Ruthless Obsession (Despiadados 1) Capítulo 13 El refugio perfecto para un corazón herido.
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Capítulo 13 El refugio perfecto para un corazón herido.

Lili

Me toco el cuello con las yemas de los dedos, notando la piel caliente, inflamada al tacto. Sé que mañana las marcas serán de un púrpura delator que ninguna cantidad de maquillaje podrá ocultar del todo, que la vergüenza me acompañará por mucho que intente cubrirla.

No he dejado de llorar en horas y me odio por ello. Muchísimo. Me asquea darle la satisfacción de escucharme rota a través de las paredes, pero las lágrimas caen por pura inercia, sin detenerse, como si hubieran estado acumulándose durante años y, por fin, alguien hubiese abierto el grifo.

Es la primera vez que lloro así desde el accidente de mis padres, y ni siquiera lo hago porque haya estado a punto de reunirme con ellos.

No.

En realidad, ni siquiera me importa que haya estado a punto de matarme… Hay momentos, como este, en los que la idea de la muerte se siente terriblemente reconfortante.

Los cadáveres no tienen que planear bodas. Los cadáveres no tienen que sonreír. Y, sobre todo, los cadáveres no sufren.

Odio esto con cada fibra de mi ser. Odio que, cada vez que logro arrancarle una concesión, cada vez que creo que haber ganado un centímetro de terreno, termine descubriendo que he caminado voluntariamente hacia una emboscada que lo deja a él como vencedor. Que me deja a mí como una estúpida.

Sé que no soy más lista que Petro. Es una verdad que me destroza, porque, por mucho que me esfuerce en jugar esta partida, él siempre parece tener la mano ganadora.

Me abrazo a la almohada, intentando ahogar el sonido de mis propios sollozos, que se vuelven más desesperados cuando, fuera, el cielo empieza a rugir. El primer trueno golpea los cristales de la mansión y vibra en mi pecho con una frecuencia que me resulta dolorosamente familiar.

Me quedo paralizada, hipando, como si volviera a tener dieciséis años y estuviera atrapada de nuevo en aquella tormenta eléctrica que dejó los suburbios a oscuras durante doce horas.

Al menos entonces lo tenía a él.

Al menos, en aquel momento, el miedo era algo que podía compartir sin parecer débil. Era una excusa para estar cerca, una grieta que él transformaba en otra cosa.

En un refugio. En casa.

Entonces era feliz, aunque no tuviera ni puta idea de cómo iba a terminar todo. Aunque no supiera que el hombre que me protegía de los rayos sería el mismo que, años después, me arrojaría a los brazos de su hermano.

Recuerdo perfectamente el olor a ozono justo antes de que el primer rayo cayera aquella tarde... Ese crujido eléctrico que ahora resuena me arrastra hacia atrás, lejos de Petro, lejos de esta cama fría, lejos de este cuello marcado por dos hombres de formas tan distintas.

Mis ojos se cierran, y el suelo de la mansión desaparece, transformándose en el parqué desgastado de mi antigua casa.

Hasta que, por fin…

Vuelvo a él.

Saint Virell, 2018

Seis años atrás

Me pego al cristal, observando cómo la lluvia golpea la ventana sin tregua. Solo puedo rezar para que lo que han dicho en las noticias sea mentira.

Mis padres se han ido de viaje de negocios y estaré sola dos días.

No puedo dejar de pensar que un rayo va a reventar el tejado y me va a freír antes de que pueda pestañear.

Es ridículo. Tengo edad de sobra para conducir por Saint Virell, no debería asustarme una puta tormenta, pero estoy aterrorizada.

Me siento como si tuviera nueve años otra vez, escuchando a Aleksei burlarse de mí: «Tranquila, Lili, solo unos pocos mueren cuando les cae un rayo encima» .

Dios, era un auténtico cabrón a los doce. Uno que, aun así, siempre terminaba a golpes con cualquiera que se riera de mí por esto.

Pensándolo en retrospectiva, es un poco absurdo… pero no puedo evitarlo.

¿Qué clase de persona llora porque le dan miedo los truenos?

Sin embargo, pese a sus bromas, él ha sido el único que no me ha juzgado por ello. Es más, siempre que empezaba a llover y yo entraba en pánico, él aparecía. A veces se sentaba a mi lado; otras, me rodeaba con los brazos hasta que la tormenta pasaba.

No es un miedo racional. Por mucho que intente hablarlo, ni la terapia consigue arreglarlo. Mis padres lo han intentado por activa y por pasiva, pero aun así sigo sintiendo que el cielo se me cae encima y que me falta el aire.

Menos cuando él está cerca.

Qué tontería, ¿verdad?

Me dejo caer en el suelo, apoyando la espalda contra la pared fría, y miro el teléfono. El brillo de la pantalla me escuece en los ojos mientras el chat con mi mejor amigo aparece ante mí.

Llevamos una semana sin hablar.

No tengo ni idea de en qué mierda anda metido o si se ha echado novia y es una tóxica que no le deja hablarme, pero debería haber espacio para que yo siga formando parte de su vida, ¿no? Al menos eso es lo que me repito para no sentirme una pesada.

Siento la tentación de escribirle. Los dedos me pican por enviarle cualquier tontería, y estoy a punto de hacerlo cuando el teléfono vibra de repente, haciéndome dar un respingo.

Maldita sea, tengo los nervios a flor de piel.

Aleksei (el más idiota):  ¿Has visto las noticias? Dicen que vamos a estar sin luz horas.

Leo el mensaje y una sonrisa inconsciente se instala en mis labios al ver el nombre con el que aún lo tengo guardado. El muy imbécil se quiso pasar de listo una vez, poniéndose algo como «El hombre de tu vida»  o alguna estupidez similar, pero yo lo modifiqué en cuanto se dio la vuelta.

Yo:  Sí, dicen que va a ser la peor tormenta de la década.

Me quedo mirando la pantalla. Veo cómo el «escribiendo…»  aparece, desaparece y vuelve a aparecer, torturándome un poco hasta que, por fin, el mensaje llega.

Aleksei (el más idiota):  ¿Siguen asustándote las tormentas?

El corazón me galopa con una fuerza absurda en la caja torácica. No quiero que me vea como a una niña pequeña, no ahora que cada vez que lo miro me cuesta más respirar, así que me apresuro a teclear una mentira.

Yo:  Claro que no.

Su respuesta llega mucho más rápido de lo que esperaba, como si supiera que estoy mintiendo descaradamente.

Aleksei (el más idiota):     Solnyshko… Estoy fuera de tu casa. He visto tu cara de pánico mientras mirabas por la ventana. Ábreme la puerta.

Me quedo helada. Apoyo los dedos sobre el alféizar y asomo la cabeza con cautela por encima del borde, pensando que es una broma pesada.

Pero no lo es.

Cuando bajo la vista, lo veo allí, bajo la lluvia torrencial, saludándome con la mano con una calma exasperante, como si no le importara morir de una neumonía o, peor aún, que le cayera un rayo encima por andar haciendo el gilipollas.

Corro hasta la puerta principal y la abro de par en par, pero él sigue fuera, inmóvil, al otro lado de la valla que delimita la entrada.

—¡No pienso ir hasta allí, Aleksei! —le grito, alzando la voz para imponerme al rugido de la lluvia—. ¡Salta o haz algo, pero muévete, maldita sea!

Una sonrisa de suficiencia se dibuja en sus labios, una de esas que detienen mis latidos durante un instante eterno. Obedece sin cuestionar nada: se apoya en la madera y salta con una agilidad insultante.

Aleksei me gusta .

Hace tiempo que soy plenamente consciente de ello. Es un secreto que me quema por dentro, pero él… él parece no darse cuenta. Sigue tratándome como si fuera su hermana pequeña, como a su mejor amiga.

Y con eso me conformo.

Me conformo con que se preocupe por mí, con que elija pasar su tiempo libre conmigo en lugar de estar por ahí con cualquier otra chica, haciendo Dios sabe qué.

Madre mía. Ni siquiera quiero pensarlo.

—Sabía que estarías aterrorizada —dice al llegar al porche, sonriendo mientras el agua le cae por todas partes. Me tiende una bolsa de plástico empapada—. Te he traído Kit-Kats . Sé que los devoras cuando el cielo se cabrea.

Siento cómo el calor me sube a la cara, tiñéndome las mejillas de un rojo violento. Tengo que morderme el interior de la mejilla para evitar sonreír como una completa estúpida.

—No estoy asustada… y, Aleksei… aquí hay como doscientos paquetitos.

Él se encoge de hombros con total naturalidad, entrando en mi casa como si fuera suya y dejando un rastro de agua que juro que luego le obligaré a limpiar.

—Dicen que será la peor tormenta de todos los tiempos. No podía arriesgarme —masculla, girándose para mirarme—. ¿Y si se te va la pinza por los nervios y decides comerme a mí por la ansiedad?

Cierro la puerta de un golpe y lo empujo con ambas manos, sintiendo el calor de su cuerpo mojado traspasar mi ropa. El contacto desata una corriente eléctrica que recorre cada una de mis extremidades.

¿Qué diablos intenta insinuar con eso?

—Creo que tengo suficiente con el chocolate, gracias por la oferta —le suelto, intentando sonar digna.

¿¡Por qué he dicho eso!?

Suena como si de verdad hubiera considerado la opción de pegarle un bocado.

Trágame, tierra. Ahora mismo.

Me entran ganas de echarme a llorar de la pura vergüenza, pero entonces él suelta una carcajada y me revuelve el pelo con la mano todavía empapada.

—Eres tan adorable, solnyshko .

—No me hables en ruso. Sabes perfectamente que no te entiendo —le recrimino, intentando peinarme con los dedos mientras el corazón me late a mil por hora.

Él se encoge de hombros de nuevo y da un paso hacia mí. Es un movimiento lento, deliberado, que me obliga a retroceder hasta que mi espalda choca contra la madera de la puerta.

— Ti lúsh-sheye shto sluchílas so mnoy v zhizni [7]  —se inclina hacia mi oído, bajando la voz hasta convertirla en un susurro ronco.

No entiendo ni una sola palabra, pero el peso de su tono y la gravedad de su voz me dejan sin respiración. Me quedo paralizada, sintiendo cómo el mundo exterior desaparece.

—¿Qué has dicho? —susurro, incapaz de apartar la mirada de la suya, con el calor de su aliento aún quemándome la piel.

—Que eres una niña pequeña con miedo a la lluvia —responde él con una sonrisa ladeada, recuperando su tono burlón.

—¡Oye! —le golpeo con fuerza el brazo, indignada, pero antes de que pueda reaccionar me rodea la cintura y me levanta, como si no pesase nada.