Capítulo 9 La condición del pakhan.
Aleksei
El cristal estalla. El tallo de la copa se pulveriza entre mis dedos, convirtiéndose en metralla transparente que se incrusta en mi palma con una saña que agradezco.
Necesito ese dolor. Necesito esa sensación física quemándome los nervios. Necesito que el hierro de mi propia sangre me ancle al asiento, porque, si no lo hace, mi instinto provocará que todo salte por los aires.
El escozor del corte es lo único que ahora mismo me contiene. Es la única brida que me impide saltar sobre la mesa, patear la cubertería de plata y arrancarle la cabeza de cuajo a Petro con mis propias manos, frente a toda la familia y los consejeros de la Bratva.
No me importan las consecuencias. No me importa que lo consideren una debilidad ni la guerra civil que pueda estallar dentro del clan. Solo me importa tener su tráquea entre mis manos, recién arrancada de esa garganta que cree tener derecho a susurrarle a mi chica .
La sangre empieza a manchar el mantel blanco, extendiéndose en una sombra que se mezcla con el c abernet como un reloj de arena que marca el final de mi paciencia.
Es un desastre cromático que nadie percibe, porque todos están demasiado ocupados babeando por Liliana.
Mi Liliana.
Veo a los consejeros, a los soldados, a los buitres de mis primos… todos devorándola con los ojos, consumiendo su belleza como si tuvieran derecho.
Y ella… Ella mira a ese hombre que no soy yo.
Lo hace con una devoción que quiero creer fingida, una que me revuelve la bilis cuando se muestra completamente embelesada ante el imbécil que lleva mi apellido. Cuando dice que quiere llevarlo. Como si no fuera una condena perpetua. Como si no pudiera habérselo dado.
Maldita sea.
Voy a cargármelo. Voy a cargármelos a todos si no dejan de mirarla así. Voy a vaciar el cargador contra cada rostro que se atreva a seguir desnudándola con la mirada .
Siento la opresión en los pulmones, una en la que el aire se convierte en metal fundido que me quema al respirar. La vista comienza a oscurecerse, cerrándose en un túnel donde solo existen ellos dos… y mi rabia. Mi puta rabia, a punto de mutar en algo mucho más letal.
Es normal que la miren, joder.
Está malditamente espectacular. Una diosa en la tierra que me está arrancando la cordura, pedazo a pedazo.
Una que está destruyendo la poca paz que me quedaba con sus cínicas palabras, como si disfrutara viendo cómo mi cabeza se convierte en pólvora, como si supiera exactamente dónde pincharme para hacerme sangrar.
Pero así no es Liliana. Ella… es buena.
La prima de Nikolai tenía razón. Ella quiere casarse con él. Quiere formar parte del puto caos que llevo siete años intentando erradicar.
«Me muero por ser una Volkov de verdad» .
Esas palabras resuenan en mis oídos una y otra vez, golpeando mis tímpanos.
Voy a volverme loco. Voy a hacerlo si no deja de sonreírle.
Debería haberme dicho a mí esas palabras. Debería estar susurrándomelas al oído, en la oscuridad, donde nadie más pudiera escucharla.
Debería ser mía, de la misma forma absoluta e irrevocable en la que yo soy de ella.
Joder .
Siento un rugido creciendo en mis pulmones. Es como si acabaran de apuñalarme con un cuchillo oxidado y lo estuvieran girando lentamente, abriéndome en canal desde el pecho hasta el estómago.
Necesito matar a alguien. Necesito sentir cómo la vida de otro se apaga bajo mis nudillos, aunque solo sea para liberar una mínima parte de esta presión.
Y después de eso, necesito agarrarla a ella del cuello, pegarla a mí, sentir sus curvas contra mi dureza hasta que no quede ni un gramo de aire entre nuestros cuerpos… y obligarla a repetirlo.
Quiero que lo diga mirándome a los ojos. Quiero que lo diga mientras mi boca aún escuece sobre la suya. Quiero que lo diga después de hacerle recordar a quién pertenece cada centímetro de su piel.
Que se atreva a decírmelo con mi aliento quemándole la cara y mis manos apretando su cintura. Que me jure, mientras la sostengo, que es a él a quien desea.
Sé que, en el fondo, no quiero escuchar esa respuesta. No tengo derecho a exigírsela, pero el derecho me importa una puta mierda.
No necesito que me quiera. Necesito que lo retire. Que se trague cada una de esas palabras hasta que se ahogue en ellas, en su peso. Quiero que diga que es mentira antes de que pierda el control y cometa una locura que nos arrastre a todos a la tumba.
¡Qué coño! Ya he tenido suficiente.
Me la sudan las putas consecuencias.
Apoyo mi mano ensangrentada sobre el mantel. El músculo de mi hombro se tensa, mi peso se inclina hacia delante y, justo cuando estoy a punto de impulsarme para saltar, veo a Nikolai.
Desde el otro extremo del salón, me clava una mirada de advertencia y niega con la cabeza.
Pero ahora mismo solo veo rojo. Y nada más importa.
—Ni de coña, Aleksei. ¿Estás loco? — puedo leer en sus labios, mientras sus ojos se abren de par en par .
A la mierda Nikolai. Le meteré un tiro también si intenta interponerse en
mi maldito camino. Le reventaré el cráneo y después iré directo a por lo que es mío.
Se la voy a arrancar de las manos a Petro… y luego se las haré tragar.
—Tu padre la va a matar — articula de nuevo sabiendo perfectamente que podría costarle la vida .
Quiero que me importe una mierda. Quiero pensar que voy a evitarlo. Sin embargo, mis ojos se desvían hacia el Consejo y lo veo con claridad.
Esos buitres me observan con una cautela animal, con las manos bajo la mesa, esperando el mínimo movimiento en falso para acribillarme sin piedad. A su lado, el pakhan sonríe. Es ese instante en lucidez de ese viejo decrépito lo que me obliga a clavar el culo en el asiento.
No me quedo quieto por respeto a la sangre que compartimos ni por la jerarquía del clan, sino por la maldita certeza de que Niko, por desgracia, tiene razón: sus hombres no dudarán en disparar a Liliana si descubren que todavía me importa.
Si perciben que es mi debilidad, la ejecutarán aquí mismo, delante de mis ojos como si su vida no valiera nada.
Y eso me cabrea aún más. Me hierve la sangre tener que tragarme todo esto por su seguridad, porque ahora mismo no debería importarme. No debería. Porque ella ama a alguien que no soy yo.
Maldita sea. Siento que el corazón va a partírseme por la puta mitad.
La miro de reojo, luchando por no perder los estribos, y lo que veo me destruye. Sigue apoyada en el hombro de Petro, ajena a lo que siento. Sonríe con calma, exhibiendo su belleza como si fuera un regalo para él.
Deja que Petro le recorra el muslo en movimientos que me provocan arcadas. Esa mano que no ha tenido que pelear por nada en su puta vida, que se conforma con las migajas que yo mismo me he encargado de dejarle.
Voy a amputársela. Puedo sentir el crujido del hueso rompiéndose bajo mis zapatos, el sonido de sus gritos suplicando mientras le borro esa expresión de suficiencia a puñetazos, hasta que deje de respirar.
Cada vez que sus dedos rozan la tela de su vestido y su piel desnuda, el latigazo de furia en mi columna es real, un impulso contra el que debo de luchar con cada neurona.
Estoy al límite. Ella sigue ahí, siendo feliz, y yo sigo aquí, contando los segundos para que este teatro de mierda termine, el viejo muera y pueda darle a mi hermano el final que tanto parece buscar.
Si ella cree que esto es un juego, está muy equivocada. No tiene ni idea de lo que soy capaz.
Si lo ama, juro que convertiré su corazón en cenizas hasta que yo sea lo único en lo que pueda pensar. Hasta que lo que sienta por mí se transforme en algo mucho más íntimo.
Si quieres ser una Volkov, Liliana… felicidades. Voy a convertirte en una.
Voy a arruinar tu vida. Voy a hacerte jodidamente infeliz, obligándote a ver cómo le reviento la cabeza y cómo sus ojos se apagan.
Si vas a ser una Volkov, vas a aprender que este lado de la familia no perdona.
Y que, mucho menos, olvida.
Las horas pasan y cada minuto es una lección de autocontrol y supervivencia.
He soportado que me cosan a balazos sin anestesia, que me arranquen las uñas en zulos inmundos y que me claven cuchillos oxidados entre las costillas, pero ninguna de esas torturas se acerca a este calvario.
No vuelvo a mirarla. Me obligo a clavar la vista al frente, pero siento sus ojos en mi cuello como el filo de una navaja abriéndome una jodida brecha.
Noto cómo me arde la piel bajo su escrutinio y tengo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no abalanzarme sobre ella, agarrarla de los hombros y exigirle que me diga qué mierda quiere de mí.
Si quiere verme muerto… o si simplemente disfruta viendo cómo me desintegro.
Y, para rematar, ni siquiera lleva el collar. Ese trozo de metal que debería ser mi marca ha desaparecido, sustituido por esa estúpida gargantilla de gemas verdes que ni siquiera le gustan.
Mi mandíbula cruje cuando Nikolai y Viktor se acercan. La tensión en mi cuerpo es tan evidente que el aire a mi alrededor parece a punto de arder.
—Vamos a fumar —ordena el rubio, plantando su mano en mi hombro y apretando con una fuerza que pretende ser un aviso—. Ya. Muévete, Aleksei.
Soy su maldito superior.
Mis ojos se clavan en los suyos con una severidad que mandaría a cualquier soldado a la tumba, pero él me sostiene la mirada con desafío.
Porque me conoce.
Porque Nikolai fue el único que estuvo allí aquella noche, el único que me escuchó romperme cuando abandoné a Liliana para salvarle la vida. Conoce mi debilidad y sabe que estoy a un segundo de provocar una masacre.
—A la mierda. Está bien —gruño, apartando su mano de un golpe seco.
Me levanto sin mirar atrás, con los músculos de la espalda tan tensos que parecen cuerdas de piano a punto de romperse.
Empiezo a caminar, notando cómo los latidos de mi corazón se desbocan con cada centímetro que me alejo de ella, como si el puto órgano quisiera arrancarse del pecho para volver a su lado.
Salimos al jardín, dejando atrás el aire viciado de la cena. El frío de la noche me golpea el rostro, pero no es suficiente para apagar el incendio que llevo dentro.