Ruthless Obsession (Despiadados 1) Capítulo 9 La condición del pakhan. #2
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Capítulo 9 La condición del pakhan. #2

Me detengo en seco junto a una de las fuentes de mármol y saco un cigarrillo con dedos que tiemblan de pura rabia contenida. El mechero chasquea dos veces antes de que consiga encenderlo.

Inhalo el humo con desesperación, dejando que la nicotina me raspe la garganta, pero el sabor es amargo, como todo lo que me rodea esta noche.

—Si se te hincha un poco más la carótida, creo que vas a implosionar. ¿Quieres hacer el favor de relajarte? —suelta Nikolai, encendiendo su propio cigarrillo—. ¿Te vas a volver loco aquí mismo o vas a esperar a que entremos de nuevo? Digo, por ir sacando el arma… o buscar las palomitas.

—Cierra la puta boca —siseo, expulsando el humo mientras fijo la vista en la oscuridad de los pinos—. Ya la has oído. Le ama.

Su ceño se frunce mientras exhala el humo lentamente.

—Es imposible que alguien ame a ese trozo de mierda. Dios, Aleksei, ¿es que no sabes nada de tías o el celibato te está afectando? —masculla, con esa media sonrisa que me dan ganas de hundirle en el cráneo.

—¿Insinúas que miente? —mascullo, acortando la distancia entre nosotros—. La he tenido a diez centímetros, Dragunov. Las palabras han salido de su boca sin que le temblara el pulso. Quiere casarse con él. ¿Has visto cómo lo miraba?

—Insinúo que, con todo respeto, esa obsesión que tienes te está consumiendo y no te deja ver más allá —responde, sosteniéndome la mirada como si no temiera morir—. ¿De verdad no lo has visto? Estaba montando un espectáculo para un solo hombre… y ese no era el subnormal que se cree pakhan .

Doy otra calada profunda, pero no respondo. Le dejo hablar antes de decidir si una bala va a acabar aquí y ahora con nuestra amistad.

—Cada vez que se limpiaba la boca con la servilleta, se aseguraba de que tú vieras el movimiento de sus labios —continúa Nikolai, dándome un leve toque en el pecho con el dedo—.

Cada vez que se reía de las estupideces de tu hermano, te buscaba de reojo para comprobar cómo se te hinchaba la carótida y cómo apretabas la mandíbula.

Te estaba devorando con la mirada mientras se dejaba tocar por el otro.

Es obvio. Te estaba provocando, Aleksei.

Una oleada de calor me recorre la espina dorsal, como una descarga eléctrica. La sola idea de que esté jugando conmigo, de que utilice su cuerpo y a ese gilipollas para torturarme, me hace querer ir hasta ella y hacerla gritar.

—Está intentando ponerte celoso. Y, por lo que veo, lo está logrando, hermano.

Un suspiro pesado se escapa de mi boca. Apenas puedo pensar con claridad.

—Necesito matar a alguien. Necesito sentir el puto crujido de un cuello rompiéndose bajo mis manos o voy a terminar demoliendo esta casa.

A unos metros, la sonrisa sádica de Viktor se ensancha.

Se había mantenido al margen, dándonos ese espacio que necesito para no volverme loco, pero al oír la palabra «matar», sus ojos comienzan a brillar como dos bolas de Navidad.

—¿Puedo buscarte yo a la víctima? —pregunta, dando un paso hacia la luz de la fuente con esa inquietante alegría a la que, por desgracia, ya nos hemos acostumbrado—. Prometo tratar sus restos con respeto. Con mucha… delicadeza.

Suelto un suspiro y pongo los ojos en blanco.

—Esta noche no vas a jugar con nadie, Viktor —sentencio, clavando la mirada en la suya para que entienda que no es una sugerencia—. Nadie toca a nadie hasta que yo dé la orden… o hasta que se me termine de ir la puta cabeza. Y créeme, falta muy poco para lo segundo.

La decepción de Viktor es instantánea. Sus hombros caen y su expresión se vuelve la de un niño al que acaban de quitarle su juguete favorito.

—No me gusta cómo Nikolai se empeña en que no nos divirtamos nunca. Es culpa tuya —refunfuña, lanzándole una mirada acusadora al aludido—. Eres un aguafiestas.

Niko alza las manos de golpe, abriendo los ojos con una mezcla de incredulidad y cansancio absoluto.

—¡Perdón! —exclama en un siseo furioso—. Perdón por querer que todos conservemos la cabeza sobre los hombros y los malditos cojones en su sitio delante del pakhan . De nada, psicópatas de mierda.

Una sonrisa mínima, casi imperceptible, se me escapa por la comisura de los labios.

—Habló el que lleva la lengua de Arjan colgando de una cadena de plata como si fuera un amuleto —le suelto, dando una última calada al cigarrillo.

Niko frunce los labios y se lleva la mano instintivamente al pecho, bajo la chaqueta, donde guarda su «trofeo».

—Se está empezando a pudrir, Aleksei. No me mires así —se queja, lanzando una mirada de reojo a Viktor con esperanza—.

O este sádico me consigue un poco de formol de calidad, o voy a tener que tirarla antes de que huela peor que el aliento de Misha.

Y sería una verdadera lástima… me costó trabajo sacarla limpia.

El humor negro de Nikolai y las ocurrencias de Viktor se cortan en seco cuando el crujido del suelo nos pone en alerta.

Me tenso al instante, con la mano buscando de forma instintiva el acero bajo mi chaqueta, hasta que la figura de Misha emerge de entre las sombras de los cipreses con paso decidido.

Camina con esa rigidez militar que lo define, el rostro tensado de una forma que no augura nada bueno. Se detiene a un par de metros, ignorando el rastro de humo y la atmósfera cargada de violencia que nos rodea.

—Aleksei —su voz suena metálica, cortando el aire frío—. El pakhan ha solicitado hablar con sus hijos y con el Consejo a solas, en el despacho. Ahora mismo.

Me enderezo de inmediato.

—¿Petro ya está allí?

—Está entrando ahora —responde Misha, inquieto—. No le hagas esperar. Tiene uno de sus momentos de lucidez y ya sabes lo que eso significa.

Asiento, ajustándome la americana sobre los hombros como quien se prepara para entrar en guerra.

—Nikolai, Viktor, Mikhail... quedaos cerca —ordeno, mirándolos fijamente—. Si escucháis un solo grito o cualquier ruido, ya sabéis qué hacer. No dejéis que nadie se acerque a Liliana. Si la perdéis de vista un solo segundo, os degüello.

—Entendido —responde Nikolai, volviendo a su posición de guardia, mientras Viktor asiente con una sonrisa que, esta vez, es puro instinto asesino.

Empiezo a caminar hacia la mansión, adelantando a Misha. Cada paso me acerca más a la confrontación que llevo años esperando.

Atravesamos los pasillos laterales en un silencio sepulcral, evitando el flujo de invitados que se dirige al salón.

Al llegar a la puerta de roble del despacho, no me detengo. Misha abre y entro sin darle tiempo a anunciarme.

El aire dentro está saturado de humo de habano y de esa tensión podrida que solo se respira cuando el Consejo está reunido.

Los viejos están ahí, hundidos en sus sillones de cuero, observándome con la cautela de quien vigila a un lobo recién salido del bosque. Petro permanece de pie junto a las botellas, sirviéndose un whisky con una mano que intenta, sin éxito, no temblar.

Ha estado jugando a ser algo que no es, aprovechándose de la enfermedad del pakhan . Y ahora que el viejo está lúcido, teme que una bala le atraviese el cráneo.

Y, aunque quiero ser yo el que lo mate… tampoco me importaría que alguien se me adelantara.

Tomo asiento frente a mi padre. No hay saludo. No hay respeto. No le debo nada y no voy a fingir lo contrario. Sé que valora mi honestidad, que cree firmemente que el afecto es la más insulsa de las debilidades.

—Habéis tardado —la voz de Iván es apenas un susurro sibilante—. Petro, deja la maldita botella y siéntate ya.

Él obedece, pero se sienta con esa arrogancia barata que me revuelve las tripas. Me lanza una mirada de reojo, una chispa de triunfo mal disimulado, con la esperanza de hacerme saltar, pero lo único que consigue es arrancarme una carcajada baja.

—Padre está intentando decir que el tiempo se te acaba, Aleksei —suelta con un tono que busca la confrontación—. Los médicos no mienten. El trono va a quedar vacío antes de que Liliana y yo digamos «sí, quiero» en el altar.

Me giro hacia él con lentitud.

—¿Es que la carencia de un hogar no te enseñó a respetar la jerarquía? —Mi voz es ahora un siseo sin emoción—. Tú no eres nada aquí, Petro. No te olvides quién te dio de sus sobras.

—¿Sobras? Yo no…

—¡Basta! —interrumpe Iván—. Escuchadme los dos, maldita sea.

El grito de mi padre termina en una tos violenta que lo dobla sobre el escritorio. Los consejeros se tensan, pero nadie se mueve. Recupera el aliento y nos clava esa mirada de carnicero que me marcó la cara.

—Así es. Los médicos dicen que mi corazón está a punto de fallar. No llegaré a la boda.

Mi pulso se acelera, golpeando mis costillas. En mitad de este caos, aparece ante mí el santo grial: una oportunidad perfecta.

Sé que, si Dios existe, me condenará por esto, pero ahora mismo deseo, con cada fibra de mi ser, que el viejo deje de respirar y me permita, por fin, desatar la guerra que este lugar necesita.

—Os prohíbo reclamar la corona antes de esa fecha —sentencia, señalándonos con un dedo tembloroso—.

Petro, deja de jugar a los reyes. No eres nada :     ni el más listo, ni el más fuerte.

Tus jueguecitos con la italiana empiezan a oler a muerte anunciada.

Aleksei es tu superior. Él es el obshchak .

Él conoce las reglas porque las escribió con sangre, mientras tú traficabas con la basura que no nos servía de nada. Debes de respetarlo mientras viva.

Petro aprieta los puños sobre sus rodillas, el rostro enrojecido por una furia que no puede liberar. No puede decir nada; si lo hace, su cráneo volará por los aires antes de que pueda pestañear.

Ojalá tuviera la audacia. Sus sesos esparcidos sobre la mesa… una vista jodidamente satisfactoria.

—Entonces, Iván… lo que quieres decir es que, en cuanto mueras, puedo actuar, ¿verdad? ¿Sin restricciones ni reglas?

Mi padre asiente, y una sonrisa cínica se dibuja en mis labios.

Justo lo que quería escuchar.

Y entonces, es como si una bombilla se encendiera encima de mi cabeza.

—Pero si Petro muere en la guerra… ¿qué será de la tregua? Los italianos vendrán a por ese contrato de mierda, y él les ha prometido un pakhan . Alguien tendrá que hacer algo…