Capítulo 3 Alguien va a perder la cabeza —literalmente—. #4
Mis ojos no se han apartado de ella en horas, esperando una señal, un sonido, cualquier cosa que me diga si debo empezar a rezar a un Dios en el que no creo… o si tengo que comenzar a destruir el mundo por mi maldita incompetencia.
Finalmente, tras otro lapso interminable que me hace querer reventarme las pelotas de la ansiedad, el siseo de la puerta automática rompe el silencio.
Belementov, el jefe médico, sale quitándose los guantes de látex con una calma que, en cualquier otro momento, me parecería profesional, pero que ahora mismo me dan ganas de estamparlo contra el mármol y abrirle la cabeza.
No habla lo suficientemente rápido. No para el ritmo al que mis pensamientos me avasallan .
Me despego de la pared, casi abalanzándome sobre él, listo para cumplir mi amenaza.
El hombre palidece al instante, pero mantiene la compostura. Sabe que su vida depende de las palabras que salgan ahora mismo de su boca.
—Señor Volkov —dice, con voz baja y controlada—, respire. Las noticias son buenas.
Siento que el aire vuelve a mis pulmones en un golpe dolorosamente certero. No respondo; solo inclino la cabeza, exigiéndole que continúe.
—Hemos analizado la muestra de sangre —continúa, ajustándose las gafas—.
No es GHB ni ninguna sustancia letal. Se trata de una variante de una benzodiazepina de acción rápida, nueva en el mercado, que, combinada con el alcohol que ya tenía en el sistema, ha provocado una pérdida de consciencia casi inmediata.
Es una dosis baja, diseñada para dejar fuera de combate durante un par de horas, no para causar un fallo sistémico fatal.
En conclusión, su corazón no va a fallar.
—¿Seguro? —pregunto con brusquedad, agarrándolo de la bata.
—Seguro, señor Volkov. Absoluta e inequívocamente seguro.
El aire termina de llenar mis pulmones y parte del peso que me aplastaba los hombros se disipa.
—¿Y bien? ¿Cuándo va a despertar? —La urgencia se filtra en mi voz, mucho más desesperada de lo que debería.
—Dormirá toda la noche, señor. Es lo mejor para ella.
El suero que le estamos administrando limpiará los restos del fármaco del torrente sanguíneo sin necesidad de más intervención.
Mañana despertará con una ligera pesadez, como una resaca, pero nada más.
Su vida no corre ningún riesgo. Está… descansando.
Esa información golpea mi pecho con más fuerza que el miedo.
Está viva. No va a morir entre mis brazo s . No correrá la misma suerte que ellos por mi culpa.
—¿Va a recordar algo de lo que ha pasado? —mascullo, recordando la forma en que mi nombre escapó de sus labios.
—Es incierto, señor Volkov. Lo más probable es que no. Dada la combinación, es posible que sus recuerdos estén alterados y que se sienta confundida al despertar.
Asiento una sola vez, una orden silenciosa para que se retire.
Me doy la vuelta y entro en la habitación con pasos sigilosos. Me acerco a la cama y me quedo allí, observando el ascenso y descenso rítmico de su pecho. Como he hecho durante todos estos años… pero esta vez con el temor real de perderla.
Joder, esto no es bueno.
— Solnyshko… —susurro, rozando apenas su mejilla con los dedos manchados de sangre—. Lamento que tu cumpleaños haya empezado así.
Sin pensarlo demasiado, me quito el collar que llevo al cuello —el mismo que ella me regaló hace más de diez años— y se lo coloco con cuidado alrededor de la garganta.
No debería hacerlo. Pero, una vez más, esa parte egoísta de mí gana. Esa que quiere que Liliana sepa que lucho contra lo que soy, contra lo que me dicta mi propia naturaleza.
Me levanto de golpe y salgo de la habitación sin mirar atrás, porque sé que, si lo hago, no podré irme.
Tengo una ciudad que purgar antes de que despierte y regrese a su vida.
Pero antes de que dé dos pasos por el pasillo, Dimitri emerge de las sombras de la galería, apresurado.
—Aleksei, sé quién le dio las pastillas al camarero.
—¿Y bien? ¿Ya lo habéis capturado?
Dimitri se remueve, esquivando mi mirada de una forma que jamás le había visto. Es un hombre de guerra, alguien que ha soportado pérdidas que pocos podrían resistir… y, aun así, ahora parece inquieto.
Está entrenado. Todos lo estamos. No debería reaccionar así.
—No sé cómo decirte esto, jefe…
—Solo suéltalo, Belov. Maldita sea, no tienes cinco años —bramo, notando cómo mi paciencia se agota.
—El cargamento llegó de forma imprevista esta noche desde Moscú —dice, como si las palabras le quemaran la lengua—. Venía firmado con el apellido Volkov. Los testigos en el puerto juran que fuiste tú quién dio la orden, pero...
Mi ceño se frunce con dureza, pero él continúa antes de que mi confusión lo condene:
—Sabemos quién es.
No hace falta que termine la frase. De algún modo retorcido, ya lo sé.
Petro .
—Tu hermano está en Saint Virell, Aleksei.
El aire se enfría, como si el invierno ruso se hubiera filtrado por los pasillos de mi casa. Lo siento en la boca del estómago, una certeza asesina que solo puede significar una cosa.
Sabe que nuestro padre se está muriendo… y no ha venido a despedirse.
Ha venido a por el título de pakhan .