Ruthless Obsession (Despiadados 1) Capítulo 7 El peso del silencio.
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Capítulo 7 El peso del silencio.

Aleksei

Siete años atrás.

La lluvia de Saint Virell me cala hasta los huesos, pero no siento el frío del agua deslizándose por mi espalda en pleno invierno. No.

Mi cuerpo está entumecido, bloqueado por un dolor que no es mío, pero que me han obligado a cargar.

Camino por el asfalto mojado y lo único que percibo es el peso de la Beretta contra mi cadera… y el de esa corona invisible que mi padre ha estampado sobre mi cabeza, en contra de mi voluntad. Una «hazaña» que no lleva mi firma, pero que ha manchado mis manos con una sangre que nunca quise tocar.

No quería esto. Maldita sea, nunca quise esta mierda.

Nunca quise ese trono, pero Iván sí. Y su ambición es una maldición que nos arrastrará a todos a la ruina. Se pasó años despreciando a los italianos, llamándolos escoria, para acabar haciendo exactamente lo mismo: obsesionarse con el linaje y el honor.

Quería obligarme a ganar méritos, a demostrar que el futuro de la Bratva estaba en buenas manos. Por eso, tras la carnicería de hace una semana, ha decidido decirle a todo el clan que fui yo quien apretó el gatillo.

Se lo negué de rodillas. Le juré que no era cierto. Pero le dio igual. Mi debilidad le molestó tanto que decidió dejarme una marca permanente que me recordara que un hombre de la Bratva no puede permitirse ese sentimiento. Jamás.

Todavía puedo sentir el filo del cuchillo del pakhan hundiéndose en mi carne.

La sangre caliente deslizándose por mi ojo mientras él me sujetaba del cuello para impedir que me moviera.

Ese tajo que ahora me cruza desde la ceja hasta la parte alta de la mejilla, y permanecerá ahí siempre, recordándome lo que hice mal.

He puesto a Liliana en el punto de mira.

He destruido su mundo y, como recompensa, mi padre me nombra oficialmente su mano derecha. Va a exhibirme ante los capitanes como el animal que, por fin, ha empezado a comportarse como él esperaba.

Justo a tiempo.

Justo como si todo esto formara parte de un plan macabro.

Justo antes de que la ELA [3]  termine de apagarle el cerebro y le robe la consciencia.

Llevo entrenando para esto desde los ocho años. A los quince ya había asumido que este día llegaría. Aun así, no puedo evitar sentir el sabor a bilis subir por mi garganta al comprender lo que esto implica realmente.

Significa que nunca podré tenerla.

Nunca podré acercarme a ella sin condenarla a acabar decapitada en un callejón por ser mi mayor debilidad. Iván lo sabe desde el principio. Sabe que ella es mi punto de ruptura, y se ha encargado de destrozarlo de la forma más brutal posible, haciendo que todos crean que la he traicionado.

Maldita sea.

Yo no tengo nada que ver con esta mierda. Jamás puse un pie en territorio italiano buscando una guerra. Nunca lo habría hecho de haber sabido que la familia de Liliana eran desertores de la Cosa Nostra.

Para mí, ella era lo único limpio y puro de este lugar podrido. Me he pasado horas a su lado, observándola, convencido de que su vida era normal, de que estaba al margen de la oscuridad que me rodeaba, de que esto jamás la alcanzaría.

Pero estaba equivocado.

Estuve tan ciego que no vi la diana que llevaba en la espalda hasta que el olor a pólvora lo mandó todo al carajo.

—Bien hecho, hijo. Ahora esa escoria aprenderá a quedarse en sus zonas —me dijo Iván, dándome una palmada en el hombro.

Ese gesto me supo a ruina. Me provocó náuseas. Lo ocurrido no era motivo de orgullo, pero mucho menos era mi responsabilidad.

Todos en la organización saben que jamás le pondría un dedo encima a Liliana. Ni por la hermandad, ni por el maldito honor, ni por el jodido pakhan.

Si sus padres están pudriéndose bajo tierra, no es por mi mano...

pero alguien se ha encargado de que el mundo crea lo contrario.

Alguien diseñó esta trampa al milímetro para que yo estuviera allí, en el momento exacto del impacto, para que la sangre de los Moretti acabara adherida a la suela de mis botas.

Me obligaron a elegir en un parpadeo, con el humo de los neumáticos quemados nublándome la vista. Tuve que decidir ver cómo ellos morían para que ella pudiera seguir en este mundo.

Aún tengo la voz de Marco taladrándome el cráneo. No puedo sacarme su susurro agónico de la cabeza; se repite como una condena cada vez que parpadeo. Lo veo ahí, atrapado entre el metal retorcido del coche, con la cara bañada en sangre.

—Aleksei, cuida de mi hija… Prométeme que lo harás.

Y después, el estallido. Un disparo seco que reventó su cabeza frente a mis ojos, manchando el salpicadero y mi propia ropa.

Liliana estaba en el asiento trasero, inconsciente por el impacto, ajena a cómo su universo entero se desintegraba en pedazos. Me quedé allí, inmóvil, con los oídos pitando, viendo cómo la vida se escapaba de los cuerpos de Marco y Sofía sin poder hacer nada para detenerlo.

No puedo borrar esa imagen. No puedo volver atrás e impedir que su vida se haga añicos por mi culpa. Por mucho que cierre los ojos, la historia no cambia. Sigo viendo el vacío en la mirada de sus padres… y cargando con la certeza de que, si yo no me hubiera acercado a ella, seguirían vivos.

Liliana se ha quedado huérfana por mi incapacidad de mantenerme alejado. Por mi egoísmo. Por querer un poco de luz en mi propio infierno.

Y ahora, el peso de su protección recae sobre los hombros del hombre al que, desde hoy, tiene todos los motivos del mundo para odiar.

Aprieto los párpados, pero no puedo dejar de ver su rostro. Veo a Liliana esta misma mañana, en el entierro. Veo la forma en que se desploma en el barro, sola, hundiéndose en la misma tierra que cubre a su familia.

Tuvo que identificarlos semanas después. Tuvo que sufrir más allá de la muerte de sus padres… porque yo no supe hacer lo que se esperaba de mí.

Por eso, esta vez será diferente. Por eso, aunque el pecho me arda y la garganta me queme, no he corrido a levantarla. No lo he hecho porque ahora sé que estar a mi lado es llevar una diana pintada en la espalda.

Llevo una semana fuera de su vida. Convertido en un fantasma que la vigila desde las sombras de los suburbios, debatiéndome —más de lo que es sano para cualquiera— entre ser egoísta, entrar y condenarla, o largarme y dejar que me odie hasta convertirme en un recuerdo fácil de borrar.

Sin embargo, la parte oscura de mí gana.

Esa parte me arrastra hasta el borde de su jardín, oculto entre los arbustos secos que mueren bajo la escarcha, ahora empapados por una lluvia torrencial que ya no hace tronar el cielo.

Observo su ventana, empañada por los surcos de agua. Veo su silueta moverse tras el cristal, una sombra rota que deambula por una casa que ahora solo huele a desgracia, a flores marchitas… y a un vacío que amenaza con tragarnos a los dos.

—Aleksei, muévete —la voz de Nikolai surge desde la penumbra a mi espalda, tensa e impaciente.

El sonido del motor en marcha, a unos metros, es un recordatorio constante de que el tiempo se nos ha agotado.

—Si nos pillan aquí, tu padre no verá a un hijo protegiendo a una civil; verá a un traidor que ha cruzado la línea.

—Cállate, Niko —siseo, sin apartar la vista de la ventana iluminada. La luz que proviene de su habitación es el único punto de calidez en esta jodida ciudad.

No quiero dejarla.

—Aleksei, vámonos o acabaremos en una zanja por una jodida italiana.

Me quedo inmóvil. Siento cómo la mandíbula me cruje por la presión, y el frío de la lluvia parece evaporarse ante el calor de la rabia que me trepa por el cuello.

—Vuelve a llamarla «jodida italiana» una sola vez más, Nikolai, y te juro que la única zanja que se va a cavar esta noche será la tuya.

Sostengo su mirada, dejando que vea todo lo que siento. Sé que sabe que no estoy bromeando. Sabe que, en este momento, me importa una mierda el linaje, la Bratva y mi propia vida.

—Pero es lo que era su familia, hermano… Sabes que no puedes seguir vinculado.

—Ella no sabe nada de eso. —Mi voz sale áspera, desgarrándome las cuerdas vocales—. No tiene la culpa de la sangre que corre por sus venas. Es inocente, joder.

—La inocencia no detiene el impacto de una bala de nueve milímetros en la cara, Aleksei, y lo sabes mejor que yo.

—Su paso cruje sobre la gravilla al acercarse—.

Sus padres eran ratas de la Cosa Nostra.

No eran tus adorables vecinos; eran objetivos.

Y, para el clan, ella es el cabo suelto de una familia que intentó esconderse en nuestro territorio.

Una punzada de rabia me recorre el cuerpo, calentándome la sangre. Quiero girarme y partirle la cara, hacerle tragar sus palabras para que deje de escupir verdades que me destrozan.

Sé que Nikolai me es leal. Sé que no me venderá a mi padre. Pero el miedo que desprende es legítimo… Si una patrulla de la Bratva nos encuentra merodeando la casa de los Moretti después de la limpieza, ambos perderemos mucho más que la cabeza.

—No puedo irme así, Nikolai. No puedo dejarla sola en esa casa ahora… No puedo permitir que crea que la he abandonado cuando más me necesita.

Su mano se posa en mi hombro, un gesto que pretende ser de apoyo, pero que yo siento como una sentencia.

—Pero es que tienes que hacerlo si quieres que respire un día más —dice, bajando la voz hasta convertirla en un susurro cargado de una empatía que nos está prohibida—.

¿No viste lo que le pasó a la chica de Dimitri?

Los italianos no se andan con rodeos. La descuartizaron y mandaron los trozos en una caja a su puerta, a modo de buenos días.

Y Dimitri es un puto técnico, joder. Ni siquiera está metido en la guerra táctica como nosotros.

Imagina lo que le harían a ella si supieran que el futuro pakhan la quiere en su cama.

—Esto no tiene nada que ver con los italianos… todavía. Esto tiene que ver con Iván… —intento replicar, pero las palabras se me atascan en la garganta.

Nikolai me corta antes de que pueda decir algo que lo obligue a volarme la cabeza él mismo.

Hablar mal de él es traición. Da igual que sea mi padre. Da igual que me esté jodiendo la vida.

—Iván ha hecho lo que se esperaba de un pakhan.

Y tú, Aleksei, ahora eres el obshchak [4] .

Tienes que pensar con claridad. Tienes que elegir aquí y ahora, porque no hay término medio en este infierno: o eres fiel a la Bratva y te conviertes en el hombre que ella necesita que seas…

desde la distancia, o eres un egoísta que la condena a muerte.

Sus palabras son cuchilladas que terminan de degollar lo poco que queda de mi voluntad.

Miro mis dedos, blancos y entumecidos, aferrados al metal frío de la verja.

No es el invierno lo que me está matando; es la certeza de que, si cruzo ese jardín y entro en esa casa, la estaré matando con mis propias manos.

Si me quedo ahora, todos sus sueños, toda su luz, acabarán convertidos en cenizas que ni siquiera yo podré juntar.

Suelto el metal y me giro, dándole la espalda a la única pieza de mi vida que mantenía a flote mi humanidad. Empiezo a caminar hacia el coche, donde Misha nos espera entre las sombras.

Cada paso sobre el asfalto mojado se siente como una palada de tierra sobre los sentimientos que estoy obligado a enterrar.

—Arranca —le digo a Misha, incapaz de mirarlo—. Hazlo, antes de que cambie de opinión y nos mate de una vez por todas.

Entro en la mansión. El calor de la chimenea, en el despacho de mi padre, resulta sofocante, asqueroso en comparación con el frío que me consume por dentro. El olor a leña quemada y tabaco caro se me pega a la ropa, mezclándose con el rastro de lluvia y pólvora que traigo de la calle.

Es el olor de mi nueva realidad.

Iván está sentado tras su escritorio de roble, sirviéndose un vodka con una calma que me revuelve las entrañas.

Sus manos están limpias, impecables, como si no acabara de desmembrar la vida de una chica de diecisiete años por mera estrategia política.

No hay rastro de la sangre de los Moretti en sus puños, pero yo puedo verla, empapando cada uno de sus movimientos.

—Llegas tarde —dice, sin mirarme, concentrado en el tintineo del hielo contra el cristal—. ¿Has terminado con tu pequeña distracción?

—Sí. No volverá a interponerse —miento.

La palabra me quema la garganta como ácido. Cada letra es una traición a lo que siento, una falta de respeto hacia mí mismo… y hacia ella.

Iván deja el vaso sobre la madera y, por fin, clava sus ojos en los míos.

Hay una satisfacción sádica en su expresión.

Está disfrutando del proceso, moldeando a su heredero exactamente como siempre quiso.

Para él, mi dolor es solo el fuego necesario para templar mi carácter.

Para convertirme en un hombre de verdad.

—Bien. Porque, a partir de ahora, Saint Virell temblará cuando escuchen tu nombre.

El eslabón más débil de los Lombardy ha sido eliminado y, con ello, hemos asegurado los territorios que nos debían.

Ahora tú eres mi brazo ejecutor, Aleksei.

Debes serlo antes de que esta maldita enfermedad me deje postrado en una cama.

—Lo sé —respondo, manteniendo la voz plana, desprovista de cualquier emoción que pueda usar en mi contra.

Pero sus ojos me escrutan, buscando la grieta, la debilidad que sabe que aún late bajo mi piel y me devora por dentro. Se inclina hacia delante, y la luz de la chimenea proyecta su sombra sobre mí como una amenaza.

—Sabes que si esa chica sigue viva es únicamente porque me has jurado que ya no significa nada, ¿verdad? —su voz desciende hasta convertirse en un siseo ponzoñoso—. ¿Sabes que, si descubro que me has mentido, no habrá rincón en este mundo donde puedas esconderla de mis hombres?

Siento que la mandíbula va a estallarme por la presión. El impulso de saltar sobre la mesa y clavarle el mismo cuchillo con el que me destrozó la cara vibra en mis tendones.

Podría matarlo ahora mismo. Podría acabar con su tiranía… y con mi agonía de un solo golpe.

Pero, si lo hago, el clan se desmoronará. Y ella será la primera en caer en la limpieza.

Me obligo a bajar la cabeza. Un centímetro. Lo justo para que crea que tiene mi respeto. Lo justo para sellar mi condena.

—Es así —respondo con la voz más neutral que puedo, cargándola de falsa indiferencia—. Ella es pasado. No es más que un nombre en una lista de daños colaterales sin importancia. El clan es mi presente.

—Excelente. Toma asiento, Aleksei. Tenemos una guerra que organizar antes de que el consejo te reciba de forma oficial.

Me siento frente a él, hundiendo las uñas en mis palmas hasta sentir el calor de mi propia sangre abriéndose paso bajo la piel.

He salvado su vida… convirtiéndome en el monstruo que más odiará cuando conozca la verdad.

He aceptado esta corona de mierda solo para asegurarme de que nadie vuelva a tocarla, aunque eso signifique que yo jamás pueda volver a rozar su piel ni a mirar sus ojos.

Desde hoy, Liliana está a salvo.

Lo está porque yo he firmado mi propia sentencia.