Capítulo 9 La condición del pakhan. #3
El Consejo cuchichea y, tras unos segundos de deliberación, el hombre más leal a mi padre toma la palabra.
Anatoly Cherysev, el sovetnik [5] .
—El mayor de los hermanos tiene razón. Empezaremos una guerra contra los Lombardy, que ya están trayendo hombres desde Italia. Si no se cumple la promesa que el menor acordó sin consultar, se desatará el conflicto.
Todos sabemos que nadie será leal a los italianos. Pero, sobre el papel, el sello de mi padre está estampado en ese contrato que une a Petro con Liliana.
Que une a la Cosa Nostra y a la Bratva.
Nadie se cree esa mierda. Nos traicionaremos mutuamente al final. Así funcionan las cosas. No hay matrimonio político capaz de arreglar décadas de sangre derramada entre ambas mafias.
Todos lo sabemos.
Todos… menos el gilipollas que comparte mi ADN:
—¿Y qué pasa si ella no quiere esperar y se celebra mientras el pakhan sigue vivo? Habré conseguido un acuerdo de paz, algo que nadie ha logrado hasta ahora… —desafía Petro, buscando mi mirada—. De todas formas, la italiana ha dejado claro qué Volkov desea en su cama.
Me incorporo a medias, pero la mano del viejo golpeando la mesa, con una fuerza impropia de un moribundo, me detiene en seco.
—Mientras yo siga vivo, os prohíbo actuar. Es la única regla que tenéis que recordar —dice mi padre, entrecerrando los ojos—. Quien tire la primera piedra, quien derrame una sola gota de sangre antes de que yo esté bajo tierra, será considerado un traidor al clan.
Se inclina hacia delante, susurrando para que solo nosotros podamos oírlo:
—Y os juro por la memoria de vuestra madre que, si alguno de los dos rompe mi paz, terminará criando malvas. Mis hombres tienen órdenes. Sus gatillos no conocen de familia; solo de lealtad a un pakhan que todavía sigue con vida.
Miro a Petro y veo el miedo escondido tras sus ojos, esos que no han pensado bien la mierda en la que se ha metido.
Nunca quise este puesto. Pero Iván sí. Y ahora quiere ponerme a prueba. Ese el único motivo por el que mi hermano campa a sus anchas.
Porque si alguien como él es capaz de doblegarme, significará que soy el eslabón más débil.
Que no merezco ser el pakhan . Y, a fin de cuentas, lo único que le importa es que el apellido Volkov perdure en la historia.
Le dará igual quién ocupe el lugar… mientras sea su sangre la que corra por sus venas.
—Y tú… Aleksei —continúa, clavando en mí una mirada afilada—, eres el obshchak .
El superior directo de todos los hombres de esta casa.
Pero, si tus manos tocan a la prometida de tu hermano, una bala será considerada un acto de misericordia.
Ella morirá antes de que puedas reaccionar.
¿Ha quedado claro o debo recordártelo con otra cicatriz en la cara?
El silencio que sigue es tan denso que duele.
Siento la mirada de Petro sobre mí, ahora burlona, victoriosa. Sabe que Liliana es mi punto ciego, mi maldita kriptonita .
—Está claro —mascullo, con los dientes apretados—. No puedo matarlo. Y no puedo tocarla.
—Exacto —responde mi padre, dejándose caer de nuevo en su sillón mientras la lucidez comienza a abandonarlo.
Me giro hacia Petro. Está ahí, a un metro de mí, con esa cara de niño que cree haber ganado la partida.
La rabia, contenida durante horas, durante meses… durante años, busca una salida. Si no puedo matarlo, si no puedo reclamar lo que es mío... al menos puedo recordarle quién soy.
—¿Pero sabes lo que sí puedo hacer?
Sin previo aviso, lanzo un derechazo con todas mis fuerzas directo a su cara.
El impacto es seco. Un choque de hueso contra cartílago que resuena en todo el despacho. El cuerpo de mi hermano sale despedido hacia atrás, chocando contra una estantería, mientras el sonido de su nariz rompiéndose llena la estancia.
Petro se desploma en el suelo, llevándose las manos al rostro mientras la sangre brota entre sus dedos, manchando su traje impecable.
Una sonrisa amplia se dibuja en mi boca.
—Esto —escupo, incapaz de contener la tensión en la comisura de mis labios—. No vuelvas a pasar tu puta mierda adulterada por mis puertos, porque la próxima vez no será la nariz… será toda la maldita cara.
Salgo del despacho con el pulso martilleándome en las sienes, una presión sorda que amenaza con hacerme estallar el cráneo.
Necesito aire. Necesito que el frío de la noche me congele este incendio antes de que decida mandar al infierno el testamento del viejo, dar media vuelta y terminar el trabajo de una vez por todas.
Doblo la esquina del pasillo sombrío que conduce a los jardines traseros, buscando la salida, la libertad del exterior… pero el mundo se detiene en seco.
Mis pies se clavan al suelo y el aire se queda atascado en mi garganta cuando la veo.
Ella .
Está ahí, a pocos metros, recortada contra la penumbra del corredor. Liliana avanza hacia mí sin verme, con la mirada perdida y una copa vacía que oscila peligrosamente entre sus dedos.
No es la mujer impecable de la cena. Hay algo roto en su forma de moverse, una vulnerabilidad que me golpea con más fuerza que cualquier puñetazo. Se tambalea sobre esos tacones imposibles, avanzando de forma errática. El pasillo parece estrecharse, atrapándonos en medio.
Mi corazón, que hace un segundo pedía sangre, da un vuelco violento al reconocer la única presencia capaz de ponerme de rodillas.
Al pasar junto a mí, su hombro roza el mío y es como si una descarga de alto voltaje recorriera su columna. Como si su cuerpo reconociera el mío mucho antes de que sus ojos logren hacerlo.
Sus piernas fallan. Su cuerpo cae directo hacia el mármol… y yo reacciono por puro instinto, olvidando la mierda que acabo de jurar ante el Consejo apenas unos segundos atrás.
Mis brazos se cierran alrededor de su cintura, tirando de ella con una fuerza que la estampa contra mi pecho y la pared. El impacto me roba el aire de los pulmones y me sacude de una forma visceral.
Hace casi tres semanas que la tuve así por primera vez. Y ahora que vuelve a estar aquí, inmovilizada bajo mi cuerpo, temo que sea una droga de la que no pueda recuperarme. Temo que la intensidad de lo que provoca en mí haga que ponga su cabeza en bandeja.
Y, aun así, no puedo soltarla.
Está ardiendo. Por mí. Por la borrachera.
Desprende ese olor que arrasa mis sentidos y me reduce a algo más cercano a un animal. Huele a vodka caro… y a esa maldita vainilla que ha sido mi condena desde que tengo uso de razón.
Sus labios están entreabiertos, y su mirada, cristalizada por algo oscuro, se alza por fin hasta encontrar la mía, a escasos centímetros.
En un impulso, mi sol se aferra a mis solapas para no caer, hundiendo los dedos en la tela como si fuera su único anclaje en un mundo que empieza a desmoronarse bajo sus pies.
Durante un segundo, el pasillo queda envuelto en el sonido de su respiración agitada contra mi cuello. Solo existimos nosotros… y el calor de su cuerpo filtrándose a través de mi ropa, alcanzando mis manos, esas que he jurado mantener lejos de su piel.
—Cuidado, Liliana —susurro.
Mi voz es un rugido bajo. Una súplica que me quema la garganta.
Ella alza un poco más la cabeza, permitiéndome ver su rostro. Sus ojos avellana están nublados, pero el reproche que brilla en ellos es tan afilado que me atraviesa. Me está devorando con la mirada, cargada de un rencor que solo el deseo puede alimentar.
Mis dedos se clavan en la piel desnuda de su espalda, deslizándose por la curva de su columna hasta que un gruñido bajo escapa de mi garganta y, de sus labios, se libera un suspiro pesado.
Maldita sea, Liliana .
Si tanto lo amas… ¿por qué soy yo por quien suspiras?
Entonces, mientras mi mirada recorre la piel erizada de su cuerpo, marcándola sin tocarla, lo veo. Bajo la tenue luz, algo brilla.
Mis ojos descienden por su cuello, perdiéndose en el inicio de su escote… y ahí está. Escondido entre el satín negro y el calor de su piel. En el lado izquierdo, justo encima de donde nace el pulso.
Mi collar.
El control que tanto me ha costado mantener se evapora. Suelto su cintura con una mano y llevo mis dedos hasta su pecho con premura, hacia ese punto que me reclama, ese que quiero devorar hasta no dejar nada.
Mis nudillos, aún manchados por la sangre de Petro, rozan la suavidad de su escote mientras engancho el metal. Un gemido se escapa de sus labios cuando tiro de él. Lo hago despacio, sin apartar la mirada de su rostro, viendo cómo se derrite por un contacto que ni siquiera es directo.