Ruthless Obsession (Despiadados 1) Capítulo 12 Flashback de guerra. #4
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Capítulo 12 Flashback de guerra. #4

Pero me quedo inmóvil, con la vista fija en el tenedor de plata que descansa sobre la mesa, calculando cuánto tardaría en clavárselo en la garganta antes de que me rompiera el cuello. Pensando si, de verdad, tengo alguna posibilidad de ganar.

—Tienes una marca aquí, Liliana —sisea, y la presión en mi mandíbula es tan brutal que escucho el crujido de mis propios huesos—. Una marca que no es mía.

Mi mano derecha se desliza por la mesa por puro instinto, buscando desesperadamente algo con lo que defenderme mientras él sigue examinando mi piel como si fuera un enigma.

Mis dedos recorren el mantel, el cristal… hasta que se cierran sobre el mango frío del tenedor. Lo aprieto con tanta fuerza que los nudillos me duelen.

Calculo el ángulo. Mido la distancia exacta hasta la yugular que late con furia bajo su barba. Pienso en cuánto tardaría en hundírselo en la garganta. En si la plata y mi fuerza bastarían para que se desangre.

O si me mataría antes de que pudiera siquiera moverme.

Estoy a un segundo de resolver esa duda cuando el golpe seco de una jarra contra la mesa nos hace reaccionar a ambos. El metal resbala de mis dedos sudorosos y cae de nuevo sobre el mantel con un chasquido ahogado que me rompe el corazón.

Quiero llorar. De verdad.

Maldita sea, Svetlana. Estaba a punto de ser libre de una vez por todas. Estaba a punto de terminar con esta pesadilla...

—Señor Volkov, perdone este desastre, por favor —la voz de Svetlana suena eficiente, preocupada por él, como si no estuviera viendo cómo maltratan a una mujer—. No es lo que cree. Ha sido un fallo de esta mañana.

Petro no me suelta de inmediato. Sus ojos siguen clavados en los míos, buscando cualquier rastro de vacilación, pero su atención se desvía ligeramente hacia la criada que ha tenido la osadía de interrumpirlo.

—Ha sido culpa de Anuska, la nueva ayudante de vestuario —continúa Svetlana, interponiéndose físicamente entre nosotros mientras finge limpiar un derrame que, en realidad, no existe—.

Esta mañana, al intentar ajustarle el collar de perlas a la señorita, se puso tan nerviosa que le dio un pellizco con el cierre.

Hace una reverencia exagerada, como si esa fuese la pura verdad.

—Lo lamento, señor Volkov. No volverá a pasar.

Petro gira la cabeza hacia ella con la mandíbula tan tensa que los músculos le vibran bajo la piel. Tras un segundo de duda que me hiela la sangre, su mano finalmente abandona mi rostro con un empujón brusco que hace que mi cabeza rebote hacia atrás.

Me quedo ahí, respirando con dificultad, frotándome la mandíbula dolorida mientras miro de reojo el tenedor de plata.

Si Svetlana hubiera tardado un segundo más, ahora habría sangre por todos lados. Quizá incluso la mía.

No sé si odiarla por interrumpirme o preguntarme por qué demonios se ha arriesgado tanto… otra vez.

¿Y quién diablos es Anuska?

—¿Un pellizco? —pregunta Petro, incrédulo.

—Sí, señor Volkov. La piel de la señorita Moretti es extremadamente delicada y, como es tan pálida, ha reaccionado de inmediato a la presión del metal —miente sin pestañear, sosteniéndole la mirada—.

Elena ya se ha encargado de poner a esa estúpida en la calle.

Anuska no volverá a pisar esta casa ni ninguna otra, se lo aseguro.

Petro exhala el aire retenido con un soplido de desprecio que me golpea como una bofetada.

Se limpia el dedo, manchado de mi maquillaje y sudor, en la servilleta de lino con un gesto de asco, como si mi piel —como yo— estuviera contaminada.

—Asegúrate de que no vuelva a pasar, o las consecuencias recaerán sobre vosotras la próxima vez —espeta, arrojando la servilleta sucia sobre mi plato, cubriendo mi comida—. No quiero que mi futura esposa parezca una puta del puerto solo porque una criada no sabe ni cómo abrochar un jodido collar.

Me lanza una última mirada cargada de rencor, acomodándose el cuello de la chaqueta, como si supiera que hay algo que no encaja.

—Tápate esa mierda de nuevo o tú también pagarás —ordena.

No añade nada más. Su móvil suena con insistencia y se aparta, respondiendo en ruso, mientras se pasa por la cabeza afeitada los mismos dedos con los que, hace apenas un minuto, casi me mata.

Cuando por fin desaparece de mi campo de visión, comprendo dónde me he metido por voluntad propia. El aire que he estado reteniendo sale en un sonido agónico y seco de mi boca. Hundo la cabeza sobre el plato, ignorando la servilleta sucia que ha dejado ahí.

Siento el pecho a punto de colapsar bajo el peso de una realidad que me he negado a aceptar durante semanas.

Sigo siendo un animal.

Mis dedos tiemblan tanto que tengo que aferrarme al borde de la mesa para no caer al suelo.

Quizá, después de todo, habría sido mejor que la llamada de mi tío hubiera sido para llevarme de vuelta a casa.

Quizá es mejor ser maltratada por un familiar que por el hermano de tu amor de la infancia.

— Moya Liliya… — la mano de Svetlana se posa sobre mi hombro, y entonces me doy cuenta de que he empezado a sollozar, de que las lágrimas caen sin control—. Vamos, te llevaré a tu cuarto a descansar.