Capítulo 4 Me lo he imaginado o… ¿Qué diablos sucedió anoche? #3
—Petro… —interviene mi tío Enzo, aclarándose la garganta con torpeza—. Como te decía antes, el protocolo dicta que la novia debe permanecer bajo nuestra custodia hasta la ceremonia oficial, y no...
Petro suspira, un sonido cargado de paciencia fingida, mientras se acerca a Enzo y le apoya una mano en el hombro.
—Enzo, amigo mío, los tiempos cambian… La vida cambia.
Vivir, morir… no sabemos qué nos depara el mañana.
Además, los papeles ya están firmados. Legalmente, Liliana es mi responsabilidad.
Solo falta que Dios y un juez den su aprobación formal, pero, hasta entonces, hagamos las cosas sencillas.
¿De acuerdo? Va a ser la esposa del pakhan, después de todo.
Ya no pertenece a este lugar. Merece más .
Frunzo el ceño, sin entender nada. ¿ Qué mierda quiere decir con eso?
No tengo tiempo de procesarlo, porque Petro se gira como si, de repente, tuviera prisa. Dirige la mirada hacia el hombre que aguarda junto al marco de la puerta: una figura gris, con un maletín de cuero desgastado que desprende un olor rancio a antiséptico.
Siento que el corazón se me va a salir del pecho, porque sé al instante lo que significa.
Maldita sea.
—Este es el doctor Ivanov. No te asustes, Liliana.
Es puro trámite burocrático… —dice Petro, suavizando el tono con una condescendencia que me revuelve el estómago—.
Los Lombardy exigen un certificado para validar el acuerdo.
Es un proceso rápido para confirmar que estás…
intacta. Que sigues siendo la joya que me prometieron.
Joya intacta. Trámite .
Habla de mí como si fuera un maldito coche de lujo que necesita pasar una inspección antes de ser entregado.
Todos los hombres son iguales. Solo… ven esta puta mierda.
La bilis sube por mi garganta, amarga y caliente, pero la obligo a bajar. No voy a darle el gusto de verme vomitar, de verme débil.
Me enderezo y asiento, mirándolo con un rencor tan intenso que apenas puedo contenerlo.
No sé si es por el parecido que creo ver o porque, simplemente, quiero matarlo, pero siento unas ganas irrefrenables de escupirle en la cara. Estoy harta de que mi vida esté en manos de hombres que no saben nada de mí.
Ojalá esa horrible lámpara de araña cayera sobre su cabeza y… pum. A la mierda el pakhan.
—Acuéstate —ordena Ivanov, con una voz carente de humanidad.
Me obligan a tumbarme en mi propia cama, y me prometo que, si sobrevivo a esto, me encargaré de hacerles sentir la misma vergüenza a los tres que están aquí dentro.
Mis manos se clavan en las sábanas, apretándolas hasta que los nudillos se me vuelven blancos.
Mis ojos se fijan en el techo, en esa maldita mancha de pintura que conozco de memoria. La busco como un ancla, intentando disociarme, escapar de mi propio cuerpo antes de que comience esta nueva realidad… pero, por desgracia, no lo consigo.
Siento cada movimiento.
Escucho el chasquido nítido de los guantes de látex al ajustarse en las manos del médico antes de tocarme, y eso… eso es lo más humillante que he oído en mi vida .
Petro no se marcha. Permanece al pie de la cama, con los brazos cruzados sobre su pecho, observando la escena con una mirada que oscila entre la curiosidad y la satisfacción.
No queda ni rastro de la caballerosidad de hace unos minutos.
Ahora es el dueño de lo que soy, supervisándome como si mi intimidad fuera el maldito inventario de turno.
El tío Enzo se mantiene junto a la puerta, dándonos la espalda, pero su silencio cobarde resulta tan opresivo como la presencia del futuro líder de la mafia rusa.
Van a examinarme como a ganado. A mirar donde nadie ha mirado jamás. Y yo lo único que puedo pensar es que ojalá Aleksei me haya dado lo único que le he pedido a alguien en toda mi vida con total honestidad.
A estas alturas, ni siquiera me importa no recordarlo o haber estado inconsciente mientras ocurría.
Solo quiero que mi tío, el que me ha puesto en esta situación, pierda la cabeza.
Que Petro —que aparenta ser el candidato perfecto— pierda los estribos y me dé la oportunidad de intentar acabar con él, alegando defensa propia.
Mi mente se ilumina de pronto, incluso mientras hurgan en mí, y una certeza se abre paso con brutal claridad.
No quiero morir. No ahora .
Quiero vivir lo suficiente para vengarme de todos estos hijos de puta. Pero, sobre todo, para encontrarlo a él y exigirle respuestas.
Hacía años que no tenía un motivo tan claro para seguir respirando. Y ahora lo siento tan real, tan físico… como la presión de esas manos sujetando mis piernas.
El médico mueve sus dedos con indiferencia, explorando, juzgando, midiendo mi valor. No soy una mujer para él, ni siquiera un ser humano. Soy una muestra. Un espécimen que debe ser certificado, como esas vacas japonesas que se venden por miles de dólares en subastas.
Un sonido agudo pugna por salir de mi boca, pero lo acallo mordiéndome el labio inferior hasta hacerme sangre.
La humillación actúa como un ácido, disolviendo, poco a poco, la escasa dignidad que me queda. Me siento desnuda, expuesta, despojada de toda humanidad.
Pero me juro a mí misma que esta será la última vez.
Que, pase lo que pase, el futuro pakhan no obtendrá nada de mí. Ni siquiera… si aún conservo mi virginidad.
No sé cómo lo haré, pero va a pasar.
Él no me arrebatará eso, si es lo último que me pertenece.
Cierro los ojos con fuerza, sintiendo cómo una lágrima traicionera resbala por mi sien. Rezo. No por mi salvación, sino por el final de todos estos cabrones hijos de puta.
Rezo con la esperanza de que, si existe algún Dios ahí arriba, me escuche… o, al menos, me conceda la fuerza necesaria para empezar a luchar.
El silencio se vuelve absoluto… hasta que el médico dicta su sentencia:
—Intacta, señor Volkov. Todo está en orden. El himen está perfecto.
La decepción me invade.
Intacta .
El aire abandona mis pulmones en un suspiro.
Quiero gritar, montar una escena, volverme loca y dejarme arrastrar por cada uno de mis pensamientos intrusivos. Pero, en lugar de eso, me mantengo impasible, mirando al hombre con el que quieren que me case, sintiendo la hiel acumulándose, lista para escapar.
La contengo.
Me limito a observarlo, esperando que perciba mi desprecio, esperando que intuya la amenaza en la que, lo juro por mi vida, me convertiré algún día.
Sin embargo, no parece verlo.
Petro sonríe, enmarcando una expresión de triunfo absoluto, y se acerca a la cama, ofreciéndome la mano para ayudarme a levantarme con una delicadeza que me resulta más violenta que cualquier golpe que me haya dado mí tío.
Sus dedos rozan mi muñeca, justo donde Aleksei me sujetó anoche, y el gesto me marea. Siento un impulso animal de morderle la mano, de arrancarle los dedos uno a uno.
—Lo has hecho muy bien, dorogaya —susurra, mientras me roza la mejilla, llevándose el rastro de mi lágrima—. Ahora deja que mis hombres se encarguen de tus maletas. Te vienes a casa.
« Casa ». La palabra me golpea como una blasfemia.
Me obligo a ponerme de pie, ignorando su mano extendida. Mis piernas aún tiemblan, pero mi columna se mantiene rígida, sostenida por algo jodidamente visceral.
Me acomodo el camisón y noto el bulto del colgante de Aleksei escondido contra mi pecho, una pequeña llama que me recuerda, de forma retorcida, cuál es ahora mi propósito.
Petro —ajeno a lo que pasa por mi mente— se gira hacia Enzo con una condescendencia mortal.
—Ya hemos terminado aquí, Moretti. Gracias por la hospitalidad, pero mi prometida tiene un nuevo hogar que atender. No te molestes en despedirte. Nos enviaremos los informes de seguridad en unas horas.
Enzo ni siquiera me mira. Se queda ahí, pequeño y cobarde, como nunca lo había visto, mostrando lo que realmente es, mientras los hombres de Petro invaden mi habitación para desmontar mi vida entera y guardarla en maletas.
Cierro los puños, clavándome las uñas en las palmas.
Miro a Petro, que me espera junto a la puerta con una paciencia que no me creo.
—¿Nos vamos, Liliana? —pregunta con una suavidad que hace hervir mi sangre.
Y, antes de responder, me hago una promesa:
Si existe un lugar en el infierno, voy a hacer todo lo necesario para ganármelo por méritos propios.
Si ellos quieren una joya, seré un puto cristal roto.
Si quieren una esposa sumisa, descubrirán que han metido a la peor de las víbora en su cama.
Voy a ser una pesadilla.
—Vámonos.