Capítulo 6 El peso de la corona. #2
—¡También se ha aliado con los Lombardy!
—grita, desesperado, deseando que pare—.
Ha firmado un trato con la hija del mejor amigo del Capo italiano...
Dice que vienen hombres desde Italia para asegurar que el trono cambie de manos.
Dice que tú solo eres un perro rabioso al que sacrificarán en cuanto muera Iván.
Que él es el nuevo futuro de la Bratva.
Sus palabras sobre los italianos desatan una presión que me oprime el pecho. No es miedo por mi posición; es algo mucho más oscuro, algo para lo ni siquiera tengo tiempo de detenerme a pensar.
Mi mente ahora mismo es un incendio.
Mi hermano está agotando hasta el último ápice de mi jodida paciencia y, aunque el pakhan ha prohibido expresamente que le meta una bala mientras él respire, me planteo seriamente asfixiar a mi padre con mis propias manos para terminar esta mierda antes de que escale.
Pero sé que no puedo.
Matar al líder actual sin que pueda defenderse sería una traición que pondría a todo el clan en mi contra. Aun así, la cólera me invade y el pulso se me acelera ante la idea de tener que esperar.
Petro no es nadie en la Bratva, y mucho menos en Saint Virell. Sus aires de grandeza empiezan a tocarme los cojones.
Me pongo de pie exhalando rabia por cada poro. Ya tengo lo que necesitaba. No voy a perder más tiempo con esta escoria.
Empiezo a caminar hacia la salida, sin molestarme siquiera en sacar el cuchillo de su pierna. Besnik se queda ahí, anclado al asiento, gimiendo clemencia mientras la sangre empapa el terciopelo y empieza a filtrarse hacia el suelo.
—Nikolai, Mikhail… recordadle cómo hacemos las cosas en la Bratva cuando nos traicionan —sentencio, ajustándome la chaqueta.
No necesito mirar atrás para saber que el reservado se convertirá en una carnicería.
Mis pasos son pesados, cargados de una furia que amenaza con desbordarse contra cualquiera que se me cruce.
Petro. Parásito de mierda .
No es más que un puto brigadier, un rango muy inferior al mío.
Un simple oficial al que yo mismo protegí del desprecio de mi padre durante la adolescencia, dándole un lugar en la Bratva.
Lo hice para que su sadismo no lo arrastrara a una fosa común antes de tiempo...
y ahora el muy imbécil cree que puede pasar por encima de mí.
Como si esto fuera una broma.
Como si haberme alejado de ella durante siete años no significara nada.
Sé que lo sabe. Sabe que en la Bratva no existe la línea de sucesión y que, si existiera, la corona seguiría siendo mía.
Aquí nadie es rey o verdugo por derecho de nacimiento; lo somos porque hemos arrebatado más vidas que el resto, porque hemos dado a la mafia más pecados de los que un ser humano podría purgar en doscientas vidas.
El puesto de pakhan se gana. Se merece. No se arranca a dentelladas como un animal carroñero.
Y, aun así, eso es exactamente lo que intenta hacer él: tomar el atajo desleal, traer mil perros desde la miseria de nuestra patria con promesas vacías para luego vendérselos a la Cosa Nostra.
Sé perfectamente que los italianos no perdonan. Que no pactan sin un plan. Y que, por supuesto, ahora mismo estamos en su punto de mira.
Maldita sea. Si a Liliana le salpica una sola gota de toda esta mierda...
Me detengo en la salida trasera, dejando que el aire frío de Saint Virell Coast golpee mi rostro, al ritmo de las enfurecidas olas del mar.
Saco un cigarrillo y lo enciendo, inhalando con una fuerza casi desesperada.
Noto las manos tensas, listas para cerrarse alrededor del cuello de mi hermano y acabar con su vida… esa que debería agradecerme por conservar hasta el sol de hoy.
Exhalo el humo, intentando que la cólera se disuelva con cada calada, pero el mal augurio sigue ahí. Es una sensación física, un peso en el centro del pecho que se retuerce como si algo estuviera a punto de estallar en mi cara.
Nunca había sentido nada parecido. Es como si el aire se hubiera vuelto denso, cargado de una estática que precede a la tormenta.
—Aleksei.
Nikolai sale con cautela de detrás de mí, limpiándose la sangre de las manos con un gesto mecánico.
—Besnik no volverá a hablar. Básicamente, porque le he cortado la lengua.
Sonríe triunfante, enseñándome el colgajo ensangrentado como quien presume de un trofeo de caza.
—¿La quieres o puedo hacerme un collar?
Hago un gesto despectivo con la mano, indicándole que haga lo que le dé la gana, mientras doy otra calada profunda. El humo me quema la garganta, pero es el único calor que tolero ahora mismo.
—Qué puto asco, Niko —masculla Misha, sacudiéndose los restos de sangre del puño—. Ninguna tía se te va a acercar con la peste que suelta esa mierda.
Nikolai le enseña su hilera de dientes perfectos, imperturbable, mientras se pasa la mano por el pelo rubio oscuro, aún manchado de sangre.
—A las mujeres les encantan los que estamos mal de la cabeza, Misha. Les pone cachondas. ¿Verdad, Aleksei? Pierden las bragas en cero coma .
Pongo los ojos en blanco, ignorándolo. Normalmente, su humor me sirve de válvula de escape, pero hoy no tengo cabeza para sus estupideces.
Las piezas del tablero se están moviendo a una velocidad que no controlo, y sé que, si no golpeamos primero, cuando Iván muera, el vacío de poder no será una transición… será una masacre.
—Jefe, entonces, ¿cuál es el plan? —insiste Misha, cruzándose de brazos—. Porque, si lo que decía esa rata es cierto, estamos jodidos de verdad.
—Iván se está muriendo. Tenemos hasta que dé su último suspiro para empezar a actuar —respondocon brusquedad—.
Está claro que Petro quiere que, cuando el viejo caiga, nuestros aliados piensen que él es la única opción segura.
Sabe que dentro de la Bratva no tiene el respeto del consejo; por eso necesita a los italianos.
—Quiere imponer su autoridad con armas extranjeras. A la fuerza —masculla Niko, y por un instante la diversión desaparece de su rostro.
Tiro la colilla al suelo y la aplasto con la suela de la bota, imaginando que es la tráquea de mi hermano.
Sí… eso sería jodidamente satisfactorio.
—Hacer tratos con los Lombardy, sacándolos de la fosa en la que los hemos mantenido todos estos años, es cruzar la línea roja —dice Misha—. Si Petro ha conseguido que se alíen con él, estamos ante un problema político que va mucho más allá de un par de muelles en el puerto, Aleksei.
—Lo sé —reconozco. El eco de mis propias sospechas suena aún más crudo en voz alta—. Tenemos que ser más inteligentes. Averiguar cada detalle de lo que trama antes de que Iván descanse en paz… o lo que sea que haga ese viejo cuando la palme.
—¿Pero cómo? —pregunta Nikolai—. ¿No es más fácil que nos lo carguemos y ya está? Cortamos la cabeza y el cuerpo muere. Fácil, sencillo y para toda la familia. No cabeza, no traición. Total, eres su superior…
Misha respira hondo, mirando a Niko como si estuviera hablando con un niño incapaz de comprender las reglas básicas de la organización a la que lleva más de trece años perteneciendo.
—¿No ves que no, estúpido? Si Petro muere ahora, en estas circunstancias, se desatará una guerra civil que nos dejará vulnerables ante cualquier buitre. El daño ya está hecho. Ahora hay que usar la cabeza.
—¿Estás insinuando que no la puedo usar? La política es mi especialidad… —se rebota, dando un paso hacia Misha.
—¿Sí? Pues tío, no lo parece…
—¿Quieres que te lo demuestre con…?
—Niko, Misha, basta de putas peleas —digo, apretando la mandíbula—. No os preocupéis por eso ahora.
—Pero, Aleksei… —replica Misha.
—No. Dejadlo en mis manos. Por ahora, lo único que quiero es que movilicéis a todos nuestros contactos.
Quiero nombres e información. Esa «prometida» de la que hablaba Besnik tiene que haber dejado rastro si viene del Mediterráneo.
Los Lombardy no tienen descendencia femenina en Saint Virell con la que negociar.
—¿Entonces, qué hacemos? —masculla Niko, aún alterado.
—Avisad a Dimitri —ordeno—. Que rastree las listas de vuelos privadas de los italianos. Si Petro está planeando algo grande para legitimar ese trato, necesito saberlo todo.
—¿Crees que Petro se atrevería a traer a una principessa a la casa de tu padre solo para desafiarte? Él odia todo lo que tenga que ver con Italia, ya lo sabes, hermano —dice el rubio, con un escepticismo genuino.
—Petro se atrevería a quemar el condado entero si con eso consigue que alguien lo llame pakhan —ironizo, sacudiendo la cabeza—.
Investigadla. Quiero saber quién es esa mujer antes del anochecer.
Si es una Lombardy o cualquier otra enviada de la Cosa Nostra, necesito entender los términos exactos del acuerdo antes de que nos jodan.
Asienten y, sin añadir nada más, me subo al coche, deseoso de escapar de este maldito lugar. El rugido del motor al arrancar es lo único que consigue acallar el caos de mis pensamientos.
Mientras salgo del callejón, la premonición vuelve a golpearme con la fuerza de un impacto frontal, pero piso el acelerador del R8 y me alejo de la maldita costa y de su incipiente tormenta, que siempre parece arrastrar recuerdos de mierda de los que no puedo huir.
He conducido sin rumbo y, ahora que estoy aquí… me doy cuenta de que el silencio de mi antigua casa en los suburbios no es el alivio que creía que sería.
Ni siquiera sé por qué he terminado aquí, pero he acabado sentado en el porche de ese rincón que nos vio crecer, a las afueras de Saint Virell, lo suficientemente lejos del ruido y de toda la mierda tóxica de la ciudad.
Este es el único territorio que no está bajo mi jurisdicción, pero necesitaba volver. Necesitaba un segundo de esa paz que mi cuerpo lleva exigiéndome sin tregua durante todo el día.
No ha funcionado.
La sensación que se ha instalado en mis pulmones desde la mañana no hace más que intensificarse.
Alzo la mirada y observo cómo las gotas de lluvia bailan en el haz de luz de una farola, recordándome lo irresponsable que estoy siendo al estar aquí, atrapado en el pasado, mientras mis hombres trabajan y afilan sus cuchillos para la guerra que se avecina.