Capítulo 12 Flashback de guerra. #2
—Son las siete de la mañana, Petro. Deja de joderme y desayuna en silencio —mascullo, cubriéndome el rostro con las manos para ocultar el rastro de mis pensamientos, fingiendo pereza.
Sus ojos se entrecierran. La tensión en la sala es eléctrica, pero no de esa que nace del deseo, sino de la que surge cuando dos personas están a un paso de rebanarse el cuello mutuamente.
Svetlana, a mi lado, se queda inmóvil, como una estatua.
Él debe mantener las apariencias frente al servicio; sabe que los rumores vuelan. Pero yo… yo ya no tengo por qué hacerlo. A la mierda los chismes. Que todos sepan que, para sorpresa de nadie, este matrimonio es tan falso como el amor que le profeso al presunto futuro pakhan .
—Estoy siendo amable, Liliana. ¿Tan difícil te resulta escucharme? —Su voz suena melosa, pero sus ojos destellan una furia asesina que desmiente cada una de sus palabras.
—Quizá si no fueras tan aburrido, podría mantener la atención durante más de dos minutos seguidos sin bostezar —le espeto, dejando la taza sobre el plato con un golpe seco—. Además, seamos honestos… El trato era que sonriera ayer, ¿no? Considéralo cumplido y deja de molestarme.
Petro se tensa, y por un instante creo ver la vena de su cuello a punto de estallar.
—¿ Cumplido? Ayer me dejaste en ridículo delante de toda mi familia, dorogaya —sisea. Se inclina tanto hacia mí que, pese al tamaño de la mesa, puedo oler su paciencia resquebrajándose —. Me vomitaste encima y te desmayaste. Fue una humillación que hay que arreglar… y lo haremos lo antes posible.
Ups, cierto. Olvidaba ese detalle.
Qué pena haber tenido los ojos cerrados y no haber podido disfrutar de su expresión de cólera. Seguro que fue magnífica.
—Oh, querido , perdóname por no tener un estómago de acero —le respondo con una sonrisa tan falsa que me amarga la boca—. Hay cosas que una chica simplemente no puede soportar.
Como tu mugrosa boca .
—Como sea —hace un gesto con la mano, restándole importancia—. Lo que intentaba decirte es que tu tío Enzo ha llamado hace unos minutos. Tiene noticias.
Mis dedos se aferran al mantel con tal fuerza que los nudillos se me blanquean. La mueca de suficiencia que tenía en los labios se desvanece de golpe, y veo cómo la suya se acentúa al percibir mi reacción.
Petro sabe que ha dado en la tecla, en esa fibra sensible que me vuelve débil, que me reduce a una niña asustada.
—¿Mi tío? —La pregunta sale cargada de incredulidad—. ¿Por qué?
Una parte de mí —patética, ridícula, la más frágil— desea con desesperación que esa llamada no sea para romper el acuerdo.
Es una contradicción que me pone enferma.
No quiero casarme con Petro, pero si el trato se rompe y me devuelven a casa, regresaré a ese infierno.
Volveré a ser golpeada por quienes se supone que son mi familia, obligada a actuar como un peón en una partida de ajedrez que no me pertenece.
Al menos aquí me ven como a una persona. Una a la que usar, sí, pero no me tratan completamente como a un animal. Aquí puedo tener opinión. Aquí puedo descubrir la personalidad que me han negado durante siete años.
No quiero este matrimonio… pero tampoco quiero volver a los suburbios, a esa casa que nunca fue un hogar.
Esta mansión tampoco lo es, pero… al menos tengo una excusa .
Una esperanza que odio y que se cuela por mi ventana a las tres de la madrugada .
Aleksei no se colaría jamás en la casa de mi tío. Lo sé. Sería un suicidio. Por lo poco que entiendo de la mafia, la tensión entre la Cosa Nostra y la Bratva es demasiado alta como para que él arriesgue el cuello por mí de esa manera.
No es como si yo le importara tanto…
Si no, ¿por qué permitiría que esté comprometida con su hermano?
—Sí, tu tío. Dice que los Lombardy están molestos, Liliana.
Parece que el hecho de que no los invitáramos a la presentación oficial de anoche no les ha sentado nada bien —continúa, sacándome de mis pensamientos, recreándose en mi incomodidad—.
Así que, para complacerlos y evitar problemas innecesarios, vamos a organizar un baile a la siciliana.
Una fiesta donde te mantendrás lejos del vodka y bailarás pegada a mí. Sin separarte ni un centímetro.
Contengo una arcada.
—¿A la siciliana? ¿Cuándo? —frunzo el ceño, intentando procesar el desastre que se avecina—. Y, además, vete olvidando de eso. No pienso bailar contigo y, mucho menos, dejar que me pongas las manos encima.
Prefiero un tiro en el clítoris, honestamente.
Petro ignora mi comentario, como si no acabara de decirle que se olvide de cualquier cercanía conmigo.
—¿Qué clase de hija de la Cosa Nostra se supone que eres? —pregunta, con una sonrisa cargada de suficiencia—. Un baile de máscaras, dorogaya… Será en un mes, bajo la próxima luna llena .
¿Qué se cree ahora? ¿Un alfa de novela barata? Es casi como esas historias raras que me prestaba Jessica cuando estaba aburrida.
Aprieto los labios, ocultando una mueca de desprecio mientras desvío la mirada hacia la ventana. La voz de Petro se convierte rápidamente en un zumbido lejano; mi mente se desconecta por completo mientras él desgrana los detalles de esa cutrada.
Ya no le escucho. En mi cabeza se ha instalado una incógnita mucho más interesante que sus planes de paz entre mafias:
¿Irá Aleksei?
La imagen de su rostro oculto tras aquel pasamontañas regresa a mi memoria con una fuerza que me roba el aire. Cruzo las piernas de forma instintiva, apretando los muslos al recordarlo.
Joder.
¿Volverá a esconderse tras una máscara? ¿Se mezclará entre los invitados solo para vigilarme desde algún rincón oscuro del salón?
Me pregunto qué cara pondrá al verse obligado a contemplarme bailar pegada a su hermano, ese mismo al que ayer faltó al respeto de la forma más sucia posible, mientras se limpiaba la mano en sus sábanas.
Maldita sea .
Casi puedo verlo moviéndose entre la multitud, y la sola posibilidad de que esté allí, observándome mientras permanezco atada a Petro, me provoca una satisfacción que roza lo inhumano.
Quizá esta vez le duela más…
Quizá esta vez sí se atreve a tocarme.
—Vale, está bien. Me gusta. Pero, si se hace, quiero que sea perfecto —digo de pronto, fingiendo un entusiasmo que no siento—. ¿Puedo organizarlo yo e invitar a quien quiera?
—¿Te crees que soy estúpido, Liliana? No te mereces ese favor.
La emoción se me cae a los pies y tengo que morderme la lengua para no escupirle lo que realmente pienso. Lleno mis pulmones de aire y, entonces, adopto una mueca caprichosa, dejando caer los codos sobre la mesa con desgana.
—Por favor... Me tienes aburrida, Petro. Si quieres que nos llevemos bien, al menos déjame hacer algo que no sea probarme vestidos y sentarme frente a ti a verte comer.
Petro arquea una ceja, sorprendido por mi repentino cambio de actitud. Me observa durante unos segundos, buscando la trampa, y temo que la encuentre. Pero, por fuera, mi rostro solo refleja el hastío de una niña consentida, como si mi único problema en la vida fuera el aburrimiento.
Me doy asco.
Pero la satisfacción de ver su desconcierto me confirma que, contra todo pronóstico, ha funcionado. Parece convencido, como si acabara de ganar una estúpida competición. Como si, por fin, hubiera logrado doblegarme.
¿Es gilipollas o solo quiere que lo crea?
—Vaya, parece que la pequeña Moretti por fin entiende cómo funcionan las cosas en este lugar —dice, con ese tono condescendiente que me revuelve el estómago—. De acuerdo, te daré lo que deseas. Al fin y al cabo, es una mierda italiana menos de la que debo preocuparme.
Lo suelta por lo bajo, casi como un pensamiento fugaz, pero lo escucho con claridad.
A pesar del desprecio, mis ojos se iluminan sin que pueda evitarlo, y él se apresura a matizar antes de que mi pequeña victoria se me suba a la cabeza:
—No obstante, no olvides quién manda aquí. Katya y Svetlana te ayudarán con los proveedores y con cualquier cosa que necesites, pero quiero que todo pase por mis manos antes de tomar una decisión final.
Mi ceño se frunce y, por un instante, me arrepiento de esta idea suicida.
¿Le parecerá normal que invite a su propio hermano? ¿De verdad quiero perder el tiempo organizando este circo?
No tengo nada que celebrar, pero lo cierto es que esta es la oportunidad perfecta. Si me sumerjo en las entrañas de la Bratva —entre proveedores, documentos e información— quizá llegue antes a una conclusión. Quizá descubra cómo vengarme de todos mucho antes de lo que pensaba.
Y además… quizá consiga que él se enfade.
Quizá, si cree que de verdad soy feliz con Petro, vuelva a decirme que corra. Quizá me atrape. Quizá haga algo terrible.
Esa incógnita es la que me da fuerzas para hablar:
—No. Quiero confianza. Quiero el control total —interrumpo, manteniendo la compostura—.
De la música, de la decoración y de la lista de invitados.
Si voy a ser la anfitriona, no quiero que conviertas esto en otra cena aburrida como la de ayer.
No quiero tener que emborracharme otra vez para soportarlo.
Déjame hacerlo a mi manera. Por una vez… solo déjame hacerlo.
Sus ojos vuelven a escudriñarme, desconcertados, pero finalmente suelta una carcajada seca, un sonido carente de humor que rebota en las paredes.
—¿Qué pasa? —pregunto, notando cómo un mal presentimiento se cierne sobre mí—. ¿No querías que hiciera algo aparte de quejarme? ¿Cuál es el problema ahora?
Se levanta de su asiento con una parsimonia que hace que el chirrido de la silla sobre el mármol se me clave en los oídos y me hiele la piel.
—No, no es eso. Es solo que me gusta cuando te comportas como una Volkov, exigiendo lo que quieres… aunque solo sean caprichos ridículos de niña pequeña —dice, rodeando la mesa con pasos lentos y pesados.
Noto cómo el regusto amargo de anoche se instala de nuevo en mi garganta cuando se detiene justo detrás de mi silla. Su presencia, a escasos centímetros, es un peso insoportable que me provoca ganas de arrancarme la piel a tiras.