Ruthless Obsession (Despiadados 1) Capítulo 10 El infierno personal de un Volkov. #2
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Capítulo 10 El infierno personal de un Volkov. #2

Es precisamente ese pensamiento el que me devuelve de golpe a la realidad. La lucidez me golpea como un jarro de agua fría, haciéndome ver que, a este paso, no es él quien va a perder la cabeza.

Maldita sea.

Soy yo.

Yo la que está cayendo en su red. Yo la que está sucumbiendo ante el hombre al que he jurado destruir.

La rabia, amarga como la hiel, retoma el control.

Me separo de su boca de un empujón, rompiendo el contacto con una violencia que lo deja descolocado. Aleksei se queda ahí, a escasos centímetros de mí, con los labios entreabiertos, húmedos y enrojecidos, y los ojos velados por una lujuria que jamás había visto en él.

Una que me hace temblar.

Pero antes de que su presencia vuelva a afectarme, antes de que él recupere el aliento, alzo la mano y, en un arrebato, le cruzo la cara.

El impacto es brutal. Su cabeza se ladea por la fuerza de mi rabia. Siento la palma arder, palpitando tras el choque contra su mandíbula.

El silencio que sigue es sepulcral, cargado de una tensión que amenaza con hacernos estallar de nuevo.

—No vuelvas a tocarme así. No te atrevas a poner tus sucias manos en mí ni una sola vez más en tu vida —escupo, a pesar de que la humedad entre mis piernas grita que soy una mentirosa.

Aleksei permanece inmóvil, con el perfil tenso, sin responder. Entonces veo cómo una pequeña gota de sangre, densa y oscura, empieza a brotar de la comisura de su labio, justo donde mis dientes y mi golpe han dejado marca.

Lentamente, vuelve la mirada hacia mí.

Sus pupilas están tan dilatadas que sus ojos parecen obsidiana, cargados de una pulsión depredadora que, de un momento a otro, me congela.

La he cagado. Lo sé.

Lo confirmo cuando pasa la yema del pulgar por la herida, observando el rojo en su piel con una fascinación inquietante, como si fuera la primera vez que se ve a sí mismo sangrar.

Sin embargo, en lugar de retroceder, doy un paso al frente. Me niego a dejar que recupere el control. Me niego a que piense que me asusta, o que le temo ahora que le he hecho sangrar.

Que se joda. Yo también tengo heridas, aunque él no pueda verlas.

Me acerco aún más y me pongo de puntillas frente a su rostro, obligándolo a sentir mi respiración entrecortada. Clavo mis ojos en los suyos y, sin perder detalle de su expresión, arrastro la lengua por su barbilla, siguiendo el rastro cálido de la sangre.

Subo con una lentitud deliberada hasta alcanzar el corte que mi anillo de compromiso le ha abierto en el labio.

Saboreo el metal, el hierro, deleitándome con el gusto de su sangre, sin apartar la mirada de su cara. Su pecho sube y baja con ferocidad… y eso es exactamente lo que quiero.

—Vaya —susurro, relamiéndome—. Parece que tú también puedes sangrar, Volkov . Lástima que hayas tardado tanto en demostrar que sientes alguna mierda.

El silencio que sigue a mis palabras es tan denso que casi puedo oír el latido desbocado de su corazón, a punto de romperle el pecho… o quizá es el mío. Ya no lo sé.

No me importa.

Lo único que me importa es que Aleksei no parpadea.

Se queda ahí, con el labio partido y la huella húmeda de mi lengua aún sobre su piel, procesando el veneno que acabo de inyectarle.

Pero eso no dura.

El cambio llega en un segundo, rápido, como un relámpago que estalla antes de que puedas reaccionar.

Su mandíbula se tensa hasta hacer crujir el hueso, y cualquier rastro de conmoción desaparece en un parpadeo. Sus manos, antes inmóviles, se cierran en puños tan firmes que los nudillos blanquean bajo la luz tenue del pasillo.

Ya no queda nada del Aleksei que me llevaba de la mano cuando era pequeña.

Ahora solo está el Volkov.

El que el mundo teme. El que no deja deudas sin cobrar. El que promete, con la mirada ensombrecida, arrancarme la cabeza.

—Has querido jugar, Liliana —su voz suena baja, peligrosa—. Pero no tienes ni la menor idea de con quién lo estás haciendo… ni de cómo va a terminar esto si no paras ya.

—No voy a parar, ¿sabes por qué? —mascullo, mis latidos resonando en mi cabeza—. Porque te odio, Aleksei. Y quiero que lo sientas. Que lo sepas. Que te duela.

—¿Crees que esto me duele?

Da un paso hacia delante, invadiendo mi espacio con una autoridad que me obliga a retroceder instintivamente.

—¿Crees que tu pequeña pataleta va a cambiar algo? ¿Crees que tú  puedes joderme la cabeza?

Sus ojos descienden hasta mi cuello, a la marca roja que él mismo acaba de dejar con su boca, y luego regresan a los míos con una oscuridad que grita que he cruzado una línea que no debería haber tocado.

—La erección no resuelta que tienes me dice que sí, Volkov  —respondo con una audacia que no me pertenece—. Me dice que ya te la he jodido.

El aire frío del pasillo impacta contra mi espalda desnuda, una advertencia gélida de que acabo de despertar a un monstruo que se muere de hambre.

Aleksei se mueve tan rápido que mi cerebro apenas registra el movimiento.

Antes de que pueda parpadear, su mano se cierra alrededor de mi mandíbula. No es un toque suave: sus dedos se clavan en el hueso, obligándome a inclinar la cabeza hacia arriba hasta que mis vértebras protestan. Me tiene atrapada, forzándome a mirar directamente al fondo de sus pupilas.

—Así que quieres ver qué tan jodido estoy… ¿no, Liliana?

Aprieta un poco más, lo suficiente para que el pánico real empiece a nublar mi soberbia. Con el pulgar de esa misma mano, presiona mi labio inferior hacia abajo, exponiendo mi boca, mientras su mirada se detiene en su propia sangre aún presente en mi lengua.

Una sonrisa oscura, casi diabólica, curva sus labios.

—Corre —su voz es un rugido bajo—. Corre, Liliana, porque, si te alcanzo, te juro que el jodido diamante de ese anillo no será lo único que termine hecho añicos esta noche.

Me suelta de golpe.

El impacto de su orden es tan crudo que el pánico se dispara desde mi nuca hasta los pies en forma de pura adrenalina.

Giro sobre mis talones y no necesito que lo repita. Obedezco. Corro sin pensar en lo que va a pasar.

Mis pasos resuenan contra el mármol en un eco frenético, pero no miro atrás. Corro con el aliento ardiéndome en el pecho, fingiendo que existe salvación para alguien tan jodida como yo.

Sin embargo, bajo el miedo late algo más: una corriente eléctrica que me eriza y me traiciona con una urgencia física, un pulso voraz que despierta entre mis muslos.

Aleksei no corre. No lo necesita.

Su paso es firme, el de un cazador que no solo va a atrapar a su presa, sino que planea devorarla… y limpiarse los dientes con sus huesos.

Escucho su respiración, el roce de su chaqueta, y esa anticipación que me hace vibrar de una forma que ni el alcohol ha conseguido provocar esta noche.

Doblo la esquina del corredor, pero antes de alcanzar las escaleras, una mano se cierra sobre mi antebrazo. El tirón es tan súbito y dominante que, en un parpadeo, vuelvo a estar de espaldas contra la pared fría, con el aire escapando de mis pulmones en un grito ahogado.

Sus manos se clavan a ambos lados de mi cabeza, golpeando el muro con un estruendo que me hace encoger los hombros por puro instinto.

Sus ojos descienden hasta mis labios. La furia en su rostro muta en algo mucho más letal, algo que ni siquiera soy capaz de descifrar.

—¿Te gusta jugar a ser valiente, Liliana? —su voz es un rugido bajo, cargado de una urgencia que me empapa aún más entre las piernas—. ¿Te gusta marcarme y luego huir como una cobarde?

—¿Cobarde? —respondo, clavando mis ojos en los suyos con todo el desprecio que logro reunir—. Creo que esa es tu jodida especialidad, Aleksei.

—Liliana… —advierte.

Mi nombre sale como una amenaza contenida entre sus dientes, mientras su cuerpo se inclina.

—No se te ocurra ponerme las manos encima otra vez o te juro que te mataré —mascullo, tratando de recuperar una autoridad que mi cuerpo traidor está perdiendo.

Pero, si algo sé ahora, es que el apellido Volkov no conoce la piedad.

En lugar de soltarme, Aleksei me sujeta las muñecas, alzándolas por encima de mi cabeza con una sola mano. Aprieta lo justo para que sienta su fuerza, para que entienda que no soy yo quien tiene las riendas.

—¿Qué es lo qué decías, nena? Creo que no te he oído bien.

Se inclina con una lentitud tortuosa, rozando mi oreja con sus labios calientes. Su aliento me quema la piel mientras su cuerpo presiona contra el mío, obligándome a sentir cada músculo en tensión, dejándome claro que no soy la única a la que le excita esta situación retorcida.

Está loco. Es un jodido psicópata.

—Devuélveme el collar, Aleksei. Hazlo y déjame marchar —digo, apenas capaz de respirar.

Una sonrisa nace en sus labios mientras niega.

—Lo haré cuando te pongas de rodillas y te arrepientas de lo que acaba de pasar.

La ira regresa, golpeando mi orgullo.

—¿Arrepentirme de qué? ¿De besar al hermano de mi prometido? ¿O de pegarle una hostia después? —siseo con rabia—. Verte sangrar ha sido lo más satisfactorio de esta puta semana, así que no, Volkov. No me arrepiento de nada. Ya te lo he dicho: voy a joderte la vida.

Una carcajada amarga escapa de sus labios.

—¿Crees que mi vida no está jodida ya, Liliana? No tienes ni puta idea de lo que estás apunto de destrozar. ¿Eso es lo que quieres, diétka ? ¿Eso es lo que quieres de mí?

Sus palabras me queman, porque asumo que se refiere a su estúpido legado familiar, pero no le doy el gusto de verme afectada.

—Lo que quiero de ti es que cierres la boca y me dejes ir con mi futuro marido de una vez por todas.

Me revuelvo entre sus brazos, pero él no cede; me aprisiona con más fuerza.

Sus ojos recorren mi cuerpo con una parsimonia inquietante, desnudándome sin necesidad de quitarme la ropa, con una rabia contenida que roza lo letal.

—¿Estás segura de que quieres que te suelte y te deje ir con él, solnyshko ? ¿De verdad crees que eso es lo que tu cuerpo necesita? Porque estoy convencido de que, si bajo los dedos hasta tus bragas, voy a encontrar otra cosa.

No soy capaz de articular palabra. Mi corazón se desboca contra mis costillas ante esa posibilidad.

Maldita sea... ¿por qué mi cuerpo me traiciona así?