Capítulo 3 Alguien va a perder la cabeza —literalmente—.
Aleksei
Su silueta danza en la penumbra, deslizándose entre las cortinas del salón como un rayo de sol . Aliviando una presión que lleva clavada en mi pecho durante trescientos sesenta y cuatro días.
Mierda, por fin.
Una mueca intenta abrirse paso en la comisura de mis labios. Es casi imperceptible, pero suficiente para que, durante un segundo, la habitual indiferencia abandone mis facciones.
Es mi debilidad. Y será un jodido desastre si alguien que no debe llega a descubrirlo.
Aun así, aunque sé que me consume, que me obsesiona mucho más de lo que es sano reconocer, no puedo evitarlo. Sigo observándola desde mi posición, demasiado embriagado por lo que provoca en mí como para darme cuenta de que se mueve de forma errática.
Se dirige hacia un mueble que, desde aquí, no alcanzo a ver, pero cuya ubicación reconozco: el minibar de su tío.
—¿Qué se supone que hace…? —masculla Dimitri, robándome las palabras de la boca. Su voz llega en un susurro a través del pinganillo, como si se le hubiera escapado.
Mi mandíbula se tensa con ferocidad. Puedo sentir mis dientes rechinar.
Quiero bajarme del coche y meterle un maldito tiro a la cámara desde la que sé que está mirando.
—Si sigues mirándola un segundo más, te arrancaré los ojos y te obligaré a tragarlos.
Ni siquiera replica. Se mantiene en silencio, asimilando la orden. Sabe que no bromeo. Conoce a la perfección cuál es la única tarea a la que debe limitarse.
Todos mis hombres saben qué deben hacer y qué no en todo momento. Pero, sobre todo, saben qué es lo que tienen prohibido.Mencionarla o mirarla encabeza esa lista.
Joder, es más: es una puta regla sagrada.
Saben que, si sostienen la mirada sobre ella más de lo necesario, un tiro en la sien sería un acto de misericordia. Por eso, aunque sé que el trabajo de Dimitri es infiltrarse en el sistema de los Moretti para manipular y borrar las grabaciones de las próximas horas, no puedo evitar enfurecerme.
Me hierve la sangre ante la idea de otro hombre observándola.
Es un pensamiento hipócrita, lo sé.
Lo es, teniendo en cuenta que estoy fuera de su casa, acechándola como un jodido animal. Pero la puta diferencia entre cualquier otro hombre y yo es simple: Liliana Moretti es mía .
Lo es desde que tenía nueve años… y lo será hasta el día en que muera.
No puedo tenerla. No puedo verla a diario, ni recorrer con mis dedos su piel. Pero me he asegurado de que ningún gilipollas pueda hacerlo tampoco .
Solo me permito mirarla una vez. Una única vez cada trescientos sesenta y cuatro días, desde hace siete años, cuando llega su cumpleaños.
Todas las vísperas de Halloween rompo mis propias reglas. Me cuelo en su habitación mientras duerme y me concedo observarla de cerca. Adorarla. Dejar que me pertenezca durante esas escasas horas en las que descansa tranquila, ajena a mi presencia.
Quiero que su vida siga siendo normal… pero soy incapaz de renunciar a ella por completo.
Soy un puto egoísta.
Pero al menos, hago lo imposible por mantenerla al margen de la mierda que implica la Bratva. Me repito eso en un vano intento de no pensar en lo jodidamente retorcido que es lo que le hago, en el peligro al que la someto.
No todo es tan perfecto a su alrededor como me gustaría. Sé que el crimen la rodea. Maldición, casi me vuelvo loco cuando me enteré . Pero también sé, de buena mano, que ella no sospecha nada.
Al final, su tío ocupa un puesto irrelevante dentro de la Cosa Nostra. Se limita a lavar la calderilla de los suburbios, una miseria comparada con el mundo que me rodea. En el condado de Saint Virell, la mafia italiana no es más que una sombra de lo que fue.
Les permitimos conservar esos barrios porque son insignificantes. No valen nada. Es un rincón tan pequeño que Liliana podría vivir allí toda su vida sin ver la sangre de cerca.
Me he encargado personalmente de ello. De reducir la presencia italiana al mínimo. Me aseguré de que, después de lo que ocurrió aquella noche, todo a su alrededor fuera lo más mundano posible.
Sin embargo, esta noche algo no encaja.
Mi sol no es el mismo.
Sus delicados dedos se cierran alrededor de una botella de licor —que, desde aquí, juraría que es un whisky irlandés al que su tío le tiene especial aprecio— y cómo se lo lleva a esos labios preciosos, dando un trago demasiado largo para alguien como ella.
Liliana no bebe. Nunca lo hace.
Temo que pierda el conocimiento… o algo peor.
Quiero entrar, intervenir, arrancarle la botella de las manos y exigirle que me diga por qué está haciendo esto ahora, pero no puede verme ni saber que estoy aquí, o sé que no habrá marcha atrás.
Joder, lo peor es que ni siquiera necesito preguntarle para darme cuenta de que hay algo distinto en su semblante. Conozco su alma mucho mejor que la mía. Algo no va bien.
Está tan jodidamente espectacular como siempre, pero esos ojos que solían iluminar mi mundo ahora están teñidos de una oscuridad que nunca deseé para ella.
Parecen apagados por algo que no logro descifrar, y eso me enloquece.
¿Alguien le ha hecho daño? ¿Qué mierda estoy pasando por alto?
—Voy a entrar —sentencio por el comunicador.
—Espera, Aleksei. Movimiento inusual detectado en el garaje.
Frunzo el ceño y alzo la vista hacia la ventana. Ella ya no está ahí. Mi mandíbula se tensa con tal fuerza que siento que voy a romperme los dientes.
Joder.
—Envíame las imágenes. Ya.
Un segundo después, la pantalla de mi teléfono se ilumina con la interfaz de seguridad. En el vídeo, captado por una de las cámaras de ángulo muerto que instalamos el año pasado, aparece Liliana.
Se mueve con una determinación que no reconozco. Agarra las llaves del Aston Martin de su tío y abre el vehículo.
—¿Qué demonios estás haciendo, solnyshko ? —mascullo para mí mismo, con el pulso golpeándome en la garganta.
No tengo tiempo de reaccionar cuando el rugido del motor desgarra el silencio de la calle y, un latido después, los portones de la residencia Moretti se abren.
El Aston Martin sale disparado, derrapando fiero sobre el asfalto y dejando tras de sí una estela de humo blanco que desaparece en la primera curva a una velocidad suicida.
—Joder, Liliana —gruño entre dientes, golpeando el volante.
—Enviando ubicación en tiempo real —la voz de Dimitri suena tensa—. He interceptado el GPS del vehículo. Se dirige al centro del sector industrial.
Arranco mi coche. Piso el acelerador a fondo, dándole la distancia suficiente para que no me vea, pero manteniéndome lo bastante cerca como para no perder el rastro de sus luces.
En la pantalla del salpicadero, el mapa se actualiza sin descanso, trazando una línea que termina en un destino que me hace apretar los dientes: el Puerto de Saint Virell.
Justo la zona de carga y descarga de mercancía procedente de Moscú. Un laberinto de contenedores donde la ley es un concepto desconocido por todos. Por razones evidentes.
Mis informes lo confirmaban esta misma mañana. Hay una fiesta clandestina esta noche. Un evento de mierda organizado por un cargo menor de la organización, que quiere sacar unos cientos de dólares a los universitarios ricos de las Hills.
Yo mismo lo he permitido.
Joder.
Habrá drogas. Y otras cosas de las que necesito mantenerla alejada.
Ella no pertenece a ese lugar.
Ni voy a permitir que lo haga nunca.
Llevo veinte minutos en este puto infierno de fiesta.
He tenido que improvisar para pasar desapercibido aquí dentro. Le he quitado un pasamontañas a un imbécil en un callejón. La buena noticia para él es que hoy me sentía generoso y no tuve que coserlo a tiros. La mala para mí es que odio los putos disfraces.
Al menos, con esto puesto, ella no podrá reconocerme. Tampoco verá la vena de mi sien, a punto de estallar mientras la observo apoyar el pecho en la barra pegajosa del bar.
Desde mi posición, ese vestido ahora es tan corto que me permite ver sus delicadas bragas de encaje rosa contrastando con su preciosa y pálida piel.
Joder, Liliana.
¿Cuándo has destrozado así tu ropa? ¿Y, sobre todo, por qué?
Voy a volverme loco.
Juro que voy a hacerlo.
El instinto de quemar este lugar hasta los cimientos nunca ha sido tan intenso como ahora. Ni siquiera cuando carcajea y se bebe un chupito de tequila frente a ese camarero que, lo juro por Dios, al final de la noche estará a cincuenta metros bajo el mar.
Maldita sea. Necesito una ametralladora ligera. Como alguien se atreva a mirarla ahora mismo, voy a acabar con todos los presentes.
Gracias al cielo —y por el bien de mi propia cordura—, Liliana se aparta de la barra. La sigo como un depredador, observando cómo se balancea hacia la pista con una osadía peligrosa, fruto del alcohol.
Estoy tan cerca que su calor me golpea el pecho, y temo que —incluso por encima del estruendo de los altavoces— pueda oír mi respiración pesada, cargada de una furia que apenas logro contener.
La vena de mi sien late al ritmo de la música tecno cuando la veo detenerse frente a un grupo de universitarios que deben rondar su edad.
Están jugando a una de esas versiones patéticas de verdad o reto , donde el premio consiste en encerrarse siete minutos en un armario con uno de los presentes para hacer todo tipo de guarradas.
El simple hecho de imaginar a cualquiera de estos inútiles rozando con sus sucios dedos la piel de Liliana o, peor aún, besando sus labios... es suficiente para que mis manos, instintivamente, busquen mi arma.
Quiero montar una carnicería aquí mismo. Convertir esta pista de baile en un matadero. Ver cómo todos huyen lejos de ella… y de mí.
Aun así, clavo los pies en el suelo, obligándome a escuchar, a no dejarme arrastrar por todo lo que Liliana me provoca.
No soy frío ni calculador cuando se trata de ella. No cuando está a cinco jodidos centímetros de mí.
—¿Puedo jugar con vosotros, chicos? —su voz suena ligera, llena de libertad.