Ruthless Obsession (Despiadados 1) Capítulo 11 Jodido hasta la médula. #3
29%

Capítulo 11 Jodido hasta la médula. #3

Ella deja escapar un gemido ahogado, arqueando la espalda por puro instinto. Está tan caliente que casi me quema al tacto cuando clavo los dedos en sus muslos, apretando lo suficiente para que mañana lleve mis marcas ahí, donde espero que Petro no se atreva a mirar.

Porque, si lo hace, juro que la guerra empezará con su cabeza colgando del cabecero de esta cama, obligando a sus ojos sin vida a presenciar cómo me la follo.

La observo, y la rabia de los celos se mezcla con una necesidad posesiva que me hace temblar.

—Tócate, Liliana —exijo, mi voz convertida en un susurro peligroso—. Quiero ver esa preciosa mano que me ha golpeado bajar hasta ese coño tuyo… y quiero verla terminar el trabajo.

El aire se le escapa de los pulmones, pero nada me impide seguir:

—Quiero que lo hagas mientras sientes mi aliento en la cara… y que, cuando mañana despiertes, lo único que notes entre las piernas sea el recuerdo de cómo te has corrido para mí, mirándome a los ojos.

Liliana suelta un sollozo ahogado, pero sus ojos ya no reflejan miedo. En ellos arde esa misma chispa de locura y desafío que vi en el pasillo.

Sus dedos tiemblan mientras descienden lentamente hacia su propio sexo, guiados por mi mirada, por mi orden. Se detiene justo en el borde, con la yema rozando su entrada, provocándome. Sosteniéndome la mirada con una intensidad que me corta la respiración.

Creo que esta versión de ella… Dios, esta versión de ella me gusta mucho más.

—Si yo lo hago… —jadea—, quiero algo a cambio.

—Lo que sea, preciosa. Te daré lo que quieras de mí —respondo demasiado rápido, con una urgencia que debería avergonzarme.

Pero eso solo provoca que una sonrisa cargada de lujuria curve sus labios, endureciéndome aún más, sobre todo cuando habla y termina de aniquilarnos:

—Quiero verte también. Quiero que me mires mientras tú haces lo mismo.

Esa petición es como arrojar gasolina a una casa en llamas.

Se me tensa la mandíbula con tanta fuerza que siento que mis propios dientes van a estallar. Mi visión se oscurece. Los bordes de la habitación se desdibujan, atrapándome en una realidad donde solo existimos ella, yo… y el rastro de su sabor que aún me inunda la boca.

Joder. Soy suyo, y ni siquiera me importa.

Me pongo de rodillas sobre el colchón sin pensarlo, y mis manos dejan de pertenecerme. Se vuelven traidoras. Primitivas. Se mueven por puro instinto, obedeciendo la orden de la mujer que debería estar bajo mi dominio, suplicándome más…

No puedo evitarlo.

Mis dedos se clavan en el cinturón con una urgencia que roza lo patético, tirando del cuero con una torpeza que me enfurece.

Ella quiere verme.

Quiere ver el monstruo que ha despertado… y joder, voy a dárselo.

Desabrocho el botón, mandando a la mierda cualquier atisbo de autocontrol que me haya sostenido durante la última década. En cuanto me libero de la presión de la tela, el dolor se vuelve real e insoportable.

Estoy más duro que nunca, latiendo con una violencia que me exige alivio inmediato. El simple roce de la tela me arranca un gruñido gutural que resuena en las paredes… y que hace que Liliana se encoja contra el cabecero.

—Joder… —murmura.

Incluso en la penumbra, puedo ver sus mejillas encenderse con fuerza.

Eso es suficiente.

Mi cuerpo deja de responderme por completo. Se rinde a ella.

Me agarro con fuerza, rodeando mi erección con una presión casi violenta, sintiendo el calor concentrarse en mi palma.

Empiezo a moverme con un ritmo salvaje, desesperado, buscando un alivio que solo ella podría darme, mientras la devoro con la mirada, asimilando que, por una vez… esto no es un sueño.

—Mírame, entonces —le siseo. Mi voz apenas suena humana—. Mira cómo me tienes, Liliana. Mira el desastre en el que me has convertido.

Me muevo frente a ella, con el pulso desbocado en mis dedos mientras me masturbo. Mis ojos no se apartan de los suyos. Quiero ver cómo sus pupilas se dilatan, cómo su boca se entreabre ante la visión de mi cuerpo reclamándola sin tocarla, cómo se imagina lo que sería tenerme dentro de ella.

Mis manos desobedecen cualquier atisbo de pudor. Solo le responden a ella, a su desafío, hasta el punto de que ya no sé dónde termino yo y dónde empieza este jodido infierno que compartimos.

Cada movimiento es una tortura.

La observo y veo cómo sus dedos empiezan a hundirse en su interior, imitando mi ritmo, y el mundo se reduce a eso: a este instante en el que solo existen nuestros sonidos ahogados, entrelazándose hasta convertirse en una única sinfonía.

Joder. Sus gemidos son mejores de lo que jamás he podido fantasear.

Su respiración se vuelve errática, desesperada. Se pierde en su propia humedad, mordiéndose el labio con fuerza, provocando que desee ser yo quien la toque.

Que desee ser el único dueño de ese sin sentido.

De pronto, como si pudiera leerme la mente, la veo a punto de rendirse.

Sus párpados caen, apretándose con fuerza, y su rostro se transforma en puro placer mientras intenta refugiarse en la oscuridad de su mente para dejarse llevar.

—Ojos en mí, nena —ordeno, aunque apenas logro hablar—. Quiero verte cuando te rompas.

Obedece. Abre los ojos de golpe. Están empañados de lágrimas y deseo. Sus pupilas están tan dilatadas que apenas distingo el color… y es ahí, en ese abismo, donde encuentro mi propio final.

Maldita sea.

— Más rápido, Liliana —le siseo, golpeando mi palma contra mi pelvis en un ritmo salvaje—. Tócate como yo lo haría. Sabes que no sería delicado. Más fuerte… mucho más.

Ella deja escapar un gemido que es mitad protesta, mitad rendición, y me termina de destrozar. Sus dedos obedecen, hundiéndose con saña, golpeando su propia piel con un sonido húmedo que llena el silencio de la habitación.

Verla así, profanando la cama de Petro con mis órdenes grabadas en su cuerpo, es mejor que cualquier droga que haya probado jamás. Más adictivo. Más demoledor.

—Eso es… —gruño, y mi mano se vuelve frenética sobre mi erección. El roce es tan intenso que quema, una fricción que me arranca destellos blancos tras los párpados—. Así… Mírame, Liliana. Mírame a los ojos.

La tensión en el cuarto es asfixiante, un cable de alta tensión a punto de reventarnos a los dos. Siento el placer ascender, acumulándose en la base de mi columna, reclamando salida con una urgencia que me obliga a clavar la otra mano en el cabecero.

Mi respiración es un gruñido ronco, devorado por un frenesí primitivo. Estoy a un segundo de perder el sentido, de deshacerme en mil pedazos frente a la única mujer capaz de destruirme la vida.

Las caderas de Liliana comienzan a sacudirse contra el colchón, confirmándome que la tengo justo donde la quería: desarmada, temblando bajo mi mirada, entregándose por completo.

—Aleksei… —jadea mi nombre de nuevo.

—Eso es, nena. Córrete para mí… córrete conmigo.

Liliana suelta un gemido quebrado y se rinde a mí, mientras su coño se contrae en espasmos. Esa visión es mi jodida sentencia.

Suelto un gruñido cuando me corro con una fuerza que me hace temblar el brazo, sintiendo el calor pegajoso salpicarme los dedos y el vientre.

Joder… Debería haberla obligado a tragárselo.

Me limpio la mano en el borde de la sábana de algodón —esa que, seguramente, ha pagado mi puto hermano—, con un movimiento lento, saboreando la ironía de lo que acaba de pasar.

Disfrutando de verla ahí, tumbada, con las piernas aún abiertas, temblando, procesando que acaba de correrse frente al hombre al que se supone que debe odiar.

Frente a mí.

Frente al único capaz de hacerla sentir así de viva, por mucho que se empeñe en negarlo.

Me subo los pantalones con torpeza, notando la humedad adherida a la piel, pero no me importa. El desastre ya forma parte de esta noche. De nosotros. De la primera vez que la he visto disfrutar.

No será la última.

Liliana permanece con los ojos apretados y el pecho subiendo y bajando en un ritmo frenético.

Me acerco sin hacer ruido, gateando por la cama hasta cernirme sobre ella. Huele a sexo. A su humedad. A mi propia rabia drenada.

Aprovecho que sigue perdida, con los párpados cerrados, e imito lo que ella hizo horas atrás. Me inclino hasta que mi boca roza la suya… y ahora soy yo quien lo hace.

La beso .

Es un beso lento, profundo, cargado de un hambre que no se apaga con un orgasmo. Un hambre que no se saciará hasta que la guerra la coloque a mi lado, donde debe estar.

Le muerdo el labio inferior con la presión justa para que el dolor la devuelva a la realidad, saboreando de nuevo el hierro de la herida que ella misma me abrió hace un rato.

Y mientras me corresponde, sin abrir los ojos, dejo el collar que llevaba en el bolsillo sobre la almohada.

Mi marca.

—Buenas noches, solnyshko  —susurro contra sus labios, dejando que mi respiración, aún agitada, sea lo último que sienta—. Mañana, cuando él te mire, recuerda quién te ha dejado así. Recuerda quién es el hombre al que deseas de verdad.

Me separo y salgo por el balcón antes de que pueda procesarlo. Bajo por la enredadera con la adrenalina aún ardiéndome en los músculos y me pierdo en la oscuridad del jardín.

Cuando Liliana abre los ojos, la habitación está vacía.

Solo queda el frío del cristal abierto, el sabor de mi mordisco en su boca… y la humedad de sus dedos recordándole que, aunque yo no esté, ya no hay forma de escapar de mí.

Que siempre ha sido mía.

Aunque todavía no quiera aceptarlo.