Ruthless Obsession (Despiadados 1) Capítulo 12 Flashback de guerra.
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Capítulo 12 Flashback de guerra.

Lili

Remuevo el café por décima vez. Ni siquiera sé por qué lo hago con tanto ímpetu. La taza está a punto de desbordarse y ya hay manchas oscuras sobre el mantel, antes impecable.

Y, aun así, no puedo parar. No puedo dejar de mirar el remolino negro, cada vez más vertiginoso, más oscuro, más profundo, más desesperado…

Igual que yo.

Igual que eso que me taladra el cerebro sin descanso desde que he abierto los ojos.

Anoche, el último estímulo que recibió mi cuerpo antes de rendirse al sueño fueron sus labios.

Aún puedo sentirlos, besándome de la forma que había deseado durante media vida.

Haciéndolo de una manera que todavía ahora hace que el corazón se me arremoline en las costillas cuando apoyo los dedos sobre el lugar por el que pasó.

No sé mucho de besos ni de contacto físico en general. Mis primeras experiencias, hasta la fecha, han sido este mes. Todas con el mismo hombre: Aleksei .

Pero cuando me besó… sentí algo distinto.

Algo diferente a lo que sentí cuando fui yo quien lo hizo. Algo parecido al odio. Algo más punzante. Más frío.

No me atrevo a levantar la vista. No me atrevo a ponerle nombre a lo que siento. Prefiero quedarme quieta, notando el latido de mi propio remordimiento golpeándome en la garganta. Con el estómago retorciéndoseme de una forma que no es normal.

Dios… ¿Qué mierda me pasa?

¿Es culpa?

¿Es asco por haberme fallado a mí misma de esta manera?

¿O es algo peor que ni siquiera quiero imaginar?

No sé nada. Lo juro. En este momento he perdido cualquier capacidad para analizar lo que me rodea. La única certeza que tengo son las ganas irrefrenables de estampar la cara contra la mesa hasta que el cerebro se me apague.

Obviamente, no puedo hacerlo.

Las criadas van y vienen, sirviendo platos llenos de cosas que nunca he probado en mi vida, y Petro me observa como si quisiera descifrar qué hay en mi cabeza para que esté tan ausente y en silencio.

No puedo culparlo. Es inusual. Lo es porque, a estas alturas del día, por pura rutina, ya debería haberlo mandado dos veces a la mierda e intentado levantarme de la mesa para escupirle en la cara, mientras Katya y Svetlana me sujetan y me arrastran de vuelta a mi sitio entre disculpas.

Pero hoy…

Hoy ni siquiera soy capaz de parpadear o pronunciar una palabra.

Es casi como si no reconociera mi propia garganta como mía. Esa traicionera que gimió el nombre de Aleksei como si ese fuera su único propósito.

Joder. Qué vergüenza.

¿Y si me suicido?

Quizá en el infierno deje de estar frente al hombre con el que se supone que debo casarme, mientras las imágenes de su hermano desnudo se reproducen en mi mente sin descanso.

Pero… ¿estoy segura de que no fue un sueño?

¿Estoy segura de que ocurrió de verdad?

Se siente completamente irreal, pero sé que no lo es. Sé que pasó.

Aparte de poder recordarlo con todo lujo de detalles, esta mañana, en la ducha, lo he visto. He visto el rastro de su invasión a mi intimidad, esparcido como marcas de guerra moradas en el interior de mis muslos. Marcas que gritan que ahí estuvo Aleksei Volkov.

El calor que aún arde en mi centro confirma que no, no es producto de mi imaginación.

Pasó, maldición. Claro que pasó.

Las imágenes regresan en ráfagas, una vez más, burlándose de mi escaso decoro y de mi falta de autocontrol, gritándome que él y yo, por desgracia, estamos hechos de lo mismo: de la misma materia oscura, retorcida y cuestionable.

Porque, si no… ¿qué clase de persona se masturba con la prometida de su hermano?

Exacto.

Una persona terrible. Alguien como yo, que solo puede pensar en matar a Petro con el cuchillo con el que se unta la mantequilla mientras, en mi imaginación, vuelvo a ver a Aleksei apareciendo entre las sombras de mi balcón.

Lo recuerdo con una nitidez enfermiza, como si fuera una película.

Mirándome con esa expresión depredadora que parece leerlo todo, con esa arrogancia dibujada en los labios mientras irrumpe en mi habitación, como si hacerlo —y encontrarme gimiendo su nombre— no fuera algo bochornoso, sino un derecho adquirido.

Siento de nuevo el miedo al recordar el momento en el que los guardias casi entran en mi habitación y nos descubren haciendo… lo que fuera que se supone que estábamos haciendo.

No es sexo. Pero nos corrimos.

¿Cómo demonios se llama eso?

El golpe de vergüenza vuelve a instalarse en mi pecho cuando su voz de mierda resuena en mi cabeza, ordenándome que no llore, que no lo haga porque él no permitirá que ningún otro hombre me vea en esa situación.

Como si él sí tuviera el privilegio.

Como si fuera el único que puede.

Como si fuera mi dueño.

Maldito Aleksei Volkov. Cómo te odio.

Recuerdo su mano —la misma que había acallado mis gritos, marcada por cicatrices que desconozco— subiendo y bajando sobre su erección sin vergüenza, sin control. Dándose placer… para mí.

Como si no fuera un acto jodidamente íntimo. Como si no fuera la primera vez. Como si existiera entre nosotros una confianza que jamás hemos construido.

Como si realmente fuera mío .

Jesucristo. No. No lo es.

Pero durante un momento —durante esos minutos en los que mi mirada no pudo apartarse de él, instándome a imitarlo— lo fue.

Y deseé ser lo mismo para él .

Lo deseé cuando     mis labios traicioneros volvieron a gemir su nombrecomo si, en ese instante, yo no fuera más que un ente rendido a algo mucho más ambiguo que el odio.

Maldición . ¿Soy tonta o estudio para ello? Él sabe que voy a casarme con Petro y no ha hecho nada por evitarlo.

No puedo volver a sentir esto. Ya no tengo dieciséis años.

Los dientes me castañean contra el borde de la taza cuando intento beber, dándome cuenta del desastre en que se ha convertido mi mente. Pero ni siquiera esa voz interna que me reprende consigue apartar la imagen de su cuerpo de mi cabeza.

Estoy jodida. Lo sé.

Porque mientras Petro habla de contratos y alianzas, yo solo puedo pensar en cómo su hermano mayor me miraba mientras se masturbaba para mí.

Maldición .

«Yo no sería delicado, lo sabes bien» .

Recuerdo cómo, en ese instante, su placer se entrelazó con el mío, arrastrándome lejos, hacia un abismo del que aún no he salido. A un infierno en el que nunca había estado… y al que quiero volver con desesperación.

No. No, no, no. ¡No puedo pensar eso!

Él es culpable de esta situación. Está jugando conmigo. Manipulando mis sentimientos. Y lo peor no es eso. Tampoco lo es que obedeciera como una idiota en celo.

Lo peor es que, mientras lo veía perder el control por mi culpa, sentí una conexión brutal quemándome las entrañas.

La sensación más real y tangible que he experimentado en mi vida. Una a la que ni siquiera puedo ponerle nombre.

No. No es eso. Le odio. Eso es lo que siento. Ese es el nombre que tiene.

Odio… y otra cosa. Pero eso es solo porque el imbécil está como quiere.

Joder, eso también es culpa suya.

¿Quién le mandó a ser así?

Le odio. Lo juro por Dios.

El pulso me tiembla de forma descontrolada cuando vuelvo a llevarme la taza de café a los labios, pero está hirviendo y me abrasa la lengua antes de que pueda darme cuenta.

Suelto un pequeño grito por el dolor, pero el sonido me traiciona. Me lanza de golpe al momento en que él me cubrió la boca con la palma de la mano, aplastándome contra el colchón para evitar que los guardias entraran.

Maldita sea.

ABANDONA MI CEREbrO.

—¿Liliana?

Doy un respingo y, por fin, levanto la vista.

Petro está ahí, sentado frente a mí, observándome con esa expresión condescendiente, como si fuera un bicho raro o estuviera perdiendo la cabeza por completo.

Quizá tenga razón.

—Estás en las nubes, dorogaya  —dice, dejando la cuchara con un golpe seco que me obliga a tragar saliva—. Y tienes la cara roja. ¿Te encuentras bien? ¿Sigues con fiebre después de haber dormido toda la noche? ¿En serio?

Me llevo los dedos a la cara, rozando mis mejillas. Están tan calientes que casi suelto una carcajada nerviosa.

—Sí... ¡Digo no! No, no tengo fiebre ahora mismo. Solo es el café. Me ha quemado la lengua… bastante.

Oculto las manos bajo la mesa para que no vea cómo me tiemblan los dedos.

No es una mentira del todo. Me ha   quemado, sí, pero el incendio que siento no tiene nada que ver con la cafeína.

Petro deja la servilleta sobre la mesa con lentitud deliberada. Me examina como si lo supiera todo, como si pudiera leer en mis ojos cada segundo de lo que ocurrió anoche, en mi cama.

Como si supiera perfectamente que le estoy mintiendo en la cara.

Sin embargo, algo en su mirada me confirma que, en realidad, no tiene ni puta idea. No la tiene, porque me observa como cuando siente que ha perdido el control de las cosas, igual que cuando mira al pakhan moribundo y este le recuerda que es un pedazo de mierda.

Si no fuera porque es el tipo que aprobó este matrimonio, el viejo no me caería mal. Al final, él es el único en esta casa —aparte de mí— que no respeta a Petro. Y eso basta para ganarse un uno por ciento de mi simpatía.

—Te estaba hablando de algo importante, Liliana —dice, y su voz suena cargada de una exasperación que me arranca un bostezo que ni siquiera intento disimular—. Pero parece que tu cabeza está en cualquier sitio menos donde debería estar.

Apoyo la barbilla en la palma de mi mano, sosteniéndole la mirada con una desgana que sé que lo irrita aún más.

Que se joda.

—¿Y dónde debería estar mi cabeza, Petro? Ilumíname con tu infinita sabiduría.

Sus ojos me estudian durante un segundo. Se inclina ligeramente hacia delante, invadiendo mi espacio personal pese a la distancia que nos separa. Su expresión se endurece cuando habla:

—En tu futuro. Conmigo .

Me entran unas ganas locas de soltar una carcajada histérica, de decirle que ese chiste no se lo cree ni el servicio, pero me muerdo la lengua y me contengo.

«Si supieras que mi cabeza está justo donde tus hombres me dejaron anoche, que sigue perdida en partes del cuerpo de tu hermano que recuerdo con una nitidez obscena» .

Mi odio por él es inmenso, pero no tanto como para volverme imprudente.