Ruthless Obsession (Despiadados 1) Capítulo 6 El peso de la corona. #3
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Capítulo 6 El peso de la corona. #3

Cierro los ojos con pesadez, apoyando la barbilla en el antebrazo y, como un castigo divino, ella aparece en mis pensamientos una vez más.

Fantaseo con tener a Liliana a escasos centímetros. Con que esté aquí, ahora . Percibo el fantasma de su calor contra mi pecho, el roce casi imperceptible de su respiración en mi cuello.

En mi mente, mi mano asciende por su espalda, trazando la línea delicada de su columna, perdiéndome en ese aroma a vainilla y luz que siempre desprende cuando estoy cerca.

Debería haberla besado hace semanas. Haberla hecho gemir mi nombre… Maldita sea .

De haberlo hecho, al menos ahora tendría un recuerdo al que aferrarme para ahogar este sentimiento de mierda.

Joder , es que no puedo dejar de pensar en qué habría pasado. En qué habría ocurrido si ella no hubiera perdido la conciencia. En cómo se habría sentido su boca contra la mía… o sus manos descendiendo un poco más por mi cuerpo.

Alimento mi propia tortura, recreándolo una y otra vez con una intensidad que me provoca dolor físico, una angustia que se vuelve insoportable cuando soy consciente de que la alejé para salvarla del monstruo en el que me he convertido.

La vibración violenta de mi teléfono sobre la madera húmeda del porche me devuelve a la realidad.

Es Dimitri.

—Belov —respondo, y mi propia voz me suena extraña.

—Tienes que venir. Ahora, Aleksei. Sé de quién se trata.

Me levanto y echo a andar mientras corto la llamada. En los suburbios todo tiene oídos, y las paredes memoria.

Antes de que Dimitri pueda insistir, me monto en el coche y conduzco hacia la City  como si el asfalto ardiera bajo mis ruedas, saltándome semáforos y esquivando el tráfico nocturno. El rugido del motor es lo único que compite con el latido desbocado de mi corazón.

Ni siquiera debería estar tan alterado, pero hay algo… algo que me advierte del peligro.

Aparco en un callejón trasero de la zona industrial, frente a una puerta metálica desconchada que oculta la base de operaciones de nuestro mejor oficial de inteligencia.

Al entrar, el aire me golpea con la densidad de los servidores recalentados y el dulzor rancio del Red Bull  consumido en cantidades industriales.

Dimitri está encorvado frente a su mural de monitores, su silueta apenas iluminada por el parpadeo azulado de los códigos, de los cuales no entiendo una mierda.

Tres latas vacías forman un triángulo sobre su mesa, un pequeño cementerio de bebidas energéticas que delata las noches que lleva en vela intentando perforar la seguridad del cabrón con el que comparto ADN.

Al menos no es cocaína . Pero, aun así, su aspecto es una soberana mierda. Tiene unas ojeras tan profundas que parecen hematomas, y su piel ha adquirido ese tono grisáceo de quien ha olvidado cómo es salir a la calle de día.

Puede que incluso sintiera algo de empatía por él… pero en cuanto abre la boca, esa sensación desaparece, sustituida por algo más oscuro y visceral.

—La prima de Nikolai ha enviado el reporte esta mañana… —dice sin girarse, con la voz temblorosa—. La infiltrada... la que pusimos como doncella en la casa de Petro hace unas semanas. Ha conseguido fotos donde se le ve la cara.

—Enséñamelas —exijo.

El aire a mi alrededor parece enfriarse diez grados.

Dimitri se detiene. Sus dedos se quedan suspendidos sobre el teclado y, finalmente, se gira del todo hacia mí. Su mirada está cargada de una piedad que me dan ganas de golpearlo solo para borrarla de su cara.

¿Por qué coño me mira así? Nunca lo hace. Solo cuando habla de lo que le ocurrió a su chica.

—Aleksei, siéntate. Te lo ruego. Lo que vas a ver... no es algo para lo que estés preparado. Puede afectarte de una forma que no vas a poder controlar.

—No me voy a sentar —siseo, y la mandíbula me cruje por la tensión—. Abre la maldita carpeta, Dimitri.

Él traga saliva mientras asiente, emitiendo un sonido seco que resuena entre el zumbido de los ventiladores. Hace clic  y, entonces, aparece la primera imagen.

Es como un disparo a quemarropa.

Una toma desde atrás: una mujer caminando por los jardines de la finca del pakhan .

El impacto es un tirón violento en el diafragma.

Mi interior la reconoce antes que mi lógica.

Reconozco esa melena larga y castaña que cae en cascada sobre sus hombros; reconozco esa silueta y la forma, casi imperceptible, en que ladea la cabeza al caminar.

Mi mente intenta levantar muros, buscar mil explicaciones, convencerme de que es una simple coincidencia genética. Pero mi instinto —esa bestia que vive en mis entrañas— ya sabe exactamente lo que está pasando.

—Pasa a la siguiente —ordeno.

Mi voz titubea una milésima y el aire abandona mis pulmones como si estuvieran hechos de aristas de cristal.

Dimitri hace clic  de nuevo y, entonces, el jodido mundo desaparece por completo. Se abre un agujero bajo mis pies y me escupe en el infierno.

En la pantalla, ella  aparece de perfil, riendo despreocupada. La verdad aterriza sin piedad en mis costillas, rompiéndolas, reduciéndolas a cenizas.

No es una extraña. No es una enviada desde Italia.

Es mi sol.

Es Liliana.

Mi Liliana.

Un pitido ensordecedor se instala en mis oídos. Es una frecuencia tan aguda que me nubla el juicio. El oxígeno se vuelve denso, casi líquido, en mis pulmones, y el corazón empieza a galopar con una arritmia tan violenta que me provoca náuseas.

Tengo que apoyar la mano en el respaldo de la silla de Dimitri cuando noto cómo el calor asciende por mi nuca, una descarga de adrenalina recorriéndome la columna. Mis pies se clavan en el suelo de hormigón, como si el peso de esta traición me hubiera anclado al centro de la tierra.

Y, aun así, me obligo a parecer una estatua.

Mi rostro permanece vacío. Mi expresión, completamente indiferente.

Tiene que serlo. No puedo permitir que Dimitri vuelva a ver cómo me estoy ahogando por dentro. Una vez ha sido suficiente.

Todos lidiamos con nuestra propia mierda.

No puedo mostrar ni un ápice de debilidad más.

Si dejo entrever lo que ella significa para mí, tarde o temprano esto llegará a Petro… y la utilizará para doblegar mi voluntad.

Mis manos, ahora ocultas en los bolsillos del abrigo, se cierran con tanta fuerza que siento las uñas clavándose en la carne de mis palmas. Me aferro a ese dolor físico como único ancla que me impide perder la puta cordura y destrozarlo todo.

—Hay más —murmura Dimitri, incapaz de sostener mi mirada, ahora ausente de vida—. La espía ha escuchado las conversaciones privadas en el ala oeste. Petro está jugando con ella. La está manipulando, rompiéndola poco a poco. Tanto que ya casi parece ilusionada con la idea de la boda.

El sabor amargo me inunda la boca. La idea de Petro tocándola, de sus dedos sucios recorriendo la piel que yo mismo veneré durante años sin atreverme a rozarla, me despedaza por dentro.

Entonces lo comprendo. Petro no solo quiere el trono. Quiere esto . Mi destrucción absoluta. Quiere que vea cómo mi única debilidad se entrega voluntariamente a él.

¿ Pero cómo carajos ha sabido de ella?

¿Qué tiene que ver Liliana en todo esto, si su único familiar vinculado a este mundo es una rata sin poder ni influencia?

—Y esto acaba de llegar —continúa Dimitri, señalando una notificación roja con el sello oficial de la Bratva—.

Petro ha ido un paso más allá. Ha utilizado el sello de Iván.

Al parecer, el viejo está tan ido que firma cualquier cosa.

Ha enviado una invitación obligatoria a todos los miembros del clan.

Me lanza el documento impreso sobre la mesa. El sello de mi padre brilla bajo la luz fluorescente como una burla sangrienta.

Cena de gala en tres días en la mansión principal.

Nadie puede faltar.

—Va a presentar la gran alianza italiana oficialmente —prosigue, y su voz está cargada de algo que no puede disimular—. Y a ella como su prometida legítima ante toda la familia. Ante los veteranos. Ante tu padre… Ante ti .

Dimitri suelta un suspiro.

—En resumen, quiere que pierdas los papeles, jefe.

Lo sé. Sé perfectamente que Petro ha elegido su jugada y cree tener el as en la manga.

Quiere que me siente a esa mesa, que coma de su plato y contemple cómo le coloca un anillo a la mujer de la que me alejé para no mancharla con nuestra sangre. Quiere que estalle, desacreditarme delante de la Bratva.

Pero lo que él no sabe es que, aunque sea él quien sostenga el fósforo, soy yo quien tiene el poder de reducir todo esto a cenizas.

Ahora que lo sé, me prometo que el control es mío. Y haré lo que sea necesario antes de permitir que ella sea suya.

Cueste lo que cueste. Caiga quien caiga.

Aunque para ello tenga que perder lo poco que queda de mi alma… y arrastrar la de ella conmigo.