Ruthless Obsession (Despiadados 1) Capítulo 14 En vez de una boda, será un entierro.
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Capítulo 14 En vez de una boda, será un entierro.

Aleksei

Tengo los ojos cerrados y ella es lo único que veo.

Siempre lo es.

Pero, desde hace siete días, la obsesión ha mutado. Liliana ha dejado de ser un recuerdo para convertirse en una invasión. Se ha instalado bajo mi piel y danza en mi sistema nervioso con una libertad insultante. Me atormenta con el sabor de su piel y con esa forma de respirar cuando se corre.

Es un fantasma que no da tregua, una presencia que me niega el descanso justo cuando el silencio se vuelve más denso.

Especialmente entonces.

Maldita sea.

Odio no tener cámaras instaladas en la casa de mi padre. Odio que hacerlo sea una traición y no poder pasarme esa prohibición por los cojones sin que eso suponga un balazo en mitad de esos preciosos pechos… esos que —estoy seguro— caben en mis manos a la perfección.

Dios… No soy mejor que un animal.

No lo soy, porque ese punto ciego en el que se ha convertido su vida desde la cena me revienta el cerebro.

El Pakhan  quiere que me mantenga alejado, pero me importa una mierda.

El simple hecho de no poder verla, aunque sea para deleitarme con su cara de asco hacia el imbécil de mi hermano, me está torturando.

La próxima vez, le diré a Dimitri que me consiga dos o tres cámaras pinhole  y las esconderé en su habitación. A estas alturas, la ética me importa un carajo. Solo quiero vigilarlo todo.

¿Pensará con frecuencia en lo que hicimos?

Sé que sí. Joder, pagaría lo que fuera por verlo.

Pero, por ahora, me conformo con saber que sigue respirando. Controlar su seguridad casi me pone más cachondo. ¿Me convierte eso en un enfermo? Es posible.

Necesito saber de ella. Rápido. No puedo seguir así; siete días volviéndome loco porque no es seguro que la infiltrada nos informe, tal y como está la situación.

Las cosas se tensaron en la cena y, desde entonces, la comunicación se ha cortado. O la han cortado . Porque por mucho que no nos hayamos criado juntos, conozco a mi hermano. Petro no es el ingenuo que la Bratva cree. Compartimos ADN, y su cerebro funciona con la misma lógica retorcida que el mío.

Me ha golpeado donde más duele, de una forma que ni nuestro padre se atrevió a intentar. Ha utilizado lo único que quiero para ganar ventaja. Por eso tengo claro que, tarde o temprano, sabrá que hay alguien de los nuestros dentro. Quizá ya lo sabe, y el resto es solo cuestión de tiempo.

Tenemos que ser más rápidos.  Tenemos que ejecutar la operación antes de llegar a ese extremo .

Por ahora, intento confiar en que todo está bien, en que, si algo grave hubiera pasado, me habrían contactado, sin importar el riesgo.

Aun así, no logro autoconvencerme. No. No es suficiente. No me alivia en absoluto. Tengo un presentimiento que no me gusta, uno que me obliga a reconocer que, por primera vez, no tengo el control.

Voy a poner esas malditas cámaras. Lo juro.       Me colaré en su habitación y lo haré esta misma noche.

Quizá así consiga vencer al insomnio. Quizá así deje de quedarme hasta las siete de la mañana mirando al techo como un paciente psiquiátrico.

Sí, definitivamente esa es la solución . La simple idea me reconforta un poco por dentro.

Ver a mi sol en todo momento, aunque sea a través de un monitor, sería un jodido regalo divino. Uno que haría mi vida mucho más fácil.

Esa idea casi consigue que las comisuras de mis labios se eleven.

Casi .

Hasta que la abstinencia me golpea con la fuerza de una bala en el costado, dejándome sin aire, obligándome a ser plenamente consciente de lo que soy.

Joder .

Un ardor familiar asciende por mi esófago ante ese pensamiento, obligándome a clavar las uñas en las palmas mientras cierro los puños.

No será suficiente . Lo siento en cada fibra de mi cuerpo. La privación me está triturando los huesos como a un drogadicto que ha perdido aquello que lo mantiene con vida.

Necesito verla en carne y hueso. Tocarla, si es posible. Y oír esa voz cargada de veneno escupiéndome palabras que, aunque no sean ciertas, salen dirigidas hacia mí.

Necesito escucharla, aunque sea para que me insulte, para que me espete barbaridades que ya le haré tragarse en un futuro no muy lejano. Necesito oírla, aunque sea para decirme que me odia. Necesito que me toque, aunque solo sea para golpearme.

Lo necesito. De verdad.

El problema es que no hay forma de hacerlo. No hay manera de verla sin que parezca que me importa demasiado. No hay forma sin que el Consejo huela mi debilidad y la utilice en mi contra, apelando a los últimos deseos de un líder al borde del colapso.

No puedo permitir que se note.

Pero, por primera vez en mi vida, soy pésimo fingiendo.

Me importa tanto que me está quemando el juicio. No puedo disimularlo.

Parece mentira que, hace apenas un mes, me conformara con verla una vez cada doce meses, con la simple certeza de saber que seguía viva hasta su siguiente cumpleaños.

Era más fácil porque no me miraba, no me hablaba, no me tocaba. Pero ahora... ahora cada segundo es un infierno .

Debo contenerme si quiero que todo salga perfecto. Debo sacarla de allí antes de que ese contrato se ejecute y la boda se convierta en una realidad.

No me preocupa. No va a celebrarse. No lo permitiré.

Sí, eso es lo que tengo que repetirme para no perder la cabeza.

Debo ceñirme al plan que estamos trazando con Yuri  y Arkady , nuestros expertos en secuestros e infiltración. Tengo que escuchar sus advertencias y fingir que me interesa su logística mientras, por dentro, lo único que quiero es ver el mundo ardiendo.

No puedo desviarme ni un milímetro. Esos cabrones se han encargado de repetírmelo cien malditas veces, casi en bucle, como si necesitaran convertirse en un eco constante dentro de mi cabeza.

Mala suerte. Ese espacio ya está ocupado.

Ni siquiera sé cómo consigo parecer tan jodidamente calmado. Nadie que me conozca bien parece creérselo. Quizá ya estoy tan trastornado que simplemente… ha ocurrido.

Sea como sea, mis hombres no confían en mi reacción. Me observan con la suspicacia grabada en el rostro, como si ahora mismo no tuviera suficiente autocontrol, como si fuera el fusible de una bomba apunto de hacer cabum .

De verdad creen que voy a poner en riesgo una operación que puede costarnos el cuello a todos por un segundo de alivio, por volver a sentir su cuerpo contra el mío. Como si fuera el tipo de imbécil que olvida cómo pensar cuando la situación se complica.

Como si no me hubieran adiestrado desde crío para hacer exactamente eso: apagar las emociones y apretar el gatillo.

Lo peor es que, aunque no vaya a reconocerlo en voz alta, los muy cabrones puede que tengan un punto. Cuando se trata de ella, mi lógica se va a la mierda.

Ella es lo único que me hace sentir un poco humano. Lo único que me importa lo suficiente como para hacerme olvidar todo lo que Iván me hizo pasar para convertirme en su recadero.

Liliana es el fallo en mi sistema nervioso. Lo que me vuelve defectuoso.

Así que sí, es muy probable que ocurra lo que ellos temen: que mande todo al carajo en cuanto la tenga delante otra vez. Pero eso no tienen por qué saberlo.

Solo tienen que seguir mis órdenes y confiar en que sigo teniendo el control… aunque yo sepa perfectamente que es ella quien mueve los hilos dentro de mi cabeza.

Joder. Objetivamente, esto es un problema estratosférico.

Si he sobrevivido a estos siete días de sobriedad sin incendiar la mansión, puedo sobrevivir a lo que viene.

¿No?

Creo que solo me lo creo yo.

Nikolai y Misha, desde luego, no parecen creérselo.

Están preocupados; se les nota en la cara y, a diferencia del resto, ni siquiera se esfuerzan en disimularlo.

Dicen abiertamente que les doy más miedo así que cuando estoy furioso.

Que mi silencio es demasiado denso, como la calma que precede a un tsunami.

Y es que, desde luego, el silencio, en mi caso, no es paz. Es presión acumulada.

Una que puede reventar en cualquier momento.

Dicen que parezco un hombre que camina hacia su propio fusilamiento… y que, además, lo hace sonriendo.

Nikolai incluso ha llegado a decir que mi nivel de psicopatía empieza a parecerse al de Viktor, quien, lejos de ofenderse, me ha dedicado una sonrisa y me ha chocado los cinco como si fuéramos mejores amigos de parvulitos.

Todos esperaban que eso me hiciera estallar. Que saltaran los disparos. Pero, lejos de eso, he demostrado ser un hombre reformado y calmado. He escuchado lo que tenían que decir y he asentido. Solo eso.

No he roto ningún hueso. No he apretado ningún gatillo. No he incendiado sus casas para que se callen de una puta vez.

Estoy siendo ridículamente benevolente. ¿Qué más quieren de mí? ¿Qué les cante una canción de cuna? ¿Qué tengo que hacer para parecer controlado?

—Aleksei —la voz de Misha irrumpe en mis oídos, insistente, como un mosquito que se niega a morir—. ¿Aleeekseeei? ¿Puedes abrir los ojos y escucharme un momento? ¿O te has muerto?

Abro un ojo lentamente y lo fulmino con una mirada que debería bastar para que empezara a suplicar por un bonito entierro.

—¿Quieres un puto tiro en la sien o por qué nunca puedes estar callado? —mascullo. La mandíbula me cruje al hablar, una señal bastante clara de que estoy al límite.

Bueno. Semana sin amenazas oficialmente mandada al carajo.

Qué se le va a hacer. Siete días han sido descanso más que suficiente.

—Espera… espera… ¿¡Lo has amenazado!? Joder, mis súplicas han sido escuchadas. ¡Gracias, Dios! —grita Nikolai, mirando al cielo con gesto triunfal—. Me has mirado a los ojos y me has traído de vuelta al maldito Aleksei Volkov que conozco.

Sus ojos descienden hasta mí y una sonrisa sádica le cruza la cara de lado a lado. Nada bueno.

—Ahora mátalo por despertarte y termino de creérmelo. Haznos ese favor a todos, Volkov. Tienes que demostrar que no te han sustituido los extraterrestres o algo así. —Su voz se convierte en un susurro macabro—. Dispárale. Lo estás deseando.

Nikolai deja caer una ametralladora sobre la mesa con un estruendo metálico que resuena en toda la habitación.