Capítulo 11 Jodido hasta la médula. #2
El verdadero monstruo está aquí abajo, acechando desde las sombras.
Localizo, a un lado de la fachada, una espaldera cubierta por una enredadera que trepa directa hasta su balcón. Es vieja, pero parece sólida… aunque, sinceramente, ojalá no lo sea. Ojalá se rompa. Ojalá me caiga y me reviente contra el puto suelo.
Quizá así este dolor en la polla y este caos en mi cabeza se detengan de una vez y no termine haciendo una locura.
Pero no tengo tanta suerte.
Soy un Volkov y, para desgracia de algunos, nosotros no morimos con facilidad.
Me quito la chaqueta del traje y la dejo caer sobre el suelo encharcado por la llovizna. Me desabrocho los puños de la camisa, doy un paso… y entonces algo cruje bajo mi pie. Desvío la vista hacia el sonido y, al ver el collar de gemas verdes lleno de barro, casi se me escapa una carcajada.
Lo sabía.
Patético. Ese hombre no la conoce una mierda.
Empiezo a subir, ágil, procurando no hacer ruido, esperando que nadie me vea, porque, de hacerlo, sé que me meterán un tiro en la nuca sin preguntar.
Mis músculos protestan, el labio me late al ritmo de mi frecuencia cardíaca y, con ello, el recuerdo de su mano estampándose contra mi cara me hace entrar en ebullición instantánea.
Subo más rápido, no porque quiera hablar con ella, no porque necesite respuestas, sino porque mi cuerpo no me obedece, porque no es racional, porque estoy programado para buscarla.
Rápidamente alcanzo la barandilla de hierro del balcón y salto. Me quedo ahí, agachado, recuperando el aliento.
La puerta de cristal está entornada. El calor de su habitación se derrama hacia mí, cargado con su delicioso aroma. Ese perfume a vainilla e inocencia corrompida que, genuinamente, me trastorna. Me quedo paralizado tras la cortina pesada, dejando que la vista se acostumbre a la penumbra.
Necesito que lo haga de nuevo.
Necesito que me mire a los ojos, en privado, sin testigos, y me grite que me odia. Necesito comprobar si es capaz de sostenerme la mirada otra vez. Necesito que su boca escupa veneno mientras su cuerpo me dice justo lo contrario.
No necesito que me ame ahora. Que se guarde su amor fingido para ese malnacido si eso la hace sentirse más pura.
A mí no me sirve de nada si no es real. Ahora solo necesito que siga haciendo lo que hacía.
Que siga odiándome con esa intensidad que me pone la polla tan dura que casi me la quiero arrancar.
Porque ese odio, ese «odio» puro y visceral, es mucho más real que el amor que pueda profesarle a cualquier otro en mil vidas.
Y si tiene que acabar conmigo, si ese es mi destino, que lo haga. Pero que lo haga mirándome a los ojos y besándome como antes; que me lo diga otra vez, que no la vuelva a tocar, que me ponga a prueba, que me obligue a controlar cada jodida extremidad, que me haga demostrarle que soy digno de ella.
Haré todo lo que me pida.
Maldita sea. Todo.
Doy un paso fuera de las sombras, y entonces la veo… y lo sé. El jodido averno me engulle de la cabeza a los pies.
Liliana no está dormida. No. Joder, no.
Me quedo clavado al suelo, sintiendo cómo los músculos se me vuelven piedra y la piel empieza a arder. El impacto me golpea como un huracán, las pupilas se me dilatan hasta que el mundo desaparece y solo queda ella, temblando en la penumbra.
Estoy jodido. Jodido hasta la médula. Jodido porque no puede ser real lo que mis ojos bendecidos están viendo ahora.
Está en mitad de la cama, con las sábanas enredadas entre las piernas, el vestido subido y arrugado hasta la cintura, dejando al descubierto la palidez de sus muslos, que brillan bajo la luz que se cuela desde el balcón.
Está extasiada, completamente ajena a mi presencia, con la cabeza echada hacia atrás, el pelo desparramado sobre la almohada y los ojos cerrados con fuerza, como si estuviera atrapada en un dolor que solo ella puede aliviar, que solo sus manos son capaces de calmar.
Sus manos… Dios, sus malditas manos.
Una de ellas está aferrada a su pecho, apretando la tela contra la piel, rozando sus pezones, esos que me encantaría lamer y morder hasta hacerla perder la cordura. La otra se pierde entre sus muslos, moviéndose con una urgencia que me obliga a apretar la mandíbula.
Quiero dejar de mirar, porque lo que esta imagen despierta en mí no es bueno para mi salud mental, pero entonces la veo arquear la espalda, escucho el roce húmedo de sus dedos, el jadeo roto que escapa de su garganta…
—Aleksei...
Su voz es un latigazo directo a mi polla.
No está descansando. Se está tocando. Se está buscando a sí misma mientras gime mi maldito nombre.
La vista se me nubla, pierdo cualquier noción de lo que está bien o mal. La sangre me ruge en los oídos y es lo único que consigo escuchar.
La polla me duele tanto que creo que voy a reventar. Mi mano se mueve de forma instintiva hacia el tejido del pantalón, buscando un alivio que no llega; recorro la longitud por encima de la tela mientras la observo sin perder detalle de su expresión.
Está sudorosa, entregada a su propio placer, al deseo… pensando que soy yo quien la toca así, imaginando que son mis manos las que la reclaman, anhelándome de la misma forma que yo la he deseado todos estos años.
Es una visión sucia. Jodidamente erótica. Perfecta.
Una que no puedo aguantar más.
No me contengo. No puedo. No soy tan fuerte para que esta tortura no me haga perder los estribos.
Doy un paso, dejando mi figura a la vista. Mi voz sale como un rugido, cargada de una ironía que sé que va a encenderla aún más:
—¿Así que esa es la fiebre de la que hablaba Svetlana?
El placer desaparece de su rostro en una fracción de segundo, sustituido por el pánico. Sus manos se apartan de golpe de entre las sábanas y un grito empieza a formarse en su garganta, un sonido que alertaría a toda la maldita mansión.
Soy más rápido.
Me lanzo sobre la cama, atrapando su cuerpo con el mío, y le cubro la boca con la palma, aplastándola contra el colchón.
Espero que pueda sentir mi dureza contra su coño empapado. Espero que lo note. Que entienda lo que me provoca. Cómo me tiene a punto de cometer una locura y arrebatarle esa inocencia que tanto deseaba perder hace tres semanas.
—Ni un puto sonido, Liliana —le siseo al oído, apretando con más fuerza—. Calladita hasta que yo te lo diga.
En ese mismo instante, antes de que pueda protestar, unos golpes secos resuenan en la puerta de madera, haciendo que se tense bajo mi cuerpo.
—¿Señorita Moretti? —la voz alerta de uno de los hombres de su supuesto prometido llega desde el pasillo—. Hemos oído un ruido. ¿Está todo bien?
Liliana tiembla bajo mi peso. Sus ojos, dilatados por el terror, se clavan en los míos.
No me aparto. Al contrario. Presiono la pelvis contra la suya, sintiendo el calor de su sexo húmedo a través de la ropa.
Me inclino, rozando con mi labio herido su oreja, y le susurro una orden gélida que le eriza la piel:
—Responde. Y sigue con lo que estabas haciendo. No te atrevas a detenerte ahora. Quiero seguir viendo cómo lo haces.
Aprieto la mano contra su boca cuando otro grito intenta escapar, hundiéndole la cabeza en la almohada mientras su pecho sube y baja. Está aterrada, pero el rastro de su humedad aún brilla en sus dedos, que ahora se aferran a las sábanas de una forma muy distinta.
La excitación y el miedo huelen igual en ella, y esa mezcla me está convirtiendo en un jodido animal.
Los golpes en la puerta se repiten, más fuertes esta vez. Las lágrimas amenazan con deslizarse por sus mejillas ante la idea de lo que puede pasar si nos descubren ahora.
—¿Señorita? Si no contesta, entraremos ya —advierte el guardia, cada vez más alerta.
—Diles algo —gruño contra la piel de su cuello, bajando la mano de su boca apenas un centímetro—. Y ni se te ocurra llorar. No voy a permitir que nadie te vea expuesta. Solo yo. ¿De acuerdo?
Ella traga saliva, temblando, pero asiente con dificultad.
—E-estoy bien… —consigue decir, con la voz temblorosa, intentando disimular el jadeo—. Solo... he tenido una pesadilla. No entréis. Necesito descansar.
—¿Segura? —insiste el tipo.
Quiero salir y partirle el cuello para que deje de molestar de una puta vez.
—Sí. Déjenme dormir. Por favor.
Escucho los pasos alejarse, el murmullo de los dos idiotas volviendo a sus puestos, lo bastante lejos como para que no tenga que preocuparme.
Me gustaría hacerla gritar, pero por ahora… tendré que conformarme.
En cuanto el silencio vuelve a asentarse, clavo mis ojos en los suyos. Liliana intenta cerrar las piernas, pero deslizo mi rodilla entre sus muslos, obligándola a abrirse para mí.
Está semidesnuda… pero puedo verlo. Está empapada. Empapada por mi culpa.
—¿En qué pensabas, Liliana? —pregunto, deslizando mi mano libre hasta su vientre, rozando el límite—. ¿Pensabas en el beso de mi hermano? ¿En cómo te daba asco su lengua? ¿O en cómo habría sido si hubiera sido la mía?
—Vete al infierno, Aleksei.
—En él estoy, nena… ¿O acaso no ardías antes de que llegara?
Sacude la cabeza, intentando apartarse, pero le sujeto las muñecas y las fijo por encima de su cabeza. Me paso la lengua por el labio que ella me partió, negando lentamente.
No, Liliana. No vas a escapar.
—He visto cómo te tocabas. He oído cómo gemías mi nombre —mi voz se vuelve un gruñido bajo—. Estabas desesperada por sentir algo que no fuera el asco que te da… ¿verdad?
Deslizo la mano un poco más abajo, hundiendo los dedos en la tela húmeda que la cubre. Está tan empapada que ni siquiera necesito apartarla; el encaje está saturado de su deseo, de ese rastro que lleva grabado mi nombre.
Maldita sea.
Me llevo la mano lentamente a la boca, sin apartar la mirada de la suya, y lamo mis dedos, saboreándola. Es tan jodidamente deliciosa que un gemido ronco me desgarra la garganta.
—Justo como imaginaba… —mascullo—. Sabes a pecado, solnyshko . Sabes a traición y a guerra. A lo mismo que me está reventando las venas.