera. Nunca me había fijado, pero debe de tener mi edad. Es rubia, preciosa… y también está atrapada en un lugar en el que, estoy segura, no quiere estar.
Me avergüenzo de haber pensado que era una estúpida cuando decía que le gustaba cómo Petro me trataba.
No podía imaginar la verdad.
—Gracias. Ahora déjame sola o nos atraparán a las dos.
Me devuelve una última sonrisa tensa y se aleja con rapidez, pasando el plumero por los muebles con esa energía nerviosa tan suya, moviéndose con una velocidad impropia de alguien cuyo trabajo principal ni siquiera es limpiar.
Tengo que reprimir una risa. Es… única .
En el mes que llevo aquí, creo que ella ha sido lo más parecido que he tenido a una amiga. O, al menos, a alguien con quien poder hablar.
Siento un leve pinchazo en el pecho, pero no dejo que esa emoción me detenga. He aprendido que la distracción es un lujo que no puedo permitirme si quiero seguir viva.
Así que continúo con mi plan como si nada hubiera pasado. Introduzco la llave, empujo la pesada puerta de madera y cierro trás de mí.
¿Por dónde empiezo?
La última vez que hice algo así, Petro me puso una pistola en la nuca y estaba vigilándome, pero, sinceramente, confío en que no vuelva a ocurrir. He visto a todos sus hombres subir a la planta de arriba y varios coches negros llegar de golpe. Quizá el jefe se está muriendo.
Los rumores dicen que tiene ELA y, por lo poco que sé, es una enfermedad jodida.
Casi siento una punzada de empatía al recordar que ese hombre también es el padre de Aleksei. Pero la sensación se disipa rápido. Se desvanece en cuanto recuerdo los moretones que él traía a veces cuando éramos niños, marcas que intentaba ocultar y que entonces yo no sabía interpretar.
¿ Quién podría habérselos hecho, si no ese viejo que ahora paga su karma muriéndose?
A juzgar por la frialdad de este lugar, creo que empiezo a entender dónde aprendió Petro a comportarse como un animal.
La crueldad es hereditaria. De eso estoy segura.
Mis ojos recorren la estancia antes de empezar a moverme.
El despacho parece una pesadilla dirigida por Martin Scorsese.
Es exactamente lo que imaginarías de un lugar donde se cierran tratos y se manejan asuntos ilícitos: las paredes, revestidas de madera oscura, absorben la escasa luz que entra por las ventanas.
Detrás de la silla principal se alza una chimenea enorme, apagada, y en las paredes cuelgan cabezas de animales por todas partes. Lobos con las encías retraídas, osos imponentes, águilas y… ¿una cabra?
Dios, esto es perturbador.