Ruthless Obsession (Despiadados 1) Capítulo 14 En vez de una boda, será un entierro. #2
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Capítulo 14 En vez de una boda, será un entierro. #2

Viktor aplaude desde la esquina, como si Misha le importara una mierda. Lo cual, siendo honestos, es exactamente así. Su diagnóstico lo deja bastante claro: nadie le importa. Salvo él mismo.

De hecho, no deberíamos fiarnos de Reznik en absoluto. Pero supongo que lo hacemos porque nadie disuelve un cuerpo como él. Nadie lo hace tan rápido.

Solo el diablo sabrá cómo acelera ese proceso.

Yo, personalmente, prefiero no saberlo.

—Jefe, si no quieres ensuciarte… ¿puedo matar a Misha yo?

—pregunta Viktor, demasiado entusiasmado—.

Creo que su cráneo es bastante esférico y quedaría de puta madre en la estantería de mi cuarto.

Le pondría una luz dentro para que esos ojos negros brillaran.

Además, al ser canónicamente atractivo, seguro que quedaría bien como decoración. ¿Puedo? Por favor.

Casi se arrodilla.

Y no parece estar bromeando.

Misha, harto de ser siempre el blanco fácil de la organización, agarra a Nikolai y a Viktor por las solapas y los estampa contra la pared en silencio, mirándolos a los ojos con una rabia que solo consigue que el rubio se ría con descaro, restándole toda la importancia a su reacción.

Viktor, al contrario, sí se lo toma en serio. Sonríe como si la habitación se hubiera convertido en un matadero. Como si su compañero fuera la primera pieza a la que piensa romperle el cuello. Como si no fuera más que un conejo.

—¿Podéis dejar de intentar que me maten por un segundo y escucharme todos? Esto es serio —grita Misha, hastiado, mirando a Nikolai con una advertencia que, para mi sorpresa, me arranca un atisbo de orgullo.

Es el más joven de nosotros. Un perro callejero que llegó hasta mí por su propio esfuerzo, a base de méritos y una estrategia demasiado elaborada para un crío que, por aquel entonces, apenas tenía diecisiete años.

Es bueno. Uno de los más útiles que tengo. Meticuloso. Su trabajo siempre es impecable en todos los sentidos.

Lo único que le falta es aprender a ponerse serio de vez en cuando para que estos dos buitres dejen de verlo como el renacuajo que apareció hace ocho años.

Solo son dos o tres años mayores que él, pero actúan como si Misha siguiera siendo aquel adolescente que llegó con el cuerpo de un traidor metido en una bolsa de basura, temblando mientras me explicaba cómo lo había hecho.

—Tranquilízate, kisa [8]  — se burla Niko, alzando los brazos en un gesto de falsa redención—. Conozco a Aleksei. No te mataría de una forma tan absurda… A él le gusta más torturar a los que le molestan. Ya sabes: dosis de adrenalina, habitaciones pequeñas, cuchillos… gritos.

Me llevo las manos a la frente, masajeándome las sienes, conteniendo el impulso de mandarles a todos a la mierda.

Además, ¿kisa ?

He matado a hombres por menos.

—Vuelve a llamarme «gatito» y seré yo quien ponga tu cabeza al lado de mi cama como lámpara —masculla Misha, alzando el puño hacia Nikolai, que vuelve a reírse en su cara, sin tomárselo en serio.

Debería dejar que le dé un puñetazo.

O levantarme y dárselo yo.

A veces se lo merece, por mucho que sea lo más parecido que tengo a un amigo.

—¿Puedo ser yo quien la fabrique? ¿Por favor? —interviene Viktor, ilusionado.

No es una broma. Sé que ya está calculando el voltaje necesario para que el cráneo de Misha ilumine sus lecturas nocturnas. Sin embargo, nadie le presta atención.

—¡Eso es, Misha! —lo anima el rubio, dándole unas palmaditas en el hombro cargadas de burla—. Deja de ser un puto muermo y defiéndete. Pelea conmigo, anda. Enséñame que estos años en el clan te han convertido en un hombre.

—¿Queréis que os deje un cuchillo? —propone Viktor, mirando de uno a otro, evaluando cuál de los dos tiene mejor estructura ósea para su colección—.

Podríamos soltaros en el bosque… y me dejáis el cuerpo del que pierda.

Podría convertirlo en una momia… o quizá disecarlo. Así siempre estaría con nosotros.

—Sí, lo mismo así se callaría de una vez por todas —añade Niko.

—Obviamente, estúpido. Los muertos no hablan. Como mucho se mueven un poco por los gases internos de la putrefacción…

—¿¡Queréis que sea yo el que os raje o por qué no podéis centraros!? —estalla Misha.

Pero ninguno le presta atención.

—No sabes hacerte respetar… kisa.

—Sí, eso es cierto —añade Viktor, pensativo.

—¿Así cómo pretendes que te hagamos caso?

—Yo sigo pensando que tu cabeza es muy redonda, la verdad. Esa simetría…

—¡Es como un balón!

—¡Sí, justo así! Como uno de esos de fútbol…

Ya no puedo con tanta gilipollez.

Me pongo de pie y los contemplo durante dos segundos completos —lo juro—, pero nadie parece prestarme atención. Siguen a lo suyo, discutiendo.

—¡Joder! —grito, y el puñetazo que estampo contra la mesa es tan brutal que la madera cede sin oponer resistencia—. ¿Para esta mierda habéis venido a mi despacho?

Se ponen rectos de inmediato. El silencio vuelve a adueñarse de la habitación. Las sonrisas desaparecen como si nunca hubieran existido.

Los observo, notando cómo la vena de mi sien palpita con una violencia que apenas logro contener.

Estaba muy tranquilo. E staba…

—¿¡O solo me estáis tocando los cojones a propósito!

? ¿O es que de verdad sois tan jodidamente inútiles como empezáis a parecerme?

—mi voz desciende, cargada de hastío, arrastrando cada sílaba—.

Estamos a punto de entrar en guerra, ¿y vosotros queréis jugar a las manualidades con vuestros propios cuerpos? ¿Me estáis jodiendo?

Miro a Nikolai, el único que se atreve a sostenerme la mirada. Ya no se ríe. Sus facciones se han vuelto hielo, frías y calculadas. Por fin recuerda la puta situación.

—Si vuelvo a oír una sola palabra que no tenga que ver con el plan, o volvéis a interrumpirme, juro por lo que sea que hay ahí arriba que Viktor no tendrá que esperar a que nadie muera para empezar su colección de lámparas… y perros disecados. ¿Ha quedado claro?

Misha traga saliva y se queda rígido, como si algo acabara de encajar en su cabeza. Deja caer los brazos a los costados y baja la mirada en un gesto de sumisión que rara vez muestra con tanta claridad.

Viktor lo imita, intentando ajustarse a unas normas sociales que sé perfectamente que no siente.

De hecho, le encantaría que nos matáramos ahora mismo para poder hurgar en nuestros cerebros.

—Lo siento, Aleksei —dice Misha. Esta vez su voz no tiene rastro de vacilación ni de broma. Es la voz del soldado que conozco—. Nos hemos pasado. No volverá a ocurrir.

Los observo un segundo más de lo necesario, dejando que el peso de mi silencio les recuerde cuál es la dinámica aquí.

Asiento apenas un milímetro, aceptando la disculpa, y el aire en la sala parece volver a circular.

—Bien —mascullo, inhalando con pesadez—. Ahora que alguno abra la boca y me diga por qué me habéis molestado.

Misha asiente, probablemente agradecido de que no le haya volado la tapa de los sesos, y recupera el tono profesional que lo caracteriza.

—La salud del pakhan  ha empeorado drásticamente —suelta, como si estuviera anunciando la muerte del jodido Papa—. Los médicos han llamado. Dicen que su esperanza de vida se ha reducido mucho desde la cena.

No sé qué espera al callarse de golpe. ¿Que reaccione? ¿Que me afecte? Sea lo que sea, le hago un gesto impaciente con la mano para que continúe.

—Iván ha ordenado que nos presentemos todos en la mansión de inmediato. Ya casi no puede mover los labios; la esclerosis lateral amiotrófica  ha avanzado demasiado. El Consejo ha sido claro: es una orden directa. Debemos ir hoy mismo.

Siento que el corazón me da un vuelco, pero no por afecto filial ni por lo que la gente normal cree que debería sentir. Eso me importa una mierda, siendo honesto. No me importa su salud; de hecho, ni siquiera soy capaz de sentir nada que no sea rabia hacia la persona que me crio.

La razón por la que me sacude es otra: lo que significa. Si el viejo está lo bastante mal como para llamar a todo el mundo, es que el tablero de ajedrez está a punto de saltar por los aires.

Significa que pronto podré reventarle la cabeza a Petro y llevarme a Liliana sin que nadie se interponga.

Quiera mi sol o no.

En este caso, su opinión no me importa. La decisión está tomada desde que me enteré del acuerdo.

—Si el pakhan  pide vernos, quizá es porque sabe que no llega a la boda.

La infiltrada dijo que pretendía adelantarlo todo, pero parece que, o lo hacen ya mismo o…

—interviene Nikolai, con un tono serio. Su mano ya está en la culata del arma, revisando el cargador con movimientos mecánicos—.

En vez de una boda, tendremos un entierro.

—¿Crees que van a anunciar otro adelanto? —susurra Misha, más para sí mismo que para nosotros, con la preocupación grabada en el rostro—. Necesitamos que Yuri termine la excavación antes de que muevan ficha. Si lo adelantan más, no tendremos margen y...

No necesita terminar la frase. El silencio que sigue es pesado, porque todos pensamos en lo mismo: si los tiempos se acortan, Liliana estará en peligro.

Y, por ende, todos nosotros.

—O puede que esto sea la prueba final del viejo hacia su hijo predilecto —suelta Nikolai, esta vez con una gravedad que me obliga a prestarle completa atención.

Frunzo el ceño, sintiendo cómo la desconfianza me recorre la columna como un latigazo.

¿Sabe algo que yo no?

—Argumenta —le exijo.

—No conozco a Iván Volkov tan bien como tú, pero sé cómo piensa un hombre que se está muriendo sin haber cumplido todos sus deseos —Nikolai encaja el cargador con un chasquido seco y definitivo—.

No creo que quiera tener una charla normal.

Tampoco que vayas allí a darle la mano o a escuchar lo poco que aún puede decir.

Creo que está tramando algo. El qué… tendremos que averiguarlo, pero no creo que nos guste.

—¿Y qué mierda hago entonces? —respondo, notando cómo la tensión se apodera de cada uno de mis movimientos—. ¿Voy, los mato a los dos y reclamo por la fuerza el puesto que me endosó? ¿Ejecuto al Consejo ahí mismo y a tomar por culo todo?