Capítulo 4 Me lo he imaginado o… ¿Qué diablos sucedió anoche?
Lili
El sol taladra la piel de mis párpados con una insistencia cruel, como si quisiera perforarme el cráneo igual que se atraviesa una sandía.
Joder .
La angustia se instala en mi pecho, aferrándose a mí como un parásito que reclama su lugar. Siento como si un camión me hubiera pasado por encima ocho veces seguidas.
Dios, necesito vomitar .
Me giro hacia el lado de la cama y hundo la cara en la almohada, tratando de contener una arcada violenta. Pero ni siquiera el malestar físico es suficiente para impedir que los recuerdos me asalten.
Antes de que logre despertarme por completo, me golpean con brutalidad, como fotogramas sueltos de una tétrica y ridícula película de terror.
Ayer fue mi cumpleaños. Me prometieron al líder de la Bratva. Robé el coche del tío Enzo. Conduje hasta el puerto y me emborraché hasta el punto de no recordar nada.
¿Estoy realmente viva? ¿O este dolor es la antesala del infierno?
Mis ojos se abren de par en par, luchando contra una luz que me hace lagrimear. Durante un breve instante, la claridad que se filtra por las rendijas de las persianas me ciega. Es solo un segundo, pero suficiente para que mi cerebro se llene de preguntas.
¿Dónde estoy? ¿He perdido la virginidad? ¿He conseguido joder el trato de mi tío… y ahora está criando malvas?
La primera de mis dudas se resuelve rápido cuando logro enfocar. Reconozco el dibujo exacto del techo de pladur y esa mancha de pintura que suele darme TOC cuando no puedo dormir.
Estoy en mi habitación.
Sola.
En una celda que conozco demasiado bien.
El estómago vuelve a contraérseme con tal fuerza que temo que se desgarre. No sé si es por los restos del whisky escocés que aún fluye por mis venas o por la decepción amarga de saber que, probablemente, he fracasado en la única misión que me he impuesto en la última década.
¿Tan indeseable soy? ¿Ni siquiera un par de tipos borrachos y desesperados en el muelle han querido follarme? ¿O es que la maldición es real?
Bajo la mirada hacia mi cuerpo, buscando desesperadamente alguna pista, una marca, cualquier señal que confirme que he dejado de ser esa propiedad intacta que mi tío puede intercambiar con ese pakhan de mierda.
Pero lo único que encuentro es que ya no llevo ese vestido azul carísimo. En su lugar, llevo un camisón rosa de satén que no reconozco y cuyo puto origen desconozco por completo.
¿Será de Isobel…?
Eso sería un desastre. Significaría que saben lo que hice, pero…
No. No puede ser. Si eso fuera verdad, ya debería estar recibiendo una paliza.
Todo es demasiado extraño.
Intento obligar a mi mente a reconstruir lo sucedido, a recordar en qué momento llegué hasta mi cama o qué pasó con el coche de mi tío. No recuerdo haber conducido de vuelta. Sé que no estaba en condiciones para hacerlo. De hecho, ya estaba perjudicada cuando salí de esta casa.
Si hubiera intentado conducir por las carreteras del acantilado, estoy segura de que mi cuerpo habría terminado despedazado entre los hierros y las rocas.
Honestamente, ojalá hubiera sido así.
Porque el destino que me espera hoy es peor que la muerte.
Observo la habitación con un atisbo de paranoia. ¿Cómo es posible? Todo está en su sitio, con una simetría inquietante, y el silencio sepulcral de la casa sugiere que el caos que provoqué anoche nunca existió.
Si el tío Enzo se hubiera enterado, sé con absoluta certeza que no estaría despertando intacta. Estaría luchando por una bocanada de aire, con la cabeza sumergida en algún balde de agua helada, recordándome cuál es mi lugar en esta familia.
¿Me lo habré imaginado todo? Es probable. A estas alturas, empiezo a dudar de mi propia cordura. Quizá la valentía fue solo un brote psicótico momentáneo provocado por el miedo. Quizá simplemente bebí sola en el salón hasta perder el conocimiento… e imaginé todo lo demás.
Diablos, tiene sentido. Pienso las cosas, pero no las llevo a cabo. Acallo esa parte de mí. Siempre lo intento, lo contengo. Lo hago porque no está bien, porque no es moralmente correcto…
Pero esta vez recuerdo con claridad la determinación palpitando en mi sistema nervioso. La decisión. El frío de la noche besándome el cuello. Y ese olor extraño, pero exquisito, a cuero y vodka que aún parece adherido a mi piel.
¿Ha sido un sueño?
La sensación es la misma que aquella vez: un vacío en mi memoria, un agujero negro que parece imposible de rellenar.
La parte buena —si es que la hay— es que, si todo ha sido un espejismo provocado por la borrachera, al menos me ahorraré la paliza de buena mañana.
Exhalo un suspiro que hace temblar mis labios. Lo mejor sería que nada hubiera pasado… pero no me cuadra.
Siento la cabeza pesada, como si fuera de plomo, incapaz de pensar con claridad. Es como si hubiera dormido diecisiete horas seguidas… o como si estuviera bajo el efecto de diez gramos de Lorazepam .
Quizá debería haberlos tomado.
Dormir para siempre no suena como una mala idea.
Me obligo a incorporarme, aun con esos pensamientos pasivos rondándome, pero ni siquiera puedo profundizar en ellos porque, en cuanto mis pies tocan la alfombra, el mundo se inclina de forma vertiginosa, llevándome casi de bruces al suelo.
La habitación gira. Las paredes se curvan.
Tengo que apoyarme en la cómoda, enterrando las uñas en la madera barnizada, para mantenerme en pie.
Me siento extraña. Como si cada centímetro de mi piel ya no me perteneciera.
Hay algo importante que se me escapa. Algo que amenaza con estallar en mi cara.
Quizá sí pasó algo.
Quizá ya no soy la misma.
Quizá, después de todo, sí he perdido la virginidad.
Cuando el mareo remite, me dirijo al baño con pasos torpes, como si parte de mis músculos aún no hubiera despertado. Apoyo las manos sobre el mármol frío del lavabo y respiro durante unos segundos, preparándome para lo que el espejo vaya a mostrarme.
Tengo miedo de que no sea nada. De que esté completamente loca.
Pero cuando, por fin, reúno el valor para alzar la vista, el aire se atasca en mi tráquea.
Mis manos ascienden hacia mi cuello antes de que mi mente procese la orden. Una presión gélida y metálica rodea mi garganta y sé, de forma instintiva, que no son los gritos lo que me está asfixiando.
Bajo la mirada… y mis piernas tiemblan.
Él.
Su collar.
El pasado me sacude con violencia.
Saint Virell, 2016
El frío de la medianoche se cuela por las costuras de mi chaqueta, pero el calor que desprenden mis palmas es tal que temo que el papel de regalo acabe humedecido.
Sostengo la caja contra mis costillas con una fuerza absurda, sintiendo el cartón clavarse en mi piel, mientras una voz en mi cabeza no deja de repetirme que esto es una estupidez monumental.
No debería haber escuchado a Jessica. Jamás he hecho algo así. Él y yo no somos «ese» tipo de amigos que se hacen regalos.
Maldita sea.
Aleksei va a pensar que soy ridícula. Me lo imagino perfectamente: alzando esa ceja con arrogancia, soltando una carcajada seca y recordándomelo durante los próximos diez años, igual que hizo aquella vez que mis patines nuevos decidieron traicionarme delante del vecino que paseaba al perro. Estuvo semanas burlándose, imitándome.
Una sonrisa involuntaria se dibuja en mis labios, a pesar de los nervios. Maldito engreído.
Lo cierto es que, debido a su ausencia casi total estos últimos meses por el barrio, le echo de menos. Echo de menos a mi mejor amigo, al chico que me escucha como si mis problemas absurdos fueran los únicos del mundo.
Últimamente, algo ha cambiado. Él está raro… y no hablo solo de su actitud. Hablo de su estúpida cara, de su estúpido cuerpo… de su estúpida altura.
¿Qué demonios ha cambiado tanto? ¿Por qué se me detiene el pulso durante un milisegundo cuando sus ojos se clavan en los míos?
¿Y, sobre todo, por qué, de repente, todas mis amigas se quedan sin aliento cuando él pasa por delante?
Antes era solo Aleksei, mi vecino y amigo de la infancia. Ahora es una fuerza de gravedad a la que todas las chicas de mi curso parecen querer orbitar.
—¿Buscabas a alguien, solnyshko?
El susurro me roza la nuca antes incluso de que perciba su presencia.
Grito, con un sonido agudo que rompe la calma del vecindario, y pierdo el equilibrio de forma patética. Siento que el suelo va a recibirme con los brazos abiertos, pero antes de que eso ocurra, unas manos grandes y firmes me sujetan por la cintura con una agilidad que no debería ser normal.
El impacto no llega, pero la caja se me escapa y cae sobre el asfalto con un golpe seco.
—¿Lili, estás bien? ¿Ha pasado algo? —Su voz, ahora más grave y teñida de una preocupación genuina, me obliga a alzar la vista.
Me quedo sin aliento. Intento articular palabra, pero sus ojos azul oscuro brillan bajo las farolas, clavándose en los míos con un ímpetu que me marea.
Estamos tan cerca que puedo oler el jabón de su piel, el tabaco del cigarro que estaba fumando y la gasolina de la moto nueva que acaba de comprarse.
El silencio se alarga, cargado de algo que no sé nombrar.
—Es tu cumpleaños —murmuro por fin. Mis pulmones parecen haber olvidado cómo funciona el oxígeno.
¿Cómo puedo ser tan tonta como para olvidar algo tan básico?
Una media sonrisa asoma en la comisura de sus labios. Sus manos siguen firmes sobre mi cintura, y noto cómo la calidez de sus dedos se propaga hasta mis mejillas.
—¿Estás despierta pasada la medianoche solo por mi cumpleaños? —Su tono es burlón, pero hay algo extraño en su mirada—. Nunca habías hecho algo así.
El calor en mi cara es insoportable a este punto. Le doy un pequeño empujón, quizá demasiado brusco, y me agacho a recoger la caja del suelo.
Quiero que la tierra se abra, me trague y me escupa en otro continente, lejos de él… y de esa cara.
—Olvídalo, es una tontería. Me voy a casa.
Señalo la puerta de al lado con un gesto torpe y empiezo a caminar, sintiéndome tan avergonzada que preferiría convertirme en una babosa ahora mismo.