Ruthless Obsession (Despiadados 1) Capítulo 12 Flashback de guerra. #3
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Capítulo 12 Flashback de guerra. #3

Me quedo rígida, con la taza temblando entre mis dedos, sintiendo cómo sus manos caen sobre mis hombros. Podría romperme el cuello ahora mismo, hacerlo por mi insolencia… pero, en su lugar, sus dedos empiezan a masajearme.

No hay delicadeza en su tacto, ni siquiera deseo. Es pura presión, una demostración de fuerza destinada a recordarme lo que soy: una propiedad, un acuerdo que le beneficia.

Un diamante enjaulado.

—Te daré tu baile, Liliana. Te daré el control total sobre la decoración y tu estúpida lista de invitados, pero…

Se inclina sobre mi hombro hasta que su rostro queda a milímetros del mío. Su aliento, una mezcla densa de café y tabaco, me golpea la cara como una bofetada, obligándome a cerrar los ojos para no verlo. Si lo hiciera, volvería a vomitar… y esta vez no tendría excusas creíbles.

—No te equivoques, dorogaya . Este evento es para que todos vean lo mucho que adoras ser la próxima señora de la Bratva .

Para que dejes de actuar como la niñata histérica que me vomitó encima anoche y empieces a comportarte como la mujer que la mafia necesita.

Quiero que demuestres cuánto me amas frente a todos.

Que no quede ni una sola duda de a quién perteneces realmente.

Siento el escozor de la rabia expandirse por mis venas. Las palabras me arden en la punta de la lengua, imposibles de contener:

—No te amo. Y nunca lo haré. Métetelo en la cabeza.

—¿De verdad crees que me importa una mierda lo que sientas, Liliana?

—se inclina aún más, invadiendo por completo mi espacio—.

Vas a casarte conmigo. Y, si tengo que obligarte a fingir que me adoras, lo harás.

He sido paciente, pero no me tientes. No me obligues a deshonrarte antes de tiempo solo para recordarte quién de los dos lleva la correa.

Quiero matarlo.

El deseo de ver su sangre me quema por dentro cuando su mano derecha abandona mi hombro, asciende por mi cuello y rodea mi garganta. El roce de su piel áspera contra la mía me provoca una aversión tan intensa que mis músculos se contraen en un espasmo de rechazo.

Me entran ganas de gritar, de morderle cada extremidad, de tener la fuerza suficiente para acabar con su vida.

Sus dedos se clavan en mi mandíbula y tiran hacia arriba, obligando a mi cabeza a echarse hacia atrás en una postura sumisa que me fuerza a mirarlo. A sostenerle la mirada para que pueda ver, directamente en mis pupilas, lo que siento por él.

Él busca el recelo. Busca el brillo de la derrota.

Pero solo encuentra mi desprecio.

No tengo miedo. Solo un asco infinito que me desborda. Una náusea que se transforma en un impulso eléctrico en mi boca. Siento el instante exacto en el que mi orgullo vence al instinto de supervivencia.

El momento en que, con toda la fuerza de mis pulmones y la bilis amarga quemándome la garganta, recojo mi desprecio… y se lo lanzo a la cara.

Le escupo.

Mi saliva impacta justo debajo de su ojo derecho y resbala lentamente por su mejilla. Durante un breve instante, se queda inmóvil, sin soltarme el cuello. Estoy segura de que va a matarme, pero el tiempo se congela, permitiéndome ver su sorpresa.

El parpadeo incrédulo de alguien incapaz de concebir que su joya  se haya atrevido a desafiarlo.

Es la victoria más satisfactoria de mi vida.

Y también la más cara.

La calma de Petro se quiebra en mil pedazos. Sus facciones se deforman en una oscuridad sádica y, antes de que pueda siquiera asimilar mi triunfo, sus dedos se cierran con fuerza sobre mi tráquea, estampándome contra el respaldo de la silla y cortándome el aire hasta dejarme sin respiración.

Veo el brillo asesino en sus ojos mientras acerca su rostro al mío, ignorando la mancha que aún recorre su piel. Mis párpados empiezan a fallar y mis ojos se llenan de lágrimas, una reacción involuntaria ante la falta de oxígeno que él saborea mientras aprieta un poco más.

Disfruta del sonido de mi garganta desesperada tratando de tragar un aire que, para mí, ya no forma parte de la sala.

—La próxima vez que me escupas, será de rodillas en el suelo…

mientras no te dejo respirar con otra cosa —susurra contra mi oído, y siento la humedad de su asquerosa boca—.

Tendrás que ir acostumbrándote por las malas, Liliana.

Estás muy malcriada. Alguien tiene que adiestrarte de una vez por todas.

El aire comienza a faltarme por completo. La visión se me desenfoca y mi cuerpo cede bajo la presión. Comprendo, con una claridad aterradora, la diferencia de fuerza que nos separa. Comprendo que la vida se me escapa…

Y entonces me suelta.

Inhalo de forma brusca, casi agónica, mientras su mano asciende hasta acariciar mi mejilla .

Dios. Casi me mata. Casi lo hace de verdad.

—Buena chica —sus dedos recorren mi mandíbula mientras sigo luchando por recuperar el aliento—. Ah, y otra cosa…

Quiero gritarle, levantarme, pelear. Pero ni siquiera puedo dejar de toser. El aire me quema la garganta como si hubiera tragado cristales.

Él continúa hablando con una dulzura fingida, con una calma enfermiza, como si nada hubiera pasado. Como si no acabara de ahorcarme delante de las criadas. Como si esto fuera normal. Como si, de repente, las apariencias ya no importaran una mierda.

Se endereza, ajustándose los puños de la camisa, mientras yo sigo encogida.

—Después de la fiesta, la boda se adelantará —sentencia.

Se inclina una última vez, lo justo para que su mirada gélida me atraviese.

—Te quiero en mi cama antes de que muera el pakhan , dorogaya . Te quiero sangrando por mi culpa. A poder ser, antes de Navidad —esboza una sonrisa que no alcanza sus ojos—. ¿No sería un regalo encantador, Liliana? Un nuevo comienzo, quizá... poniendo a mi heredero dentro de ti.

Navidad. Eso es en apenas un mes y medio.

Sus dedos siguen acariciando mi cuello, y yo cierro los ojos con fuerza, intentando disociar, huir a cualquier rincón de mi mente donde él no pueda alcanzarme.

Pero la presencia de Petro es más real que mis recuerdos.

Su tacto me contamina de una forma que me hace sentir enferma, como si su piel fuera veneno filtrándose en mis poros.

La yema de su pulgar presiona sobre mi clavícula, justo donde la piel es más sensible, y el aire vuelve a ser insuficiente.

Entonces, sus dedos se detienen en seco.

Siento cómo su respiración se corta, y mi corazón da un vuelco tan violento que estoy a punto de desmayarme. Esta vez de verdad.

¿ Lo matarán por esto también? ¿Sabrán que ha sido él?

—¿Qué mierda es esto?

Su voz ya no es fingida. Es un rugido gutural que hace que las lágrimas acumuladas por el estrangulamiento finalmente desborden y corran por mis mejillas.

Me agarra del mentón con una violencia que me obliga a apretar los dientes para no gritar, forzándome a girar el cuello por completo. Sus ojos se oscurecen, cargados de una rabia que no logro descifrar, mientras observa lo que el calor de su propio roce ha dejado al descubierto.

El maquillaje se ha corrido, y el rastro de la marca de Aleksei brilla en mi piel, púrpura y desafiante, burlándose de él desde mi clavícula.

Me encantaría ser valiente. Levantarme y gritarle que sí, que su hermano me ha tocado de una forma que él jamás podrá. Que me ha hecho sentir viva. Que nos corrimos juntos… mientras él se limpiaba mi vómito de la chaqueta.