Ruthless Obsession (Despiadados 1) Capítulo 8 Una muñeca perfecta para la Bratva. #3
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Capítulo 8 Una muñeca perfecta para la Bratva. #3

« Mejor. Esto es mejor que tener que respirar su mismo aire de mierda».

Petro se inclina hacia delante y toma su copa. El silencio vuelve a caer sobre la mesa cuando se aclara la garganta, pero no para proponer un brindis, sino para lanzar un dardo envenenado que detiene mi mundo.

—Parece que mi hermano mayor se toma muy en serio eso de hacerse de rogar —dice en voz alta, para que todos lo oigan—. Pero un Volkov nunca llega tarde; solo lo hace cuando hay problemas .

Un escalofrío me recorre el cuerpo, y no tiene nada que ver con el fresco de la mansión.

Es una premonición.  Una vibración en el suelo. Un cambio sutil en la presión del aire, como si, de repente, se volviera más denso, más pesado… más inquietante.

—Ahí está —murmura Petro, con una sonrisa triunfal que no le alcanza los ojos—. Justo a tiempo, hermanito .

El oxígeno a mi espalda se vuelve irrespirable, cargado de una electricidad estática que eriza cada vello de mi cuerpo al instante. Su aroma me golpea de lleno, atravesándolo todo, partiéndolo por la mitad con un golpe certero.

Lluvia, tabaco negro y ese olor dulzón a vodka seco… que reconozco incluso en mis peores pesadillas.

Mi cuerpo reacciona antes que mi mente. Los pulmones se me bloquean y mis uñas se clavan en el borde de la mesa con tanta fuerza que temo partirme los dedos. No necesito girarme. No lo necesito . Mi propio instinto me lo grita.

Me grita peligro .

Me grita que me aparte de la tormenta que amenaza con calcinarme.

Es él.

No tengo ninguna duda. Y menos aún cuando percibo     el calor de su presencia contra mi espalda desnuda, a escasos centímetros de la cadena que recorre mi columna.

Está tan cerca que, pese al respaldo que nos separa, puedo sentir el ritmo pausado de su respiración rozando la base de mi nuca. Un contraste helado frente al incendio que comienza a devorarme las venas.

Maldita sea. Creo que voy a desmayarme.

—Siento el retraso —la voz de Aleksei resuena justo detrás de mi oído—. Había asuntos en el puerto que requerían una limpieza… personal.

Siento el peso de su mirada clavándose en mi nuca. Sus ojos oscuros descendiendo en un recorrido lento hacia la curva de mi espalda, devorando mi piel, marcándola de una forma tan oscura que ni siquiera necesita tocarme.

Es demasiado. Tanto que la bomba de relojería que soy deja de hacer tic-tac  para entrar en una cuenta atrás frenética.

Está aquí. Ahora.

Y tan cerca que, si dejo de luchar contra mi propio cuerpo, terminaré apoyando la cabeza en su pecho por puro instinto de supervivencia.

¡No, Liliana!

Él te ha vendido a su hermano. Te ha arrojado a la Bratva.

—Toma asiento, Aleksei —ordena Petro, señalando la silla vacía a mi derecha—. Estábamos a punto de presentar oficialmente a Liliana ante el consejo. Seguro que estarás de acuerdo en que la espera ha merecido la pena.

Aleksei se mueve, rodeando mi silla con parsimonia. Se sienta a mi lado, invadiendo mi espacio vital, haciendo que mi pecho arda, que la vista se me nuble y que mis pulmones empiecen a fallar.

Está aquí. A un suspiro de distancia. Y el odio que me recorre la sangre se desdibuja de tal forma que temo que el metal escondido en mi sujetador termine por delatar mi debilidad.

Pero no puedo controlarlo.

La inercia de mi propio cuello girando, arrastrado por una fuerza magnética, es demoledora. Lo es cuando mis ojos chocan finalmente con los suyos.

Lo miro, quedándome completamente desarmada, apenas reconociendo a quien me devuelve la mirada.

El que tengo sentado a mi derecha no es el que recordaba de mi infancia.

Es mucho más nocivo, más abrumador… Un hombre de verdad. Uno al que ya no le acompaña ni un rastro de la humanidad que conocía; en su lugar, hay una dureza que acelera mi pulso y hace temblar mis piernas.

Su cabello oscuro, ahora más largo y salvaje, cae sobre su frente con una rebeldía que me provoca el impulso irracional de tirar de él.

Sus rasgos se han vuelto más afilados, más brutales…

más masculinos. La mandíbula, tan tensa, parece a punto de quebrarse.

Y luego está esa cicatriz: una línea fina y pálida que le recorre el lado izquierdo del rostro, otorgándole un aire peligrosamente letal que antes no tenía.

Maldita sea. No puedo respirar.

Es mucho más grande que Petro. Incluso sentado, su envergadura me aplasta, dejándome sin oxígeno. Más alto. Más ancho de hombros. Más imponente. Su cuerpo apenas se contiene bajo la tela del traje, evidenciando todo lo que ha tenido que luchar para convertirse en esto .

Joder .

No puedo moverme. Su presencia es un incendio silencioso que consume el aire del salón. No tardo en percibir a las mujeres murmurar a nuestro alrededor, pero ni siquiera alcanzo a distinguir qué diablos dicen.

Sus ojos me tienen atrapada. Ese azul grisáceo que tantas veces me ha desarmado me recorre ahora con una lentitud que me quema de forma literal.

No es rencor lo que veo en ellos. Es algo más bajo. Más oscuro. Más salvaje.

Un escrutinio voraz que se detiene en el escote de mi vestido, justo donde el metal del collar que me puso permanece oculto, palpitando contra mi piel al ritmo desbocado de mi corazón.

Por un segundo, sus pupilas se dilatan tanto que el azul desaparece, y creo ver un destello de lujuria, una promesa de destrucción que me obliga a humedecerme los labios sin pensarlo.

Sabe que lo llevo.

Sabe que el metal que me quema el pecho es suyo.

Abro la boca. Su nombre arde en mi lengua. La rabia y el ansia luchan por dominar mi voz... pero entonces sucede.

Aleksei desvía la mirada.

Lo hace con una indiferencia tan absoluta que el frío me cala hasta la médula al instante, como si me hubiera abierto en canal solo para vaciarme por dentro.

Rompe el contacto visual con una facilidad insultante, con la misma desgana con la que uno se sacude una mota de polvo de la manga.

Vuelve su atención hacia Petro y hacia la copa de vino como si yo no fuera más que un objeto inerte, un detalle decorativo caro y carente de alma que ya ha dejado de ser una novedad.

Duele. Es un dolor agudo, ciego, que se enrosca en mis entrañas y me recuerda lo estúpida que soy.

Quiero arrojarle el puto collar a la cara. Gritar. Montar una escena. Pero me mantengo inmóvil mientras su voz, casi rozándome el rostro, suena con un deje de desdén:

—Buen vino, Petro.

Se reclina en su asiento con una relajación que grita que mi presencia no le altera el pulso. Que soy solo un pasado compartido, uno que ya ha olvidado… y que ha dejado en manos de su hermano.

La voz de Petro resuena en mi cabeza, haciéndome pedazos:

«Aleksei siempre ha tenido un gusto exquisito para mis juguetes, Liliana. Lástima que nunca haya aprendido a conservarlos» .

¿Así que eso somos, Aleksei?

¿Nada?

Un calor tóxico empieza a sustituir el vacío, corrompiendo cada ápice que queda de mí.

Si él cree que puede sentarse a mi lado y fingir que soy una desconocida después de haberme triturado el alma, está muy equivocado.

Si es esto lo que quiere, que así sea. Si desea que me convierta en la perfecta mujer de la Bratva, en la muñeca de su hermano, se lo voy a entregar en bandeja de plata… y voy a obligarlo a mirar.

Voy a conseguir que, cada vez que Petro me toque, Aleksei sienta cómo el mundo se desmorona bajo sus pies; que el vino se le convierta en hiel en la garganta y que el aire le falte hasta suplicar por respirar.

No me importa si tengo que hundirme en el fango para lograrlo. Si yo ardo, él va a quemarse conmigo hasta quedar reducido a cenizas.

Miro a Petro y, por primera vez, no me tenso cuando su mano busca mi muslo bajo la mesa. Al contrario: me inclino hacia su toque y le dedico una sonrisa cargada de un veneno que solo él —desde su silencio sepulcral— debería ser capaz de saborear.

Con una lentitud calculada, apoyo la cabeza en el hombro de mi prometido, buscando deliberadamente el ángulo en el que Aleksei no pueda ignorarme. Y lo digo en voz alta, con una dulzura punzante como agujas:

—Tengo tantas ganas de que llegue el día de nuestra boda, cariño ... —Mis ojos se clavan en los suyos al pronunciar cada palabra, y esta vez le resulta imposible apartar la mirada—. Me muero por ser una Volkov  de verdad.