Capítulo 5 El secreto de los Volkov. #3
He utilizado un truco de Aleksei para invadir la intimidad del hombre con el que estoy prometida. La ironía es tan amarga que casi puedo saborearla .
El olor denso de Petro impregna toda la estancia: ese perfume amaderado y asfixiante que me revuelve el estómago y me hace querer estornudar.
Joder… podría noquearme solo con su aroma.
—A ver… si yo fuera una mafiosa rusa, ¿dónde guardaría información de interés sobre mi prisionera?
Recorro la habitación con la mirada mientras vuelvo a abrocharme la cadena. Nada de lo que veo es como había imaginado. Si la casa es un derroche de opulencia, esto es el minimalismo en estado puro. El orden resulta inquietante.
No obstante, me niego a rendirme.
No puedo echarme atrás solo porque no tiene el cuarto hecho un mierdero. No sin antes buscar. Debo centrarme en lo que sé: Petro entra y sale del despacho hacia este cuarto con cosas en las manos.
Aquí hay algo. Solo tengo que encontrarlo.
Empiezo por lo más evidente: la mesilla. Mis dedos registran cada hendidura del cajón superior y su interior, pero no… nada. Solo un reloj de edición limitada que me importa una mierda.
Paso a la cómoda. La revuelvo con cautela, pero tampoco. Vacía.
Sigo con el armario: un espacio oscuro y casi siniestro donde los trajes cuelgan con una alineación casi militar. Mis ojos escanean las paredes, el suelo, incluso el techo, y empiezo a sentir cómo la desesperación se abre paso en mi pecho.
Nada parece fuera de lugar. No parece haber nada.
Pero es imposible…
Petro no es alguien que deje cabos sueltos, eso es cierto. Pero también es un hombre que disfruta de sus trofeos.
¿Cómo puede estar todo tan vacío?
—Piensa, Lili —me ordeno en un susurro—. ¿Dónde guardas algo que quieres tener cerca, pero que nadie debe tocar?
¡Haz algo ya!
Me detengo en medio del vestidor y cierro los ojos, obligándome a bloquear los nervios para pensar con la frialdad que exige este momento.
Entonces recuerdo a mí tío y cómo solía fardar de que el mejor escondite no es el más oculto, sino el que desafía la lógica de quien busca.
Los ladrones de pacotilla no se fijan en las simetrías arquitectónicas ni en los pesos muertos. Roban lo evidente, no lo difícil de encontrar . Solía jactarse de que las cosas de madera son el lugar perfecto.
Recorro la línea del zócalo con la mirada. Es una moldura de caoba maciza que delimita todo el perímetro del vestidor.
Si yo fuera él, no usaría una caja fuerte empotrada: se notaría el rastro de los dedos en el metal o el desnivel en la pared. Buscaría algo más bajo, del mismo material que el resto del vestidor, algo que no destaque en absoluto. Algo que requiera agacharse.
Un gesto que un hombre tan arrogante como él solo haría en la más absoluta privacidad.
Me arrodillo y empiezo a presionar la madera centímetro a centímetro. No busco un botón ni un mecanismo evidente. Busco un cliché que he visto antes, en mi propia casa.
Enzo tenía un panel falso en su estudio que solo cedía si aplicabas presión en dos puntos opuestos al mismo tiempo. Nunca me molesté en abrirlo, pero él era lo suficientemente descuidado como para que yo aprendiera cómo funcionaba observándolo desde la ventana de la sala de estar.
Primera cosa suya que me sirve para algo en la vida.
Sacudo la cabeza, apartándolo de mis pensamientos, y tanteo la esquina del fondo, donde el armario se une con la pared. Noto una resistencia distinta, y mi corazón se salta un latido.
El material ahí no suena hueco. Suena… denso.
Hay algo detrás.
Rápido, presiono con el pulgar en la moldura izquierda mientras, con la otra mano, tiro de un pequeño saliente casi invisible en el listón inferior. No cede a la primera, pero insisto, y entonces…
Clac.
El sonido es tan sutil que apenas lo percibo, pero la electricidad recorre mis dedos al ver que una sección del zócalo se ha desplazado un centímetro hacia afuera.
Meto las uñas en la ranura y tiro. El panel se desliza con una suavidad que me hace temblar, y siento los latidos en la sien cuando descubro lo que hay dentro: una carpeta de cuero negro y una caja de terciopelo azul marino.
La tomo con manos temblorosas, analizando cada cosa.
No son documentos financieros. No es el contrato con mi tío.
Son… ¿fotografías?
La decepción me embarga, asumiendo que lo que he encontrado no me servirá de nada. Pero entonces la curiosidad se impone y empiezo a revisarlas con detenimiento, sin entender nada… hasta que mis ojos se detienen en una en concreto.
En ella aparecen dos niños muy parecidos, posando juntos frente a una dacha en algún lugar cubierto de nieve, tan blanco que duele mirarlo.
Mis ojos se mueven hacia la izquierda y asumo que uno de los dos es Petro.
Tiene la misma mirada oscura, como si incluso en la infancia su alma ya estuviera tan corrompida como ahora.
Pero no es eso lo que llama mi atención y me hace querer vomitar, no .
El que la atrae es el otro niño, al que conozco mejor que a mí misma.
No es posible. Me estoy equivocando.
No es verdad. Es una coincidencia.
Aprieto el papel con tanta fuerza que le doblo las esquinas, mientras el resto de imágenes se deslizan de mis manos y caen al suelo. El mundo se detiene bajo mis pies.
Esa sonrisa traviesa, esos ojos que conozco desde que tenía seis años… No es posible .
Le doy la vuelta con movimientos torpes, incapaz de controlarlos, y leo la caligrafía afilada del reverso: Petro y Aleksei Volkov, 2007 .
Se conocen. Y no son amigos, precisamente.
Son sangre .
La verdad cae sobre mí como un balde de agua helada que me hace querer gritar.
¿Aleksei siempre lo supo? ¿Siempre supo que mi padre me vendería al pakhan? ¿Me cuidaba… o solo vigilaba la propiedad de su familia? ¿Forma parte de la mafia? Entonces… ¿por qué hizo eso en la fiesta ?
La rabia empieza a arderme en las entrañas, una furia sorda que me incita a desgarrar las fotos y golpear el suelo hasta hacerme sangrar las manos.
Pero entonces, un sonido metálico anula cualquier rastro de aire en la habitación.
Clic.
El martilleo de una pistola, justo detrás de mi nuca.
—Es de mala educación hurgar en los recuerdos ajenos, dorogaya .
Me quedo paralizada.
No he oído el Bentley. No he oído sus pasos sobre la alfombra. No he oído nada. Y, sin embargo, Petro está aquí, y su voz ya no guarda rastro de la falsa amabilidad de las cenas. Ahora es un filo que promete cortarme en pedazos.
Me giro lentamente, centímetro a centímetro, hasta que el cañón del arma se presiona contra mi frente.
El hombre con el que me han prometido está frente a mí, sin chaqueta, con las mangas de la camisa blanca remangadas y una mirada que es crueldad en su máxima expresión.
La careta de hombre perfecto se ha roto por completo.
—Trece minutos y cuarenta y dos segundos, Liliana . Admito que has tardado menos de lo que esperaba. Se te nota la herencia italiana.
Trago saliva con dificultad, intentando que no perciba el temblor de mis piernas. No temo al arma. Temo lo que acaba de admitir.
¿Sabía que vendría aquí a la primera de cambio?
¿Ha sido todo una trampa?
¿Cómo sabía dónde iba a buscar?
—¿Y bien? —irrumpe en mis pensamientos, apartando el arma de mi frente—. ¿Buscabas algo más? ¿O es que el papel de prometida curiosa te queda mejor que el de sumisa?
—Solo... solo quería conocerte mejor. Saber más de la persona con la que me voy a casar… ¿Es eso un pecado?
Él suelta una carcajada seca que me corta la respiración.
—Odio que me mientan, Liliana. Ni se te ocurra volver a hacerlo.
Se acerca tanto que puedo oler el whisky en su aliento. Me arrebata la fotografía de las manos con una brusquedad que me hace retroceder hasta chocar con el borde del armario.
—Aleksei siempre fue el favorito. Veo que eso no es diferente contigo.
—No es…
Me agarra de la barbilla, obligándome a mirarlo, silenciando mis palabras. Las tripas se me revuelven con fiereza mientras sus dedos se clavan en mi piel con una fuerza que mañana se convertirá un moratón.
Este es su verdadero yo.
—Escúchame bien —escupe cada palabra—. Se acabó tu teatro. Has entrado aquí buscando respuestas, y voy a darte una que te va a encantar.
La expectación se arremolina en mis costillas cuando me suelta de golpe y guarda el arma. Durante un instante, es como si le diera asco tocarme.
Aun así, no tarda en recomponerse. La máscara vuelve a encajar en su sitio, como si nada… con la única diferencia de que ahora sé que existe.
—Por esta vez, dejaré pasar tu curiosidad, querida. Pero grábate a fuego esto.
Su sonrisa es oscura como el ónix, como la obsidiana. Una mueca de satisfacción pura.
Mi boca se abre, lista para escupir una réplica que me devuelva un gramo de dignidad, pero sus siguientes palabras me silencian.
—Debes saber que Aleksei siempre ha tenido un gusto exquisito para mis juguetes, Liliana. Lástima que nunca haya aprendido a conservarlos como es debido…
Se inclina hacia mí, invadiendo mi espacio hasta que su aliento, impregnado de alcohol, es lo único que puedo respirar.
—Prepárate, dorogaya . Dentro de tres días habrá una cena en esta casa. Es tu presentación oficial como mi mujer ante el clan, y quiero que estés perfecta. Estará toda la familia Volkov mirándote.
Su mano asciende por mi cuello, rozando el collar de plata con una familiaridad que me hiela la sangre.
—Absolutamente toda .