Capítulo 4 Me lo he imaginado o… ¿Qué diablos sucedió anoche? #2
No soy capaz de dar ni tres pasos cuando algo tira de mi brazo con una fuerza que me deja sin aire. Suelto un segundo grito, despertando definitivamente a media calle, y justo antes de estrellarme contra la dureza de su pecho, Aleksei me rodea, atrapándome de nuevo en sus brazos.
Su barbilla se apoya sobre mi coronilla, como si presumiera de su nueva altura.
Maldito niño ruso.
—No te vas a ir de aquí hasta que no me des esa cosa envuelta —sentencia. Su voz vibra contra mi pelo.
—¡No! ¡Suéltame! ¡No es para ti! —chillo, aunque mi resistencia es nula.
Mi corazón golpea contra sus costillas con tanta fuerza que estoy segura de que puede sentirlo… oírlo, incluso.
Casi puedo notar cómo alza las cejas.
—Solnyshko... —Su voz se suaviza, casi suplicante—. Estás en mi puerta, a medianoche, con una caja de regalo en las manos. ¿A quién pretendes engañar?
Me rindo.
Mis hombros se hunden y me giro entre sus brazos, dándome cuenta demasiado tarde de que su rostro está a escasos centímetros del mío.
Doy un paso brusco hacia atrás, creando una distancia que me permita respirar, y le tiendo la caja sin ser capaz de sostenerle la mirada.
Voy a matar a Jessica. Voy a matarla lentamente por haberme convencido de esto.
Noto cómo sus dedos largos toman el regalo. Se hace un silencio absoluto, una eternidad en la que solo escucho mi propia sangre retumbar en mis oídos.
Esto ha sido una pésima idea.
—Liliana... —La forma en que pronuncia mi nombre me acelera el corazón. Suena extraño, como si acabara de recibir un golpe directo en el estómago.
¿Lo odia?
—¿No te gusta? Es infantil, ¿verdad? Sabía que no debía... —Las palabras se atropellan al salir.
Es solo un pequeño colgante, con un dije de plata alargado que lleva grabadas nuestras iniciales en la parte trasera. Una bobada. Ridícula.
—Es la primera vez que alguien me regala algo.
Antes de que pueda procesarlo, sus brazos vuelven a rodearme, pero esta vez no es como siempre. Es un abrazo real.
Como si se aferrara a mí.
Como si yo fuera un salvavidas en mitad de una tormenta… o el último trozo de pizza en una fiesta.
En ese momento, en esa calle oscura de los suburbios que nos vieron crecer, no supe que aquel sería el primer abrazo honesto que me daría...
Ni que el destino se encargaría de convertirlo en uno de los últimos recuerdos felices de mi vida.
Cuando ese día de hace diez años se disipa de mi memoria, comprendo la verdad.
Lo de anoche no fue un sueño ni una alucinación etílica.
Sucedió.
De hecho, sucedieron muchas más cosas de las que creía.
Cierro los ojos y, de repente, el día de ayer vuelve con nitidez a mi mente, devolviéndome a la penumbra de aquel armario.
Lo recuerdo todo. Lo siento todo.
Vuelvo a percibir la presión de esa mano fría en mi muñeca, el calor de aquel pecho. Recuerdo la confusión, la anticipación punzante y la voz... esa voz grave que pronunciaba mi nombre como si fuera un secreto prohibido.
—¿Aleksei? —susurro de nuevo, ahora en la soledad del baño, y el nombre me sabe a hiel.
Me llevo los dedos a la garganta, notando en cada poro de mi piel el eco de lo que ocurrió allí.
Maldita sea.
¿He perdido la virginidad con Aleksei Volkov?
No lo tengo claro.
Mi respiración agitada empaña el espejo. Inspiro con dificultad, ayudándome de una mano apoyada sobre el cristal frío para no caer.
Recuerdo la voracidad de sus besos ascendiendo por mi cuello, la forma en que me obligó a arquear la espalda. Recuerdo cómo mis piernas cedían, el mareo apoderándose de mí… y ese destello de azul gélido antes de que todo se convierta, de nuevo, en lagunas y preguntas sin respuesta.
¿Qué pasó después? ¿Estoy segura de que esto es real?
¿Cómo y cuándo llegué hasta mi casa?
¿Qué hacía él allí?
¿Dónde ha estado estos años?
¿Y si me estoy equivocando? ¿Y si lo estoy confundiendo con otro chico?
No. No lo estoy haciendo.
Me llamó solnyshko. Nadie más me llama así. No le vi la cara, pero lo sentí, lo escuché… sé que era Aleksei.
Pero tengo una manera de saber si mi cordura se perdió en el alcohol anoche, o si todo es real. Si este es su collar, nuestras iniciales deberían estar talladas en él.
El corazón me golpea el pecho cuando le doy la vuelta al colgante y lo veo.
«L.M y A.V»
Joder, no. Sí que estuve con Aleksei. Él sabía que era yo y no dijo nada. Me hizo cosas que ningún hombre me ha hecho jamás y volvió a marcharse de mi vida sin explicaciones, sin decirme adiós.
No sé cómo sentirme. Todo se me viene encima de un momento a otro. Quiero golpearle. Quiero exigirle respuestas. Pero no está aquí.
Solo está la estúpida cadena que le regalé cuando tenía catorce años… recordándome, de una forma macabra, que se alejó por decisión propia.
¿Por qué vuelve ahora? ¿Por qué me hace esto?
Mis emociones se mezclan y estallan en un sollozo inesperado, amargo, que escapa de mis labios sin permiso y rebota contra las paredes del baño.
Las lágrimas, que durante años me han sido ajenas, comienzan a brotar sin control, deslizándose por mis mejillas.
Ni siquiera entiendo por qué estoy llorando así, pero el pecho se me comprime con tanta fuerza que olvido cómo respirar.
Es como si estuviera dentro de un incendio y las llamas consumieran todo el oxígeno antes de que pueda entrar en mi maltrecho cuerpo.
Me siento patética. Más vulnerable que nunca.
—Volviste... —murmuro para mí misma—. Volviste… y no me has sacado de este maldito lugar.
El collar brilla en mi garganta, impasible, reflejando mi propia condena. No sé por qué me ha hecho esto. ¿Qué pretendía? ¿Que supiera que él ha tomado mi virginidad? ¿O todo lo contrario?
¿Quiere que entienda que se ha ido para siempre de mi vida y que me devuelve el collar porque no quiere volver a verme?
¿Cómo debo interpretarlo?
No sé qué más ocurrió en aquel armario, ni cuáles fueron sus motivos. Solo recuerdo su aliento contra mi frente… y todo volviéndose oscuro sin más. Ni siquiera recuerdo cuándo me puso el dichoso collar.
¿Fui yo quien se lo quitó? No… él no lo llevaría puesto después de tantos años. ¿Entonces por qué lo tengo yo ?
La única certeza que poseo ahora mismo es que fue él. Que ese hombre con el que jugué a siete minutos en el paraíso era Aleksei.
Sea como sea creo… que le odio.
Le odio por lo que ha hecho. Porque si hubiera sabido que era él, habría podido cambiar el maldito curso de mi vida.
Habría huido con él a cualquier lugar.
El sonido de unos pasos en el pasillo me obliga a tragarme el llanto. La puerta de mi habitación se abre de golpe, haciendo vibrar los cristales.
—¡Liliana! —la voz de mi tío Enzo atraviesa la madera del baño como una puñalada—. ¡Sal de ahí ahora mismo!
El pánico y el odio luchan por apoderarse de mi respiración. Me miro por última vez en el espejo, secándome las lágrimas con una brusquedad que me irrita la piel.
Si hoy voy a morir, no pienso permitir que ningún hombre merezca mis jodidas lágrimas.
Ni siquiera él .
Si nadie va a salvarme… a la mierda. Lo haré yo misma o moriré intentándolo.
Abro la puerta del baño con cautela, esperando que Enzo me golpee por haber destrozado su Aston Martin o por cualquier otra cosa… pero no.
Lo que encuentro es un escenario que no esperaba en absoluto.
El tío Enzo está de pie junto a la ventana, jugueteando con su enorme anillo de oro, visiblemente nervioso, mientras un hombre desconocido ocupa el centro de mi habitación, como si esta casa —y todo lo que hay dentro— le perteneciera.
Al verme, sus ojos se iluminan con una cortesía ensayada, y avanza hacia mí con una elegancia que me descoloca.
Es el tal Petro . No tengo ninguna duda.
—Liliana —su voz es profunda, suave, con un leve acento eslavo—.
Por fin tengo el placer de conocer a la mujer que ha ocupado mis pensamientos estos últimos días.
Por favor, perdona la intrusión. Sé que no es cortés irrumpir así en la habitación de una dama, pero no podía esperar ni un minuto más para presentarte mis respetos.
¿Y este es un mafioso?
No puedo negar que, a primera vista, no es el monstruo de sesenta años deforme que mi imaginación había dibujado. No es feo. En absoluto. Pero tampoco siento la más mínima atracción por su porte calculado.
Y qué diablos… ¿Respetos?
Respetos, mi culo. Solo quieres comprobar si sigo siendo tu perfecta compra virginal. Y, si no lo soy, sé que intentarás separarme la cabeza del cuerpo sin pestañear.
Veremos quién lo consigue primero .
El tal Petro es joven. Veintimuchos, quizá rozando la treintena. Es imponente, sí, pero no luce como el próximo líder de la Bratva… ni nada parecido.
Me esperaba a alguien más… ¿letal? ¿Grande?
No lo sé.
De todas formas, no puedo evitar sentirme abrumada, porque, a medida que se acerca, un parecido inquietante me pincha en las costillas.
¿Estoy volviéndome loca… o realmente se parecen?
Me quedo absorta e, instintivamente, me llevo la mano al cuello, cubriendo el collar. Retrocedo, pero él avanza hacia mí con pasos más ligeros, deteniéndose a una distancia prudencial, como si no quisiera asustarme.
No estoy asustada. Estoy alerta .
Ladea la cabeza, observando el brillo del metal que asoma entre mis dedos con una curiosidad que parece genuina.
—Vaya... —murmura, y por un segundo veo un destello de extrañeza en su mirada. No sé por qué eso me hiela la piel—. Un detalle bastante curioso. Veo que los Lombardy saben cómo tratar a una futura Volkov. Te queda… exquisito.
¿Lombardy? ¿Qué tiene que ver aquí la familia amiga de mis padres?
¿Acaso ellos tienen… algo que ver con todo esto? ¿Estarán, como mi tío, dentro del mundo criminal?
No sé qué me sorprende. A estas alturas, después de descubrir que incluso mi padre estaba dentro de la Cosa Nostra, ya nada debería resultarme extraño.
Aún así, un escalofrío me recorre desde los pies hasta la espalda.
No sé por qué supone de dónde ha salido el collar, pero lo que tengo claro es que ignora que otro hombre me besó en el cuello anoche en una fiesta… y que, posiblemente, tomó aquello que él, tan ansioso, ha venido a buscar desde la otra punta del mundo.