Ruthless Obsession (Despiadados 1) Capítulo 10 El infierno personal de un Volkov.
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Capítulo 10 El infierno personal de un Volkov.

Lili

No sé en qué momento exacto he dejado de ser yo para convertirme en esto. No sé en qué instante el mundo ha empezado a girar de esta manera y yo he salido de ese salón de fiestas como si respirar un segundo más doliera.

Quizá ha sido entre la tercera y la cuarta copa. O tal vez ha ocurrido mientras lo veía cenar a mi lado, ignorando mi existencia como si yo no fuera más que parte del mobiliario de esta jodida casa.

Ni un solo músculo se ha movido en sus estúpidas facciones durante horas.

No ha tenido la más mínima reacción. Nada.

Su rostro ha sido   granito puro, como si yo le resultara ajena, como si no sintiera ni un ápice de lo mismo, como si verme con otro no removiera nada en su interior, como si realmente hubiera olvidado todo lo que me ha hecho sentir…

en el pasado y, sin ir más lejos, hace apenas tres semanas.

¿Es que no le importo una mierda?

Eso es lo que ha demostrado. Es lo que ha dejado claro mientras yo lo buscaba con la mirada. Mientras provocaba incendios invisibles en un intento desesperado por arrancarle una chispa de atención… que nunca llegó.

He fingido risas y gestos, dejándome tocar por alguien que me da ganas de vomitar, de arrancarme la piel a tiras… para nada.

Aleksei ni siquiera ha pronunciado una sola palabra. Se ha mantenido impasible, como si lo más interesante de la cena fuera el jodido salmón a la naranja o el vino de Oporto.

Esa ha sido su actitud… hasta ahora. Hasta que lo he acorralado, dejándole sin escapatoria.

Ahora sus ojos no pueden apartarse de mí. Me recorren sin descanso, haciendo que mi cuerpo reaccione al peligro, haciéndome pensar que lanzarme por un barranco sería una opción más segura que sostenerle la mirada un segundo más.

¿Por qué se atreve a mirarme así?

¿Por qué creyó tener el derecho a tocar mi piel hace semanas?

¿Por qué lo hace… para ignorarme después?

¿Por qué?

¿Por qué actúa durante horas como si mi existencia fuera un recuerdo olvidado, como si mi vida no estuviera a punto de ser entregada al mejor postor en menos de tres meses… y luego se comporta como si nada de eso le importara?

Como si esto no fuera con él.

Como si fuera un trámite que me case con su hermano.

¿Cómo no le duele?

¿Cómo, después de todo, tiene el valor de decirme que ha roto cosas para que yo siga viva?

¿Qué has podido romper, Aleksei Volkov, aparte de a mí?

El enfado escala por mi garganta y, aunque me siento anestesiada, ajena a todo lo que no sea su olor a tabaco oscuro y lluvia, lo tengo claro.

El fuego que me devora tiene que salir por algún lado. Y sé que la única forma de sentirme viva es asegurándome de que él sienta el mismo dolor que me consume ahora.

Que pruebe su propia medicina.

Que yo le haga lo mismo que él me hizo en ese armario.

No me importa si estoy loca o si esto es una pataleta que me arrastrará directa al averno. Tampoco me importa que esto pueda entregarle a Petro nuestras cabezas.

Solo quiero recordarle a Aleksei lo que ocurre cuando se jode a Liliana Moretti.

Ahora mismo no me importa una mierda nada más.

Solo quiero venganza.

Actúo movida por la impulsividad, por esa certeza de estar harta. Harta de que todos decidan por mí, harta de caminar hacia el matadero sin rechistar.

Quiero estallar. Hacerle daño.

Quiero que el recuerdo de esta noche sea la metralla que le astille la piel y le impida olvidarme. Quiero que, cuando cierre los ojos, mi rostro sea lo único que sus párpados reflejen; que sea mi imagen, grabada a fuego en su retina, la que le robe el sueño.

Deseo perturbar su mente hasta que no sepa dónde termina mi nombre y empieza su locura.

Quiero destrozar su paz, reducirla a cenizas y obligarlo a que me odie con la misma intensidad salvaje con la que yo lo odio a él.

Porque el odio, al menos, es la prueba de que siente algo más que esa maldita indiferencia.

La rabia me asciende del pecho al cuello, espesa y amarga, quemando más que el vodka que aún corre por mis venas.

Si él no siente nada por mí, si ha decidido que mi destino le es ajeno, juro que, a partir de ahora, llevará una herida que no podrá cerrar.

Sus pupilas se dilatan cuando me acerco, como si, en el fondo, supiera lo que está a punto de ocurrir, como si no pudiera creérselo.

Pero, antes de que reaccione, entierro mis uñas en su piel, justo donde el nacimiento del pelo se encuentra con el calor de su cuello, y tiro de él hacia abajo con una violencia que lo obliga a ceder, a inclinarse hasta mi altura, hasta donde mis labios pueden alcanzarlo.

No le doy tiempo de pensar a pensar ni a resistirse. En su lugar, le doy algo que su hermano nunca tendrá: una primera vez que es mía y de nadie más. Una que siempre quise que fuera suya… y me negó.

Que te jodan, Aleksei Volkov. Voy a tomar lo que me pertenece, aunque eso me cueste la vida.

Tiro aún más de su cabello y estampo su boca contra la mía, con rencor y violencia, saboreando el odio y el rastro de vodka que ahora compartimos.

Muevo mis labios sobre los suyos y, en el instante en que él responde, el mundo se detiene y todo lo que conocía se desintegra, aniquilando mi raciocinio y desviando mi propósito.

La sensación es tan súbita que intento separarme, pero Aleksei no reacciona como esperaba. No me rechaza. No me aparta a gritos ni me llama demente. No me recuerda que no es con él con quien voy a casarme.

No. No hace nada de eso.

Se aferra a mí con más fuerza.

—No te vas a ninguna parte, Liliana —susurra, con desesperación, contra mis labios.

Y entonces… no lo aguanto más.

Mi boca se rinde ante la suya y, de un instante a otro, las tornas cambian. Él se adueña de esta danza con una fiereza que me roba la fuerza en las piernas y me incendia las entrañas. Sus labios se mueven contra los míos con urgencia, sin ningún tipo de cuidado, como si no pudiera soltarme.

Como si supiera que, en cuanto lo haga, no habrá vuelta atrás.

Sus manos ascienden, erráticas, hasta mi rostro, buscando acercarme más.

Sus dedos se enredan en mi pelo y tiran de mí con una vulnerabilidad impropia de un hombre como él.

Su agresividad me obliga a tragarme los sonidos que le rasgan la garganta, mientras su lengua invade mi boca, reclamando el territorio como si siempre le hubiera pertenecido.

Mi cuerpo cede como si así fuera. Como si mi piel supiera algo que yo no. Como si realmente llevara su nombre escrito en las venas y el destino que me espera no fuera más que una broma macabra.

Aleksei me empuja contra la pared, aplastando mi pecho contra la dureza del suyo. Sus manos se deslizan bajo mi vestido con habilidad, reclamándome sin reservas, marcando y tocando cada rincón donde, hace apenas un rato, otras manos no provocaron nada.

Él lo hace distinto.

Eriza mi piel. Me desarma. Me arranca el orgullo de una forma exquisita.

Su tacto asciende por mis piernas y yo me derrumbo en sus brazos cuando sus dedos se clavan en mis caderas, justo en el lugar donde su hermano me ha dejado un moretón horas atrás.

Grito, pero no por el dolor. No. Grito porque Aleksei Volkov tira de mí, pegándome contra esa dureza que me reclama, que me dice que el que fue mi amigo ya no lo es… y que ahora también me desea.

Lo siento con claridad: su erección presionando contra la parte baja de mi abdomen, despertando una reacción en mi cuerpo que nunca antes había experimentado, algo que no nace de mi imaginación.

Un gemido escapa de mi garganta, resonando en el pasillo. Él lo devora con su boca mientras me sujeta con más fuerza, dejándome claro que no va a soltarme.

Que soy lo único capaz de encenderlo así.

Que soy la única capaz de hacerle perder el control.

¿Ahora sí me ves, Aleksei? , ¿ Ahora sí te intereso?

La furia arde en mi interior, mezclándose con el deseo.

Pues ahora vas a saber exactamente lo que has estado ignorando durante toda la puta cena.

Me subo un poco el vestido y presiono mis caderas contra él, sintiendo directamente su dureza en el punto más sensible de mi cuerpo. Mientras me muevo, le muerdo el labio inferior con saña y me aferro a su cabello oscuro.

No tardo en saborear su sorpresa, en escuchar ese gemido grave que me hace temblar. Pero no dejo que eso me derrumbe. Continúo poco a poco, destruyendo su autocontrol.

No vas a dejar de pensar en mí. Ni una maldita hora al día.

El contacto deja de ser una declaración de odio para convertirse en una catarsis explosiva. Ya no solo me besa: me consume.

Como si quisiera arruinarme para cualquier otro.

Como si no existiera nada más que nosotros en este pasillo.

Como si estuviésemos bailando sobre las cenizas de todo lo que hemos destruido.

Como si esto fuera inevitable.

Sus dedos descienden por mi cuerpo, cada vez más urgentes, perdiéndose bajo la tela del vestido que su propio hermano me ha obligado a llevar.

—Aleksei…

—No hagas eso, solnyshko, o vas a hacer que cometa una locura —su voz es una advertencia, pero acallo sus palabras antes de que pueda continuar.

Su control se desintegra. La palma de su mano asciende con destreza por la cara interna de mi muslo, apretando la carne con una posesividad que me nubla el juicio y me arranca, por un instante, de cualquier atisbo de lucidez.

Al mismo tiempo, su otra mano mantiene mi cabeza firme contra él, como si temiera que este espejismo se rompiera, como si supiera que esto, en esta vida, no puede ser real.

Una descarga me recorre la columna vertebral. Sus labios abandonan los míos para morderme la oreja y descender por mi cuello, dejando un rastro que mañana no podrá ocultarse.

Siento su respiración agitada contra mi garganta, el gruñido gutural que vibra en su pecho cuando sus dedos avanzan más, rozando el borde de la lencería.

Mi cuerpo traidor se arquea, rogando que sus manos vayan más allá, en una rendición que me haga olvidar quiénes somos y el infierno que nos espera fuera de esta pequeña utopía.

Que me haga olvidar que él no es el hombre con el que voy a casarme.

Que me haga olvidar que lo odio con toda mi alma.

Que lo hago, porque él me arrastró a esta trampa.