Ruthless Obsession (Despiadados 1) Capítulo 5 El secreto de los Volkov.
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Capítulo 5 El secreto de los Volkov.

Lili

Dos semanas.

Catorce días desmenuzados en amaneceres fríos y noches de una calma que ni en el propio infierno podría respirarse. Veinticuatro horas diabólicas que se arrastran con parsimonia ante mis ojos, segundo a segundo, desde que crucé la puerta de esta maldita villa en lo alto de una colina.

El lugar es una monstruosidad, ubicada en el punto más remoto de las Hills: una fortaleza de mármol rodeada por hectáreas de bosque y un ejército de hombres armados, que intuyo no están allí solo para proteger la propiedad.

Por dentro es exactamente lo que parece: un despliegue absurdo de riqueza. A mí solo me recuerda una cosa: los muros siguen siendo muros, aunque estén hechos de oro. Y mis objetivos siguen exactamente donde estaban cuando crucé la puerta.

No soy más que una prisionera con derecho a vodka que vale más que mi propia cabeza.

No obstante, debo admitir que la tortura no es la que esperaba. El trato que recibo es, irónicamente, mil veces mejor que el que soporté durante los últimos siete años de mi vida, viviendo en casa de mi familia.

Debería entristecerme que un criminal tenga la decencia de tratarme con más respeto —al menos en apariencia— que mi propia sangre, pero no soy tan ingenua. De hecho, no me creo una mierda.

Sé que nada de esto es real. Que no es más que una cortina de humo, una ilusión cuidadosamente construida para que baje la guardia. Pero la verdad es otra: nada de lo que toco me pertenece, y nada de lo que me ofrecen lo quiero de verdad.

Ni siquiera el respeto que los empleados fingen tener hacia mí.

Ellos solo me observan como a un jarrón de valor incalculable: algo frágil que temes romper por las represalias, pero que tirarías a la basura sin pensarlo si tu amo se cansara y diera la orden.

Eso soy aquí: un activo. Un objeto tasado por el mejor postor. Una distracción de lujo destinada a ser mancillada cuando él —o el contrato— lo decida.

Y lo peor es que he entrado por mi cuenta. ¿Para qué?

Para no haber hecho todavía una mierda.

Esa humillación silenciosa es lo que alimenta mi rabia día tras día. Y, aunque por ahora no es más que la chispa de un incendio contenido, me recuerda constantemente mis objetivos.

Me gustaría decir que ya estoy moviendo fichas. Que en estas dos semanas he trazado un plan, aunque sea un esbozo, algo que me acerque a arruinarle la vida a Petro y a mi tío. Pero la realidad es que mis planes de venganza están tan encerrados como yo.

Mi supuesto prometido está en casa casi todo el tiempo, y no hay forma de planear nada con él respirándome en la nuca noche y día.

He intentado otras cosas: provocarlo, hacer que estalle, encontrar su punto débil para que pierda los papeles. He dejado caer todo mi odio en cada cena, he ignorado sus regalos, incluso he escupido en su comida.

Pero el cabrón no cede. Parece que disfruta viéndome rabiar.

Seguro que sí.

Maldito sea.  Siempre hace lo mismo, como si se hubiera estudiado cada uno de mis gustos, como si hubiera leído mi diario de adolescente y ahora lo imitara, intentando parecer una burda copia del tipo perfecto que, hace años, me gustaba.

Quiero decir… ¿paciencia? ¿Flores en la mesilla cada mañana? ¿Chocolate milka ?

Yo solo veo una sonrisa cínica y falsa que me hace querer vomitar. Nada de lo que hace va a funcionar.

Yo ya no soy esa cría.

Y él tampoco es quien pretende ser.

Se le nota en cuanto abre la boca.

«—Sé que es duro que tu vida cambie de la noche a la mañana, Liliana  —me dijo hace un par de días, durante la cena—. Pero, por favor, no me odies. Haré todo lo posible, me esforzaré para que te acostumbres a ser la señora Volkov cuanto antes y tengas una vida plena».

¿Una vida plena?

Sus palabras sonaban dulces, calculadas…

pero no podía apartar la vista de sus manos.

Cortaba el filete con una precisión quirúrgica, como si fuera mi propia garganta.

Hablaba de comprensión y empatía mientras esa sonrisa torcida se le deslizaba por los labios, delatando unas intenciones que dicen mucho más que cualquiera de sus patrañas.

La verdad está en los detalles, y mi única certeza es que Petro Volkov está jugando a algo retorcido con un único fin: manipularme. No sé por qué, pero voy a averiguarlo .

Por eso he cambiado de táctica. Mi nuevo plan es empezar a ser la prometida perfecta para que baje la guardia y revele qué es lo que realmente busca. Voy a fingir que su actitud funciona, que mis defensas ceden y que se está saliendo con la suya.

Sé jugar a esto mejor que él. He pasado años aprendiendo a ser alguien distinta por dentro y por fuera. He perfeccionado el arte de imaginar mil formas de degollar a alguien mientras le doy un beso de buenas noches en la mejilla y la más cálida de mis sonrisas.

Puedo hacerlo.

Lo haré, mientras sigo imaginando, durante las cenas, lo satisfactorio que sería hundir mi cuchillo en su garganta y hacerlo callar. Puedo verme manchando de rojo su impecable camisa blanca, borrando ese rictus de superioridad que tanto me revienta.

Voy a ser más lista. Y cuando descubra qué demonios trama… eso sucederá.

Una sonrisa se me escapa al pensarlo, pero un pinchazo agudo en el costado me saca de mis pensamientos.

¿Cuánto tiempo llevo callada?

¿Cuántos minutos llevo ida, sin enterarme de nada?

Al parecer, los suficientes como para que las dos doncellas que tiran de mí como si fuera una muñeca de trapo, ajustándome el corsé, discutan sobre si es o no de mi agrado.

—¡No dice nada! ¡Lo odia, Svetlana! ¿Qué hacemos? —masculla la morena bajita.

—¡Lo ha elegido el señor Volkov! ¿Cómo va a odiarlo? ¡Además, mírala! ¡Está sonriendo!

La mueca en mis labios me abandona un segundo después, al fijarme en el armatoste blanco reflejado en el espejo del vestidor.

No pienso ponerme esta mierda.

—Es precioso, ¿verdad, Liliana? —insiste Katya, apoyando la barbilla en mi hombro para observar mi reflejo—. Todavía podemos apretarlo un poco más…

Los tirones y la piel de mi espalda frunciéndose en posiciones imposibles bastan para dejarme sin aire y devolverme de lleno a la realidad.

Esa en la que debo ser perfecta. Estar ilusionada.

Joder.

Relajo los hombros, tensos hasta hace un instante, y dejo salir una voz teñida de entusiasmo tímido:

—¡Sí, sí que lo es, Katya!

Ni siquiera reconozco mi propia voz, pero sonrío como si fuera el día más feliz de mi vida.

Las manos que me rodean se detienen en seco, casi sorprendidas por el cambio. Llevan catorce días enfrentándose a silencio y apatía. Lo único que espero es que interpreten esto como ilusión.

—¡Ay, moya liliya [1] ! ¡Sabíamos que te gustaría! —Elena se anima tanto que empieza a medir el bajo con frenesí—. El señor Volkov también está emocionado. Ha llamado tres veces esta mañana para preguntar por el escote. Quiere que sea recatado, que nadie vea de más. Tenemos que darnos prisa.

Sus palabras me golpean como una condena.

Hoy es el único día, en estas dos semanas, que Petro no está en la casa… y aquí me tiene, desperdiciando mi única oportunidad. Aprisionada por tres mujeres rusas que me embuten en esta maldita camisa de fuerza, manteniéndome inmóvil y vigilada mientras el reloj corre en mi contra.

Es como si él siguiera aquí incluso en su ausencia, siempre un paso por delante, asegurándose de que no tenga ni un segundo de soledad para moverme. El aire empieza a faltarme de verdad, y no es solo por el corsé.

Necesito investigar. Necesito salir de esta habitación ya.

Maldita sea. Que se larguen de una vez.

—Aún faltan meses, Elena —respondo con una calma que no siento, apartando su mano de mi cintura mientras fuerzo otra sonrisa—. Ni siquiera hay fecha. Podéis estar tranquilas. Es más, podríamos seguir otro día…

Sé que no va a funcionar, pero tengo que intentarlo.

—  ¿¡ Cómo puedes estar tan tranquila ¡?  —suspira Svetlana, ignorando por completo mi indirecta—. Es guapísimo, te regala de todo... No quedan hombres así en Rusia, Liliana. Eres la envidia de esta casa.

Tengo que contenerme para no empezar a chillar.

No entiendo cómo puede estar tan lobotomizada como para creer que esto es un cuento de hadas.

Me dan ganas de arrancarme el anillo de diamantes que Petro me obliga a llevar y estampárselo en la cara, decirle que sea feliz con él, que le cedo el sitio encantada.

Debería colgarme un cartel en la frente que diga: «Regalo pakhan. Va a ser sacrificado. ¡Que se lo lleve quien lo quiera!».

—¡Claro que estoy nerviosa, Svetlana! Pero tres meses son una eternidad. Quiero tomármelo con calma.

Vuelvo a sonreír, pero la expresión no me alcanza los ojos. Es una mentira que ni yo misma me creo. Tres meses pasan en un parpadeo. El tiempo vuela, directo hacia una bomba que tengo que desactivar, y aquí sigo.

—El tiempo vuela, moya liliya  —interviene Katya, como si me hubiera leído la mente—. El señor dice que la espera ha sido demasiado larga. Quién sabe si no pierde la paciencia y lo adelanta a mañana. Está loco por tenerte en su cama.

Todas ríen con complicidad, pero a mí me golpea como una patada en el estómago. No sé si es un chisme o una amenaza directa; si Petro lo ha mencionado de pasada o si es una guillotina que ya está cayendo sobre mi cuello. En esta casa nunca se puede saber con certeza.

Me esfuerzo para que no se me note el pánico. Me enderezo, forzando a mis pulmones a luchar contra las ballenas del vestido, y suelto otra de mis sonrisas plásticas:

—Eso sería maravilloso. La verdad... yo tampoco puedo esperar más.

La emoción suena convincente, pero tengo la piel de gallina y la bilis apunto de quemarme la garganta.

—¡Ay, Liliana! —exclama Svetlana, dándome un toque juguetón en el hombro—. Es que, cuando pruebes a un hombre ruso, no vas a poder parar. Tienen fuego en la sangre, ya lo verás.

Mis mejillas arden, pero no por lo que ellas creen. No es el rubor de una novia virginal ante la mención de su noche de bodas. Es algo mucho más oscuro.