Capítulo 5 El secreto de los Volkov. #2
Mi mente evoca a otra persona, y el collar que cuelga de mi cuello empieza a quemarme el pecho con una intensidad insoportable. Es una sensación física: un hierro incandescente fundiéndose con mi esternón, abrasando mi conciencia y arrastrándome de vuelta a esa noche.
Esa en la que mi cuerpo sintió el deseo de otro por primera vez en la vida.
Aún puedo sentir el peso de sus manos en mi cintura, una y otra vez, y la humedad de sus labios deslizándose por mi cuello.
Creo que le odio un poco.
Mucho, en esas noches en las que el silencio lo invade todo y solo puedo pensar en la forma en que me tocaba, con esa sensación de pertenencia.
Tengo emociones encontradas. No puedo evitarlo. Estoy enfadada, pero, al mismo tiempo, cuando me siento sola y el estrés me oprime el pecho, es el recuerdo de sus manos lo que busco. Es su tacto lo que intento recrear.
Los recuerdos son tan vívidos ahora que resulta inevitable. Puedo sentir de nuevo ese calor punzante entre las piernas… y eso es precisamente lo que más me cabrea.
Que no está.
Que estoy atrapada con un hombre que, aunque se le da un aire, solo me provoca repulsión.
La rabia, la nostalgia y otro sentimiento que no sé identificar se mezclan en mi garganta, formando un cóctel amargo que me obliga a tragar saliva con dificultad.
—¡Loca! ¿No ves que la avergüenzas? —Elena golpea a Svetlana en el brazo—. La señorita Moretti hablaba de la boda, no de lo que sea que vaya a pasar en la cama.
—Bueno, Elena… aquí todas sabemos lo que pasa —interviene Katya, defendiendo a su amiga—. Petro va a ser su marido, Liliana puede hablar de ambas cosas con nosotras. Estamos en confianza.
¿En confianza?
Sé perfectamente que todo lo que diga llegará a oídos del futuro pakhan en menos de una hora.
Pero eso es justo lo que deben creer: que soy una estúpida ingenua a la que le ilusiona casarse —a la fuerza—. Que me ruborizo al pensar en las formas en que él quiere aprovecharse de mí. Que eso me gusta.
Qué asco.
—Sí, no me… avergüenza. Sé que es una conversación normal entre chicas —mascullo, fingiendo timidez una vez más.
—Te has puesto roja como un tomate, pero digamos que te creo —se burla Katya, soltando una carcajada mientras ajusta el encaje de mi escote—. No te preocupes, moya liliya, el señor Volkov será delicado contigo… la primera vez.
Contengo la arcada, apretando los puños ocultos entre los pliegues de la falda. Intento que no se note, pero es imposible impedir que la rabia me invada.
Juro por Dios que Petro Volkov no va a tocarme ni un pelo.
Antes muerta.
—Sí, supongo que sí —murmuro, bajando la mirada, mordiéndome el interior de la mejilla para no estallar.
Sé fuerte Liliana. Puedes seguir fingiendo un poco más.
Cierro los ojos, buscando recomponerme, y cuando los abro, veo el trabajo casi terminado, a falta de rematar las costuras. Las tres chicas me observan e intercambian miradas cómplices, asintiendo con satisfacción por el resultado de estas semanas.
No puedo aguantar este circo ni un segundo más .
—Chicas, no puedo creer lo que veo —trago saliva con dificultad—. Muchas gracias por esto, por vuestra ayuda —las miro como si realmente sintiera cada palabra—. Sois estupendas, de verdad, pero estoy un poco cansada. Con vuestro permiso, voy a retirarme.
Svetlana asiente de inmediato, con esa eficiencia robótica que tanto me desespera. Elena, la jefa del servicio de doncellas, se acerca a mí y empieza a ayudarme con la ropa.
—Por supuesto, señorita Moretti —dice, desabrochando con habilidad el corsé que tanto les ha costado anudar—. No queremos que llegue a la cena con ojeras. El señor Volkov se disgustaría mucho.
Entre las tres, me ayudan a salir rápidamente de ese armatoste de tela con una delicadeza que me resulta casi ofensiva. En cuanto el vestido blanco cae al suelo, el aire vuelve a llenar mis pulmones con cierta normalidad.
Por fin me siento un poco más yo… y un poco menos esa marioneta que creen poder controlar las veinticuatro horas del día.
Me pongo la bata negra con rapidez, sintiendo el frío del tejido contra mi piel, todavía encendida por el recuerdo de Aleksei.
Joder.
¿Puedes salir de mi cabeza un segundo?
—¿Te preparamos un té, moya liliya ? —insiste Katya—. ¿O quizá un baño de sales antes de que el señor regrese?
Eso significa que todavía no está en la casa.
Genial.
—No, gracias. Solo... necesito un poco de silencio —respondo, forzando una de esas sonrisas lánguidas—. Tanto hablar de la boda me ha dejado algo abrumada.
—Claro, es normal. Nos retiramos entonces.
Las tres se deshacen en reverencias y halagos vacíos mientras retroceden hacia la puerta, cargando las cajas como si transportaran reliquias.
Unos instantes después, el sonido de la puerta al cerrarse me devuelve por completo la propiedad del oxígeno en la sala.
Por fin puedo dejar de sonreír.
Menos mal.
Camino, con las manos ligeramente temblorosas por la adrenalina, hasta el otro extremo de la habitación y agarro la perilla de la puerta. Me detengo un instante, escuchando, hasta que el último eco de los tacones de las doncellas se pierde en el ala este.
Miro el reloj. No sé cuánto tiempo tengo antes de que el motor del Bentley de Petro ruja en la entrada, pero no voy a desperdiciar ni un segundo más.
Si ese hombre guarda secretos en esta maldita fortaleza, voy a encontrarlos.
Tiro del picaporte y la puerta se abre. Una ráfaga de aire frío golpea mi rostro, tenso por la anticipación. El comienzo de noviembre nunca ha sido tan gélido como lo es en esta casa, pero ni siquiera eso logra detenerme.
Llevo días observando, a escondidas, cómo Petro va y viene de una zona muy específica de la mansión y ahora…
Ahora tengo la oportunidad en mis manos.
Voy a hacerlo.
Miro a ambos lados del pasillo, nerviosa. El corazón me azota las costillas con tanta fuerza que siento el pulso hasta en la punta de los dedos, como una descarga eléctrica que me empuja a correr.
Sé que el despacho sería el objetivo más lógico, pero también el más evidente. Es la zona más vigilada de la casa. Los planes de la Bratva —digo yo— se debatirán allí, y los documentos estarán en ruso, idioma del que no entiendo ni papa.
Conclusión: no me serviría de nada.
Y, para qué mentir, su organización criminal me importa una mierda.
Lo que quiero es encajar las piezas de este puzle que no termina de cuadrar. Saber por qué me tiene aquí, tratándome así. Sé que no es por el acuerdo con la Cosa Nostra; no necesito leerlo para entenderlo. El rumor en los pasillos de que esa alianza no les aporta nada es ferviente, cada vez más.
Pero entonces… ¿por qué?
Mis ojos se clavan en su suite privada. Esa en la que, gracias a Dios, no me ha obligado a entrar, pero que visita con más frecuencia que cualquier otra estancia.
Ese es el único lugar donde el servicio no entra si él no está. El único rincón que hoy no ha sido limpiado .
Avanzo pegada a la pared, intentando camuflarme con el papel tapiz. Evito pasar frente a los ventanales; sé que ahí fuera, entre la niebla del jardín, hay hombres armados que no necesitan ver mi cara para dispararme.
Por eso, cada vez que la madera cruje bajo mis pies descalzos, me quedo paralizada, con el corazón golpeándome contra los dientes, convencida de que el ruido ha sido lo suficientemente alto como para que me cosan a tiros… pero no. Puedo seguir avanzando. Sospechosamente tranquila.
Trato de no darle importancia y continúo con mi cometido. Me muevo con rapidez, pero con cautela, hasta que, tras un minuto que se me hace eterno, llego a su puerta.
La ansiedad me quema los pulmones, recordándome que estoy a un paso de cometer una locura. Aun así, mis manos se mueven solas, sin importar si conservaré o no la cabeza antes de la cena.
Este, con suerte, es el último obstáculo entre mi ignorancia y la verdad . Por eso, aunque me tiemblan los dedos, giro el picaporte con cuidado… sintiéndome condenadamente estúpida en cuanto lo noto.
Está cerrada. Obviamente.
Una maldición silenciosa muere en mis labios y los ojos me arden, frustrados. No debería sorprenderme. Petro no es el tipo de hombre que dejaría su santuario al azar del destino, pero, aun así, la decepción me golpea como una bofetada.
Creí que, por fin, dejaría de ser un mueble. Que sabría algo más.
Estoy a punto de darme la vuelta, de regresar a mi habitación antes de que alguien me descubra y pueda decirle a mi futuro marido que he estado husmeando en su intimidad, cuando un recuerdo irrumpe entre el pánico.
«Si el mecanismo es de doble muesca, solnyshko, no sirve de nada empujar. Tienes que engañar al pestillo, hacerle creer que la llave ya está dentro. Puedes usar cualquier cosa de metal, algo pequeño…».
La voz de Aleksei resuena tan nítida en mi mente que casi puedo sentir el calor de su cuerpo tras el mío, sus manos grandes cubriendo las mías mientras me enseñaba a burlar las cerraduras de un cobertizo cuando tenía doce años.
Me reprendo por permitir que su recuerdo me debilite, pero el pasado me ofrece algo más valioso.
Una solución .
Me desabrocho el collar con manos temblorosas. Sostengo el colgante grabado con nuestras iniciales. Es alargado, pequeño… perfecto. Pero también es un maldito riesgo. Si se rompe, perderé lo único que me queda de él. Sin embargo, no tengo otra opción. No ahora, cuando estoy contra reloj.
Todo irá bien. Me enseñó cómo hacerlo.
Introduzco el dije en la ranura, buscando ese punto ciego del que me habló aquel día. Sudo frío. Mis oídos están tan alerta que el zumbido de la brisa entre los árboles me resulta ensordecedor en este momento.
Muevo el metal con una precisión que no sabía que conservaba, tanteando, rozando el mecanismo interno hasta que, tras un instante agónico, escucho un leve clac .
Casi imperceptible. Pensaría que lo he imaginado si no fuera porque, al girar, el pomo cede bajo mi mano sudorosa.
Entro rápidamente y, tras cerrar, apoyo la frente contra la madera fría. Intento calmar mis pulmones, convertidos en máquinas frenéticas de exhalar.
He entrado.
¡Lo he hecho!