Ruthless Obsession (Despiadados 1) Capítulo 6 El peso de la corona.
14%

Capítulo 6 El peso de la corona.

Aleksei

El aire en el reservado del Obsidian  es una masa densa de nicotina turca y ese hedor metálico a sudor frío que solo rezuma el miedo cuando se mezcla con alcohol.

Miro a mi alrededor y, de pronto, el estruendo de las conversaciones se corta como si alguien hubiera pasado una cuchilla por las gargantas de los presentes. No necesito empuñar un arma; el sonido de mis botas contra el suelo basta para que los hombres se atropellen entre sí, despejando el camino.

Sus ojos evitan los míos, clavados en el suelo o en sus manos temblorosas, como recordatorio de que, en Saint Virell, nada se mueve sin que su eco llegue a mis oídos.

Todos lo saben .

Al parecer, todos… menos los putos albaneses.

Han empezado a trazar rutas de armamento y drogas a mis espaldas, moviéndose por mis dominios como si este lugar fuera el jodido Disneyland  y Petro, su anfitrión de confianza.

La sorpresa en el rostro de los que se han atrevido a quedarse dice todo lo contrario a lo que me gustaría ver.

No me esperaban.

De verdad piensan que soy una broma.

Avanzo con avidez, notando cómo la sangre golpea con saña mis sienes.

En cuestión de segundos, solo Besnik, el líder del clan albanés, queda frente a mí.

Está paralizado. Tanto que incluso la prostituta que tenía sentada sobre él sale huyendo despavorida, dejando tras de sí un rastro de perfume barato y rancio que me revuelve las tripas.

Hijo de puta.

Mi mandíbula cruje con una fuerza que amenaza con astillarme los dientes. Sería tan fácil meterle un trozo de plomo entre los ojos que apenas puedo pensar con claridad. Dispararle ahora sería un recordatorio directo de que, en esta ciudad, la jerarquía no se discute: se impone con sangre.

Pero no es solo a él a quien quiero ver sangrar.

Mi dedo índice acaricia el gatillo, tentado por la idea de que un cadáver, al menos, no puede conspirar en mi contra.

Sí… quizá debería hacerlo. Quizá debería matarlos a todos y mandar el maldito legado de mi padre a la mierda.

—Aleksei, no te vuelvas loco todavía.

La voz de Nikolai, uno de mis hombres, suena tensa a mi espalda, cargada de una cautela que me enerva aún más. Puedo sentir su mirada fija en la vena de mi cuello, que late como un cronómetro a punto de estallar.

Me conoce lo suficiente como para saber que debe recordarme que, en principio, hemos venido a hablar .

—Sé que Petro ha intentado negociar con los albaneses a tus espaldas, pero necesitamos saber... —continúa en ruso, en un susurro que no dejo terminar.

—Niko, cállate si no quieres que el próximo sonido que escuches sea el de una bala atravesándote la cara.

La advertencia que escapa de mi garganta es un siseo letal que provoca que el silencio vuelva a adueñarse de la sala, roto únicamente por la respiración entrecortada de Besnik.

Al menos… hasta que Misha, creyéndose discreto, masculla entre dientes:

—Déjalo, Nikolai. ¿No ves que está así por lo de la chica ?

Me detengo en seco.

El nombre no sale de su boca, pero el impacto es igual de violento. Un pitido agudo me perfora los oídos, anulando el bajo de la música del club.

La imagen de Liliana —su piel pálida, el rastro violáceo de esa droga en sus venas— me golpea el esternón.

Mis nudillos se blanquean al cerrar el puño, sintiendo un calor oscuro y espeso que me trepa por el cuello hasta nublarme la vista.

Me giro lentamente hacia Misha. Veo cómo se le eriza la piel de los brazos y, aunque es uno de mis hombres más leales, el instinto lo obliga a retroceder un paso, buscando el amparo de las sombras.

Si supieran que cada vez que parpadeo veo la cara de Petro burlándose de mí… Si supieran que el eco de su risa me persigue desde que descubrí que fue él quien trajo al condado la sustancia que casi me la arrebata... ya estarían fuera, cavando sus propias tumbas bajo la lluvia.

Alejo esas ideas de mi mente y doy un par de pasos más hacia mi presa. Alguien tiene que pagar por esto, y no estoy de humor para la puta benevolencia.

—El único motivo por el que aún no estás muerto, Besnik… —empiezo, dejándome caer en el asiento contiguo— es porque Iván aún respira y te tiene un cariño especial.

Apoyo una mano en su hombro. Mis dedos se hunden en el músculo, aplicando una presión que lo obliga a encogerse. Podría dislocarle el brazo entero si apretara un poco más. Aun así, continúo hablando como si nada:

—Pero resulta que se rumorea que nuestro querido Pakhan  está en sus últimos días —siseo con una sonrisa oscura mientras me inclino hacia él—.

Así que te sugiero una de estas dos opciones: una, que empieces a rezar a cualquier dios que te escuche; o dos, que me cuentes ahora mismo a qué mierda juega mi hermano ofreciéndote mis malditos puertos para meter esa droga. ¿Sencillo, verdad?

Besnik traga saliva con dificultad. En un arrebato de valentía suicida, sus dedos tantean la mesa hasta dar con una botella de cristal tallado. Sirve un chorro generoso en una copa; sus manos temblorosas chocan con el vidrio, incapaces de disimular.

Jodido subnormal.

—Aleksei... por favor —murmura, tendiéndome el vaso—. Tómate una copa. No nos volvamos locos. Estamos entre amigos. Solo son negocios... Hablemos con calma.

Observo el vaso. Observo su cara. La audacia de este imbécil sería casi admirable si no fuera tan patéticamente obvia.

Nikolai y Misha sueltan una risa baja. Saben que ofrecerle alcohol a un incendio no apaga las llamas, solo acelera la explosión.

—¿Que me calme? —mi voz es un susurro afilado que corta el aire.

Sus manos casi derraman el contenido al ver que no lo tomo de inmediato, consciente de su cagada. Pero, contra todo pronóstico, tras un instante, acepto el trago.

Observo el líquido ámbar antes de llevármelo a los labios y dar un sorbo lento, saboreándolo con calma.

Ni siquiera ha tenido la decencia de que sea vodka.

El albanés me mira aliviado, convencido de que su estrategia ha funcionado. Cree haber aplacado el desastre.

Le devuelvo el gesto. Y sé que, incluso en la penumbra cargada de humo, puede ver el destello en mis ojos: un cinismo inundado de locura.

Se acabó la puta burocracia.

Antes de que pueda pestañear, estampo el vaso contra el borde de la mesa, haciéndolo añicos, y, en un movimiento ágil, hundo mi cuchillo de combate en su muslo. Lo hago con tal fuerza que el acero se clava en profundidad, anclándolo a la estructura del sofá.

—Estoy calmado, Besnik —respondo, con ganas de estallar en carcajadas—. De hecho, nunca he tenido las ideas tan claras como ahora.

El cabecilla albanés suelta un alarido que me endulza los oídos. Intenta apartarse, pero, antes de que pueda desgarrarse la pierna, lo agarro del cuello de la camisa y lo estampo contra el respaldo.

—Shhh… No grites, grandullón. No querrás que tus hombres vean que eres un mierdecilla —le gruño al oído, con burla, mientras presiono la hoja un poco más—.

El filo está justo sobre la arteria femoral.

Si te mueves o me da por girar la muñeca un par de centímetros, te desangrarás en menos de tres minutos y no habrá torniquete en este puto mundo que detenga la hemorragia.

Así que… ¿vas a empezar a hablar antes de que cambie de opinión o voy a tener que girar?

Ante su silencio, hundo el cuchillo un poco más.

—¿Qué te ha ofrecido mi hermano, Besnik?

El líder albanés hipa, con el rostro bañado en sudor y lágrimas. El pánico ha borrado cualquier rastro de la falsa calma de antes, recordándole a quién no se debe joder en la puta Bratva.

Giro mi muñeca despacio, rozándole la femoral.

—¡Mil hombres! —escupe entre espasmos de dolor—. Dice que ha traído a mil hombres desde Rusia que solo le juran lealtad a él.

Aprieto los dientes. Mil hombres . Eso no es un refuerzo; es una invasión. La antesala de una guerra civil.

—¿Y crees que mil trozos de basura pueden con el clan?

—cuestiono, hundiendo el filo un centímetro más en su carne—.

Sabes perfectamente cómo funciona la Bratva , Besnik.

No eres tan gilipollas. Nadie se sienta en el trono sin el respaldo de los veteranos, por muchos fusiles que traiga de la frontera.

Su pecho sube y baja, pero es lo bastante listo como para entender que su vida depende de la velocidad de su lengua.

—Petro dice que ya no eres nadie, Aleksei... —balbucea, con un hilo de sangre asomando por la comisura de los labios—. Dice que, aunque seas el podruchnik , solo eres el perro faldero de un viejo que se mea encima. Que los puertos, Saint Virell y todo lo que crees poseer será suyo en diez semanas.

La rabia me sube por el esternón y, sin ese collar colgando de mi cuello, no hay nada en esta habitación que mantenga mis pies en la tierra. Ese metal era mi ancla moral, el peso que me recordaba que aún quedaba algo humano en mí.

Pero ahora que se lo he entregado a ella, no me queda nada que me frene.

Aun así, me obligo a seguir escuchando. Es la información que llevamos dos semanas buscando.

Petro sabe de buena mano que tengo al mejor especialista en guerra informática de Rusia en mis filas, un ex-SVR [2]       entrenado para que no se le escape nada. Por eso se ha asegurado de no dejar rastro digital.

Todo lo ha hecho a la vieja usanza: tinta, notas de contrabando ocultas en paquetes de cocaína italiana barata. Un método tan arcaico que ha pasado bajo nuestro radar… hasta ahora.

Después de días investigando a ciegas, una de esas notas ha salido a la luz y nos ha arrastrado hasta este club. Hasta los albaneses.

Los mismos con los que mi padre ha mantenido acuerdos de sangre durante toda su vida. Ratas que, por lo general, se limitan a lamer las sobras de nuestro tráfico de armas… pero que ahora, engordadas por la ambición de mi hermano, parecen creer que pueden morder la mano que les da de comer.

Craso error.

—Sigue —ordeno, moviendo el arma lo justo para que sienta el roce del metal contra el hueso.