Ruthless Obsession (Despiadados 1) Capítulo 13 El refugio perfecto para un corazón herido. #2
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Capítulo 13 El refugio perfecto para un corazón herido. #2

Mis pies abandonan el suelo demasiado rápido. La diferencia de altura es abismal; Aleksei debe de rozar el metro noventa y yo... bueno, yo dejé de crecer desde que me bajó la regla. Al menos en lo que a altura se refiere.

—¡Aleksei! —grito entre risas cuando empieza a darme vueltas por el recibidor—. ¡Por favor, bájame ya!

Carcajeo, olvidando por un segundo el terror que me provoca la tormenta, pero entonces un relámpago cegador ilumina toda la estancia, blanco y violento. Un segundo después, las luces parpadean y se apagan de golpe, sumergiéndonos en la oscuridad.

Me quedo muda.

El estallido de un trueno brutal sacude los cimientos de la casa. Por puro instinto, mis piernas se enroscan en su cintura y mis dedos se clavan en sus hombros húmedos, escondiendo el rostro en su cuello mientras el eco retumba en mi pecho.

El silencio que sigue es casi peor que el ruido. Me quedo suspendida, aferrada a él como si fuera el único punto de anclaje en un mundo a punto de derrumbarse.

Puedo sentir los latidos de su corazón contra mi pecho, rápidos y constantes, un contraste absoluto con el caos que ruge fuera.

Aleksei no me baja. Al contrario, sus brazos se cierran con más fuerza alrededor de mi cintura, asegurándome contra él. Su piel huele a lluvia, a tabaco, a ese jabón avainillado y masculino que siempre usa. Un olor que, para mí, significa seguridad.

—Tranquila, solnyshko  —murmura—. Solo se ha ido la luz. No va a pasar nada. Estoy contigo.

—Ha sido horrible —susurro contra su cuello, sin atreverme a soltarlo—. Ha sonado como si la casa fuera a partirse en dos.

Siento cómo sus músculos se tensan cuando inhalo su aroma, intentando relajarme. El aire entre nosotros se vuelve denso, cargado de una electricidad que no tiene nada que ver con la tormenta de fuera.

Aleksei da un par de pasos a ciegas, moviéndose por el pasillo con una seguridad que yo no tengo, hasta que encuentra el respaldo del sofá y se deja caer en él sin soltarme.

Sigo sentada sobre su regazo, a horcajadas sobre sus muslos. En la oscuridad, mis otros sentidos se agudizan de forma dolorosa. Siento la humedad de su camiseta empapando la mía, el calor de sus manos grandes sobre mi espalda y la firmeza de sus piernas bajo las mías.

El corazón me golpea las costillas con tanta fuerza que estoy segura de que él puede sentirlo.

—Aleksei… —susurro, sin separarme de su cuello.

—Dime, solnyshko .

—¿Qué significaba lo que has dicho antes?

Me aparto lo justo para intentar buscar sus ojos en la penumbra. No veo nada, solo sombras, pero noto su respiración rozándome la cara.

—No era eso. Lo has dicho de una forma… distinta.

Siento cómo sus manos, que descansaban en mi espalda, se tensan. Pasa un segundo. Luego otro. Y otro más.

El único sonido es el de la lluvia azotando los cristales con una violencia salvaje.

—Significa que tienes que aprender ruso si tanta curiosidad tienes —masculla, y aunque intenta recuperar ese tono burlón, su voz sale ronca.

—No seas idiota, Aleksei. Dímelo.

Él suelta un suspiro pesado. Noto cómo su mano asciende por mi nuca y sus dedos se enredan en mi pelo húmedo, tirando ligeramente, obligándome a mantener la frente pegada a la suya.

Estamos tan cerca que compartimos el mismo aire.

—Te lo diré cuando seas mayor, Lili —suelta de pronto.

—¡Ya soy mayor! Solo nos llevamos cuatro años, no seas malo —le reclamo, indignada, intentando zafarme de su agarre.

—No, no lo eres —su voz baja una octava, volviéndose peligrosamente seria—.

Eres una niña que todavía llora cuando el cielo parece romperse.

Y yo soy… bueno, yo soy lo que soy. Mayor que tú.

Un adulto. Eso es. Así que quédate con la duda.

Te vendrá bien para dejar de mirarme como si fuera un caballero de armadura brillante. No lo soy.

—No te miro así —miento, ruborizándome aunque la oscuridad me proteja.

El aire entre nosotros quema. La penumbra me concede una valentía que no sabía que tenía, una imprudencia que me empuja a no soltarlo, a no permitir que este momento se diluya.

—¿Y qué pasa si quiero escucharlo? —pregunto, y mi voz suena extrañamente firme pese a que el corazón me martillea en la garganta.

Aleksei deja escapar un gruñido bajo, un sonido que vibra desde su pecho hasta el mío. Sus manos se cierran con más fuerza sobre mi cintura, hundiendo los dedos en mi ropa ya húmeda.

—Entonces haré algo por lo que me odiarás —sentencia. Su voz es ahora un susurro oscuro, un tono que no comprendo que use conmigo.

—No podría odiarte —respondo sin dudar, acercándome un milímetro más, hasta que mis labios casi rozan los suyos al hablar—. Jamás.

Siento cómo su respiración se detiene por completo.

Su mano viaja desde mi espalda hasta mi nuca, enterrando los dedos en mi pelo mojado con una necesidad que me deja sin aliento. Es un momento tan íntimo que duele. Por un instante, creo que va a acortar la distancia, que por fin va a besarme, que todo lo que siento tendrá una respuesta.

Pero entonces Aleksei exhala con fuerza y, con una suavidad que me desconcierta, me sujeta por los hombros y me aparta de él.

Me deposita en el sofá, deshaciendo el nudo de mis piernas en su cintura con cuidado, como si pudiera romperme. El frío de la habitación me golpea de lleno al perder su contacto.

—No, Lili —murmura, alejándose un paso—. No puedes decir eso. No puedes estar segura.

—Pero…

No me deja terminar. Se gira y camina hacia la cocina, dejándome allí, con el corazón desbocado y los labios ardiendo por un beso que nunca ha llegado.

—Venga, busca las velas —dice, recuperando su tono habitual, aunque algo más ronco—. Antes de que se nos acabe el chocolate y te dé por morderme de verdad.

Abro los ojos de golpe, saliendo de las profundidades del recuerdo. Tardo un segundo en ubicarme, confundida, mientras miro a mi alrededor en busca de algo que, por razones obvias, ya no está.

No… quería quedarme ahí .

El pensamiento me destroza el pecho.

La oscuridad que me rodea ya no es cálida ni huele a ozono. Es fría, asfixiante, tóxica. Una que me marea y me hace doler la cabeza. Una que me recuerda que no he salido de esta habitación en todo el día. Que ahora es de noche.

Mi mano sube por instinto a mi cuello, buscando el anclaje de sus hombros, pero solo encuentra la piel lastimada y el dolor punzante que me recuerda que ya no tengo dieciséis años.

Y que él no está aquí.

Ya no hay chocolate. Ni velas. Solo el sabor metálico de la sangre en mi boca y el eco de una felicidad de la que ya no formo parte.

Me hundo de nuevo en la almohada, sintiendo cómo el frío de la mansión se me mete en los huesos. Aleksei no ha venido esta vez a protegerme de la tormenta.

No ha cruzado el jardín bajo la lluvia para salvarme. No va a sentarse a mi lado hasta que el cielo deje de rugir recordándome el accidente de mis padres.

Esta vez, la tormenta no está solo fuera.

Esta vez, la tormenta duerme en la habitación de al lado.

Y tiene su mismo apellido.