Ruthless Obsession (Despiadados 1) Capítulo 8 Una muñeca perfecta para la Bratva.
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Capítulo 8 Una muñeca perfecta para la Bratva.

Lili

El aire del vestidor es denso, casi nocivo. Una nube asfixiante de laca, pelo quemado y perfume caro que me desgarra los pulmones cada vez que respiro.

Nadie parece notar que me estoy ahogando, que algo más  que la intoxicación me carcome las entrañas.

Los criados se mueven a mi alrededor frenéticos, obsesionados con convertir cada detalle en perfección para «la gran gala». A mí solo me manipulan como a un objeto valioso más, un trofeo que debe brillar hasta sangrar para deleite de la Bratva.

Soy la cereza del pastel, y llevan setenta y dos horas asegurándose de ello: exfoliando y untando cada centímetro de mi piel con bálsamos carísimos, como si fuera un cerdo listo para la subasta. O peor, como un animal que su dueño está a punto de exhibir ante sus compañeros de caza.

Que no soy un ser humano. Que soy un trozo de carne aderezado para unos leones que van a despedazarme.

Sí, esa es exactamente la sensación.

—Ponte recta, Liliana.

La voz de Elena me obliga a alzar ligeramente el rostro mientras sus brochas se deslizan sobre mi piel.

—Perdona —mascullo, bajando la vista hasta mis manos entrelazadas, disociándome una vez más.

Las últimas horas desde que abrí los ojos esta mañana han sido un torbellino frenético de doncellas entrando y saliendo de mi habitación. Pero, dadas las circunstancias, no tengo derecho a quejarme.

No lo tengo porque, después del último encuentro con Petro hace tres días, todos me concedieron el lujo de la soledad.

Sin cenas, sin vestidos, sin exigencias.

Setenta y dos horas solo para mí, encerrada en mi habitación, en un exilio que todos llaman «reflexión», pero que para mí ha significado mucho más.

Aunque la dura realidad es que, sea lo que sea para mí, no ha sido más que una cuenta atrás.

Como un temporizador a punto de estallar. Como una bomba que culmina, transformándome en la muñeca perfecta que el futuro pakhan lucirá como trofeo en su «preciosa velada».

Una muñeca que Aleksei ni siquiera mira de verdad. Que no le importa.

Que nunca le ha importado.

Porque ese ha sido su plan desde el principio: entregarme a su hermano, asegurar el legado, elevar el apellido Volkov un peldaño más.

Y a mí… a mí ya ni siquiera me importa.

Me da igual todo. Y, aunque quisiera decir que conservo la tenacidad de las semanas anteriores, no sería verdad. Desde que vi esa maldita foto, la perseverancia ha mutado en algo más visceral.

En algo que, si dejo que fluya con libertad, me asfixiará.

En algo que, si lo pienso dos segundos más, presionará mis costillas hasta que mi corazón esté a un latido de fallar.

Algo que, si le doy la importancia que merece, hará que mis pulmones renuncien a filtrar el aire que me mantiene con vida.

Odio. Eso es lo único que me mantiene cuerda.

Esa sensación que jamás pensé asociar a su nombre ni al recuerdo de su rostro y esos ojos que tanto me gustaban, pero que ahora inunda mi mente una y otra vez como un eco ahogado que no me deja descansar… aunque al menos me mantiene anclada a la realidad.

— Moya Liliya , ¿puedes levantar la cara? —murmura Katya, tomando mi barbilla para alzarla—. Perfecta, no te muevas.

Ni siquiera presto atención a lo que hacen conmigo. Voy en piloto automático, incapaz de dejar de pensar en que Petro siempre supo que esto iba a pasar.

Es como si se hubiera infiltrado en mi psique para plantar esa foto, sabiendo que descubrir la verdad me destrozaría de esta forma justo antes de la cena. Como si hubiera calculado cada gramo de mi dolor para doblegar mi voluntad y dejarme así, dócil… justo cuando más vulnerable me necesitaba.

Maldita sea.

¿Por qué no puedo ser fuerte y evitar que esto me devore?

¿Por qué soy tan débil como para pensar que, al menos, soy afortunada de que no haya intentado sacar otro tipo de ventaja?

No me ha puesto las manos encima ni una sola vez, y es por lo único que soy capaz de dar gracias… por ahora.

Soy una gilipollas. Lo soy porque sé perfectamente que la realidad es otra: se está reservando para un momento especial, como si yo no fuera lo que realmente le interesa mancillar.

Es como si le diera tanto asco como él a mí… pero también como si, por un instante, ya no me viera solo como la virgen desvalida a la que arrastró fuera de su casa.

Como si, poco a poco, empezara a considerarme una amenaza real.

Bien. Que lo haga.

Porque, aunque mi cabeza ahora mismo no dé para más, soy una bomba de relojería, y juro que estallaré contra él cuando menos se lo espere.

Hace apenas unos días pensaba que morir bajo su arma habría sido un alivio comparado con el dolor de descubrir la verdad, pero ese momento ya pasó.

Ahora, si tengo que hundirme, prometo que me llevaré por delante a quien haga falta.

Katya enrolla un mechón en la plancha y tira con fuerza, ajena a mi reflexión.

El dolor físico me reconforta durante un instante, sustituyendo al emocional y devolviéndome a la realidad, esa en la que el calor me roza la sien mientras intentan arreglar mi desastre para que no se note por fuera.

—¿Se lo dejamos suelto o le hacemos un semi recogido? —pregunta la del pelo oscuro, moviendo la tenaza con nerviosismo.

—¡Suelto, obviamente! —exclama Svetlana, abrochando una pulsera de diamantes en mi muñeca—. Como una buena dama de la Bratva.

Katya asiente y, cuando suelta la pinza, la onda cae sobre mi hombro. Me hace parecer más brillante, más artificial, mucho menos yo misma. Me arrancan, ápice a ápice, mi caos natural para sustituirlo por una pulcritud que me da fatiga.

—Creo que debería cortarle un poco más el flequillo para darle volumen en la parte central —opina Svetlana.

Katya niega con fiereza.

—No, así tiene más efecto mariposa.

La doncella rusa se lleva los dedos a la barbilla, observándome con una atención casi quirúrgica, hasta que finalmente asiente, complacida.

—Tienes razón, no le hace falta.

Esto es como volver a la rutina que Isobel imponía para que mi tío no nos pegara. Como volver a esa careta adherida al rostro solo para sobrevivir a lo que el monstruo de turno decida pensar.

Solo llevo un segundo siendo consciente de lo que sucede a mi alrededor y ya empiezo a agotarme. Pero ni siquiera se me concede el lujo de detenerme a procesarlo.

Otro tirón seco empuja mi cabeza hacia atrás con una fuerza que me obliga a apretar los labios, esos que Elena acaba de pintar de rojo.

—¡Menos fuerte, Katya! —ordena Elena desde mi izquierda, mientras desliza la brocha de corrector por el contorno de mi boca—. Tiene que quedar impecable y, si me la mueves, va a salir mal. El señor quiere que parezca una reina esta noche, no una niña. Tiene que estar perfecta...

—Vamos, Elena, si está mal peinada o se le caen las ondas, el señor Volkov me matará —masculla Katya, y no sé si es una exageración o la cruda realidad de este lugar—. Sujétale la cabeza para que se esté quieta de una vez.

El calor asciende y el tirón duele un poco más, pero ahora es Elena quien sostiene mi cráneo, inmovilizándolo en una posición tan rígida que me hace querer gritar.

Suelto un suspiro largo, rindiéndome por completo a esta tortura.

Ni siquiera parezco yo misma .

Soy una muñeca fabricada a imagen y semejanza de la mafia. Soy todo lo que imaginas cuando piensas en una femme fatale : mis ojos avellana están enmarcados por sombras ahumadas y un delineado tan afilado que convierte mi mirada, antes inofensiva, en algo letal.

Todo combina a la perfección con mis labios oscuros, pintados del tono de la sangre oxidada que salpica mi vida. Y ahora este pelo…

Un pensamiento intrusivo atraviesa mi mente y un deseo silencioso me recorre por dentro.

¿Me mirará? ¿Querrá arrancarse la tráquea con sus propias manos al verme?

Joder. Sal. De. Mi. Maldita. Cabeza.

¡Ya!

—Esta noche va a estar toda la familia Volkov, ¿no es emocionante? —susurra Svetlana, casi extasiada—. El pakhan , ese tío que no habla pero que apesta todo el salón con su tabaco, los primos de San Petersburgo… ¡Hasta el hermano del señor Volkov!

Elena le da un codazo discreto, pero no detiene su trabajo.

Mi expresión se descompone, como si me hubieran arrojado encima un cubo de agua helada.

—Es raro porque Petro nunca habla de él…

¿pero sabéis por qué? —Katya se inclina hacia Elena y Svetlana, llevándose la mano a la boca para que yo no la oiga—.

Se dice que se llevan fatal desde críos.

Aleksei, el mayor, es quien ha estado en Saint Virell casi toda la vida.

Desaparece meses enteros y, cuando vuelve, trae más cicatrices que palabras.

Hace una pausa, disfrutando del efecto de sus propias palabras.

—Dicen que el pakhan  siempre lo quiso más porque daba mejores resultados, aunque sea Petro quien vaya a heredar la Bratva. Hay quienes no están de acuerdo con eso...

Los ojos de Elena se abren como si Katya acabara de pronunciar algo prohibido, y le tapa la boca con ambas manos.

—¡Katya! ¿Quieres que amanezcamos todas ahorcadas? —su susurro escandalizado me hace verlas de otra forma.

Tienen miedo. Mucho miedo.

—¡Es solo un rumor, no he dicho que sea verdad! —farfulla Katya, con las mejillas rojas.

—Y si no es verdad, entonces… ¿por qué no viene nunca? —pregunta Elena en un susurro cargado de morbo.

—¡Ya os lo he dicho, porque se odian! —responde Katya, bajando aún más la voz, pero incapaz de ocultar su entusiasmo—.

Se rumorea que la última vez que coincidieron en Moscú casi se lían a tiros porque el tal Aleksei era quien mandaba sobre el terreno.

Pero esta vez Petro insistió: « Toda la familia ».

Ni idea de por qué lo ha incluido a él. Quizá han hecho las paces de una vez por todas…

Quizá yo soy el motivo de esa tregua.

Quizá me ha lanzado como una ofrenda de paz con piernas.

La rabia asciende, incandescente, hasta el trozo de metal que llevo oculto en el sujetador, quemándome contra la piel.

Lo odio. Juro por Dios que lo hago.

Katya, mientras tanto, termina el último mechón y pasa los dedos para separar las ondas con suavidad.