Ruthless Obsession (Despiadados 1) Capítulo 8 Una muñeca perfecta para la Bratva. #2
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Capítulo 8 Una muñeca perfecta para la Bratva. #2

—Estás… impresionante, Liliana —murmura, asombrada de su propia obra—. Pareces otra persona. Toda una mujer de la Bratva.

—Gracias —fuerzo una sonrisa pequeña que no llega a mis ojos.

Sin darme tiempo de procesar nada más, Elena y Svetlana me ayudan a ponerme de pie para embutirme en la tela negra que Petro ha elegido para mí.

Es un tejido ligero, que cae con un brillo siniestro alrededor de mis curvas, en contraste con una espalda completamente descubierta hasta la parte alta de la cadera.

Una fina hilera de plata recorre esa piel expuesta, encadenándome desde el cuello hasta la base de la espalda, tintineando con cada paso.

El corsé interno me roba el aliento, obligándome a respirar con la misma cautela con la que se camina sobre cristales rotos, cuando la puerta se abre de golpe.

Petro entra sin llamar, desprendiendo ese aroma a perfume caro y poder absoluto que siempre me provoca náuseas.

Traje negro impecable, camisa a juego abierta en el cuello, reloj de oro macizo en la muñeca.

Me recorre con la mirada, deteniéndose en cada curva. La comisura de sus labios se curva con una satisfacción depredadora, aprobando lo que las doncellas han hecho con su «joya».

—Exactamente como quería —dice, colocándose detrás de mí.

Sus manos se posan en mis caderas y aprietan lo justo para que entienda que no es una caricia, sino una marca.

—Esta noche, eres mía, Liliana. Mía delante del  pakhan , mía delante de los hombres que deciden, mía delante de quien tenga que joderse y aguantar.

Las doncellas recogen sus cosas y se marchan entre reverencias. Me mantengo neutral, pero, en cuanto la puerta se cierra, me giro hacia él con la rabia vibrando en la garganta y subiendo de forma amarga hasta mis labios.

—Me das asco, Petro —escupo, con la voz ronca y los ojos entornados, despreciándolo con cada célula de mi cuerpo—. Me das tanto asco que tengo que tragar bilis para no vomitarte encima cada vez que me tocas o me miras. ¿A eso lo llamas ser tuya ?

Él suelta una risa corta y seca. No le afecta. Casi parece orgulloso de lo que digo, de lo que siento.

—Bien. —Sus dedos rozan mi barbilla antes de sujetarla con firmeza, provocándome unas ganas irrefrenables de morderle—. Prefiero tu odio sincero a tus sonrisas falsas. Te hacen horrenda, dorogaya . Pero esta noche, aunque eso te reste belleza, vas a sonreír igual.

Se inclina, rozando mi oreja con los labios mientras aumenta la presión de su agarre, amenazando con dejarme un moratón.

—Vas a dejar que todos vean que la zorra     italiana  que tu tío me vendió llevará el apellido de mi familia grabado en la frente. Y lo harás tan bien que nadie lo pondrá en duda. ¿Entendido?

—Que te jodan —siseo, girando la cara con brusquedad—. Vas a pudrirte en el infierno, maldita basura.

Una carcajada oscura resuena en las paredes del vestidor, mientras la mano que aún sujeta mi cadera aprieta con una fuerza que casi me hace doblarme. Lo aguanto. Me mantengo recta, impasible, aunque el dolor abrase mi piel. Aunque quiera chillar.

No voy a darle la satisfacción.

—Dos horas, Liliana. Dos horas para que toda la familia Volkov sepa que ahora tú también perteneces a este lugar.

—Me importa una mierda tu familia. No soy de vuestra propiedad —mascullo, zafándome de su agarre con un codazo que él detiene antes de que impacte.

Sus ojos, de un azul similar a los de él , me miran con burla, como si estuviera a punto de reírse de nuevo por mi estúpido intento de rebeldía.

Si tuviera un maldito cuchillo…

—Ya lo veremos, dorogaya .

No dice nada más. Se marcha, dejándome sola frente al espejo, atrapada en este vestido impresionante que, comienza a sentirse como una jaula. El collar se mueve contra mi piel dentro de esta camisa de fuerza personal.

Aleksei . Él me ha metido en esta mierda.

Lo odio. Pero no es el mismo odio que siento por Petro. Lo de él  es distinto, algo que me pudre por dentro, mucho más profundo, más físico.

Lo odio con cada terminación nerviosa de mi cuerpo, esas que aún claman su nombre. Lo odio porque me resulta insoportable que, incluso ahora, sabiendo la verdad, mi piel tenga memoria y actúe por su cuenta.

Cierro los ojos y mi propio cuerpo me traiciona.

Todavía siento el rastro de sus manos quemándome la cintura, un calor residual que asciende por mis piernas como un veneno que no puedo purgar.

Es una náusea constante, instalada en la boca del estómago, un nudo de bilis y deseo sucio que me recuerda que, mientras Petro me trata como un objeto inerte, Aleksei me hizo sentir viva .

Odio la forma en que mi pulso se acelera al recordarlo. Odio que mis pulmones busquen un aire que aún huele a él. Y, sobre todo, odio que este dolor sea lo único que me impide desmoronarme.

Bajo las escaleras sola. He insistido en aparecer por mi cuenta, fingiendo una autonomía que perdí en el mismo momento en que crucé la puerta de esta maldita mansión.

Me repito que es por orgullo, que es por lo ocurrido hace unas horas… pero no es cierto.

La verdad es que necesito tiempo.

Unos segundos más que la vida se niega a concederme.

Un respiro en medio de este cataclismo.

Lo necesito para apaciguar este ansia que hace que mis piernas tiemblen con cada peldaño que piso. Los tacones de aguja me elevan, obligándome a mantener un equilibrio precario que se siente como caminar sobre el filo de un cuchillo en llamas.

Maldita sea. ¿Por qué estoy haciendo esto?     Él me ha puesto aquí.

Pero la voz de mi cabeza no es lo bastante fuerte como para detener mis pasos.

Miro a mi alrededor, buscándolo.

Me odio por hacerlo, pero mis ojos recorren cada rincón, analizando la escena. Desde mi posición, a mitad de la escalinata, el salón principal se despliega: risas contenidas, mezcladas con un aroma denso a nicotina cara que me raspa la garganta.

Aun así, no me detengo. Yo solo busco una cara.

Una que necesito ver con urgencia. Una que ni siquiera sé si soy capaz de recordar con claridad después de más de media década.

Mis ojos recorren la chimenea, donde el fuego chisporrotea con una calma que me resulta ofensiva. Luego el piano de cola negro en la esquina. Después, los grupos de hombres trajeados que conversan en ese ruso gutural, tan bajo y cerrado que, aunque hablara el idioma, no entendería ni papa.

Nada.

No hay rastro de lo que busco.

De él .

Mi corazón se contrae de forma tan violenta contra mis costillas que temo tropezar y que el espectáculo termine antes siquiera de empezar.

¿No ha venido?

La rabia y el alivio se fusionan en mi pecho como dos toxinas incongruentes, una colisión química que amenaza con desestabilizar mi compostura.

Rabia, porque necesito que vea en lo que me han convertido, que entienda el precio que me están obligando a pagar… y alivio, porque no sé si mis pulmones serían capaces de procesar el oxígeno si él estuviera en la misma sala.

Pongo los pies en el último escalón, sintiendo el frío del suelo trepar por mis talones, y comienzo a caminar entre la gente, tratando de aparentar seguridad. Me muevo despacio, como si fuera una completa desconocida que acaba de entrar en el lugar equivocado.

Solo soy consciente de la magnitud del teatro cuando las conversaciones se apagan a mi paso, una tras otra, como si mi presencia fuese un vacío que succiona el sonido a su alrededor.

Me miran.

Me evalúan como a una mercancía valiosa recién expuesta.

Me desean con una lascivia que me hace sentir la piel sucia bajo el maquillaje. Y yo, mientras mantengo la barbilla en alto, no puedo evitar pensar en lo mucho que me gustaría tener un arma ahora mismo para empezar el espectáculo de verdad.

¿Te imaginas? Sin preguntas, sin dudas: solo balas.

Fácil. Sencillo. Un cargador entero para borrarles esas sonrisas de suficiencia. A la mierda la Bratva, a la mierda sus reglas y a la mierda este teatro de hipocresía.

Sin permitir que la presión me doblegue, sigo avanzando hasta la mesa principal que preside el salón. Mi sitio está marcado allí, justo a la derecha de Petro, con una tarjeta que parece una sentencia de muerte escrita en caligrafía dorada.

El mero hecho de saber que tengo que pasar toda la noche sentada a su lado, soportándolo, empieza a hacer mella en mí.

No hemos empezado y ya me duele la cabeza.

Avanzo un poco más y siento sus ojos azules clavarse en mí, disfrutando de la humillación silenciosa a la que me somete el escrutinio de sus invitados a esta farsa.

Antes de que siquiera roce el respaldo, la mano de Petro se cierra sobre mi codo.

No es un gesto caballeroso. Es otra cosa.

Sus dedos se hunden en mi piel con una fuerza que promete dejar otra marca más.

Me obliga a inclinarme hacia él mientras los invitados de las mesas cercanas terminan de acomodarse.

—Siéntate, dorogaya  —sisea, tirando de mí hacia abajo con una brusquedad que me hace desplomarme sobre el asiento sin oponer resistencia—.

Y recuerda lo que hablamos. Si intentas dar un espectáculo delante de mi padre, te aseguro que desearás no haber nacido.

Sonríe. Eres la joya de la corona, no una prisionera.

Me quedo rígida, con la espalda separada del respaldo, sintiendo el frío de la cadena rozar mi piel desnuda cada vez que exhalo.

Petro se acomoda a mi izquierda con una arrogancia que parece llenar toda la estancia.

A nuestro alrededor, los platos comienzan a servirse y el vino corre como si fuera sangre. Yo, sin embargo, solo puedo mirar el plato vacío frente a mí, perdiéndome en el reflejo distorsionado de la cubertería de plata.

Intento ignorar el nudo que me aprieta la garganta y convencerme de que el alivio por su ausencia es real.

No está.       No vendrá.

El asiento a mi derecha, reservado para algún miembro de alto rango, sigue vacío. Aleksei no ha venido… y no lo hará.

Me ha vendido, y ni siquiera ha tenido el valor de dar la cara y ver en qué me ha convertido su traición.

« Mejor », me digo, aunque el corazón me duele como si se me hubiera clavado metralla y los ojos me escuecen como si me hubieran arrojado lejía.