Ruthless Obsession (Despiadados 1) Capítulo 9 La condición del pakhan. #4
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Capítulo 9 La condición del pakhan. #4

La plata emerge de su escondite hasta que el colgante queda suspendido entre nosotros, oscilando como un péndulo.

—¿Por qué lo llevas? —siseo, con el deseo y la ira temblándome en la lengua. Envuelo el collar en mi puño, obligándola a inclinarse aún más hacia mí—. ¿Te gusta sentirlo contra tu piel cuando él te besa? ¿Te gusta imaginar que soy yo quién lo hace?

Sus ojos se clavan en los míos, cargados de una intensidad que me hace querer acabar con todo aquí y ahora.

Intenta zafarse, pero solo consigue frotar sus muslos contra mí en un movimiento que me hace ver rojo. La sujeto con más fuerza, pegándola tanto que puedo sentir cada curva, cada latido, cada rastro de esa embriaguez que le arrancaría con la lengua.

—Devuélvemelo —espeta, estirando la mano hacia mi puño. Su voz es veneno puro—. Ahora es mío. Dámelo.

—¿Petro no puede comprarte otro igual? —me mofo, acortando aún más la distancia—. ¿O es que su dinero no compra lo que sientes cuando te pones algo que te recuerda a mí?

—Que te follen, Aleksei.

La forma en que pronuncia mi nombre me roba la cordura, tanto que apenas noto el golpe débil que me propina en el pecho.

—¿Eso es lo que quieres, solnyshko ? ¿Que otra mujer me toque?

Su mirada cae al suelo y sus mejillas arden, traicionadas por la punzada que ella misma ha provocado, esa que acelera su respiración.

—Eres un… imbécil. Te odio. Te odio tanto que no puedo respirar.

Sus palabras se me clavan con más fuerza que un puñetazo, pero no dejo que me afecten. Sé que no son verdad. Lo veo en su rostro, en cómo su cuerpo cede al mío, como si nuestras almas estuvieran hechas de la misma materia, moldeadas a la misma medida.

Le atrapo las manos, inmovilizándolas contra mi pecho, justo donde mi corazón golpea como un animal. Su respiración se mezcla con la mía y sus labios entreabiertos se acercan un poco más.

—Respóndeme, Liliana —exijo, bajando la voz hasta convertirla en un siseo gutural—. ¿Por qué lo llevas puesto? Dime, si tanto me odias… ¿por qué lo llevas? Mírame a los ojos y dímelo. Hazlo y te juro que te dejo marchar.

No se mueve. No respira. Solo me mira con esa mezcla de asco y deseo que va a llevarme directo a la tumba.

El aire entre nosotros está cargado de electricidad cuando su boca se abre, rozando la mía apenas:

—Te odio. ¿Me sueltas ya?

La observo fijamente, saboreando su mentira y el escozor de sus labios, conteniendo el impulso. Mis brazos siguen aprisionándola contra la pared empapelada.

—No —respondo, con una frialdad absoluta.

—Mentiroso… —escupe, y su voz tiembla—. Dijiste que me dejarías ir.

—Lástima que nunca dije que fuera a ser honesto contigo —replico, apretando el puño alrededor de la cadena que cuelga entre nosotros—.

Si tanto me odias, Liliana, deja que me quede el collar.

Si tanto asco te doy, no querrás llevar mi marca pegada al corazón mientras duermes con él, en la misma cama.

—¿También me vas a quitar esto, Aleksei? —me espeta, y su voz, aunque arrastrada por el alcohol, corta como una cuchilla—. ¿Es lo único que sabes hacer? ¿Robar? ¿Aparecer y desaparecer como un maldito fantasma?

—Liliana, no sabes de lo que hablas...

—¡Sí, sí que lo sé! —grita, liberando una mano para golpear mi pecho—. Eres una persona de mierda. Me abandonaste, me vendiste y, cuando te pedí una  sola cosa, no fuiste capaz de dármela.

La tensión entre nosotros se vuelve física, el aire irrespirable. La tengo tan cerca que puedo ver el latido frenético en su yugular.

Mi mano asciende hasta su cuello, tirando de ella, obligándola a inclinar la cabeza hacia mi boca, a mirarme con ese odio que, en sus labios, sabe a lujuria.

—No tienes ni puta idea de lo que dices, Liliana —mascullo, con la mandíbula a punto de estallar—. No sabes lo que he tenido que romper para que sigas viva.

Ella suelta una risa seca, sin rastro de humor, que me golpea directamente en el orgullo. Se inclina hacia mí, desafiando la mínima distancia que nos separa, y de pronto la niebla del alcohol en sus ojos desaparece, sustituida por una lucidez afilada y suicida.

—¿Tú? ¿Un mártir? ¿Eso es lo que eres ahora? —recrimina, y su aliento a vodka y vainilla me embriaga—. Pues llegas tarde, Aleksei. Porque yo hace tiempo que ya estoy muerta por dentro… y no me importa nada.

Se libera de mi agarre y clava los dedos en mi pecho.

—¿Dices que has roto cosas? Bien. Entonces yo también voy a romper algo hoy —su voz desciende hasta un susurro cargado de una promesa oscura—.

Si tú me lo quitas todo, si crees que puedes jugar y luego desaparecer…

yo te voy a quitar la paz, Aleksei Volkov.

Voy a ser el recuerdo que te pudra la sangre cada vez que cierres los ojos.

Antes de que pueda procesar la amenaza, de que siquiera tenga tiempo de tensar un músculo para apartarla o atraparla, Liliana se impulsa hacia arriba.

Sus uñas se hunden en mi piel mientras tira de mí hacia abajo con una violencia que me obliga a ceder.

Y, antes de que mi mente alcance a comprender que el mundo acaba de estallar, Liliana Moretti —la mujer que ha sido mi obsesión y mi condena durante media vida— lo hace.

Me besa.