Ruthless Obsession (Despiadados 1) Capítulo 2 ¿Qué puede ser peor que la muerte…? Casarte con un Volkov. #3
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Capítulo 2 ¿Qué puede ser peor que la muerte…? Casarte con un Volkov. #3

Extiendo las manos con cautela, buscando el contacto, hasta que mis palmas chocan con algo sólido y cálido. Frunzo el ceño. Carter parecía atlético, sí, pero lo que toco ahora es casi puro músculo. La firmeza de ese pecho es distinta, una estructura mucho más imponente de lo que recordaba.

Quizá no lo he mirado bien…

Mis dedos, movidos por una curiosidad instintiva, comienzan a descender por su torso, intentando reconocer el terreno. Pero antes de que pueda avanzar, una mano fría y áspera me atrapa la muñeca con una fuerza que me corta el aliento.

Casi grito del susto.

El movimiento es tan súbito y contundente que las palabras apenas logran escapar de mis labios:

—Creía que eso era lo que se hacía aquí… —murmuro, sintiéndome más avergonzada de lo que esperaba.

El silencio se vuelve denso, espeso, casi sólido, como si el oxígeno se hubiera transformado en mercurio y ninguno de los dos pudiera hablar o respirar sin notar el peso de la anticipación.

Desde luego, esta no es la sensación que me ha provocado Carter hace escasos minutos. Esto es distinto. Más intenso. Más inconcluso. Más oscuro.

Quizá en la intimidad es más salvaje, más agresivo, pienso. Pero algo, en el fondo de mi mente, me grita que no. La forma en que no me suelta, en que no retrocede… me resulta jodidamente familiar.

Aunque también es posible que solo me esté volviendo loca por culpa del alcohol.

—¿Eres Carter?.

Diablos, debería darme igual. Lo que quiero no es a él… es lo que puede darme.

¿Qué más da quién sea?

Como si pudiera escuchar mis pensamientos, su agarre se intensifica, sin llegar a hacerme daño, tirando de mí con una firmeza que me obliga a pegarme a su pecho.

La diferencia de altura es abismal. Mi cabeza apenas le llega al hombro y mi mente, embriagada por el alcohol y la adrenalina, empieza a gritar una respuesta incluso antes de que él abra la boca.

—¿Tú qué crees, Liliana?

Su voz es un siseo, y la forma en que arrastra mi nombre, con ese tono tan familiar, hace que mis piernas comiencen a fallar.

Tengo la garganta seca y el mareo se ha instalado en mí como si ya formara parte de mi sistema. Una idea macabra se cierne en mi mente, pero la aparto rápido. Es imposible.

No puede ser él.

—¿Sabes quién soy?

Su pulgar desciende por mi muñeca, justo sobre el punto donde late mi pulso, como si comprobara si me pone tan nerviosa como imagina.

—Sí.

Esa afirmación enciende algo en mi interior.

—¿Y no te da miedo la maldición?

—¿Qué maldición?

Su otra mano asciende hasta mi cabello, deslizándolo hacia mi espalda con lentitud.

Es un gesto casi inofensivo, pero mis labios se entreabren y de ellos escapa un sonido que no reconozco como propio, una queja ahogada que él silencia de inmediato al presionar con firmeza dos dedos sobre el punto del que surge.

—No hagas eso —advierte.

Su severidad debería asustarme, pero en su lugar un calor extraño desciende directo al centro de mi cuerpo.

Casi jadeo de nuevo, pero contengo el impulso y consigo decir:

—Todo el mundo que se acerca a mí acaba muerto. Creo que deberías saberlo.

El silencio se instala durante un instante, pero enseguida una risa ronca escapa de sus labios. Se ríe como si acabara de escuchar el mejor chiste de su vida… o como si todo esto no fuera más que una broma.

Sea como sea, me da igual. Yo le he avisado.

Si algo le sucede, ya no será mi responsabilidad.

—¿Qué es lo que quieres, Liliana? ¿Qué estás buscando aquí realmente?

—A ti —respondo, en un arranque de valentía.

Sin previo aviso, me empuja , obligándome a retroceder. Mi espalda golpea  la madera del armario y, en ese mismo instante, él se cierne sobre mí, alzándome  la muñeca por encima de la cabeza. Se acerca  tanto que casi quedo  aprisionada contra su cuerpo.

Su aroma invade mis sentidos. Huele a cuero, tabaco y un matiz alcohólico, dulzón como el vodka. Es embriagador. Tanto que apenas soy consciente de cuándo su mano libre comienza a recorrer mi cuello.

—Di lo que quieres, Liliana.

Sus dedos ásperos delinean mi mandíbula con una posesividad que me hace temblar. Me obliga a alzar la mirada hacia la oscuridad que cubre su rostro, mientras su pulgar presiona mi labio inferior, forzándome a  abrir la boca. Forzándome a hablar:

—Quiero dejar de ser virgen.

Él emite un gruñido y hunde los dedos en mi pelo, tirando de mí hacia atrás para exponer por completo mi garganta. En la penumbra, escucho el roce de la tela al subirse el pasamontañas y, acto seguido, siento el impacto de sus labios contra mi piel.

Asciende por mi cuello con una voracidad tan retorcida que me obliga a arquear la espalda contra la pared, perdiendo cualquier anclaje con la realidad.

El mundo empieza a girar.

Mis piernas ceden por completo, pero antes de tocar el suelo quedo suspendida en el aire, atrapada por sus brazos, que me sostienen como si fuera lo más valioso del mundo.

¿Qué…?

Intento enfocar la vista, pero todo está borroso. Solo distingo un destello intenso, de un azul oscuro, cargado de una preocupación que no comprendo.

—Solnyshko…

—¿Aleksei?

No llego a escuchar su respuesta. Mis párpados pesan demasiado y terminan por cerrarse, arrastrándome hacia una oscuridad absoluta, donde lo último que siento es el calor de sus brazos.