Ruthless Obsession (Despiadados 1) Capítulo 11 Jodido hasta la médula.
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Capítulo 11 Jodido hasta la médula.

Aleksei

Me   ha tocado.

Liliana Moretti ha puesto sus manos sobre mí… y me ha golpeado.

Lo ha hecho de verdad. Con una fuerza que jamás habría creído posible en el cuerpo de mi chica. Lo ha hecho, reventándome el labio que acababa de morder y besar en un arrebato.

Maldita sea. ¿Desde cuándo mi sol se ha convertido en esta fiera?  Si hace nada le asustaban los truenos y lloraba contra mi pecho, pidiéndome que no me fuera. Si hace nada se sonrojaba cuando apoyaba la barbilla sobre su sien.

Joder, Liliana . Esto es lo último que esperaba de ti esta noche. Y lo peor no es eso. Lo peor es cómo me hace sentir.

Me ha golpeado. Jodidamente lo ha hecho. Y no puedo superarlo.

Creo que no lo haré jamás.

No, no lo haré, porque se trata de ella.

Porque Liliana ha sido la única persona en este puto mundo con el valor de levantarme la mano.

Me la estampó en la cara con una fuerza que aún siento quemándome la boca, un fuego que no deja de arder en mi mejilla.

Y lo que no puedo digerir, es que lo hizo… y salió de ahí con vida.

Como si me tuviera completamente doblegado a su voluntad. Como si no comprendiera que es la única persona, aparte del puto pakhan , que me ha hecho sangrar el rostro. La única que ha sido capaz, en toda mi existencia, de pillarme con la guardia baja.

Tanto, que juro que ni siquiera lo vi venir. Solo sentí el impacto y mi cabeza girar hacia un lado, como si fuera el protagonista de una patética telenovela al que acaban de pillar siendo infiel o alguna mierda por el estilo.

Joder.

Tengo suerte de que Liliana no sea una viuda negra, porque podría haberme degollado esta noche y yo me habría quedado ahí, sin reaccionar, como un puto subnormal, dejándole hacerlo.

Maldita sea .

No es normal que eso me ponga. No es normal que la polla esté a punto de explotarme cada vez que recuerdo su mano golpeándome. No, no lo es.

Pero es que lo hizo con tanta rabia…

Que aún siento el anhelo de su tacto recorriéndome cada maldita extremidad. Noto mi cuerpo queriendo más de ella... reclamando que vuelva a tocarme, aunque sea para hacerme sangrar.

¿Será que me he convertido en un maldito masoquista?

Joder , si es Liliana quien empuña el látigo, no me importaría lo más mínimo.  Que acabe conmigo si le da la gana. Soy suyo de todas formas.

Me paso la lengua por el corte del labio, y el sabor de mi propia sangre, mezclado con el rastro de su boca, me enferma una vez más.

No sé qué carajos voy a hacer, porque la maldita ha conseguido lo que quería: me ha destrozado la cordura.

Ahora no puedo dejar de pensar en cómo corría, deseando ser atrapada por mí. En cómo su boca escupía veneno, pero su cuerpo cedía entre mis dedos como si estuviera hecha a mi medida.

Me da igual el contrato que haya firmado o lo que diga el acuerdo entre la Cosa Nostra y la Bratva. Desde esta noche, esa mujer me pertenece en cuerpo y alma hasta el fin de nuestros días.

Lo he visto.  Lo he sentido . Aunque no haya hundido mis dedos en su humedad, he escuchado su boca gimiendo mi nombre y eso es un punto de no retorno.

La quiero para mí. La quiero con mi apellido detrás de su nombre y a mis hijos creciendo en su vientre. Ya no puedo negármelo más. No, porque siete años de tortura han sido suficientes y, ahora que la he probado… lo sé: necesito más. Lo necesito todo de ella.

Sé que, de no haber llegado Nikolai, me la habría follado sin piedad.

Que le habría arrancado ese puto vestido ahí mismo, sin importarme quién escuchara o quién pudiera vernos.

Lo habría hecho, aunque eso hubiese significado desatar una guerra y tener que asesinar esta misma noche a toda mi familia.

Ningún crimen se compara con tenerla en mi vida.

Joder… sigo ensimismado con su locura. Aún me cuesta creer que sea la misma niña que conocí, la que me enseñó a hablar con propiedad… y que hoy, después de hacerme sangrar, en lugar de retroceder, se ha puesto de puntillas.

Me ha mirado a los ojos con un desafío que rozaba la enajenación como si fuera una jodida psicótica. Como si ese sadismo recién descubierto se hubiera nivelado con el mío. Como si estuviera igual de rota.

Como si ahora fuéramos dos caras de la misma moneda.

Liliana… mi Liliana.

¿Quién te ha corrompido de esta manera?

Y, sobre todo… ¿por qué demonios no he sido yo?

Sí, definitivamente debo de ser un maldito masoquista, porque creo que incluso estoy disfrutando del ardor corrosivo de los celos al pensarlo.

Casi pierdo la cabeza cuando he visto cómo Petro la exhibía. Cuando intentaba marcar territorio con un beso que a ella le ha provocado náuseas.

No lo he matado por tocarla.

He sido paciente. Me he quedado ahí, quieto, esperando a que reaccionara. Esperando comprobar si realmente lo amaba y… joder.

Lo detesta.

Verla vomitar sobre sus zapatos de cuero. Verla fingir ese desmayo para escapar de su tacto, con una maestría digna del apellido que tanto dice desear…

Me lo ha dicho todo sin necesidad de palabras.

Ha sido lo más jodidamente satisfactorio que he visto en mi vida. Ver a mi hermano de pie, con cara de imbécil, los zapatos manchados, mientras ella caía al suelo con tal de no volver a tocarlo… cuando conmigo no podía parar.

Eso… eso ha sido casi mejor que matarlo con mis propias manos.

Siento una sonrisa tirando de la comisura de mi labio partido mientras recorro el salón con la mirada. Petro se limpia con un pañuelo el rastro de vómito que Liliana le ha dejado. Es casi poético.

Me dan ganas de reír.

—Jodido gilipollas —mascullo para mí, conteniéndome.

Me acerco a la barra, incapaz de borrar la sonrisa. Pido un vodka doble y dejo que el alcohol me abrase la garganta, intentando que ese ardor eclipse el fuego que ella ha dejado marcado en mis venas.

Nikolai no tarda en aparecer a mi lado, observándome con esa mirada de mierda que grita sé que vas a hacer una locura, suéltalo ya .

—Creo que es la segunda vez en mi vida que te veo sonreír así y, sinceramente, me asusta —murmura, dándome un leve codazo—. Va a ser verdad que la abstinencia te ha jodido la cabeza…

—Nikolai… —mi voz es una advertencia que le resbala.

—Sí, que me calle, que me vas a matar, lo sé. ¿Pero sabes qué? Aquí sigo. Vivo —me suelta con esa chulería que solo él se permite.

Otra sonrisa, oscura y torcida, cruza mi boca. No puedo evitarlo. No puedo enfadarme ahora.

Siento el pulso desbocado y el sabor de mi propia sangre recordándome que Liliana ha ganado esta ronda, dejándome como un puto desquiciado ante cualquiera que realmente me conozca.

—Métete en tus asuntos, Dragunov  —le suelto, sin apartar la vista de la escalera por la que ella ha desaparecido hace un rato.

¿Y si me voy ya?

Estoy esperando el momento exacto para que no resulte obvio. Y entonces… entonces iré a por ella.

No aguanto un segundo más sin verla.

O sin besarla .

Dios, estoy perdiendo la cabez a.

—Claro, tío. Como si «tus asuntos» no fueran a acabar también con mi cabeza rodando por el suelo como una maldita bola de billar... —Nikolai suspira, apurando de un trago lo que le queda en el vaso.

Me giro hacia él, con la mirada empañada por los pensamientos que me acaban de cruzar la mente. Niko pone los ojos en blanco, consciente de que mi psique ya está jodida de forma irreversible.

—¿Confías en mí? —pregunto, aun sabiendo cuál será su respuesta.

Nikolai analiza el desastre que llevo dentro. Sabe leerme mejor que nadie en la Bratva, y lo que ve ahora mismo debe de ser un jodido pozo sin fondo. Un abismo al que le importan un carajo las consecuencias.

Soy egoísta. Jodidamente egoísta…

Pero, si quieren intentar matarla, van a tener que destruirme primero. Y nadie lo ha conseguido jamás.

Que lo intenten. Les demostraré por qué Iván Volkov quiere que sea el próximo pakhan .

—Normalmente confío en ti, porque eres un tío racional —admite, aunque su tono es escéptico—. ¿Pero debería hacerlo ahora?

—No.

Niko suelta otro suspiro pesado, y una carcajada amarga le nace en el fondo de la garganta. Sacude la cabeza, como si estuviera aceptando su propia sentencia, como si no le importara. Demostrando, una vez más, su lealtad.

—Vale —dice, dejando el vaso vacío sobre la barra—. Entonces empiezo a desempolvar el Kalashnikov [6] , ¿no? Porque presiento que en los próximos meses vamos a tener mucha mierda que limpiar.

Asiento, pero no respondo. Me limito a beber con él lo justo y a guardar silencio, el suficiente para que nadie sospeche de lo que acabamos de decidir sin necesidad de palabras.

El tiempo avanza despacio. Los minutos siguientes son una tortura. Copas, risas, gente que se acerca para hablar de mierda banal.

¿Entrarán esos kilos de éxtasis sin problemas?

Aleksei, ¿crees que tus hombres pueden matar al camello que me debe dos kilos de mercancía?

Jefe, ¿puedes decirle a Reznik que disuelva vivo en ácido al cerdo que tocó a mi mujer?

Media hora interminable de apretones de manos, de asentir a planes de guerra, limpiezas, exportaciones marítimas… y de sentir cómo el pulso me late en la polla, negándose a bajar.

Cómo no haga algo pronto, me la van a tener que amputar. Y eso sería una desgracia para Liliana.

Finalmente, cuando el caos de la fiesta alcanza su punto álgido, me doy la vuelta.

No aguanto más. A la mierda.

—Me largo —le digo a Nikolai.

—¿A casa?

—Algo similar.

Salgo de la mansión por la puerta de servicio, lejos de las luces y de los ojos curiosos de los invitados a este circo.

El aire de la noche me golpea la cara, pero no hace nada por enfriarme; al contrario, parece avivar el fuego que me arde por dentro, ese que me desgarra las entrañas con una intensidad que no había sentido en la vida.

Alzo la vista y ahí está. Su ventana .

Sé que no puedo entrar por la puerta principal de su habitación; aparte de que sería jodidamente obvio, Petro ha puesto a sus monos de feria a custodiarla, como si eso fuese a frenarme.

Como si de verdad creyera que así la mantiene a salvo, que así es más suya.

Pobre diablo.  No tiene ni puta idea de que el verdadero monstruo de la familia no aparece por el pasillo.