Ruthless Obsession (Despiadados 1) Capítulo 3 Alguien va a perder la cabeza —literalmente—. #2
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Capítulo 3 Alguien va a perder la cabeza —literalmente—. #2

Me tenso como un animal rabioso y reduzco aún más la distancia hasta que mi sombra se funde con la suya.

No sé cómo no me ha notado, pero estoy a un segundo de agarrarla del brazo y arrastrarla fuera de este antro cuando una de las chicas del grupo —una pelirroja cuyo rostro no me importa una mierda— rompe el silencio incómodo que, al menos en mi cabeza, se ha instalado.

—¿Tu amigo también quiere jugar? —pregunta, mirándome con una mezcla de curiosidad, miedo y algo más que no me interesa descifrar.

—¿Qué amigo? —murmura, comenzando a girarse.

Antes de que el pánico o la sorpresa la dominen, doy un paso más, sellando el espacio entre nosotros.

Mi voz surge desde lo más profundo de mis pulmones, resonando contra su nuca, cargada de una amenaza que este grupo de universitarios es demasiado estúpido —y demasiado borracho— como para comprender.

Solo quiero que no toquen lo que es de mi propiedad.

Si no lo hacen, todo irá bien. Me controlaré. Un par de huesos rotos bastarán.

—Sí —suelto, y mi voz suena una octava más grave de lo que esperaba—. Yo también juego.

Los músculos de su espalda se tensan al instante bajo su vestido celeste. Podría jurar que percibo cómo su piel me reconoce mucho antes de que ella sea capaz de hacerlo, mucho antes incluso de que alce la mirada hacia mí.

Disfruto de ese breve segundo de ventaja antes de que sus cálidos ojos avellana se encuentren con los míos.

El susto se refleja en sus facciones. Sus pupilas se dilatan, como las de un cervatillo a punto de ser embestido por un coche, pero nada de eso le impide seguir recorriendo mi figura de arriba abajo.

Joder . No puedo evitar que se me ponga dura cuando me mira así, de una forma que no ha dirigido a nadie más en toda la noche. Está tan cerca que, si diera un paso más, sus tetas rozarían mi torso.

Sus ojos ascienden, despacio, hasta chocar con la lana negra de mi pasamontañas. Sostengo su mirada, inclinándome hacia ella, saboreando el vuelco que le ha dado el estómago.

No he venido a jugar, Liliana.

—Bueno, ¿vuestros nombres? —interrumpe la misma mujer de antes.

Ella aparta la mirada de mí tan rápido que tengo el impulso de sujetarle el rostro y obligarla a volver a mirarme. Hace demasiados años que no tenía esos ojos clavados en los míos.

El síndrome de abstinencia regresa con fuerza. Comprendo que esto ya no es suficiente para mí.

Necesito más.

Lo necesito todo.

—Lilia… —empieza, pero se corrige enseguida—. Lilith, me llamo Lilith.

Una leve sonrisa se dibuja en mis labios, aunque nadie puede verla tras el pasamontañas.

—¿Y tú? —pregunta la chica, señalándome con la barbilla.

—Alex —respondo sin pensar, traduciendo mi nombre de forma casi automática.

Mi cabeza no funciona con claridad. Estar cerca de Liliana altera por completo mis sentidos.

Ella parpadea, confundida, y empieza a caminar hasta sentarse al lado de un gilipollas desgraciado que tiene la malísima suerte de abrir la boca demasiado pronto, soltando una estupidez sobre que no necesita disfraz para ser una princesa.

Contengo el impulso de sacar la Glock y volarle la cabeza de cuatro disparos. No quería tener que hacerlo, pero me temo que alguien va a perder la cabeza esta noche. Literalmente.

Solo debo asegurarme de que Lili no lo vea.

El juego avanza demasiado rápido. Antes de que pueda reaccionar, a mi sol ya le están dando a elegir entre verdad o siete minutos en el armario con el imbécil que tiene a la derecha.

Contengo el aliento y clavo los ojos en ella, esperando que su instinto de supervivencia —o, al menos, su sentido común— la guíe.

Pero entonces sus labios se mueven, y sus palabras caen sobre mí como una losa de metal:

—Elijo los siete minutos. ¿Vamos?

Maldición, Liliana.

Esas cinco palabras me golpean. Más insoportables que cualquier herida que haya sufrido jamás.

El mundo se oscurece a mi alrededor, reducido únicamente a ella y al tipo que ya empieza a levantarse con una expresión de triunfo que voy a encargarme de borrarle de la cara.

Mi respiración se vuelve errática, peligrosa, al borde de estallar, cuando escucho la respuesta de él:

—Ve yendo, princesa. Necesito coger algo primero. Te alcanzo en un segundo.

La veo alejarse. Observo el balanceo de sus caderas mientras se dirige hacia ese armario oscuro al fondo del pasillo, y mi visión se tiñe de un rojo denso, visceral.

En cuanto dobla la esquina y desaparece de mi vista, el tipo suelta una carcajada y se gira hacia sus amigos con una expresión que me quema las pupilas.

—¡Eh, tíos! —exclama, alzando la voz por encima de la música—. Que alguien me deje un condón, que parece que la maldición de Liliana Moretti se va a acabar esta noche con mi polla.

La conoce. Sabe perfectamente lo que está haciendo.

—Ten —responde la pelirroja—. Pero… ¿no te da un poco de miedo? Ya sabes lo que dicen de ella, Carter. Su coño está maldito… No creo que merezca la pena.

—¿Has visto ese culo? ¡Dios sabe lo feliz que voy a ser si me maldice la verga!

—No te flipes, idiota. Lo mismo no quiere nada contigo. Se dice que es una puritana —dice una rubia, rodando los ojos—. De todas formas, ni siquiera eres tan bueno en la cama.

—No seas celosa, Emily. Hay tito Carter para todas… y si ella no lo quiere… ¡a la mierda! La tomaré a la fuerza y acabaré con esa maldición a base de lefa.

Hace un gesto obsceno y todos carcajean. Las mujeres con evidente incomodidad, pero nadie interviene, y eso es la gota que colma mi puto autocontrol. No me necesito más para decidir que se acabó.

Cuando se levanta y empieza a caminar hacia donde está ella, alejándose de sus amigos, mi mano se cierra sobre su nuca, cortándole el aire y la risa que aún vibra en su garganta.

Lo arrastro hacia la penumbra del pasillo con una fuerza que le impide siquiera gritar.

Sus pies apenas rozan el suelo y, en cuanto quedamos fuera de la vista de todos, lo entiende.

Pero ya es demasiado tarde para hacer nada.

Su destino quedó sellado en el momento en que abrió la boca…

y no ha hecho más que empeorarlo desde entonces.

Lo estampo contra la pared con tal violencia que casi puedo sentir cómo su cráneo amenaza con quebrarse como una nuez. El impacto de su espalda contra el ladrillo resulta tan jodidamente satisfactorio que repito el movimiento un par de veces más.

Probablemente ya esté al borde de la muerte, así que no pierdo el tiempo con palabras inútiles. No quiero oírle suplicar por su miserable vida.

Sujeto su mandíbula con una mano y la base de su cráneo con la otra… y lo hago. Un giro seco y clac . Todo termina, como una ramita rompiéndose por la mitad.

Su cuerpo cae inerte a mis pies, como un saco.

—Dimitri —hablo, sujetando el pinganillo—. Necesito limpieza en mi posición. Llama al carnicero. Tenemos un cerdo que sacar de aquí. Ya.

—Entendido. Viktor va para allá.

Me ajusto el pasamontañas, asfixiando mi propia rabia, y dejo caer el pinganillo al suelo. Pase lo que pase ahí dentro, nadie podrá escucharlo.

Camino hacia la puerta de madera del armario, la abro con lentitud… y allí está ella. Mucho más nerviosa de lo que me gustaría, por un inútil cuya única intención era violarla si ella no accedía.

Estoy seguro de que Liliana ni siquiera ha besado a nadie jamás. ¿Cómo se le ocurre encerrarse siete putos minutos en un armario con un universitario gilipollas?

¿Qué mierda hay en su cabeza esta noche?

Entro y cierro la puerta a mis espaldas.

Siete minutos en el paraíso.

¿Eso es lo que quería, no? Entonces… a la mierda. Se lo daré.

Será mi jodido regalo de cumpleaños.

La oscuridad es absoluta y, gracias a ello, mis sentidos se agudizan. Puedo oír su respiración, cargada de expectación, buscando algo que llevo media vida deseando darle.

Sus manos se extienden hacia mí, tanteando el vacío hasta chocar con mi pecho. Las yemas delicadas de sus dedos me reconocen; lo noto en cómo contiene el aliento.

Sabe que el cuerpo que sus manos delinean no es el de ese mocoso que yace muerto a unos metros de distancia.

Noto una descarga eléctrica directa hacia la polla.

Joder.

Sus manos nunca me han tocado así. Solo en mis sueños. Y que esto sea real se siente tan jodidamente prohibido que temo perder los estribos si esos dedos descienden un centímetro más.

Le atrapo la muñeca con una brusquedad que no logro controlar.

Maldita sea, Lili.

—Creía que eso es lo que se hacía aquí… —su voz suena teñida de una vergüenza que me dan ganas de arrancarle con la lengua .

En el fondo, sé que es normal que quiera experimentar. Tiene veintitrés años y no he permitido que nadie la toque más de lo debido, pero no puedo consentir que sea con otro.

El silencio que sigue su dulce voz es denso. Me quedo inmóvil, luchando por no sucumbir a mis impulsos más oscuros. Joder, esto no está bien. Quiero protegerla, quiero que viva lejos de esto… de mí. Pero no puedo evitar ponerme jodidamente cachondo en esta situación.

Ella no lo sabe. No sabe que soy yo, que nunca me he ido, que he estado siete años rondándola. Que me tiene loco hasta la médula.

—¿Eres Carter?

Y escuchar el nombre de ese muerto en su boca hace que apriete su muñeca con una violencia contenida.

No me detengo a pensar. La arrastro hacia mí, obligándola a pegarse a mi pecho, a fundirse conmigo si es que eso es posible. Su cabeza apenas alcanza mi hombro, y puedo sentir el latido errático de su corazón contra mi abdomen.

—¿Tú qué crees, Liliana? —siseo.

Arrastro su nombre a sabiendas de que, tal vez, puede reconocer mi tono. Sus piernas flaquean al oír la forma en que pronuncio cada sílaba.

Está confundida, el alcohol nubla su juicio, pero me siente. Y n lo más profundo de sus entrañas, de una forma retorcida, lo sabe.

—¿Sabes quién soy? —pregunta.

Mi pulgar desciende por su muñeca. Su pulso es irregular, y no es consciente de cuánto me excita saber que la pongo así de nerviosa.

—Sí.

Lo sé todo de ti, en realidad, solnyshko.

—¿Y no te da miedo la maldición?

—¿Qué maldición? —respondo, mientras mi mano libre se enreda en su cabello con una lentitud que me tortura.