Ruthless Obsession (Despiadados 1) Capítulo 3 Alguien va a perder la cabeza —literalmente—. #3
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Capítulo 3 Alguien va a perder la cabeza —literalmente—. #3

Estoy mandando a la mierda todas mis putas reglas ahora mismo, tocándola. Mi cuerpo se mueve por algo más primitivo que cualquier instinto, y resulta demasiado difícil de controlar cuando sus labios se entreabren y de ellos escapa un amago de gemido.

Antes de que ese sonido llene el armario, lo acallo de inmediato, presionando dos dedos contra su boca.

—No hagas eso —le advierto.

Su respiración se vuelve más pesada contra mis dedos, y un calor irradia de su cuerpo hacia el mío.

Liliana… no sabes las cosas que he querido hacerte todo este tiempo. No juegues así conmigo.

—Todo el mundo que se acerca a mí acaba muerto. Creo que deberías saberlo.

No puedo evitarlo: una risa ronca escapa de mi garganta, arrancándome una sensación cercana al éxtasis. Si tuviera que temer a esa «maldición», debería temerme a mí mismo. Resulta casi divertido que no se entere de nada.

Tan inocente… tan mía.

Ese pensamiento presiona directo contra mis pantalones.

Voy a hacer algo de lo que probablemente me arrepienta, pero mi voz se impone antes de que pueda frenarla:

—¿Qué es lo que quieres, Liliana? ¿Qué estás buscando aquí realmente?

—A ti.

Esas palabras lo detonan todo. Destruyen cada ápice de mi autocontrol. Arrasan con siete años de contención.

No soy mejor que cualquier otro hombre que se haya acercado a ella. Es más…  soy el peor de todos .

Y ya no puedo seguir fingiendo lo contrario.

De un momento a otro dejo de resistirme. La empujo contra la madera del armario con una firmeza que hace crujir la estructura bajo nuestro peso. Le atrapo la muñeca por encima de la cabeza, aprisionándola contra mi cuerpo.

Mi mano libre delinea su mandíbula, reclamando cada milímetro de su piel como lo que es. Mía . Jodidamente mía.

—Di lo que quieres, Liliana.

Presiono mi pulgar contra su labio inferior, obligándola a abrir la boca para mí, y un pensamiento obsceno me obliga a morderme la lengua hasta casi sangrar.

—Quiero dejar de ser virgen.

Un gruñido gutural escapa de mi pecho, borrando el último rastro de civilización que me queda. Hundo los dedos en su pelo y tiro de su cabeza hacia atrás.

No puedo más.

Me subo la máscara lo justo para liberar mis labios y me lanzo sobre su cuello con una voracidad que me asusta. Porque ya no soy dueño de mis actos. Ahora soy suyo. Por completo.

Su espalda se arquea contra la pared. Sus gemidos, débiles, alimentan mi hambre mientras asciendo por su piel, marcándola, reclamándola como solo yo tengo derecho a hacerlo.

Hasta que, de repente, su cuerpo pierde fuerza.

Un mal presentimiento me atraviesa. Me separo lo justo para comprobar qué ocurre, y sus piernas ceden de golpe. La atrapo antes de que toque el suelo.

Busco sus ojos en la penumbra, y mi voz escapa antes de que pueda contenerla:

— Solnyshko …

—¿Aleksei? —susurra ella, justo antes de que sus párpados empiecen a cerrarse lentamente.

Se me anuda la garganta, pero antes de que pueda asimilar lo que está ocurriendo, ella pierde el conocimiento.

Esto no es una simple borrachera.

Mi mente conecta las ideas a toda velocidad y entonces lo recuerdo: ese chupito que le dio el camarero, al que apenas presté atención, distraído por la imagen de sus bragas.

Ha echado algo en su bebida. Estoy seguro. He visto a demasiada gente drogada como para equivocarme.

Diría que es Rohypnol , una benzodiacepina que se usa en esta zona del puerto para abusar de otros, pero tratándose de ella no puedo descartar el GHB . Cualquier imbécil podría matarla con una dosis equivocada.

Podría entrar en paro cardiorrespiratorio en cualquier momento.

Tengo que sacarla de aquí. Ya.

Cargo su cuerpo ligero con uno de mis brazos, y destrozo la puerta de una patada. Salgo con la ansiedad latiendo en mi pecho y la desesperación calcinándome los pulmones.

Si le pasa algo… voy a reducir este puto condado a cenizas.

Saco el arma de la parte trasera del cinturón y avanzo hacia la barra. La gente se aparta despavorida al verme, pero ya es tarde: tengo un objetivo.

La bala le entra al camarero por el ojo izquierdo mucho antes de que pueda reaccionar. Los gritos estallan a mi alrededor, pero no oigo nada que no sea mi propia ira.

Actúo en automático. Salgo de allí y, cuando soy consciente, ya estoy conduciendo a toda velocidad hacia mi casa, con Liliana recostada en el asiento del copiloto.

No sé exactamente qué estoy haciendo, pero conecto mi teléfono en manos libres y llamo a uno de mis hombres.

—Convoca a todos los jodidos médicos de la Bratva. Los quiero en mi casa. ¡Ahora!

—¿Ha pasado algo con Iván? ¿No sería mejor ir a las Hills...?

—¡En mi casa, ya! —bramo, cortando la llamada.

El motor de mi Audi ruge mientras devoro los kilómetros que separan el puerto de mi propiedad. A mi lado, Liliana yace inerte.

Estiro la mano una y otra vez para presionar mis dedos contra su cuello, buscando el pulso. Necesito sentir ese latido, esa sacudida débil que confirme que su corazón sigue funcionando.

Que sigue conmigo. Que sigue viva .

—No te atrevas, solnyshko  —susurro, con la voz empañada por un pánico que nadie ha conseguido provocarme jamás—. No te atrevas a dejarme.

Los neumáticos chirrían contra el suelo al derrapar frente a la entrada principal de la mansión. Mis hombres ya están allí.

El cuerpo médico del clan espera con una camilla y equipo de reanimación, pero no pienso dejar que nadie la toque. La llevaré yo. Pase lo que pase, no voy a soltarla hasta que esté el mejor delante de mí.

Salto del coche mucho antes de que termine de frenar. Rodeo el vehículo y la tomo en brazos con una delicadeza que contrasta brutalmente con la sangre que aún mancha mi ropa.

—¡Mierda, apartaos! —bramo, corriendo hacia el vestíbulo.

Atravieso la casa a toda velocidad y la deposito en el ala médica. Me giro hacia el eskulap  de la familia y hablo sin detenerme:

—La han drogado. Creo que es Rohypnol o quizá éxtasis líquido. Quiero un análisis inmediato y que le administréis flumazenil  o lo que sea necesario para estabilizarla.

Todos asienten, pero no puedo evitar dedicarles una mirada nacida de lo más profundo.

—Si ella no despierta, ninguno de los que estáis en esta habitación verá amanecer un nuevo día. ¿Ha quedado claro?

El médico jefe asiente, asumiendo la responsabilidad, y se pone a trabajar a una velocidad sobrehumana. Justo lo que espero de alguien capaz de tratar heridas de bala.

Me obligan a salir al pasillo para tener espacio, pero la puerta queda abierta, por lo que puedo ver qué sucede en cada momento. Me quedo allí, apoyado contra la pared fría, sintiendo cómo la adrenalina se transforma en una rabia que apenas soy capaz de controlar.

Quiero gritar. Quiero romperle cada hueso del cuerpo a quien haya provocado esta mierda.

Me quito el pasamontañas con un gesto violento y lo arrojo al suelo. Mis pulmones arden, como si hubiera tragado algo plagado de bordes afilados.

Dimitri se acerca con cautela, manteniendo una distancia prudente.

—Aleksei, las cámaras del puerto están siendo procesadas. Estamos identificando al clan que trajo la mercancía de esta noche.

—No quiero identificaciones de mierda, Belov —respondo, y mi voz se convierte en un siseo gélido—. Quiero sus putas cabezas. Ahora.

Miro mis manos, que aún tiemblan levemente de pura frustración.

He pasado siete años protegiéndola, eliminando a cualquiera que pudiera suponer una amenaza… y hoy, por un ridículo descuido, puede que se muera.

Me cago en la puta. Esto es culpa mía.

Si algo le pasa…

—Busca a los que le pasaron esa droga al camarero —añado, intentando controlar el tono—. No me importa quiénes sean ni para quién trabajen. Captúralos. Tráelos al sótano. Quiero que rueguen clemencia antes de obligarlos a arrancarse la puta tráquea.

Me doy la vuelta, ignorándolo, esperando a que se marche mientras observo el brillo frío de las luces fluorescentes.

Liliana parece tan frágil, rodeada de cables y monitores, que me dan ganas de pegarme un tiro en la pierna por haberla puesto en esta situación.

Debo desaparecer por completo de su vida.

De verdad, debo hacerlo.

Porque, definitivamente, toda mierda es mi jodida responsabilidad.

No sé cuánto tiempo paso mirando cómo todos trabajan mientras yo permanezco de brazos cruzados, pero sé que se siente como una puta eternidad.