Ruthless Obsession (Despiadados 1) Capítulo 14 En vez de una boda, será un entierro. #3
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Capítulo 14 En vez de una boda, será un entierro. #3

—Eso sería la hostia —espeta Viktor, con una fascinación casi infantil, rompiendo el momento—. Sesos esparcidos sobre el mármol blanco... sería una composición maravillosa. Óleo sobre lienzo. Digno de exposición.

No le hago caso. Porque si lo hago, será su cerebro el que acabe decorando esta habitación.

—No sé lo que quiere, pero prepárate para cualquier cosa.

Respira y controla tu mal genio —Niko da un paso hacia mí, dedicándome una mirada de apoyo–.

Solo recuerda que tienes a mucha gente de tu lado y que todo depende de ti.

Lograremos que tu chica esté contigo si consigues mantener el control.

Solo intenta no olvidarlo, ¿de acuerdo, hermano?

Sea lo que sea que esperábamos, no ha ocurrido.

Llevamos una hora y media encerrados en la habitación de Iván, y lo único que ha hecho desde que llegamos es murmurar el nombre de nuestra madre, que yace enterrada en Rusia.

— Anastasia …

Es un susurro apenas audible si no estás pegado a su lado, casi sobre la almohada, pero Petro y yo lo oímos con claridad.

Al menos, la suficiente como para intercambiar miradas de soslayo, intentando averiguar quién de los dos tendrá la suficiente « misericordia » como     para partirle el cuello de una vez y acabar con esta ridícula exhibición de humanidad.

Como si invocar el nombre de alguien que lleva muerto veinte años fuera a salvarlo del infierno que le espera en cuanto ese monitor deje de pitar.

Alguien debería hacerlo, la verdad.

Alguien debería matarlo antes de que la leyenda del gran pakhan  de Saint Virell  quede reducida a un viejo que ni siquiera puede respirar por sí mismo.

Alguien debería de hacerlo antes de que todo se vaya a la mierda, antes de que la Bratva pierda el último resquicio de respeto que le guarda y algún listillo de bajo rango descubra lo que ocurre en la planta más alta de esta casa.

Sería otro desastre que limpiar, sí. Pero sería lo normal. Al menos, en el clan.

En nuestro mundo, la debilidad no se observa como estamos haciendo ahora: se ejecuta, sin esperar ni preguntar. El simple hecho de ver a Iván Volkov reducido a esto es una ofensa para quienes tenemos la desgracia de llevar su apellido.

Qué puta vergüenza ajena.

Me arrancaría los ojos si eso no implicara no volver a ver a Liliana.

¿Cómo puede estar permitiendo que sus últimos momentos los escuchen tantas personas? Él, por mucho menos, me rajó de extremo a extremo el lado izquierdo de la cara.

Si fuera cualquier otro hombre, el Consejo —o cualquiera— ya le habría pegado cuatro tiros sin pestañear. Y eso es lo que más me jode: que él sea la excepción. Que lo sea cuando a todos nos enseñan, desde críos, que este tipo de vulnerabilidad es inadmisible. Una falta de respeto a la Bratva.

Joder , yo ni siquiera tuve permitido llorar en el entierro de mi madre.

Tenía siete años. Tuve que tragarme las lágrimas mientras la enterraban y aceptar que no volvería a verla.

¿Y para qué? ¿Para que él ahora pueda nombrarla con total impunidad?

¿Para que todos observemos sin hacer lo que él habría hecho con cualquiera de los que estamos en esta sala?

El Consejo lo está protegiendo. Creo que ninguno de los presentes tenemos dudas al respecto. Personalmente, no sé el motivo exacto, pero tiene que haber algo grande detrás.

Solo el diablo sabe cuántos terrenos, empresas y millones lo mantienen respirando de forma artificial hasta que él decida su final.

Aquí nadie hace nada gratis. Y mucho menos por simpatía.

Dios… ¿y si le pongo la almohada en la cara y lo hago? Así deja de nombrarla de una puta vez y se decide quién coño será el siguiente pakhan. Mis hombres dispararían a todos, Petro moriría y el problema se resolvería sin más drama.

Fácil, sencillo y para toda la familia, como diría Nikolai… el cual niega en mi dirección, como si pudiera leer el cortocircuito de mi cabeza.

«Joder, ya sé que no puedo» , le digo con la mirada.

Él vuelve a negar, no creyéndose una mierda.

Maldito subnormal. No soy tan gilipollas .

Sé que hacerlo implicaría que Liliana moriría antes de que yo lograse llegar a su cuarto para sacarla. Ella es el único hilo que me mantiene anclado a esta silla. Si me conoce, debería saberlo ya.

No voy a matar a mi padre. No porque me falten ganas, sino porque las consecuencias me dolerían mucho más que la muerte del hombre que contribuyó a darme la vida.

Por otra parte, sigue siendo un misterio por qué Petro no lo ha matado todavía y continúa con ese teatro de hijo afligido. Supongo que es consciente de que, en el instante en que nuestro padre cierre los ojos para siempre, voy a separarle la cabeza del cuerpo.

Sabe que, sin el viejo, ya no habrá nada ni nadie en este mundo que pueda protegerlo. El propio Iván lo dejó claro ante el Consejo: tengo vía libre tras su muerte. Puedo matarlo… o él a mí, si tiene la suficiente audacia.

Casi como si mi hermano hubiera escuchado mis pensamientos, abre la boca, obligándonos a todos a dirigir la mirada hacia él. Sonrío, incapaz de evitarlo al comprobar que su tabique sigue desviado y que el hematoma que le dejé por tocar a Liliana aún no ha desaparecido del todo.

Mi Liliana.

La próxima vez será una bala en la cabeza .

—¿Entonces hoy se muere? —pregunta sin rodeos, mirando al médico que acaba de entrar para ajustarle la morfina.

El doctor de mi padre intercambia miradas con ambos, como si estuviera sopesando qué decir… o a quién dirigirse. Hace bien en dudar.

Ante un « sí », otros hijos se derrumbarían o le volarían la tapa de los sesos entre lágrimas. Nosotros, probablemente, olvidaríamos el rencor durante un segundo para brindar mientras escupimos sobre su tumba. Y luego nos reventaríamos a puñetazos. En ese orden.

—Es incierto —responde finalmente, con una ambigüedad que hace que mis dientes vuelvan a rechinar.

Joder. ¿Entonces para qué tanta urgencia?

—Solo di sí o no —exige Petro. Veo cómo su pierna golpea el suelo con un ritmo constante, como si eso pudiera arrancarle una respuesta distinta.

—Su condición no funciona de esa forma… —Su garganta se contrae al tragar saliva—. Puedo deciros que estamos intentando evitar el fallo respiratorio total, pero no son matemáticas ni una ciencia exacta…

—Está totalmente ido. Debe de estar muriéndose —espeta Petro, y casi puedo ver la preocupación destellando en sus pupilas.

—Eso es raro. La ELA no provoca demencia ni afecta a la capacidad cognitiva. Debe de ser un efecto secundario de la morfina en dosis elevadas…

O sea, que ni siquiera es la enfermedad lo que le está nublando la mente. Es tan débil que una simple droga para aliviarle el dolor —un dolor que debería soportar— está provocando que su juicio falle.

Me repugna. Lo juro.

—Solo da tu puta opinión profesional. ¿Se va a morir o no? Es simple, joder —exclamo, harto de la tensión que se ha instalado en la sala.

Todos tienen la mano cerca de la cadera, como si su respuesta fuera a desatar un tiroteo en cualquier momento. Lo cual… es bastante probable.

—Mi opinión no es relevante. Estamos haciendo todo lo posible para que su calidad de vida en estos últimos momentos sea…

—¡Responde ya! —grita Petro, aferrándose a la silla, a punto de sacar el arma y matarlo por no ser lo suficientemente directo.

No puedo culparlo. Ambos esperamos respuestas distintas, pero necesita dar una ahora si quiere salir de esta habitación con vida. Incluso los miembros del Consejo parecen estar ya hasta la polla de tanta evasiva.

La paciencia no es una virtud en esta casa.

—Siendo honesto… no lo creo, señores —dice al fin—. Está estable. Hoy vivirá. Es más, lo más probable es que aún le queden unas semanas. Si tenemos suerte, quizá un par de meses antes de que sea inevitable.

Veo por el rabillo del ojo a Misha y a Nikolai llevarse las manos a la cara al mismo tiempo, en un gesto de agotamiento sincronizado que me deja claro que no quieren presenciar lo que está a punto de ocurrir. Me conocen. Saben que mi paciencia acaba de evaporarse con esas palabras.

—¿¡Entonces por qué coño estamos aquí perdiendo el tiempo!? —suelto, levantándome de la silla con un impulso violento—. Nos han dicho que era obligatorio presentarse. Pensé que eso significaba que se moría esta noche. ¿A qué estamos jugando ahora? ¿A las putas familias?

Anatoly, el cabecilla del Consejo, me observa un segundo desde su asiento, evaluándome. Su trabajo consiste en evitar guerras innecesarias… pero ya es tarde para eso.

Veo oscuro.

La rabia se me cuela por cada extremidad y, como si pudiera leerme, se levanta. Lo hace con una calma medida que me obliga a seguir cada uno de sus movimientos hasta que se detiene frente a mí.

Entonces comete el error.

Apoya la mano sobre mi hombro, intentando apaciguarme.

Me conoce desde que tenía ocho años, desde que llegué. Ha visto cada una de mis cicatrices. Incluso se quedó conmigo cuando aún no tenía edad para acompañar a mi padre en sus misiones .

Aun así… hay que tener valor para tocarme cuando estoy así.

Mucho valor.

Hay que tener los cojones del tamaño de un camión, honestamente.

Mis músculos se tensan bajo su palma, como un resorte a punto de saltar.

Debería rajarle la garganta. Sin él, Iván no es nadie. Elegimos un nuevo Sovetnik y a la mierda todo.

Pero no es tan fácil. Lo sé.

Por mucho que me cueste admitirlo, no hay otro como Cheryshev  en Saint Virell. Es el cerebro del clan. El único capaz de mediar en disputas internas y cerrar negociaciones con otras mafias sin que todo termine en una carnicería.

Es quien mantiene los contactos legales de mi padre. Quien evita que acabemos en la silla eléctrica o cumpliendo cadena perpetua en alguna prisión soviética.

No puedo matarlo, joder.

—Aleksei, sal a hablar conmigo. Démosle al pakhan  un momento de privacidad con su médico —dice, con un tono que no admite réplica.

Me sacudo su mano con un gesto seco y camino hacia la puerta, sintiendo que estoy a punto de meterme de lleno en el ojo del huracán. Algo en mis costillas me avisa de que nada de esto va a terminar bien.